PARTE II #4
No tenía ningún motivo para volver a la valla del corral al día siguiente.
Tenía una lista de tareas de dos páginas, un tractor con la correa floja y una conversación pendiente con el herrero de Alder Creek.
Volvió igual, a las siete y media, con una excusa que se inventó por el camino y que no recordaría después.
Clara estaba sentada en el cubo, de espaldas.
Juniper estaba a seis metros. Después a cuatro.
A la tercera tarde, a dos, y en el momento en que Ethan decidió que lo único que tenía que hacer era comprobar los caños de agua del fondo —¿había caños de agua en el fondo?
Nunca los había mirado— la yegua bajó la cabeza, estiró el cuello, y tocó con el hocico el hombro de Clara.
No se movió nadie. Ni Clara. Ni la yegua. Ni él. Era un contacto de un segundo. Después Juniper resopló, se apartó, y se quedó mirando a la mujer con el aire desconcertado de quien se ha atrevido a algo demasiado grande.
Clara no se volvió. Siguió tarareando. Pero Ethan, que llevaba tres tardes observándola, vio cómo le subía el pecho una vez, despacio, y cómo caía, y entendió que ella no solía dejarse ver así, en un momento de pura alegría sin defensa alguna.
Abrió la mano. Se había clavado las uñas en la palma sin darse cuenta.
Había trabajado con domadores. Había visto a su padre doblegar a un potro en una tarde, y a Dale tratar de hacerlo en dos semanas, y a media docena de hombres que creían que un caballo, como un problema, se resuelve a base de fuerza.
Nunca había visto a nadie sentarse de espaldas a un animal que podía matarlo y esperar.
Ni a un domador, ni a un hombre. Ni a él.
No estaba seguro de cómo llamar a lo que estaba viendo. Valentía quizá. Pero la valentía hacía ruido. Esto era otra cosa.
Era paciencia. Y la paciencia, para él, era un idioma extranjero.
* * *
A la sexta tarde, la yegua permitió que le tocara el cuello.
Fue una cosa breve, un roce de dedos sobre el pelo cálido, apenas un segundo. Juniper se estremeció desde las orejas hasta la cola, pero no se movió. Clara retiró la mano. Esperó. La volvió a poner. Y esta vez la yegua cerró los ojos.
Ethan se dio cuenta de que tenía la mitad del cuerpo por encima de la valla.
No recordaba haberse movido. Una bota estaba en el travesaño, la mano agarraba el tablón, y todo él inclinado hacia delante, como si pudiera, por pura voluntad, sujetar desde allí lo que ocurría en el centro del corral.
Ese mismo día, a las cuatro, un camión de reparto había tocado el claxon en el camino.
Juniper había dado un salto lateral, un giro de ciento ochenta grados, y se había lanzado contra la pared del corral con tanta fuerza que la madera crujió.
Clara, que estaba junto a ella, retrocedió de un salto, tropezó con el cubo y cayó de espaldas en la arena.
Ethan ya estaba saltando la valla. Tenía una pierna pasada por encima del tablón y el pulso en los oídos cuando ella levantó una mano, abierta, sin volverse.
—Quieto. Se quedó quieto. Una bota en el aire, la otra en el travesaño. El corazón le aporreaba las costillas.
—Estoy bien —dijo ella, todavía en el suelo, con la voz agitada y firme—. Se ha asustado. Yo también.
Tres segundos. Cuatro. Ethan los contó uno a uno. Juniper, al otro lado del corral, tembló con el cuello estirado, miró a la mujer, miró al hombre que no había entrado, y poco a poco, centímetro a centímetro, bajó la cabeza.
Clara se levantó y se sacudió la arena de los vaqueros.
—Gracias por no entrar —dijo, sin mirarlo.
—Perdona. —Se oyó decir, con la voz de otro—.
Casi... —Lo sé. —No tengo que... —No pasa nada, Ethan.
—Ahora sí lo miró, y había en sus ojos algo parecido a la ternura y algo parecido a la advertencia, las dos cosas a la vez—. Casi, pero no entraste. Eso cuenta.
Él bajó la pierna, despacio, hasta el suelo exterior de la valla. Se limpió las manos en los vaqueros.
Era una nimiedad. Un gesto, un segundo. Pero a Ethan le pareció haber aprobado un examen para el que nadie le había dicho que estudiara.
* * *
Sucedió el séptimo día, y a Ethan le habría gustado poder decir que fue culpa de las circunstancias.
Había colgado el sombrero en el poste de la valla, como siempre. Era un sombrero de fieltro marrón, castigado por catorce años de sol, sudor y lluvia, con la copa abollada a la altura exacta donde se lo quitaba y una mancha en el
ala que Margaret había intentado eliminar en tres ocasiones sin éxito. Estaba bien visto que nadie lo tocara.
Juniper lo tocó. No hubo advertencia. Un segundo estaba la yegua a dos pasos de Clara, con la cabeza baja y las orejas relajadas, y al siguiente se había girado, estirado el cuello por encima de la valla, y agarrado el ala del sombrero con los dientes con una delicadeza de ladrón de guante blanco.
—¡Eh! La yegua levantó la cabeza. El sombrero colgaba de su boca como un trofeo.
Hubo un silencio de tres segundos. Después, con una dignidad impecable, Juniper dio media vuelta y se alejó al trote por el corral redondo con el sombrero de Ethan Walker en los dientes.
Clara se quedó paralizada. Se tapó la boca con una mano. Los hombros empezaron a temblarle.
—No digas nada —advirtió Ethan. —No voy a decir nada. —Ese sombrero tiene catorce años. —Lo sé. —Era de mi padre antes de ser mío. —Lo siento —dijo Clara, y la voz le salió sofocada, deshecha—. Lo siento muchísimo. Es que...
Y ya no pudo más. Se echó a reír con todo el cuerpo, doblada por la mitad, con las manos en las rodillas, una risa entera y sin freno que se le escapaba por todas partes y le hacía saltar las lágrimas.
Juniper, en el centro del corral, se detuvo y la miró, y soltó el sombrero en la arena y lo pisó con una pezuña, solemnemente, por si acaso.
Ethan abrió la boca para decir algo severo.
Lo que salió fue una carcajada. No la esperaba.
No la había sentido venir, y cuando llegó fue como la de un animal grande que sale de una cueva: ronca, enorme, ajena, un sonido que hacía años que no pasaba por su garganta y que le dobló las costillas y le hizo apoyar la frente contra el tablón.
Se rió hasta que le dolió el pecho, ese dolor concreto que se siente cuando un músculo que lleva años sin trabajar se pone otra vez en marcha.
Cuando levantó la cabeza, Clara lo miraba.
No se reía ya. Tenía las mejillas húmedas y los ojos muy abiertos, con una expresión entre asombrada y suave, como quien ha visto algo raro y hermoso en el bosque y no quiere espantarlo.
—Riéndote —dijo—. Tienes una risa preciosa.
Ethan dejó de reír. No supo qué decir. Tardó un par de segundos en comprender que ella tampoco: ni siquiera había querido decirlo.
Lo vio en cómo se le encendían las mejillas, cómo desviaba la vista hacia la yegua, cómo se pasaba el dorso de la mano por la cara y murmuraba algo sobre el sombrero.
—Voy a por él —dijo, y saltó la valla.
* * *
Tardó diez minutos en recuperarlo, con la yegua a un paso detrás de ella, curiosa, dispuesta a ayudar. Cuando salió del corral, sacó el sombrero de detrás de la espalda y se lo tendió a Ethan con ambas manos y una solemnidad de notario.
—Informe del incidente —dijo—. Sombrero: recuperado. Daños: una huella de casco en la copa y una pizca de saliva en el ala. Responsable: no identificada. Factura: ninguna.
—¿Ninguna? —Mi tiempo es mío. Ethan cogió el sombrero. Lo miró. En la copa, entre las abolladuras antiguas, se veía clarísima la media luna de una herradura pequeña.
Soltó el aire por la nariz. Casi una risa otra vez. —Te lo apunto. —Apunta lo que quieras. Se quedó un momento más, con el sombrero en las manos y el cielo encendiéndose a su espalda en una línea de naranja y violeta. Después se lo puso.
Quedó un poco torcido. No lo enderezó. Esa noche, al descolgarlo de la percha junto a la cama, se fijó en la huella. Una media luna perfecta, sobre el fieltro oscuro. Margaret habría dicho que se podía planchar con vapor.
No se lo dijo a Margaret. Lo colgó de nuevo en el clavo, tal como estaba, y se quedó mirando el techo hasta mucho después de que las luces de la casa se apagaran.
* * *
Cole lo anunció en el desayuno del lunes, entre el segundo café y la tercera tostada, con la naturalidad de quien comunica el parte meteorológico.
—Subimos el ganado a Cutthroat el sábado catorce. Nadie dijo nada. Era la fecha de siempre. La novedad fue la mirada de reojo que Cole le dirigió a Clara.
—Hace falta gente a caballo. Seis, como mínimo. Y todos tienen que saber trabajar una res, no solo un caballo.
—¿Y eso qué significa? —preguntó Clara. —Que hay que saber qué hacer cuando una vaca de quinientos kilos decide que no le gusta el plan.
Noah se atragantó con el café. Margaret miró a Ethan por encima de las gafas.
—Yo se lo enseño —dijo Ethan. Lo dijo a su tostada, sin levantar los ojos. Clara pensó que era la frase más larga que le había oído en todo el desayuno, y que lo había dicho como quien se tira al agua antes de pensarlo.
* * *
En Kentucky se montaba con silla inglesa, estribos cortos y las dos manos en las riendas.
Aquí la silla pesaba doce kilos, tenía una cabeza de hierro en el pomo, un asiento hondo como una cuchara y se manejaba con una sola mano, apoyando la rienda en el cuello del caballo y hablando con las piernas.
Clara lo descubrió esa primera tarde, en el corral grande, con la luz de las siete y la silla vieja de Margaret ajustada sobre el lomo de Dusty. Ethan, de
pie junto al estribo, con los brazos cruzados y el sombrero de la huella de casco muy calado, la miraba como un maestro que ya lo ha visto todo.
—Mano izquierda. Rienda floja. Si necesitas tirar, es que ya has perdido.
—No tiro. —Tiras. —Sujeto. —Sujetas con las dos manos.
—Él se acercó y le cogió la mano derecha con dos dedos, sin apretar, y la apartó de la rienda—.
Así. Con la derecha puedes hacer lo que quieras. Rascarte la nariz, por ejemplo.