Bajo su piel de Cowboy (Corazones de Montana nº 1) PARTE II #3
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PARTE II #3

Ethan se dio cuenta de que llevaba todo el día haciéndolo. Cada vez que pensaba: hay que hacer tal cosa, miraba primero hacia ella, para ver si ya lo estaba haciendo. Y lo estaba haciendo, casi siempre. Un solo

día, una sola vez, y no lo había dicho a nadie ni a sí mismo, había dejado de estar solo en el corral.

Eso tenía un nombre. Se llamaba confiar en una compañera de trabajo. Ethan se dijo que se llamaba así. Y siguió mirándola.

* * *

Juniper llevaba dos años sin que nadie le pusiera una mano encima, y se le notaba en cada músculo.

Clara llevaba un mes mirándola. No lo había decidido: era algo que pasaba entre una tarea y otra, al ir a por agua, al cruzar el patio, al terminar el último box.

La yegua vivía en el corral del fondo, un cercado de tablones altos al que nadie entraba salvo para echarle heno por encima de la valla, y desde allí observaba el mundo con la cabeza erguida, el cuello tenso y las fosas nasales dilatadas, como quien está siempre a punto de enterarse de una mala noticia.

Era una potra de cuatro años, de capa castaña oscura con un reflejo casi violáceo bajo el sol, patas finas, un pecho bien hecho y unas orejas que no paraban de moverse, una hacia cada sonido. Una yegua hermosa. Eso era lo peor: era una yegua que nadie había podido ver bien.

Había aprendido su historia a trozos, como se aprenden todas las historias en un rancho: un comentario de Noah, un gruñido de Cole, el silencio de Margaret cuando alguien decía su nombre.

La habían comprado a los dos años en una subasta de Billings, la única de la cuadra que no era hija de una de las yeguas de la casa.

Cole había contratado a un domador, un tal Dale, que tenía fama de resolver rápido los casos difíciles.

A las dos semanas, Dale salió del corral con tres costillas rotas y Ethan lo acompañó hasta la puerta sin decir palabra y le dijo que no volviera.

Desde entonces, nadie. Clara recorrió la valla de tablones con la mirada. En el pecho de la yegua, casi invisible, había una línea blanca y fina, de cuerda. En los ojos, cuando alguien levantaba la mano por encima de la cabeza, un círculo blanco. Y cuan-

do la gente se acercaba por el lado, apoyaba el cuarto trasero contra el tablón y no se movía, rigidísima, con una quietud que no era calma sino estrategia.

Clara conocía esa quietud. Había pasado años dentro de ella. No se lo dijo a nadie, y menos a la propia yegua. Pero esa tarde de mediados de mayo, al terminar el último box, dejó la horca contra la pared y fue a buscar a Ethan.

* * *

Lo encontró en la guarnicionería, engrasando una silla.

—Quiero trabajar con Juniper. Él no levantó la vista del cuero.

—No. —Todavía no he explicado... —No hace falta.

—Siguió frotando—. Es peligrosa. —Sé lo que le pasó a Dale.

—Entonces sabes por qué no. —Lo que sé es que a Dale lo contrató alguien que quería una yegua montada en dos semanas.

—Clara se apoyó en el marco de la puerta—. Yo no tengo prisa.

Ethan dejó el trapo. —Cole quiere venderla en otoño. Si no se deja montar, vale mil dólares. Si se deja, tres mil. Y el banco no entiende de paciencia.

—Entonces tengo hasta octubre. —Tienes hasta que te rompa algo. —¿Y eso lo decides tú? Lo dijo con una voz tan tranquila que ella misma se sorprendió. Él levantó por fin la cabeza.

Había algo en su rostro que Clara no logró leer del todo. Preocupación, quizá. O algo más viejo que la preocupación, algo que tenía que ver con una puerta cerrada y con un hombre apoyado contra ella.

—Es mi trabajo —dijo—. Que nadie se haga daño en este rancho. —Ya lo sé. Y lo haces muy bien. —Clara respiró hondo—. Pero hay una diferencia entre advertirme y prohibírmelo. Me lo has advertido. Lo he oído. Soy adulta y sé lo que hago.

—Eso es lo que dijo Dale.

—Dale quería domarla. Yo quiero que me deje acercarme. —Ladeó la cabeza—. Si Noah viniera ahora y te dijera lo mismo, ¿qué le dirías?

—Que no sea imbécil. —¿Y lo dejarías? Silencio.

—Sí. —Se lo pides a un peón, no se lo prohíbes.

—Noah ya se ha roto todo lo que se puede romper.

—Ethan. Se calló. Se puso en pie. Caminó hasta la ventana de la guarnicionería y se quedó un momento mirando el patio con las manos en los bolsillos de atrás, el perfil duro, la barba recién recortada, los hombros tensos bajo la camisa.

Clara esperó. No era una espera táctica; era la clase de espera que se concede a alguien cuando se sabe que está cruzando algo.

—Te lo pido —dijo él, por fin, sin volverse. —¿El qué? —Que tengas cuidado. —Hizo una pausa—. Y que si algo sale mal, pidas ayuda.

—Si algo sale mal, la pediré. —Y que la pidas antes de que salga mal. —Eso no puedo prometerlo. —Ella sonrió—. Pero lo intentaré. Ethan se volvió. Había en su cara un cansancio y un alivio tan mezclados que no hubiera sabido decir cuál pesaba más.

—Estaré en el corral grande. Si me necesitas, grita. —Si te necesito, grito. —Y si yo veo que... —Si tú ves que algo va mal, me lo dices. —Clara levantó un dedo—. Lo decido yo.

Un segundo. Dos. —Vale —dijo él. La palabra le salió ronca, gastada, como la de quien paga una deuda vieja.

Clara no dijo nada. No hacía falta. Se quedó un momento más en la puerta, con la sensación de que algo, entre los dos, acababa de moverse un centímetro, y que ese centímetro había costado más que todo lo que ella llevaba hecho en el rancho.

* * *

Empezó al día siguiente, al terminar la cena, con la luz dorada de las siete y media.

El corral redondo, junto al de Juniper, era un círculo de tablones de dos metros, con el suelo de arena blanda.

Lo habían usado para domar potros durante cuarenta años y todavía olía a cuero y a sudor.

Clara abrió la trampilla que comunicaba los dos cercados, soltó el pestillo, y retrocedió hasta el centro del círculo sin mirar atrás.

No llevó cabestro. Ni cuerda, ni látigo, ni nada en las manos. Solo una silla de madera plegable que había traído de la cocina de Margaret, y un cubo boca abajo.

Se sentó en el cubo, de espaldas a la trampilla.

La regla era sencilla y mortificante: no hacer nada.

Dejar que la yegua decidiera si entraba.

Dejar que mirase. Respirar por debajo del pecho, despacio, con los hombros sueltos y las manos abiertas sobre las rodillas.

No fijar la vista en ella: los depredadores miran de frente, y Juniper llevaba dos años esperando a un depredador.

Pasaron diez minutos. Quince. Tras ella, un resoplido. El roce de una pezuña contra los tablones. Un silencio largo, de esos que sirven para medirse.

Clara tarareó algo muy bajo, sin letra. Era una cancioncilla que cantaba su madre cuando limpiaba las cuadras, una cosa sin nombre que subió sola a su garganta. La cantaba para ella, no para el animal. Era la única forma que conocía de no tener miedo.

A los veinte minutos oyó un paso. Uno solo. Después nada. La yegua había entrado en el corral redondo y se había quedado clavada junto a la trampilla, a diez metros, mirando.

Clara no se volvió. Siguió tarareando. A los treinta, un segundo paso, y un tercero, y el sonido inconfundible de un animal enorme que se cuestiona a sí mismo. Un resoplido largo, nervioso. Un movimiento brusco hacia atrás, el golpeteo de las pezuñas, y de nuevo la quietud.

La espalda de Clara estaba al descubierto. Si Juniper quería, podía hacerle daño en dos zancadas. Lo sabía perfectamente, y por primera vez en mucho

tiempo esa certeza no le producía pánico. Le producía una clase de atención limpia, concentrada, que era lo más parecido a la paz que recordaba.

Se acordó de otra espalda, la de un hombre sentado ante una hoguera con el rifle en las rodillas.

No pensó más en eso. A los cuarenta y cinco minutos, el sol tocó el borde de las montañas y el corral entero se llenó de oro, y Clara sintió que el aire a su lado cambiaba de densidad.

Un calor. Un olor a yegua joven, a paja, a miedo reciente.

Una respiración caliente muy cerca de su hombro derecho.

Juniper estaba a menos de dos metros. Clara no se movió.

Los pelos del brazo se le erizaron uno a uno.

Contuvo la respiración, la soltó despacio, y siguió con su cancioncilla sin letra, con una voz que casi no se oía, hasta que la yegua, tras un instante eterno, soltó un resoplido largo y húmedo, directo contra su oreja, y dio media vuelta y se alejó al trote hacia el otro lado.

Eso fue todo. Clara se quedó inmóvil un minuto más, por si acaso. Después dejó caer la cabeza y soltó el aire, y se dio cuenta de que le temblaban las manos.

Era la primera vez en muchos meses que le temblaban por algo bueno. Se levantó despacio y recogió el cubo. Cuando alzó la vista hacia el corral grande, al otro lado de la cerca, vio una figura con el sombrero en la mano, apoyada en la valla, y no supo cuánto tiempo llevaba allí.

Ethan bajó la mirada, y pareció muy interesado de pronto en una bisagra.

* * *

Llevaba cuarenta minutos mirando la misma bisagra.

Ethan lo supo en cuanto Noah apareció a su lado con las manos en los bolsillos y una expresión de inocencia tan perfecta que sólo podía ser fingida.

—Bonita bisagra. —Está floja. —Llevas aquí tres cuartos de hora. Una bisagra no tarda tanto en estar floja. Una bisagra está floja o no lo está.

—Noah. —Solo hago constar que tienes el mejor ojo para las bisagras de todo el condado. —Miró hacia el corral redondo, donde Clara recogía el cubo y la silla de madera con una lentitud contenida, como alguien que sale de una iglesia—. Es evidente.

—Se me está haciendo tarde. —Son las ocho y cuarto. Cenamos hace una hora. Margaret no ha vuelto a ponerte la mesa porque temía interrumpir tu meditación.

Ethan cogió el sombrero del poste donde lo había colgado, se lo calzó y se fue sin decir palabra. A su espalda, Noah soltó una carcajada que le duró hasta la cuadra.

* * *