PARTE II #2
Esa noche, en el campamento viejo, Clara se envolvió en el saco, miró las estrellas y buscó con la mano, por pura costumbre, algo que no estaba.
No había cerrojo. Había una lona, un fuego medio apagado, un hombre dormido a casi tres metros con el sombrero sobre la cara, y la montaña entera alrededor, inmensa y sin puertas.
Se durmió igual. Sin darse cuenta. Como se duerme un caballo cuando por fin ha decidido que el prado es seguro.
* * *
El marcado era el único día del año en que Silver Creek parecía una empresa y no una ruina con buenas vistas.
Se hacía a principios de mayo, un sábado, cuando los terneros ya estaban lo bastante fuertes para el trabajo y la hierba todavía no lo bastante alta para esconderlos.
Desde el amanecer llegaron camionetas por el camino de grava, levantando una nube de polvo dorado: Hank Dawson con tres de sus hombres, los dos hijos de los Pruitt, una pareja de vecinos jubilados que no se perdían ninguno desde hacía cuarenta años, Sarah Miller con el maletín de las vacunas y el humor de quien sabe que le espera un día largo.
En la cocina de Margaret, Dolly y otras tres mujeres habían convertido el fogón en una cadena de producción de la que salían cacerolas de carne, panes, tartas, jarras de té helado y un olor que hacía que a los hombres se les durmieran las manos de pura impaciencia.
Ethan lo dirigía todo desde la valla del corral grande, con el sombrero calado y una libreta en el bolsillo de la camisa.
Ciento cuarenta terneros. Una hilera de cinco laceadores a caballo, entre ellos Noah y Travis, que lazaban a los animales por las patas traseras y los arrastraban hasta el fuego con la precisión de quienes llevan toda la vida haciendo lo mismo.
En el centro del corral, Cole, con los hierros al rojo y un pañuelo sobre la boca, marcaba la S y la C entrelazadas, que era la marca de Silver Creek desde hacía sesenta años.
El olor a pelo quemado se mezclaba con el del polvo, el sudor, el cuero y la carne asada de la cocina.
Ethan había nacido en aquel olor. Para otros era una dureza que se soportaba.
Para él era el olor de que las cosas, por una vez, iban a salir.
Todo el día había ido bien. Eso era lo raro.
La había puesto al cargo de los caballos.
Era una tarea que nadie quería y de la que dependía todo: cuidar de las monturas mientras sus jinetes trabajaban, rellenar el agua, ajustar cinchas, cambiar de caballo a quienes lo necesitaban.
Un trabajo de mozo, lo llamaban. Ethan se lo había asignado a las seis de la mañana, con un «sí, por favor» que le salió sin pensar y que no recordaba haber dicho nunca en un día de marcado, y ella lo había aceptado sin preguntárselo dos veces.
A media mañana Ethan se dio cuenta de que cada vez que algo en el corral necesitaba atención, algo se movía ya en esa dirección.
Si el alazán de Travis, un animal joven y nervioso con ojos de lunático, empezaba a bailar de lado cuando soltaban un ternero, ya estaba allí Clara, con la mano en el cuello y un tono bajo y regular, y el caballo se serenaba como si le hubieran cambiado la música.
Si uno de los viejos laceadores dejaba caer la reata, ya estaba recogida.
Si Hank se quedó sin agua, la bota apareció en su mano sin que nadie se la hubiera traído.
—Esa muchacha no se cansa —dijo Hank, apoyado en su bastón junto a Ethan, a la hora de comer.
—Se cansa. —¿Sabes qué es lo que no hace? —Hank se acarició el bigote—. Hacerlo notar.
Ethan no respondió. Estaba mirando, al otro lado del corral, cómo Clara sujetaba a Ranger con una mano mientras con la otra le examinaba la cincha.
Lo sujetaba de la cabezada, sin tirar, con la confianza tranquila de quien no necesita ganar.
Ranger, que no se dejaba tocar por nadie que no fuera Ethan, bajó la cabeza y le sopló en el hombro.
Cuando el tercer ternero del día se escapó por la puerta lateral, nadie lo vio venir.
Alguien la había dejado un palmo abierta. Un bicho de cien kilos, negro con una mancha blanca en la cara, se coló por la rendija a una velocidad que no parecía de su tamaño y salió disparado hacia el camino de grava, hacia la carretera, hacia las diez mil hectáreas de nada.
—¡Ternero suelto! —gritó alguien. Noah ya se volvía en la silla. Travis maldijo. Ethan lanzó una mano hacia Ranger, que estaba demasiado lejos.
Clara ya iba montada.
No supo cuándo había subido a Dusty, que estaba atada junto a la valla, ensillada para el relevo.
Solo la vio tirar de la rienda, apretar las piernas y salir al galope en una línea diagonal, no detrás del ternero, sino hacia donde el ternero iba a estar.
La yegua baya, que en cuatro semanas no había visto más ganado que una vaca al otro lado de la valla, se lanzó sin dudar.
Clara se inclinó sobre el cuello, la mano baja, la espalda quieta, y se interpuso entre el animal y el camino con tanta suavidad que el ternero, desconcertado, frenó en seco, resopló, miró a la derecha, miró a la izquierda, y decidió con evidente resignación que volver era menos trabajo que seguir.
Lo trajo de vuelta al corral al paso, como quien lleva a un niño de la mano a casa después de una travesura.
Hubo un silencio breve. Después alguien aplaudió, y después todos. —Para no haber visto un ternero en su vida —dijo Hank en voz alta, a nadie en particular— qué manera de leerlo.
—Es lo mismo que un potro asustado —contestó Clara, desmontando, con las mejillas rojas y una media sonrisa que parecía haberle crecido sin permiso—. Solo que con peor carácter.
Travis, desde su silla, soltó una carcajada. Noah, a su lado, no hizo ningún comentario; también le brillaba algo en los ojos, y era la primera vez que Ethan lo veía callado dos minutos seguidos.
Ethan apoyó las manos en la valla. Lo que sintió en el pecho no se parecía a nada que supiera nombrar. No era sorpresa: ya lo sabía. No era orgullo, porque no era suyo. Era una especie de calor extraño, quieto, parecido al que deja una taza en las manos después de haberla soltado.
Admiración, se dijo. Era lo que se sentía por un buen trabajador. Nunca lo había sentido así por Noah.
* * *
Cole lo encontró detrás del cobertizo de la maquinaria, a las dos de la tarde, con un plato de carne a medias y la libreta abierta sobre el capó de un tractor.
—Tengo que hablar contigo. —Ya lo sé. —Es de Cutthroat. —Cole se quitó el pañuelo de la cara y se lo pasó por la nuca—. Hank me ha ofrecido arrendar el pasto alto para el verano. Treinta mil. En metálico, a plazo corto. Sin papeleos.
Ethan dejó el plato. —No. —No es una propuesta. Es una cifra. —Ese pasto es lo que mantiene el ganado seco hasta octubre. Sin él no hay verano. Y si no hay verano, no hay invierno. Si lo arriendas, el rebaño tiene que bajar en julio, y a esa altura el pasto bajo está quemado. Lo sabes.
—Lo sé. —Entonces, ¿por qué me lo cuentas? —Porque las cuentas no salen. —Cole miró un tractor, una rueda, el suelo—. No salen, Ethan.
Ese tono. Ethan lo conocía: era el que Cole usaba cuando algo iba peor de lo que decía, y se le notaba en el cuello, en los hombros, en el modo en que apretaba los puños sin darse cuenta.
—Enséñame los libros. —No. —¿Por qué? —Porque en cuanto los veas te pondrás a arreglarlo todo tú solo —dijo Cole, y se volvió—. Trabajarás veinte horas diarias, y no dormirás, y te hundirás otra vez. Y yo ya he visto cómo acaba eso.
El aire se detuvo. No dijo el nombre. No hizo falta. Estaba en el polvo, en el capó del tractor, en el sol de las dos de la tarde, en cada cosa que no se venía desde hacía siete años.
—Eso no es lo mismo. —Siempre es lo mismo. —Cole se volvió de golpe. Tenía los ojos enrojecidos, y no por el polvo—. Siempre cargas tú con todo. Cargaste con aquello. No pienso verte cargar con esto.
—No es tu decisión. —Tampoco es la tuya. Se miraron. Dos hombres con la misma mandíbula, la misma altura, distinto pelo y el mismo miedo a distintas cosas. En el corral, los laceadores se habían quedado sin ruido. Alguien rio de lejos.
—Son siete años —dijo Ethan, muy bajo— sin contarnos nada, y ahora tú quieres...
—Son siete años sin hablar de nada. No es lo mismo —Cole respiró—. Mira. Esto lo llevo yo. Es mi parte. Déjame hacerla.
Ethan no contestó. Había dos maneras de querer a alguien, y Cole acababa de practicar la que él conocía mejor: esconderle las cosas para que no le pesaran. Lo había aprendido de Ethan. Lo comprendió de golpe, con una claridad desagradable. Era su propia lección, devuelta con intereses.
—Hasta agosto —dijo por fin—. Me das hasta agosto. Si en agosto no hay otra salida, hablamos del pasto.
—De acuerdo. —Y quiero ver los números. —En agosto. Cole le puso una mano en el hombro. Fue un contacto breve, y pesado, y sin soltura, el de dos hombres que no habían aprendido a tocarse sin una palmada de por medio. Después se colocó de nuevo el pañuelo sobre la cara y volvió al fuego.
Ethan se quedó solo, con el plato frío y la libreta abierta en un capó caliente.
* * *
A las seis, el último ternero marcado salió trotando del corral hacia su madre, que lo esperaba mugiendo en la valla.
Las mujeres sacaron la cena. Alguien encendió una hoguera en el patio, y los hombres se dejaron caer en las sillas y los bancos con esa lentitud feliz de los que han acabado un trabajo bien hecho, y Hank empezó a contar la historia de la vez que se le escapó un toro en una boda.
Ethan se quedó de pie en el borde de la luz, con una cerveza que no había probado.
Buscaba a alguien. No lo había decidido. Su cabeza lo estaba haciendo sola, como la mano que busca el pomo de una puerta en una casa conocida.
La encontró sentada en lo alto de la valla del corral pequeño, con el sombrero echado hacia atrás, el pelo trenzado cubierto de polvo y una botella de té helado en la mano.
A su lado, Noah le explicaba algo con las manos, y ella reía, con la cabeza echada hacia atrás, una risa entera, sin guardarse nada.