PARTE II
Demasiado cerca
* * *
Los postes se habían caído como se caen los árboles viejos: sin ruido, de uno en uno, arrastrando al siguiente.
Clara los contó desde la silla de Dusty cuando llegaron a lo alto de la cresta, pasadas las dos de la tarde.
Treinta y siete tumbados, casi todos con la base partida a ras de suelo, podrida por años de humedad, y el alambre colgando entre ellos en festones flojos, como una cuerda de tender después de la colada.
Detrás, el pasto alto se extendía en una pendiente suave hacia el norte, de un verde pálido y todavía mojado, y más allá, tan lejos que parecía pintado, las montañas con el último blanco del invierno.
—Treinta y siete —dijo. —Cuarenta y dos —dijo Ethan—.
Hay cinco más debajo de aquel pino. —¿Cuánto se tarda?
—Con dos personas, dos días y medio. Con una, cinco.
—Entonces es mejor ser dos. No contestó.
Pero se apeó de Ranger, y a Clara le pareció —una impresión absurda, de cansancio y de aire de montaña— que se le había relajado un poco la mandíbula.
El trabajo tuvo desde el primer minuto una lógica sencilla que a ella le resultó un descanso.
Arrancar los restos con la barra. Abrir el agujero con el cavador de dos mangos, en un suelo que escondía piedras como quien guarda rencores.
Plantar el poste nuevo, comprobar el aplomo a ojo y con el nivel, apisonar la tierra con la punta plana de la barra hasta que el poste dejara de moverse.
Después el alambre: tensarlo con el tensor de carraca, sujetarlo con las grapas, una cada palmo, clavadas en ángulo para no cortar el hilo. Ethan
se lo enseñó una sola vez. Cogió el martillo, clavó una grapa, la miró y se la tendió a ella sin una palabra.
Clara clavó la siguiente. —Mal —dijo él.
—¿Por qué? —Está recta. Ládeala. La ladeó.
Funcionó. No dijo nada más, y ella tampoco.
Le había dado unos guantes de cuero que sacaba de una alforja, viejos y enormes, que le llegaban hasta media muñeca y le bailaban en los dedos.
Olían a cuero, a humo de leña y a algo más, algo cálido y masculino que Clara decidió no identificar.
Se dobló los puños de los guantes dos veces y siguió trabajando.
A media tarde le dolían los hombros, los antebrazos, los muslos, los dedos de los pies dentro de las botas todavía rígidas.
Las ampollas se le habían abierto bajo los guantes y las notaba húmedas y escocidas.
No dijo nada. Ethan, a diez metros, tampoco miraba.
Pero a las cuatro dejó de golpe el martillo y dijo, sin volverse:
—Descansamos diez minutos. Clara no preguntó por qué. Se sentó en el suelo, contra el tronco caído de un pino, y bebió agua de la cantimplora con los ojos cerrados.
* * *
El campamento viejo estaba un poco más abajo, al abrigo de unos riscos, en un ruedo de piedras ennegrecidas por cien hogueras que algún Walker había encendido antes que ellos.
Ethan descargó a Biscuit y tendió una lona entre dos pinos.
Tenía unos movimientos tranquilos y exactos, de los que no se piensan, y Clara, que se había ofrecido a encender el fuego y a quien él había dicho «vale» sin más, pensó que no recordaba cuándo había sido la última vez que alguien le había dicho «vale» a algo suyo sin pedirle que se justificara.
Extendió su saco en el lado de la lona que daba al fuego, con la espalda contra una roca grande y la vista libre sobre el sendero por donde habían subido.
Ethan colocó el suyo en el otro extremo, a casi tres metros, junto a los caballos.
La diferencia entre aquella distancia y cualquier otra, pensó Clara, era la diferencia entre tener elegido y que te lo elijan.
Cenaron alubias con panceta de una lata, patatas asadas en las brasas, y un café negro y espeso que Ethan hacía con un cazo ennegrecido y una paciencia que no parecía de este mundo.
Clara se quedó con la taza entre las manos, mirando cómo oscurecía.
Primero se apagó el verde, después el azul, y por fin solo quedó la luz de las llamas y, encima, tan densas que parecían un ruido, las estrellas.
—¿Por qué se llama Cutthroat? —preguntó ella. —Por las truchas. —Él miraba el fuego—. Una trucha de aquí, de esas de arroyo de montaña, tiene una raya roja debajo de la mandíbula. Parece que le han cortado el cuello.
—Qué bonito. —Hay un arroyo ahí abajo lleno de ellas. —¿Pescas? —Antes. El «antes» se quedó entre los dos, quieto como un animal que no se sabe si es amigo. Clara no lo tocó.
—Yo hacía cinco años que no montaba —dijo, para llenar el hueco—. Desde que me fui a Chicago.
Él la miró por primera vez desde que habían empezado a cenar.
—No lo parece. —Mi cuerpo se acuerda mejor que yo.
—¿Y por qué lo dejaste? Lo había preguntado ya en la cuadra, la noche de Willow.
Esta vez no sonaba a curiosidad ni a exigencia.
Sonaba a una puerta entornada, que ella podía cerrar o abrir un dedo.
—Alguien pensó que me venía mejor otra vida —dijo. Y cuando él no dijo nada, añadió—: Y yo tardé mucho tiempo en darme cuenta de que no era la mía.
Ethan asintió muy despacio. Tomó un trago de café. —¿Y ahora? —Ahora aprendo a clavar grapas. —Las clavas mal. —Las clavo ladeadas. —Eso.
La risa de ella salió sola, y la de él casi: un resoplido corto por la nariz, bajo la barba. Fue la primera vez que Clara lo oyó y le pareció un sonido que merecía más publicidad.
A lo lejos, en la oscuridad, empezó a aullar un coyote. A los pocos segundos se le unió otro, y después tres más, en un coro agudo y descontrolado que parecía burlarse de sí mismo. Clara se puso rígida con la taza a medio camino.
—Están lejos. —Lo sé. —Estás mirando el sendero. —Costumbre. —¿De cuándo? Ella no respondió. Ethan dejó pasar un par de segundos, con una paciencia que podía ser ternura o simple cortesía, y se puso en pie.
—Voy a quedarme despierto un rato. Haré la primera guardia. Si te parece bien.
Fue la última frase la que la desarmó. Si te parece bien. Nadie la había preguntado nunca. Nadie decía esas palabras en su casa de Chicago, donde las decisiones llegaban ya tomadas, envueltas en razones, con una sonrisa.
—¿Me lo preguntas o me lo ordenas? —Te lo pregunto.
—Me da un poco de rabia —dijo Clara—. Pero gracias.
—De nada. Se metió en el saco vestida, con las botas puestas, de cara al fuego.
Ethan se sentó de espaldas a ella, con el rifle sobre las rodillas y el sombrero calado, y ella lo vio por el rabillo del ojo como una silueta negra sobre el resplandor, inmóvil, ancha, la espalda recta de quien sabe vigilar sin hacerlo ostensible.
Tardó en dormirse, pero se durmió.
* * *
Al segundo día, el alambre los llevó hacia el este, siguiendo la cresta, y a media mañana la ladera se abrió de pronto bajo ellos.
Había un valle estrecho y profundo, con un arroyo de aguas plateadas que serpenteaba entre sauces y rocas, y que desde allí arriba parecía un hilo de plata cosido al fondo de un pañuelo verde. El sonido llegaba atenuado por la
distancia, un murmullo de agua sobre piedra. Un lugar tan hermoso que costaba creer que alguien lo hubiera bautizado con una palabra amarga.
—Bitter Creek —dijo Ethan. La voz le salió plana, controlada, de una manera muy pensada.
Clara miró hacia donde él miraba. Casi en el centro, donde el arroyo se ensanchaba y la corriente se hacía más rápida, se distinguía un tramo de grava clara, un vado, y en la orilla izquierda un pequeño montón de piedras.
Piedras claras, planas, colocadas con cuidado.
Y encima de ellas, clavada en la tierra, una herradura.
Ethan se había quedado inmóvil con el martillo en la mano.
No era un hombre que se detuviera. Eso lo había aprendido Clara en dos días: Ethan Walker se movía siempre, hacia el siguiente poste, la siguiente tarea, la siguiente puerta.
Era un hombre con el cuerpo siempre ocupado, como alguien que sabe lo que ocurre cuando deja de estarlo.
Verlo quieto era como ver a un caballo de carreras de pie en el establo: se notaba la tensión de los músculos bajo la piel.
Tres segundos. Cuatro. Después se dio la vuelta, de espaldas al valle, y se puso a clavar el poste siguiente con unos golpes tan secos y tan seguidos que el eco rebotó en las rocas.
Clara no preguntó. Sintió que la pregunta le subía por la garganta, enorme, y la dejó donde estaba, porque sabía muy bien lo que era que le abrieran una puerta a patadas, y no iba a hacérselo a nadie.
—¿Quieres que siga yo por esta parte? —dijo, al cabo de un rato, con un tono de lo más corriente.
—No. —Vale. Entonces yo sujeto. Se colocó al otro lado del poste y lo sostuvo mientras él golpeaba. Los golpes fueron perdiendo violencia poco a poco, hasta convertirse en un ritmo normal.
No volvieron a hablar del valle. Pero a la hora de comer, cuando Ethan le tendió un trozo de pan y queso sin mirarla, sus dedos se rozaron un instante.
Estaban fríos, y le temblaban, apenas, y Clara no dijo nada ni lo miró, y se quedó con la sensación curiosa de haber hecho algo que no sabía nombrar y que, sin embargo, había salido bien.
* * *
Terminaron el sábado a media tarde, con los hombros deshechos, las manos hechas una ruina y cuarenta y dos postes nuevos tensando tres kilómetros de alambre brillante a lo largo de la cresta.
Ethan recorrió la línea de punta a punta tocando cada poste con la palma abierta, como se saluda a un caballo. Clara lo vio desde lejos. Cuando volvió a donde ella estaba, con el sombrero en la mano y el sol dorado detrás, dijo:
—Buen trabajo. Fueron dos palabras. Era la primera vez que le oía un adjetivo.
—Gracias —dijo ella. —Las grapas, sobre todo.
—¿Ladeadas? —Ladeadas. Se quedaron un momento mirando la valla, sin hablar, con el viento revolviendo la hierba alrededor.
Por debajo, el valle, y el arroyo plateado, y el montoncito de piedras que ninguno de los dos miró.