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Si lo aceptaba todo, le daría la razón a esa sensación de que el cuidado se compra. Y no quería eso tampoco.
A las doce de la noche, sentado en el escalón de la cuadra con una taza fría entre las manos, encontró la tercera opción. Era la más difícil. Eso fue lo que lo convenció.
A las cuatro menos cinco de la mañana, ante la puerta de la cabaña, dejó sobre la barandilla el termo de acero abollado, la taza de hojalata, y un sobre.
En el sobre había veintidós dólares. Y, escrito con un lápiz de carpintero sobre el reverso, esto: Pieza: 38.
La mano de obra no se cobra. Mi tiempo es mío.
Aceptar el dinero había sido más difícil que arreglar el coche.
* * *
Clara apareció en la cuadra a las cuatro y veintiséis, con el sobre abierto en una mano y la taza vacía en la otra.
Ethan estaba cepillando a Ranger. No levantó la vista. Sintió su presencia como se siente el cambio de presión antes de una tormenta.
—Has devuelto veintidós. —Es lo que sobra.
—¿Y la mano de obra? —Mi tiempo es mío. Oyó que ella respiraba hondo.
—No me gusta deber cosas. —Lo sé. —¿Cómo lo sabes?
Ethan dejó el cepillo sobre el lomo del alazán, se volvió y la miró.
—Porque dejaste sesenta dólares con una nota que dice: dime si es poco.
La mueca de ella, al principio, fue de pura indignación.
Después algo se le movió en la comisura de los labios, y fue una risa corta, entre dientes, que se le escapó antes de que pudiera impedirla.
—Era una forma de decir gracias. —Ya lo sé. —Es la única que sé hacer sin sentir que me estoy poniendo en manos de alguien.
No lo dijo con dramatismo. Lo dijo como se dice un dato. Ethan lo recogió con las dos manos, igual que se coge algo que puede romperse, y lo guardó donde guardaba las otras cosas que nadie le había pedido.
—Entonces la factura está pagada —dijo. —Está pagada. —Me parece justo. —A mí también. —Ella se guardó el sobre en el bolsillo trasero de los vaqueros, con una tranquilidad que no tenía hacía cinco minutos—. Gracias por arreglar el coche.
—De nada. Estuvo a punto de añadir algo más. Qué tontería. Cogió de nuevo el cepillo y siguió con Ranger, que lo miró de reojo con la expresión sarcástica de los caballos que han visto demasiado.
* * *
Hank Dawson apareció en la cocina de Margaret a las siete y veinte, con el sombrero en la mano, el bastón bajo el brazo y el aire de quien ha ensayado una entrada triunfal durante todo el camino.
Margaret estaba de espaldas al fogón. No se volvió. Ethan, desde su silla, vio que se le ponían rojas las orejas.
—Margaret. —Hank. —Una cucharada de gachas cayó en un plato con un golpe seco—. Qué sorpresa. A las siete y veinte, en domingo.
—Es jueves. —Se me había olvidado que existes entre semana. —Dice que le debes una partida de cartas —dijo Clara, desde la mesa, con la voz neutra de quien entrega un mensaje certificado—. Y que no se le ha olvidado. Con estas palabras.
El silencio que siguió fue de los que se pueden cortar con cuchillo. Noah, con la cuchara en el aire, dejó de masticar. Cole, que venía en camiseta y con el pelo todavía mojado, miró al techo con la expresión devota de un santo.
—Ese hombre —dijo Margaret, y se volvió por fin— lleva treinta y cinco años reclamando una partida que gané yo.
—Fue en el noventa y uno, y me hiciste trampa. —Fue en el noventa y cuatro, y no la hice.
—Se lo he mandado decir con una chica de confianza —dijo Hank—, para que quede constancia.
—Con una chica de confianza y poca memoria.
Se miraron, y a Ethan le pareció ver, por un instante, algo muy antiguo y muy ligero cruzarles la cara, algo que no tenía nada que ver con las cartas.
Después Margaret le tendió una taza de café a Hank sin que se la pidiera, y el viejo la cogió con la misma naturalidad, y ambos fingieron que no había pasado nada.
—Vengo por otra cosa —dijo Hank, sentándose—. Se me ha colado un novillo en vuestro pasto alto. Cutthroat Ridge. Cuando fui a buscarlo, vi por dónde había entrado. Hay tres kilómetros de valla por el suelo.
Cole dejó de masticar. —¿Tres? —Con el deshielo de la semana pasada, y las heladas de las noches, se han caído los postes como piezas de dominó. —Hank sorbió el café—. Podría ser peor. Podrían haber sido seis.
—La salida a pasto es dentro de diez días —dijo Ethan. —Lo sé. —Cole y yo tenemos que llevar las novillas a la subasta mañana —dijo Noah, mirando a Cole—, y volvemos el domingo.
—Y yo no puedo faltar —confirmó Cole—, porque me han convocado en el banco.
Nadie dijo nada. Todos hicieron el mismo cálculo, y todos llegaron a la misma cifra.
—Puedo ir yo solo —dijo Ethan. —Ya sé que puedes —dijo Margaret.
—Voy mañana temprano y estoy de vuelta el domingo.
—Tres kilómetros de valla, cargar la mula, los postes, el alambre.
Tú solo. En tres días. —Margaret removió las gachas—.
Ya sé que puedes, Ethan. Siempre has podido. Eso es lo que me preocupa.
Cole se atragantó con el café. —Llevas a Clara —dijo Margaret—. Y a Biscuit. —Margaret... —Sabe lo que hace. No te tiene miedo. —Margaret dejó la cuchara—. Y a ti te hace falta alguien que no te lo ponga fácil.
Ethan sintió que Clara, a su lado, se había quedado inmóvil con la taza a medio camino. No la miró. Tampoco hizo falta: la percibía, en el borde de la visión, como se percibe el calor de una estufa.
—¿Me lo preguntas o me lo ordenas? —dijo Clara, con voz muy tranquila.
—Te lo pregunto, hija. —Margaret la miró—. Si dices que no, Cole y Noah dejan las novillas y el banco se enfada. Y yo pierdo una apuesta, porque he dicho que dirías que sí.
Hank soltó una risita sorda. Noah se tapó la boca. Ethan, que había visto muchas veces aquella expresión en la cara de su tía abuela, la de alguien que juega la carta que lleva guardada durante años, comprendió con una claridad desagradable que todo aquello estaba planeado.
La había visto decidir sobre la vida de otros muchas veces. Nunca con tanta paciencia.
—Voy —dijo Clara. —¿Seguro? —Hay una valla que arreglar. —Dejó la taza—. No me asusta. No lo dijo con arrogancia. Fue una constatación. Pero a Ethan le sonó, a pesar de todo, a una pregunta que no le estaba haciendo a nadie en esa mesa.
* * *
Salieron a las nueve y media, con la neblina todavía pegada a los prados bajos y el cielo de un azul tan limpio que dolía.
Ethan montó a Ranger. Clara, a Dusty, la yegua baya de buen genio, que ella eligió sin dudar entre los once de la cuadra.
Biscuit, la mula, cargaba a la espalda los postes, el rollo de alambre, el tensor, las grapas, el mazo y las provisiones de tres días con la resignada majestad de quien ha hecho este viaje cada primavera desde antes de que ellos nacieran.
El sendero subía en zigzag entre pinos de corteza roja y praderas con el suelo todavía empapado.
Olía a tierra húmeda, a resina, a nieve vieja.
Ethan iba delante. Detrás, el golpeteo regular de los cascos de Dusty, y encima, de vez en cuando, un sonido pequeño que no sabía identificar hasta que se dio cuenta de que era ella, tarareándose algo en voz baja, sin darse cuenta.
Montaba bien. No bonito, sino bien: las manos bajas y quietas, la espalda suelta, el peso en los talones. Era la forma de quien ha pasado mil horas a lo-
mos de un caballo y otras mil pidiendo permiso para respirar, y las dos cosas se le notaban en los hombros.
A la altura de la tercera curva, el sendero se bifurcaba. A la izquierda bajaba hacia el arroyo, entre rocas y sauces, y atravesaba el vado de Bitter Creek: una hora más corto, una hora menos de ascenso. A la derecha seguía subiendo en zigzag, por las laderas peladísimas de la cresta.
Ethan tomó la derecha sin detenerse. Oyó que los cascos de Dusty vacilaban un segundo en la bifurcación, y que luego lo seguían.
—¿Es más seguro por aquí? —preguntó ella.
—Sí. No dijo nada más. No preguntó por qué ni cuánto más largo.
Ethan, delante, con la espalda recta y la vista fija en el camino, sintió cómo ella dejaba pasar la pregunta igual que se deja pasar a un animal que no quiere ser tocado, y la odió un poco por eso, y se lo agradeció más.
Tres días, pensó. Podía soportar tres días de cualquier cosa. Era lo que uno se decía cuando sabía que no era verdad.