Bajo su piel de Cowboy (Corazones de Montana nº 1) 6
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Travis resultó ser un vaquero alto y desgarbado, de sonrisa fácil, que cargaba los sacos de pienso de dos en dos y los colocaba en la caja de la camioneta con tanta gracia que parecía un baile.

Se tocó el ala del sombrero al despedirse.

Clara le devolvió un asentimiento y se dio cuenta, camino de Dolly's, de que ya no recordaba cuándo fue la última vez que un desconocido le había sonreído sin que ella se preguntara qué quería.

El timbre de la puerta de Dolly's sonó al abrir.

El local olía a café recién hecho, a mantequilla y a algo que su abuela, en algún momento, había llamado tarta de ruibarbo.

Una barra larga con taburetes rojos. Mesas de formica junto a las ventanas.

Una docena de clientes que, al entrar ella, dejaron de hablar exactamente al mismo tiempo, y volvieron a hacerlo exactamente al mismo tiempo, con el volumen ligeramente alterado.

—¡Ah, aquí está! —La mujer detrás de la barra tendría sesenta años, un delantal de volantes, el pelo cardado en un tono de rubio que no existe en la naturaleza y la expresión de quien lleva toda la vida esperando una noticia—.

Sabía que vendrías. Siéntate, cielo. Dolly Pruitt.

Todo el mundo me llama Dolly, y quien no me llama Dolly no come aquí.

Clara se sentó en el taburete del extremo, el que daba de frente a la puerta. Dolly le sirvió un café antes de que lo pidiera y un trozo de tarta sin preguntar si tenía hambre.

—El pueblo lo supo el sábado a las ocho de la mañana. Noah se lo contó al panadero, que se lo contó a mi marido, que me lo contó a mí mientras yo tenía las manos en la masa. Te acompaño en el sentimiento, cielo: ya eres la persona más interesante del condado.

—Es un honor demasiado grande. —Dura poco. Mientras tanto, aprovéchalo. —Apoyó los codos en la barra—. ¿De dónde vienes?

Fue una pregunta tan ligera que Clara tardó un instante en notar el peso. —De Minnesota. —¿Minnesota? —Dolly arqueó una ceja—. Qué curioso. Hablas como si hubieras nacido en Kentucky.

—De pequeña viví allí. —Ah, entonces eres de Kentucky. —Ahora soy de Montana. Hubo un segundo de silencio. Dolly sonrió con una sonrisa amplia y dulcísima, y fue entonces cuando Clara comprendió que los ojos de aquella mujer, cuando alguien mentía, se ponían muy amables.

Sonó el timbre de la puerta. Clara se tensó sin querer, la cuchara a medio camino, los hombros subiendo un centímetro.

Era un camionero con la gorra en la mano que pidió un café para llevar.

Cuando se fue, Dolly seguía mirando, sin cambiar la sonrisa, pero con el lápiz del pedido suspendido sobre la libreta.

—Mira, cielo —dijo despacio—. Aquí no preguntamos de dónde vienes. Preguntamos cuándo te marchas, y aun así lo preguntamos con cariño. —Le rellenó la taza—. Lo que cada uno haya dejado atrás es cosa suya, y de Dios, y del tiempo.

Clara no contestó. Tampoco podía. Tenía la garganta cerrada como una puerta.

—La tarta está buenísima —consiguió decir al fin.

—Claro que sí. —Dolly le puso delante una bolsa de papel que olía a canela—.

Seis bollos. Para esa panda de salvajes de Silver Creek.

Y dile a Ethan Walker que hace diez años que no se sienta en mi barra más de cinco minutos, y que no se me ha olvidado.

—¿Todo el mundo le debe algo a todo el mundo en este pueblo? —Es lo que nos mantiene unidos, cielo. —Dolly sonrió—. Eso y la tarta.

* * *

La clínica de Sarah tenía una sala de espera con tres sillas de plástico, un tablón de anuncios cubierto de fotos de perros y un olor a desinfectante que, de pronto, le recordó a Clara su infancia con una precisión casi dolorosa.

Sarah salió de la trastienda secándose las manos en la bata. —Has venido a por los cataplasmas. —Y a por lo que me hayas recetado para Pepper. —Clara dejó el sobre sobre el mostrador—. Margaret dice que ya está pagado.

—Margaret siempre dice que está pagado. —Sarah sacó las cajas de un estante y las colocó una junto a otra—. Dolly te habrá interrogado.

—Ha sido muy amable. —Esa es la técnica. —Sonrió de lado—. ¿Cómo te trata Ethan? —Como a todos, supongo. —Eso es lo que me preocupa. —Sarah apoyó las manos en el mostrador—. Ethan Walker es un buen hombre y un cabezota irremediable. Si te da la lata, me lo dices, y yo se la devuelvo por triplicado.

—No hace falta. —Ya. —Sarah la miró un momento—. Los jueves por la noche la gente se junta en The Rusty Spur. No es un sitio bonito. Es un sitio. Si algún día te apetece compañía que no te pregunte nada...

—¿Eso existe?

—En el Rusty Spur, sí. Todos están demasiado ocupados no hablando de sus propios problemas. —Cogió un bolígrafo y escribió un número en un trozo de papel—. Este es el mío. Para lo que sea.

Clara cogió el papel. Lo dobló por la mitad y se lo guardó en el bolsillo interior del abrigo, junto al sobre del dinero.

—¿Has conocido a Cole? —preguntó Sarah, en un tono que quería ser casual y no lo era del todo.

—Se enfadó conmigo cinco minutos y luego me pidió perdón de una forma bastante rara.

—Cole siempre pide perdón así. Como quien devuelve un balón. —Sarah bajó la mirada hacia los cataplasmas—. Dile a Ethan que cambie el vendaje a las seis, no a las ocho.

* * *

Cuando Clara tomó el último recodo del camino de Silver Creek eran casi las seis y media. El sol estaba bajo y le daba al paisaje un tono de miel vieja, y en el aire había ya ese filo de frío que en Montana se levanta en cuanto el día deja de mirar.

Aparcó la camioneta junto a la cuadra, descargó los sacos con la ayuda silenciosa de Noah, que apareció de la nada, cogió los dos más pesados, y se fue silbando, y caminó hacia la cabaña con la bolsa de bollos en una mano y los cataplasmas en la otra.

El Subaru estaba aparcado frente a la puerta.

Se detuvo. No era el coche que había dejado en la verja.

O era el mismo, pero se parecía a sí mismo de un modo distinto, como un hombre al que alguien ha lavado la cara.

Alguien le había quitado el barro. Alguien había cerrado el capó y limpiado los cristales.

Las llaves estaban puestas, en el asiento del conductor.

Clara las giró y el motor arrancó a la primera. Sonó distinto. Sin el estertor de siempre, sin la tos de gato asmático del arranque, con un ronroneo limpio y seguro, como un coche que hubiera olvidado ser viejo.

Apagó el contacto. Se quedó mirando el volante. No había nota. No había factura. Nadie le había dicho nada. Nadie se lo había comentado en la cena del domingo ni en el desayuno del lunes, ni si-

quiera de pasada, con ese gesto de quien deja caer una cosa para que se la recojan. Ethan había pasado tres días junto a ella en la cuadra, a diez metros, a cinco, a dos, y no había dicho una sola palabra.

Lo había hecho sin que nadie se lo pidiera. Clara sintió, a un tiempo, una cosa cálida y una cosa fría, y le costó un buen rato separarlas.

La cálida era gratitud. Eso lo entendía.

La fría era más antigua. Había habido alguien, en Chicago, que también se ocupaba de las cosas.

Le arreglaba el coche, le pagaba las facturas, le ordenaba la agenda, le pedía cita en el médico, le compraba la ropa que, según él, le sentaba mejor.

Nunca le había dejado una nota. Nunca le había pedido nada a cambio.

Y durante mucho tiempo ella había pensado que eso era amor, hasta que descubrió que las deudas silenciosas son las más caras, porque se cobran después, y siempre con intereses.

No era lo mismo. Lo sabía. Ethan no era él. Pero a su cuerpo no le interesaban esas distinciones. Su cuerpo solo sabía una cosa: que alguien le había hecho un favor enorme y no le había dicho cuánto costaba.

Sacó el sobre del abrigo. Eran doscientos noventa y tres dólares. Contó sesenta. Los metió en un sobre limpio y escribió, con letra recta y despacio, en el reverso:

Por la bomba y la mano de obra. Dime si es poco.

C. B. Se sintió un poco ridícula. Después se sintió un poco mejor.

Cuando cruzó el patio en dirección a la cuadra ya era casi de noche, y al fondo, junto al box de Pepper, la luz seguía encendida.

No se atrevió a entrar. Dejó el sobre sobre el banco de la guarnicionería, debajo de un limpiacascos, y se fue sin hacer ruido.

Odiaba deber. Odiaba aún más que le hicieran sentirse bien por deber. La respuesta la encontró a la mañana siguiente, en la barandilla del porche, junto al termo.

* * *

Ethan encontró el sobre el miércoles a las siete y diez de la tarde, bajo un limpiacascos, en el banco de la guarnicionería.

Lo abrió con la desconfianza de quien sospecha que le han dejado una factura. Sesenta dólares, en billetes alisados con cuidado, y en el reverso una letra recta, de rotulador fino: Por la bomba y la mano de obra. Dime si es poco. C. B.

Se quedó un buen rato mirando aquella frase.

La bomba de combustible del Subaru le había costado treinta y ocho dólares en el almacén de recambios de Alder Creek, el martes por la tarde.

Cuarenta minutos de ida, cuarenta de vuelta, y dos horas y pico debajo del coche, con una linterna entre los dientes y Noah sosteniendo la segunda, hablando sin parar de todo lo que le venía a la cabeza salvo del asunto.

Noah, por una vez en su vida, había cumplido la promesa de no decir palabra, lo que demostraba lo mucho que lo estaba disfrutando.

No se lo había contado a nadie. Ni siquiera había decidido todavía por qué lo había hecho. Un coche que se muere en la verja es un coche que hay que mover. Un coche que hay que mover es un coche que se arregla. Era una cadena lógica, sin sentimientos de por medio.

Se guardó el sobre en el bolsillo de la camisa. Lo sacó una hora después. Volvió a guardarlo.

Si lo rechazaba, la ofendería. Eso lo entendía: bastaba con recordar cómo había cogido ella la horca, cómo había partido el bollo sin tocarlo, cómo comprobaba el cerrojo dos veces.

Alguien que paga lo que debe, y hace una nota para decirlo, es alguien a quien le han cobrado muy caro en algún momento.