5
La cena fue lo que son las cenas de los domingos: mucho ruido y poco silencio.
Noah contó que había visto a Travis Hale, el vaquero de Hank, intentar cargar un cerdo en un remolque, y la historia, que tenía un final lamentable para el cerdo y para Travis, duró diez minutos.
Cole habló de Billings con las manos. Margaret sirvió sin parar.
Y Ethan, que casi nunca comentaba nada, se encontró sin proponérselo contando por encima de las cabezas lo que Clara y él habían hecho por la noche, en el box, con las manos y con la paciencia, y vio cómo Cole abría mucho los ojos y cómo ella, a mitad de panecillo, se sonrojaba hasta las orejas.
Había algo que Ethan, a pesar de todo, no podía dejar de anotar.
Clara no había probado bocado. Le habían servido primero, porque Margaret era de esas mujeres que sirven a las visitas antes que a la familia.
Y Clara había dejado el tenedor sobre el plato, con las manos en el regazo, esperando.
Esperó a que Cole cogiera el suyo. A que Noah le diera el primer bocado a la carne.
A que Margaret tomara asiento y se sirviera una cucharada de patatas.
Solo entonces, cuando todos comían, Clara tomó el tenedor y empezó.
Era un detalle diminuto. Podía ser buena educación. Podía ser costumbre. Ethan lo apuntó igual, sin saber por qué.
Clara comió deprisa, con la cabeza gacha, y de pronto se detuvo, como si hubiera descubierto que lo hacía. Dejó el tenedor. Respiró hondo. Reanudó la comida con una lentitud calculada, casi teatral.
—¿Esto lo hizo usted? —preguntó a Margaret, señalando el asado. —Esto lo hace mi gente desde hace treinta años. Mi gente, la suya y la de todo el que haya cruzado esta puerta.
—Está buenísimo. —Ya lo sé, hija. —Margaret sonrió con medio rostro—. Pero me gusta que me lo digan.
Fue entonces cuando Clara levantó la vista hacia la pared que tenía enfrente.
Había allí una docena de fotografías colgadas con la simetría desordenada de las que se van añadiendo con los años.
Una boda. Un rodeo. Un hombre de bigote sobre un caballo ante la verja del rancho, el abuelo, el fundador.
Y en el centro, la más grande: tres chicos sobre tres caballos, bajo un cielo recortado y azul.
El mayor, rubio y fornido, con la sonrisa de quien ha ganado una apuesta.
El mediano, moreno, serio, con un sombrero bajo y la espalda recta.
Y el pequeño, en el centro, con las orejas desparejas, el sombrero demasiado grande y una expresión de felicidad tan pura que dolía mirarla.
—¿Son ustedes? —preguntó Clara, con una curiosidad inocente.
—Mis hermanos y yo —dijo Cole, con la boca llena.
Clara se volvió hacia la foto. —¿Y el pequeño?
El silencio que siguió no fue largo. Fue tan limpio que Ethan oyó el chasquido de la leña en el fogón y el tictac del reloj de cocina y su propio pulso.
—Jamie —dijo Cole, y dejó el tenedor. Nadie añadió nada.
Ethan sintió la mirada de Clara antes de verla, una mirada que viajaba por la mesa como una mano que busca el interruptor en la oscuridad.
No levantó la vista. Miró el plato, el cuchillo, el tenedor, la servilleta doblada.
Conocía aquellas cosas. Eran lo único de la habitación que no le hacía daño.
—¿Alguien quiere más patatas? —dijo Margaret. —Yo —dijo Noah, con un entusiasmo que tenía el volumen exacto de una operación de rescate—. Y quiero saber cómo vais a llamar al potro, porque yo propongo Subaru.
—Ni se te ocurra —dijo Clara.
—Es un nombre noble. Lleva a una persona hasta el final del camino y entonces se muere.
—El que ayuda en el parto pone el nombre —dijo Margaret—. Es una norma de la casa.
—¿Desde cuándo? —dijo Cole. —Desde hoy. Clara dejó el tenedor sobre el plato. Parecía estar sopesando algo importante.
—Aguanieve —dijo. Hubo un silencio breve.
—Es un nombre terrible para un caballo —dijo Noah.
—Es mejor que Subaru —dijo Cole. —Es el tiempo que hacía cuando llegué —dijo Clara, y su sonrisa tuvo algo de desafío y algo de timidez—.
Me pareció un buen augurio para un potro. Que llegue con mal tiempo y se quede.
Nadie contestó enseguida. Margaret sirvió patatas a Noah con una calma cuidadosa.
—Aguanieve, entonces —dijo.
* * *
El frío del porche era limpio y seco, de los que despejan la cabeza.
Ethan apoyó los antebrazos en la barandilla y miró el patio, la cuadra iluminada, la sombra de las montañas detrás.
Dentro, Margaret y Clara fregaban los platos.
Noah les había hecho compañía, es decir, estaba sentado en la encimera, comiendo tarta y dando consejos.
Cole salió y cerró la puerta mosquitera con un golpe.
—No me gusta. —Lo sé. —No me gusta que Margaret decida sin consultarnos.
No me gusta que traiga a alguien a quien no conoce.
Y no me gusta —bajó la voz, y fue lo peor, porque Cole nunca bajaba la voz— que haya hecho algo que a ti te ha hecho hablar.
—No ha sido nada. —Ethan. Has contado una historia en la cena. Con frases enteras. —Fue un parto difícil.
—Ya. —Cole se frotó la cara—. Mira, no digo que sea mala. Tiene buenas manos. Se nota. Digo que no podemos permitirnos esto ahora. Hay números que no te he enseñado.
Ethan se volvió. —¿Qué números? —Después. —Cole. —Después, Ethan. —Miró hacia la cuadra, hacia el prado oscuro, hacia las siluetas lejanas de los pastos altos—. Hoy ha sido un buen día. Dejemos que lo sea.
Se quedó un momento junto a su hermano. Después le dio una palmada en el hombro, de las que se dan para cerrar una discusión sin ganarla, y volvió a entrar.
La mosquitera volvió a abrirse al cabo de un minuto. Margaret salió con un trapo de cocina en el hombro y el rostro de quien ha estado esperando fuera de escena el momento exacto. Se acercó a la barandilla. No dijo nada durante un rato.
—No la asustes —dijo. Ethan no se movió. —No pensaba hacerlo. —Ya lo sé. —Margaret le puso una mano en el brazo, un segundo, ligera como un pajarillo, y la retiró—. Por eso te lo digo.
Se fue sin esperar respuesta. Poco después salió Clara, con el abrigo puesto, despidiéndose de todos con un buenas noches repartido en dosis iguales.
Cruzó el patio bajo la luz del porche y siguió por el sendero de tablones hacia la cabaña, y Ethan, que no tenía ninguna razón para seguir apoyado en aquella barandilla, la siguió con la mirada hasta que llegó a la puerta.
La vio detenerse. La vio girar el pomo, empujar, y soltarlo. Cerrar. Abrir otra vez. Y volver a empujar, una segunda vez, para estar segura.
Después entró, y la puerta se cerró detrás de ella. Ethan no tenía derecho a saber lo que significaba aquel gesto. Lo supo igual.
* * *
Margaret le dio las llaves de la camioneta el miércoles por la mañana, con la misma naturalidad con la que le habría pasado la sal.
—Necesito pienso, vendas y que alguien se pasee por el pueblo con cara de saber a qué ha ido. Ese alguien eres tú.
—¿Yo? —Tú. El Subaru sigue en el taller de Ethan, y mis rodillas ya no aguantan ese camino de baches. —Le tendió una lista escrita con letra picuda e inclinada, de colegio de monjas—. Y no tardes. Dolly te hará hablar y se te echará la noche encima.
La camioneta era una Ford de 1994, de un amarillo mostaza desteñido, con el asiento hundido por el lado del conductor y un olor a heno, a cuero y a algo dulce que Clara tardó dos kilómetros en identificar: caramelos de menta.
Había un bote medio vacío debajo del asiento.
Tres marchas, un embrague duro como una puerta.
A la segunda curva había aprendido sus manías. A la quinta, le gustaba.
El camino hasta Alder Creek eran cuarenta minutos de grava y asfalto agrietado entre praderas que empezaban a verdear en las vaguadas, con la nieve vieja todavía pegada a las laderas de las montañas como un mantel que nadie se hubiera atrevido a quitar.
El cielo era enorme. No tenía otra palabra.
En Chicago el cielo era una franja entre dos edificios; aquí ocupaba todo el parabrisas y seguía sobrando.
Clara bajó la ventanilla, a pesar del frío, y dejó que el aire le entrara por la cara.
Alder Creek resultó ser una sola calle principal, un semáforo que parpadeaba en ámbar para nadie, y cuarenta y tantos edificios de ladrillo y madera
con las fachadas pintadas hace mucho tiempo y retocadas con cariño.
Una iglesia blanca. Un bar de aspecto sombrío llamado The Rusty Spur.
Una ferretería. Un edificio bajo con un cartel que decía MILLER · ANIMALES GRANDES Y PEQUEÑOS.
Y, en la esquina, una cafetería con el rótulo rosa descolorido y los cristales empañados: DOLLY'S.
Aparcó frente a la tienda de piensos, apagó el motor, y se quedó un momento con las manos en el volante.
Podía ser cualquiera. Ese era el regalo y el peligro de un sitio así: nadie la conocía. Nadie sabía quién era, de dónde venía ni a quién había dejado atrás. Y al mismo tiempo, en un pueblo donde todos conocían a todos, una cara nueva tenía el efecto de una piedra en un estanque.
Respiró hondo. Se bajó.
* * *
En la tienda de piensos la esperaba un hombre de setenta años con bigote blanco y bastón de espino, que usaba para señalar más que para apoyarse.
—Usted es la de Margaret —dijo, sin saludar. —Clara. —Hank Dawson. Vecino de Silver Creek desde hace cuarenta y cinco años, y enemigo de Margaret Walker desde hace cuarenta y cuatro.
—¿Y el año que falta? —Esperaba que me pidiera disculpas. —Los ojos azul claro de Hank brillaron bajo las cejas blancas—. Dile que me debe una partida de cartas y que no se me ha olvidado.
—Se lo diré. —Con estas palabras. —Con estas palabras. —Buena chica. —Se volvió hacia el fondo de la tienda—. ¡Travis! Carga los sacos de la señorita, que no tienes otra cosa que hacer.