Bajo su piel de Cowboy (Corazones de Montana nº 1) 4
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—Lo he intentado. No llego. —Porque tienes brazos de leñador. —Lo dijo antes de pensar, con los dientes apretados y la cara pegada al flanco de la yegua—. Esto no es leña.

Hubo un silencio breve. No supo si se había pasado de la raya. Pero la voz de Ethan, cuando llegó, no tuvo ningún filo.

—Dime qué hago.

Clara sintió algo raro en el pecho, algo que no podía ser la cercanía del esfuerzo.

—Sujeta la cabeza. Que no se levante. Y cuando yo diga ahora, la animas a empujar. No antes.

—Vale. El resto fue, durante un tiempo que después no habría sabido medir, un trabajo de manos y de paciencia.

Entre contracción y contracción, empujar al potro hacia dentro con la palma, centímetro a centímetro, lo justo para hacer sitio.

Cerrar la mano en torno al casco para que no rasgara nada.

Buscar el ángulo. Subir la pata, la pequeña articulación resbaladiza, despacio, con una delicadeza que no se parecía a la fuerza.

Willow bufaba, pateaba, protestaba. Ethan le hablaba.

Clara sudaba. El reloj de la pared dio las dos y diez, y Clara no lo oyó.

—Ya viene. —Se le quebró la voz—. Ya está recta.

Ahora. —Ahora, preciosa. Ahora. Willow soltó un largo gemido y empujó.

Clara recogió los dos cascos, la nariz, y tiró, hacia abajo y hacia fuera, con toda la delicadeza del mundo, y de pronto hubo una resbalada, un chorro tibio, y el potro llegó a la paja envuelto en su saco brillante, con las patas enredadas y el cuello torcido.

No se movió. Clara le arrancó la membrana de la cara con los dedos. Cogió un puñado de paja seca y le frotó las fosas nasales, con fuerza, el pecho, las costillas. Nada. Frotó más fuerte. Notó la mano de Ethan sobre la suya y la ignoró.

Entonces el potro estornudó. Fue un estornudo diminuto, indignado, lleno de líquido. Sacudió la cabeza. Abrió un ojo oscuro y enorme y miró a su alrededor como quien descubre que lo han sacado de la cama sin avisar.

Willow, tendida detrás, lanzó un relincho grave y entrecortado que Clara reconoció de inmediato. Es el sonido que hacen las madres.

Ninguno de los dos dijo nada durante un rato.

Se quedaron sentados en el suelo del box, con la espalda contra la pared, las rodillas dobladas y los brazos empapados, viendo cómo la yegua se incorporaba a medias y empezaba a lamer a su cría con una dedicación feroz.

El potro, bayo oscuro y con una estrella blanca torcida en la frente, intentó levantarse dos veces, cayó las dos con las patas hechas un nudo, y la tercera

vez, con un temblor de todo el cuerpo, se mantuvo en pie. Dio un paso. Tropezó con su propia sombra.

Clara se echó a reír. Fue una risa corta y ronca, que la sorprendió a ella más que a nadie. Hacía meses que no se reía. Lo supo por el sonido: tenía el eco de una cosa que se ha oxidado por falta de uso.

—Toma. Ethan le tendía una toalla. Ella la cogió. Los dedos de ambos se rozaron, un contacto breve, de nudillos y de callos, y Clara no se apartó. Lo notó después, cuando ya se estaba secando el brazo, con una cuenta atrasada de segundos: no se había apartado.

Al secarse la muñeca izquierda, la manga del pijama le resbaló hasta el codo y dejó al descubierto una línea pálida y fina, de unos cuatro centímetros, que no era de ninguna cuadra.

Vio que Ethan la había visto. Vio también que él apartaba la mirada, despacio, sin brusquedad, como se aparta uno de algo que le han dado a guardar sin pedirlo.

Y no dijo nada. Ella se bajó la manga con un movimiento tranquilo y no dio ninguna explicación.

Era una sensación tan rara, la de no tener que dar explicaciones, que le dio un poco de vergüenza lo mucho que le gustó.

—¿Dónde aprendiste a hacer eso? —preguntó él, mirando al potro. —En Kentucky. Mi madre trabajó treinta años en una cuadra de cría. Parí mis primeros potros a los quince.

—Y luego dejaste los caballos. No era una pregunta. Clara se quedó un momento en silencio. —Sí. —¿Por qué? —Es largo. Ethan asintió, despacio, sin insistir. Clara esperó a que dijera algo más, a que preguntara lo siguiente. No lo hizo. Miró el reloj de pared.

—Faltan dos horas y veinte para las cuatro y media. —¿Quieres decir que tenemos tiempo? —dijo ella, y tardó un segundo en entender por qué se le había ido la voz hacia una risa.

—Quiero decir que no tengo prisa por que sea largo. Lo dijo mirando al potro. Clara también. —Oye —dijo después, pasado un rato—, el termo de ayer.

Él no se movió. —¿Qué termo? —El de la barandilla. ¿Quién deja un termo en la barandilla de una cabaña vacía a las cuatro de la madrugada?

Ethan se quedó mirando la pared de enfrente. Una línea minúscula se le movió bajo la barba.

—Alguien con insomnio. —Ya. —Ya. Fuera, la noche seguía quieta y llena de estrellas.

El potro, con las patas temblando, buscó la ubre de su madre y la encontró al cuarto intento.

Clara, con la espalda contra la madera y el cuerpo agotado de esa forma limpia que no se parecía a ninguna otra, dejó que la cabeza le cayera hacia atrás, hacia la pared, a diez centímetros del hombro de él.

No se apartó. Y él tampoco.

* * *

A las seis de la tarde del domingo, Ethan había dormido cuatro horas en los últimos dos días y se sentía sorprendentemente lúcido, a la manera de los muy cansados.

Se lavó en el abrevadero del patio, se cambió la camisa y se miró un segundo en el espejo roto que colgaba junto a la puerta de la cuadra. Barba de dos días. Ojeras. Un hombre al que cualquiera habría dejado en paz.

No entendía por qué se había cambiado la camisa.

La cena de los domingos en casa de Margaret no admitía ausencias.

Era una tradición que se remontaba a antes de que existieran el banco, las deudas y la mala suerte, y que Margaret defendía con la tenacidad de quien sostiene un muro con las manos.

Se cenaba a las siete. Se cenaba en la cocina, en la mesa de roble larga, con el fogón de leña encendido y las fotografías de familia colgadas de las paredes en marcos que nadie había cambiado en treinta años.

Había asado de ternera, patatas, panecillos de suero y una tarta de manzana que ya se enfriaba en la ventana.

Cuando Ethan entró, Noah ya estaba sentado, con los codos en la mesa y un panecillo en la mano. Margaret removía una salsa en el fogón. Y junto al fregadero, secando una fuente con un trapo que había cogido sin que nadie se lo pidiera, estaba Clara.

Llevaba el pelo suelto, todavía húmedo. Una camisa de franela azul que le quedaba un poco grande. Tenía las ojeras de alguien que lleva dos noches sin dormir y la expresión alerta de alguien que ha aprendido que dormir es una forma de bajar la guardia.

La puerta de atrás se abrió con un golpe. —¡Señora Walker, soy yo, y vengo con hambre y malas noticias!

Cole entró en la cocina como entraba siempre en todas partes: como si hubiera llegado tarde a una cita con alguien que le debía dinero.

Era más ancho que Ethan y cuatro años mayor, con el pelo más claro, quemado por el sol, y una voz que llenaba cualquier habitación sin necesidad de levantarla.

Venía de Billings, con tres días de carretera y de reuniones en la cara y una carpeta bajo el brazo.

Se detuvo en seco. —¿Y esta quién es? —La mujer que anoche ayudó a parir a Willow —dijo Margaret, sin volverse—. Siéntate.

Cole miró a Clara. Después a Ethan. Después otra vez a Clara.

—¿Willow ha parido? —Un potro. Bayo. —Ethan cogió una silla—.

Sano. —Eso es estupendo. —Cole soltó la carpeta sobre el aparador y se pasó la mano por el pelo—.

Es estupendísimo. Y ahora, ¿alguien me explica por qué hay en mi cocina una persona que no conozco, que según parece trabaja para nosotros?

—Cole —dijo Ethan. —No es nada personal. —Esto lo dijo a Clara, con una franqueza que no admitía doble fondo—. Es el banco. Esta semana me han dicho cosas que no me han gustado y no puedo pagar a nadie más. No estoy diciendo que te vayas. Estoy diciendo que me habría gustado saberlo.

Clara dejó el trapo. —Puedo irme si... —No he dicho eso. —Ha dicho que no puede pagarme. —He dicho que no puedo pagarte yo. —Cole frunció el ceño, desconcertado por ser interpretado al pie de la letra—. ¿Es que nadie aquí entiende el sentido figurado?

—Lo pago yo —dijo Margaret. Todos se volvieron. —Del dinero de mi cuenta, que es mía, y del que no voy a dar explicaciones a unos hombres de treinta y tantos años que todavía no han aprendido a poner la mesa. —Dejó la cuchara en el fogón con un golpe seco—. Sentaos. Todos. Se enfría.

Noah, que había observado el intercambio con la expresión de quien está viendo el mejor partido de la temporada, escondió una sonrisa en el panecillo.

Se sentaron. Ethan observó sin querérselo proponer: la mesa tenía seis sillas, y la única que quedaba libre estaba al fondo, de espaldas a la puerta, que era justo donde nadie quería sentarse, porque la puerta crujía y el aire siempre se colaba.

Clara se quedó de pie junto a la encimera, con las manos entrelazadas, sin atreverse a elegir.

Sin pensarlo, Ethan se levantó, dejó la silla que ocupaba, junto a la pared, la que daba de frente a la puerta, y se sentó en la del fondo, de espaldas a ella. La otra la dejó libre, con el respaldo hacia la pared.

Clara miró la silla. Después a él. Hubo un instante en que Ethan estuvo seguro de que iba a decir algo.

Se sentó. Nadie más se dio cuenta. Margaret, quizá, miró el techo con una expresión muy atenta.