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—Son las cinco y media —dijo Ethan. —Lo sé. Me he levantado a las cuatro por solidaridad. Y por los bollos de Dolly, que los hace por la noche para los camioneros. —Miró a un lado y a otro del pasillo, y su sonrisa se ensanchó—. Así que es verdad.
—¿El qué? —Que hay una nueva. Me lo dijo Margaret ayer a las once de la noche, por teléfono, a propósito de la leña.
Hablamos veinte minutos. Dieciocho eran sobre ella.
—Se quitó el sombrero con una reverencia mal ensayada ante Clara, que acababa de asomar por el box del fondo con la horca en la mano y las cejas arriba—.
Noah Reed. Amigo de la casa, mano derecha oficiosa, maestro de ceremonias en los pocos casos en que Ethan no abre la boca, que son casi todos.
Todo lo que este hombre no te cuente, pregúntamelo a mí. Tendré una opinión.
—Clara —dijo ella—. ¿Es usted siempre así? —Solo cuando hay bollos de por medio. —Noah —dijo Ethan. —Dime. —El Subaru está en la verja. Coge el camión y la cadena. —¿Ahora? —Noah miró el reloj imaginario de su muñeca—. Si todavía no ha amanecido.
—Ahora. Noah dejó la bolsa en el borde de una bala de paja, le guiñó un ojo a Clara, y le dedicó a Ethan una mirada larga, divertida, de las que se dan entre dos hombres que se conocen desde hace quince años y que significa: esto va a ser muy interesante, y tengo toda la intención de disfrutarlo.
Se fue silbando. Quedó un silencio en el pasillo.
Clara apoyó la horca contra la pared. —¿Tienen todos los vecinos de por aquí tanto tiempo libre?
—No —dijo Ethan—. Noah es el único. —Ya me lo imaginaba.
La vio coger un bollo de la bolsa, partirlo por la mitad con las dos manos y ofrecerle la otra mitad sin acercarse más de lo necesario.
Ethan la cogió. Los dedos de ambos no se tocaron, y era evidente que ella lo había calculado.
Eso le dolió menos que saber que él también.
Comieron de pie, en silencio. Fuera, la luz iba pasando del gris al dorado y los caballos empezaban a mover los hocicos contra las rejas, pidiendo el heno.
El bollo estaba tibio y demasiado dulce, y era el primer desayuno que Ethan compartía con alguien en esa cuadra desde hacía tanto que prefería no echar la cuenta.
—Voy a terminar los de la derecha —dijo ella, limpiándose el azúcar de los dedos en los vaqueros—. Después le agradecería que me enseñara dónde guardan el pienso. Y lo que sea que no se pueda tocar sin avisar.
—Ranger. La cincha. —Eso ya lo ha dicho. Hablo de lo otro. Él la miró. —¿Qué otro? —Siempre hay algo. Una yegua que muerde, una puerta que no cierra. Un caballo que lleva siete años esperando que alguien lo trate de otra manera.
—Se encogió de hombros, con una naturalidad que no cuadraba con la forma en que le temblaba un poco la voz—. Prefiero saberlo antes de equivocarme.
Ethan tardó en responder. Dentro de su pecho, algo se removió con un crujido viejo, como una puerta de la que nadie se acuerda.
—Ya te lo iré diciendo. —Vale. Se volvió hacia los boxes de la derecha. Ethan se quedó en el pasillo, con media bolsa de bollos y el sol subiéndole por las botas, sin saber exactamente cuándo había dejado de ser él quien daba las órdenes.
* * *
Volvió a la cuadra a las siete menos diez, a por Ranger, y la encontró vacía. Ella ya había ido a casa de Margaret; el desayuno no admitía retraso.
Todo estaba limpio. Los cubos estaban llenos y colocados en fila. Los pasillos, barridos hasta la raya. Había pasado el rastrillo por la entrada, cosa que él mismo no hacía desde primavera pasada.
Y en el fondo, junto al box de Pepper, estaba el cabestro de cuero del tordo, colgado de un clavo.
Colgado del tercero. Ethan se quedó inmóvil.
Había una hilera de clavos en esa pared, uno por cada caballo, y los había ido llenando durante años.
Pero el tercero estaba vacío desde hacía siete.
Nadie lo usaba. Nadie lo había dicho nunca en voz alta.
Simplemente, cuando Pepper volvía del campo, el cabestro se colgaba del cuarto, o se dejaba sobre la reja, y el tercer clavo seguía ahí, torcido hacia arriba, esperando a alguien que no iba a volver.
Clara no podía saberlo. Había cogido el clavo más cercano que estaba libre, porque era lo lógico, y colgado el cabestro de él.
Es solo un clavo, pensó. Extendió la mano para moverlo. La detuvo a diez centímetros del cuero. El nombre se le quedó atravesado en la garganta, como cada vez, sin llegar a salir.
Bajó la mano. Cogió el sombrero. Y dejó el cabestro donde estaba, sin saber por qué.
* * *
Sarah Miller llegó a las doce y cuarenta, con un todoterreno cubierto de barro hasta las ventanillas y una bolsa de instrumental del tamaño de una maleta pequeña.
Era baja, de pelo corto y cara curtida por el sol, con unos ojos que lo evaluaban todo en dos segundos y no parecían sentir la necesidad de comentarlo. Saludó a Ethan con un gesto de barbilla, a Pepper con la palma de la mano en el cuello, y a Clara con una mirada que se detuvo un instante de más.
—¿Quién ha dicho absceso? —preguntó, agachándose junto al casco con el cuchillo de herrar ya en la mano.
—Ella —dijo Ethan. Sarah levantó la cabeza.
—¿Y tú eres? —Clara. Llegué anoche. —Ah.
La de Margaret. —Volvió al casco—. Pues tiene razón.
El cuchillo hizo su trabajo en tres movimientos limpios.
Hubo un olor agrio, una gota oscura y luego un chorrito, y Pepper soltó el aire por la nariz con un suspiro tan largo y tan humano que Clara sintió un alivio ajeno en los hombros.
Ethan, a su lado, se pasó una mano por la cara sin decir nada.
Ella pensó que quizá llevaba veinticuatro horas sin sentarse.
—Cataplasma tres días más —dijo Sarah—. Que no le dé el aire ni el barro. Si mañana está peor, me llamáis. —Se limpió las manos y miró a Clara de arriba abajo—. ¿Has trabajado con veterinarios?
—Con una. Mi madre decía que eran más listas que los médicos, porque sus pacientes no pueden quejarse.
—Tu madre tenía razón. —Sarah cerró la bolsa y sonrió por primera vez, de lado—. Si algún día quieres un trabajo con peor horario que este, ven a verme.
Luego fue a ver a Willow, que ocupaba el primer box con su tripa enorme y esa mirada de las yeguas que ya han decidido que todo esto es una falta de respeto. Sarah le puso la mano en el flanco y le palpó los ligamentos de la grupa, y al cabo de un minuto se encogió de hombros.
—Dos o tres días. Quizá una semana. —Miró a Ethan—. Esta noche igual no cojo el teléfono. Hank tiene una vaca complicada al otro lado del valle y se va a eternizar.
—No importa. —Eso lo dices siempre —respondió Sarah, y se fue.
* * *
Clara cenó sopa de lata en la cabaña, sentada junto a la estufa, con el cuenco entre las manos y los pies en alto sobre la otra silla.
Era una de las mejores cenas de su vida.
Había trabajado catorce horas y tenía las palmas en carne viva, los lumbares como cuerdas de guitarra y esa sensación limpia, casi olvidada, de haber hecho algo que tenía sentido.
Antes de acostarse echó el cerrojo. Lo comprobó.
Volvió a comprobarlo. Se durmió pronto, y se despertó de golpe.
No supo qué la había despertado. Se quedó inmóvil bajo la manta, con el corazón golpeándole las costillas, escuchando.
El reloj de cuerda marcaba la una y cuarenta y siete.
El viento había cesado. Lo único que se oía era el fuego mermando en la estufa y, muy lejos, en alguna parte, algo que no era viento.
Un gemido largo, grave, que acabó en un resoplido. Un caballo. Clara ya estaba en pie con las botas puestas y el abrigo por encima del pijama antes de terminar de pensarlo. Cruzó el patio a oscuras bajo un cielo tan lleno de estrellas que le dio vueltas la cabeza. En la cuadra brillaba la luz.
Ethan estaba arrodillado en el primer box, en mangas de camisa, con el brazo derecho remangado hasta el codo.
Willow yacía de lado sobre la paja, con los ollares abiertos y el flanco subiendo y bajando a ritmo de maratoniana.
El sudor le brillaba en el cuello. Había un olor espeso a líquido caliente, a sangre y a algo mineral, casi dulce.
—¿Cuánto lleva así? —preguntó Clara desde la puerta. Ethan levantó la cabeza. No pareció sorprendido de verla. Estaba demasiado ocupado en no estar asustado.
—Una hora. Rompió aguas a las doce y media. Sarah no contesta. —¿Cómo viene? —No lo sé. —Lo dijo sin rodeos, con una honestidad seca que a ella le gustó más de lo que cabía esperar—. Veo un casco. Un hocico. No encuentro el otro.
Clara entró en el box y se arrodilló a su lado.
Había un cubo de agua con desinfectante marrón junto a la pared, y una pastilla de jabón, y un rollo de bayetas.
Se quitó el abrigo, se arremangó el pijama hasta el hombro y se frotó el brazo izquierdo, después el derecho, con la métodica ferocidad de quien hace algo que ha hecho cien veces.
Era un gesto tan antiguo que se le ocurrió que lo hacía con las manos de su madre.
—Háblale —dijo sin mirarlo—. A Willow. No pares.
Dile lo que sea. —¿Qué le digo? —Lo que se te ocurra.
Que es una buena chica. Detrás de ella, la voz de Ethan se puso a susurrar, grave y monótona, como el agua sobre piedras: eso es, preciosa, eso es, ya casi, vamos.
Clara cerró los ojos un segundo. Después palpó con la mano entera.
Calor. Presión. Una contracción que le apretó los dedos como un puño. Cuando pasó, la mano avanzó un poco más y encontró lo que buscaba: la nariz, redonda y húmeda. Un casco blando, envuelto en su tejido pálido. Y, justo debajo, una rodilla.
No una pata extendida. Una rodilla. La otra pata delantera estaba doblada hacia atrás, plegada contra el pecho del potro como un brazo atrapado, y bloqueaba la salida.
—Tiene una pata hacia atrás —dijo—. Doblada por la rodilla. Si no se la estiro, no sale.