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—En diez minutos estará caliente. Hay mantas en el baúl. El baño está al fondo y el agua tarda en salir caliente.
—Vale. —Vale —repitió él, y se quedó un momento en la puerta, con el sombrero en la mano, mirando la maleta como si le hubiera hecho una pregunta—. Mañana, a las cuatro y media, en la cuadra. Si a las cinco no está, entenderé que lo ha pensado mejor y nadie se lo tendrá en cuenta.
—Estaré a las cuatro y veinticinco.
Algo cruzó por el rostro de él, rápido, ilegible. —Su coche lo remolcamos mañana. —Se puso el sombrero—. Buenas noches, señorita Bennett.
—Clara. —Buenas noches —repitió él, y se fue sin decir el nombre. Clara se quedó escuchando cómo sus botas se alejaban por los tablones hasta que el viento las borró. Luego echó el cerrojo, comprobó que cerraba, y lo comprobó otra vez.
Abrió la maleta sobre la cama. Ropa de trabajo comprada en tres tiendas distintas para no dejar un rastro de compra que alguien pudiera seguir. El cepillo de su madre. Un libro con el lomo roto. Y en el fondo, envuelto en un calcetín, el teléfono, apagado desde Illinois.
Lo sacó. Lo sostuvo un momento sin encenderlo. Pesaba más que un teléfono.
Lo envolvió de nuevo y lo hundió en lo más hondo de la maleta, debajo de todo.
Nadie sabía dónde estaba, salvo Beth. Esa era la idea.
La estufa empezó a crepitar y el calor fue ganando la habitación, despacio, con la modestia de los buenos favores.
Clara se sentó en el borde de la cama con el abrigo todavía puesto.
Por la ventana se veía la cuadra, con su luz amarilla encendida en medio de la noche. Alguien seguía atendiendo al tordo.
Se durmió sin darse cuenta, vestida y con las botas puestas, y por primera vez en mucho tiempo no soñó con nada.
* * *
Se despertó a las tres y cincuenta, antes de que sonara el despertador de cuerda que había encontrado en la mesilla. Tardó unos segundos en recordar dónde estaba. Cuando lo recordó, no sintió miedo. Sintió algo más parecido a la prisa.
Se lavó la cara con un agua que seguía sin salir caliente, se trenzó el pelo, se puso las botas de trabajo que había comprado en Minnesota y todavía no había estrenado. A las cuatro y veinticuatro abrió la puerta.
Había dejado de llover. El cielo, lavado, tenía las estrellas clavadas con una dureza que no existía en ninguna ciudad en la que Clara hubiera vivido. El aire quemaba al respirar. A lo lejos, la cuadra ya tenía la luz encendida.
En la barandilla del porche, alguien había dejado un termo de acero abollado y una taza de hojalata. Salía vapor por el cuello.
No había nota. Claro que no. Clara se sirvió una taza. Era el mejor café que había probado en nueve días, y eso la irritó más de lo que habría sido razonable.
* * *
Ethan llevaba toda la noche sentado en un cubo volcado, con la espalda contra la pared del box y la mano izquierda de Pepper apoyada en el muslo, y a las cuatro menos diez había llegado a la conclusión de que era un idiota.
No por el caballo. El caballo había mejorado un poco desde medianoche, después del baño de agua caliente con sales y del emplasto que le había atado al casco con vendaje y cinta. Era idiota por lo del termo.
Había cruzado el patio de puntillas a las cuatro menos cuarto, con el termo en una mano y la taza de hojalata en la otra, como un chaval que deja flores en la puerta de una chica.
Lo había dejado en la barandilla de la cabaña, sin nota y sin llamar, y había vuelto a la cuadra con la sensación de haberse metido por error en casa de otro.
Le pasaba siempre que hacía algo por alguien sin que se lo pidieran.
Hacía café para todos antes del amanecer desde hacía años y nunca lo había mencionado.
Pero hacerlo para una persona concreta, con nombre y con una maleta de cuadros desteñidos, era distinto.
—Eres imbécil —le dijo a Pepper. Pepper resopló y le dio un golpecito en el hombro con el hocico, como si no estuviera de acuerdo o como si lo estuviera demasiado.
Tenía diecisiete años y era el caballo más viejo de la cuadra.
Los demás se explicaban solos: Ranger, su alazán, era un compañero; Dusty, la yegua baya, una santa; Juniper, la potra, un problema.
Pepper no se explicaba. Era el único caballo del que Ethan no hablaba, y se había pasado la noche entera a su lado sin decirse a sí mismo por qué.
A las cuatro y veintiséis oyó pasos en la grava. Había apostado consigo mismo que no vendría. No por maldad: llevaba demasiados años viendo gente llegar a Silver Creek llena de ideas y marchar-
se antes de que acabara la primera semana. La montaña no perdonaba a quien se había hecho una imagen de ella. Había perdido la apuesta. Lo supo en cuanto ella apareció en el hueco de la puerta, con el pelo trenzado, unas botas todavía sin estrenar y la taza de hojalata en la mano.
—Son las cuatro y veintiséis —dijo él, sin levantarse. —Dije veinticinco. —Dijo veinticinco. —Me ha retrasado el café. —Levantó la taza un par de centímetros—. Alguien debería advertir de que está fuerte.
Él tuvo que mirar al caballo para no mirarla a ella. No le dijo que había sido él. Ella tampoco preguntó.
—Hay once caballos —dijo, poniéndose en pie—.
Los boxes de la izquierda se limpian primero, porque la luz entra antes.
Agua, heno, después pienso. Dusty come menos que los demás y hay que vigilarla para que no se lo quiten.
Ranger muerde si le tocas la cincha sin avisarle.
Los fines de semana no existen. El desayuno es a las siete en casa de Margaret, y no admite discusión ni retraso.
—¿Y Pepper? La pregunta lo cogió de lado. Ella miraba la mano izquierda del tordo, y el emplasto, y el cubo.
—Lo he tratado yo esta noche. —Ya lo veo. —Dio un paso adelante y se detuvo—. ¿Puedo? Nadie le había pedido permiso en esa cuadra para tocar un caballo desde que Jamie dejó de preguntar. Ethan asintió antes de pensarlo.
Clara se agachó junto a la mano del tordo, le habló bajito, y esperó a que él le diera la pata antes de tocarla.
No tocó el casco. Puso dos dedos en la parte de atrás del menudillo, donde el pulso se nota, y se quedó inmóvil.
Ethan había hecho exactamente lo mismo a medianoche y a las dos, y en ambas ocasiones había sentido ese latido fuerte y rápido que quería decir: aquí hay algo que busca salida.
—Está latiendo más que anoche —dijo ella. —No es lo mismo. —¿A qué hora lo miró por última vez? —A las dos.
—Entonces está igual de fuerte que a las dos. O más. —Levantó la vista—. Pero no ha empeorado. Y no tiene fiebre, ni está sudando. Eso es bueno.
Él se quedó callado un momento. —He llamado a la veterinaria. Estaba en un parto de vacas. Llega hacia el mediodía.
—Sarah Miller. Era una afirmación. Ethan frunció el ceño. —Estaba en el cartel de la tienda de piensos —explicó ella—. Cuando paré a por gasolina. Es lo único que hice anoche aparte de maldecir al Subaru: leer los carteles.
Se levantó, se sacudió las rodillas y le devolvió la pata al caballo con tanto cuidado que el animal ni se inmutó. Ethan se obligó a mirar otra cosa.
—Los boxes de la izquierda, entonces —dijo ella.
—Entonces. La vio coger la horca sin que se la ofreciera.
Fue un gesto pequeño, pero Ethan lo anotó igual: la cogió por el mango, sin esperar a que se la tendiera.
Si se la hubiera tendido él, habrían tenido que tocarse las manos.
Y ella, que anoche había retrocedido con la maleta como un escudo, había encontrado la forma de que eso no ocurriera.
Había visto retroceder así a caballos que habían conocido una mala mano. Y a personas, también. No era miedo de él, sino miedo aprendido; la diferencia se la habían enseñado los animales. No le gustó en absoluto ser alguien a quien hubiera que explicarle la diferencia.
* * *
Para las cinco y media, Ethan había dejado de fingir que arreglaba el pestillo de la puerta del box siete.
El pestillo funcionaba perfectamente. Lo que ocurría era que desde ahí se veía el pasillo entero, y el pasillo entero era lo que él estaba mirando.
Clara había terminado los boxes de la izquierda en treinta y ocho minutos.
Ethan los había cronometrado sin querer, y se había irritado al hacerlo.
Los dos mozos a los que había formado en los últimos dos veranos tardaban cincuenta y cinco, y dejaban siempre una esquina.
Ella no dejaba esquinas. Venía con la horca y la carretilla, esparcía la cama limpia con un golpe de muñe-
ca y, antes de cerrar la puerta, miraba el cubo del agua y las orejas del caballo.
Había hecho, además, cosas que nadie le había pedido.
Había cambiado el agua de Dusty, que llevaba dos días turbia.
Había apartado la ración de Juniper del otro lado de la reja, donde la potra la rechazaba, y se la había dejado en el suelo del box, sin mirarla, de espaldas.
Juniper, que no dejaba que nadie se acercara a menos de dos metros, había estirado el cuello y comido.
Ethan se pasó la mano por la nuca. No estaba acostumbrado a que alguien hiciera bien el trabajo sin que él lo supervisara. Y no estaba acostumbrado, por supuesto, a que le molestara tanto.
Lo que le molestaba, si era sincero, no era que fuera buena.
Era que Margaret lo supiera. Su tía abuela había hablado por teléfono con una desconocida durante diez minutos y había adivinado en ella lo que a él le había costado dos meses ver en cada nuevo peón.
Y se lo había callado. A él, que llevaba ocho años cargando con la contabilidad del rancho, con los turnos, con las goteras y con el humor del banco. A él no se lo había dicho.
Cole iba a poner el grito en el cielo. Ethan casi podía oírlo.
—Buenos días, Silver Creek. La voz entró en la cuadra antes que su dueño, y el sol, que apenas empezaba a clarear por el este, entró con él.
Noah Reed se apó en el umbral con el sombrero echado hacia atrás, una sonrisa de las que hacen sospechar y una bolsa de papel en la mano que olía a canela.