Bajo su piel de Cowboy (Corazones de Montana nº 1) PARTE I
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Bajo su piel de Cowboy (Corazones de Montana nº 1)

Bajo su piel de Cowboy (Corazones de Montana nº 1)

Por CRISTINA CONDE

© inepub.com

PARTE I

La mujer que llegó con una maleta

* * *

El Subaru se murió a diez metros de la verja, con un último estertor que Clara conocía demasiado bien.

—No —dijo—. Ahora no. Por favor. Giró la llave. El motor tosió, se atragantó y dejó de intentarlo. Quedó el golpeteo del aguanieve sobre el parabrisas y el tictac del metal enfriándose.

Apoyó la frente en el volante, contó hasta cinco y levantó la cabeza. El cartel seguía allí, torcido sobre dos postes: SILVER CREEK, con las letras quemadas a fuego en una tabla gris. Debajo, alguien había añadido con pintura blanca, y con bastante menos paciencia: LLAME ANTES.

Clara sí había llamado. Una sola vez, hacía nueve días, desde una cabina de Dakota del Norte que se tragó la mitad de sus monedas.

Al otro lado contestó una mujer mayor, de voz seca como una rama, que le hizo tres preguntas —si sabía montar, si sabía madrugar, si le tenía miedo al trabajo— y concluyó: «Venga cuando pueda. Ya se lo diré yo a los chicos».

Ahora eran las siete y media de un viernes de principios de abril y estaba oscureciendo.

Abrió la guantera por si el milagro vivía allí, entre el manual del coche y un paquete de pañuelos.

No vivía. En el bolsillo interior del abrigo llevaba lo que le quedaba: doscientos noventa y tres dólares, doblados en un sobre que había sacado del forro de la maleta en una gasolinera de Dakota.

Una grúa desde Alder Creek le costaría, calculando por lo bajo, la mitad.

Una noche de motel, la otra mitad. Y mañana estaría exactamente donde estaba ahora, solo que sin dinero.

Podía quedarse en el coche, con la calefacción muerta, hasta que amaneciera. Podía caminar hasta el pueblo. O podía hacer lo que había venido a hacer: entrar.

Bajó. El aguanieve le mordió la cara. Sacó del asiento trasero la maleta —una sola, de cuadros desteñidos, que había sido de su madre— y se colgó el bolso del hombro. Cuando cerró la puerta, el Subaru soltó un último crujido que le pareció, absurdamente, una despedida.

—Gracias por el viaje —le dijo—. No te lo tendré en cuenta.

Cruzó con cuidado la rejilla de hierro que impedía el paso al ganado, pisando de barra en barra, y al otro lado el camino de grava se perdía entre los pinos.

No había farolas. Había calculado, por el mapa de papel que llevaba doblado en la cabeza más que en el bolso, que la casa estaría a kilómetro y medio.

El camino resultó tener más cuestas de las que recordaba el mapa.

Olía a tierra mojada, a resina y, más lejos, a algo dulce y espeso que reconoció antes de pensarlo: heno.

Y debajo del heno, el olor caliente y honesto de los animales.

Algo se aflojó en su pecho, apenas un punto.

Era el olor de la cuadra de su madre, en Kentucky, a las cinco de la mañana, cuando ella era una niña con un cubo en cada mano y ninguna preocupación mayor que no derramarlos.

A mitad de camino, una sombra se despegó de los pinos. Clara se detuvo en seco y sostuvo la maleta delante del cuerpo como un escudo ridículo. Era un perro. Blanco y negro, de patas largas, se quedó a tres metros, ladeó la cabeza y la estudió con una seriedad casi ofensiva.

—Hola —dijo ella, con la voz más firme que encontró—. Vengo a trabajar. Si tienes algún poder de decisión, te agradecería que me dejaras pasar.

El perro dio media vuelta y echó a andar delante, mirando atrás cada pocos pasos para comprobar que lo seguía. Clara lo siguió.

El camino se abrió de pronto en un claro.

Una casa grande de troncos y piedra, con el porche corrido y las ventanas amarillas, de la que subía humo por la chimenea.

A la derecha, una cuadra larga de madera oscura, con la puerta corredera abierta y luz dentro.

Corrales, un tractor bajo un cobertizo, un montón de leña cubierto con una lona que el viento levantaba y dejaba caer.

Nadie la esperaba, y sin embargo todo en aquel sitio parecía estar a punto de empezar el día siguiente.

De la cuadra salía una voz de hombre, baja, regular, de las que se usan con los animales. Clara se acercó a la puerta.

Bajo una bombilla desnuda, un hombre sostenía por el ronzal a un castrado tordo y le recorría la mano izquierda con la palma abierta, de abajo arriba, sin ninguna prisa.

Estaba de espaldas. Camisa de cuadros empapada en los hombros, el sombrero goteando.

El caballo tenía la cabeza baja y las orejas sueltas, y fue el caballo quien la vio primero.

El hombre se volvió. Dio un paso hacia ella y el cuerpo de Clara decidió antes que su cabeza: el peso fue a la pierna de atrás, la maleta subió un palmo, los ojos buscaron la puerta.

Fue un segundo. Quizá menos. Pero él lo vio.

Lo supo porque se detuvo exactamente donde estaba, sin soltar el ronzal, y no se movió más.

—Esto es propiedad privada —dijo. No lo dijo con hostilidad. Lo dijo con un cansancio antiguo, como quien repite una frase que ya no necesita énfasis.

—No busco el pueblo —respondió Clara, y se obligó a bajar la maleta—. Busco a Margaret Walker.

—¿Para qué? —Me contrató. Por teléfono. Hace nueve días. El hombre guardó silencio el tiempo suficiente para que ella oyera la lluvia helada en el tejado de zinc.

—¿Margaret la contrató. No era exactamente una pregunta. —Para trabajar con los caballos. Me dijo que viniera cuando pudiera. —Aquí no hay vacantes hasta junio. Y cuando las hay, las gestiono yo. —Entonces tienen ustedes un problema doméstico —dijo Clara—, porque ella me dijo que viniera.

Él la miró de arriba abajo. Las botas de ciudad, calados los calcetines. El abrigo, demasiado fino. La maleta. Las manos. Se detuvo un instante en las manos, y ella tuvo que hacer un esfuerzo para no esconderlas: estaban rojas y agrietadas por el frío, pero eran manos de haber trabajado.

Era alto, eso lo vio incluso a contraluz. Tenía la barba corta, empapada, y unos ojos marrones que no se apartaban de su cara. Era de esos hombres que miran de frente, sin prisa y sin disculpa, y a Clara le costó sostenerle la mirada más de lo que habría querido admitir. No por miedo. O no solo.

El caballo resopló y cambió el peso de una mano a otra, y Clara hizo lo que llevaba haciendo toda la vida cuando un caballo se movía: mirar.

—Le duele la mano izquierda —dijo, antes de poder evitarlo—. El menudillo. Está caliente, ¿verdad? Y lo apoya sobre la punta.

Él no contestó enseguida. —Lo sé —dijo—. Llevo veinte minutos tocándolo. —Entonces habrá notado que lo carga como si hubiera pisado una piedra. Puede ser un absceso. Si no revienta en un par de días...

—Gracias —dijo él, con un tono que significaba cualquier cosa menos gracias— por el diagnóstico.

—No era un diagnóstico. Era una observación. —Ya. Afuera, el viento golpeó la puerta corredera y la hizo vibrar sobre el raíl. El perro, que había entrado detrás de Clara sin que ella lo notara, se sentó entre los dos con aire de árbitro.

—Nueve días de carretera para encontrar un rancho sin trabajo —dijo el hombre, por fin, y por primera vez su voz tuvo algo parecido a una disculpa—. Lo siento de verdad.

—Han sido nueve días. Se me han hecho cortos. La comisura de la boca de él se movió, bajo la barba. No llegó a ser una sonrisa. Pero tampoco fue nada.

—¡Ethan Walker! —una voz cascada rajó el aire desde la puerta—. ¿Piensas interrogarla hasta que se congele, o la vas a dejar entrar?

En el umbral había una mujer pequeña con un abrigo de hombre que le llegaba a las rodillas, el pelo blanco recogido en un moño apretado y una linterna en la mano. Tenía los ojos azules de quien ha mirado el horizonte durante setenta años y no ha aprobado todo lo que ha visto.

—Margaret —dijo él—, esta señorita afirma que... —Esta señorita se llama Clara Bennett, tiene veintinueve años, sabe montar y no le tiene miedo al trabajo, que es más de lo que puedo decir de la mitad de los hombres de este valle. Llega tarde, pero es que hay tormenta. La he contratado yo.

—No hay presupuesto para... —Hay el presupuesto que yo diga mientras mi nombre figure en las escrituras.

—Se volvió hacia Clara con una sonrisa mínima, de las que se dan con medio rostro—.

Bienvenida a Silver Creek, hija. Disculpa a mi sobrino.

Tiene buenos modales, pero los guarda para los caballos.

Él exhaló por la nariz y se pasó la mano por la barba mojada. No dijo nada más. Clara tuvo la impresión de que llevaba treinta años perdiendo discusiones con aquella mujer y que había aprendido a perderlas con elegancia.

—La cabaña de los peones está vacía hasta que lleguen los temporeros —siguió Margaret—. Tiene estufa, una cama y agua caliente, más o menos. Ethan te acompañará. Mañana te presentaré a los demás. Esta noche, a ti te hace falta comer algo caliente, y a mí me hace falta que dejéis de ladraros.

—No nos estábamos ladrando —dijo Clara. —Nunca lo hace nadie —replicó Margaret, y se perdió en la oscuridad camino de la casa, con la linterna bamboleándose delante de ella.

Ethan ató al tordo, le dio una palmada en el cuello y fue hacia la maleta. —Yo la llevo. —Puedo yo. —Pesa. —Lo sé. La he traído yo hasta aquí. Él levantó las manos un par de centímetros, el gesto exacto de quien retira una apuesta, y la dejó pasar delante.

Caminaron por un sendero de tablones entre los corrales.

Él alumbraba el suelo con una linterna y se mantenía unos pasos por detrás y a un lado, ni demasiado cerca ni demasiado lejos.

Clara se dio cuenta, con un nudo extraño en la garganta, de que había elegido esa distancia a propósito. No dijo nada. No supo qué decir.

La cabaña era una caja de madera con un porche de dos escalones, dos habitaciones pequeñas y olor a cedro y a humo viejo.

Una litera, una cama de verdad, una mesa con dos sillas, una estufa de hierro negro.

Ethan se agachó ante la estufa, abrió el registro, hizo un nido de astillas y lo encendió con una sola cerilla, sin hablar.

Cuando las llamas prendieron, cerró la puertecilla y se limpió las manos en los vaqueros.