Bajo su corbata CAPÍTULO TREINTA Y CINCO
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CAPÍTULO TREINTA Y CINCO

Consolidar

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Llegó a las once de la noche con la carta anexa en el bolso y una carpeta bajo el brazo, y Gabriel Valera abrió la puerta del piso de la calle Compañía en mangas de camisa, a las once de la noche del seis de enero, y comprendió, por su cara, antes de que ella dijera nada, que sabía lo de noviembre.

«Pasa —dijo.»

«No voy a pasar.»

«Clara.»

«Voy a decir cuatro cosas y luego te voy a hacer una pregunta, y quiero que escuches, porque me he pasado tres horas pensando cómo hacer esto sin llorar y me quedan unos cuatro minutos. —Estaba de pie en el pasillo de un edificio de la calle Compañía, con una carpeta bajo el brazo—. Una.

Sé lo de la carta anexa. Tengo las once páginas completas desde las 9:40 de esta noche. Dos. Sé quién la ha enviado y sé por qué, y es lo más feo que he visto hacer a nadie, y voy a hablar con Bibiana Santacruz sobre ello, y no la voy a perdonar en unos once años. Tres.

Sé que la cláusula decae con tu dimisión, cosa que me dijiste en Madrid, y que la introdujo Leonor, y que la carta anexa nunca fue real.»

Gabriel no se movió.

«Cuatro —dijo Clara—: que dimitiste esta mañana y no me llamaste. Ni a las diez y veinte, cuando saliste con la caja. Ni a las dos, cuando llegaste aquí. Ni a las cuatro, cuando salió la foto. Ni una sola vez, en doce horas, en el día más importante de tu vida adulta,

y me enteré por un blog económico.»

«Clara…»

«Pregunta —dijo ella—. ¿Por qué?»

Gabriel permaneció en el umbral de un piso que tenía una cama, una lámpara, cuatrocientos libros y nada de comida, y miró a una mujer que había subido un tramo de escaleras con una carpeta bajo el brazo a las once de la noche del peor día de su vida,

y tomó la peor decisión que había tomado en once meses.

Dijo la verdad.

«Porque tengo cuarenta y un años —dijo—, y desde esta mañana no soy nadie, y tengo cuatro millones de euros que no están en un fideicomiso, y una casa en el campo con una biblioteca que nadie lee, y una caja,

y lo primero que hice cuando me metí en el coche en el muelle de carga fue quedarme ahí sentado calculando cuánto de ese dinero tendría que apartar para que tu madre pudiera quedarse quince años en la Residencia El Olivar, pase lo que pase contigo, conmigo o con esta empresa,

e hice esas cuentas en cuatro minutos en un aparcamiento.»

Clara se quedó mirándolo.

«Y luego me quedé en este piso nueve horas —dijo Gabriel—, y entendí que lo primero que hice el primer día que fui libre fue poner el cuidado de tu madre en mis propias cuentas, y no te lo dije, y no te lo habría dicho,

y si esta noche no hubieras subido esas escaleras lo habría transferido el lunes y te habrías enterado por un extracto bancario.»

«¿Por qué?»

«Porque si soy libre —dijo Gabriel—, entonces la única razón que tengo para cualquier cosa es que la quiero. Y llevo dieciocho años sin querer nada, Clara. Llevo cargando con esa empresa desde que tenía diecinueve porque estaba ahí. Y esta mañana metí la caja en el coche y entendí que,

a partir de hoy, lo único que he elegido en toda mi vida adulta está de pie en un pasillo a las once de la noche, con una carpeta bajo el brazo, preguntándome por qué no llamé.»

Se detuvo.

«Y eso me dio un miedo terrible —dijo—, porque si tú eres lo único que he elegido, entonces voy a pasar el resto de mi vida siendo un hombre que te necesita, y en mi vida he sido un hombre que necesite nada,

y preferiría haber firmado otras once cartas anexas antes que descubrir qué me pasa cuando te vayas.»

Clara Aguirre lo miró un momento largo, muy largo.

Luego dijo, con una voz que se había vuelto muy queda:

«Así que ibas a consolidar.»

«Sí.»

«Ibas a pagar lo de mi madre, sin decírmelo, dejándome fuera, y a convertir lo único que has elegido en tu vida en una cosa más con la que cargas, porque ser el hombre que carga con cosas es la única manera que conoces de que te quieran sin pedirlo.»

«Sí.»

«Gabriel. —Cerró los ojos un segundo—. ¿Entiendes lo que estás diciendo? ¿Entiendes que si haces esto —si pagas El Olivar, si no me lo dices nunca, si seguimos y me entero dentro de nueve años— no va a quedar ninguna versión de mí al final de todo eso?

Va a quedar una mujer en un piso precioso con una madre muerta y una carrera que no puede demostrar que se ganó, y un hombre que lo hizo todo por ella, y yo me habré pasado la vida entera protegida de mi propia vida.»

Gabriel no respondió.

«No lo voy a hacer —dijo Clara—. No voy a ser eso. Y no me voy a quedar aquí de pie a las once de la noche, el día que has dimitido, pidiéndote que seas distinto, porque te lo he pedido y pedido y pedido, y la cláusula diez tiene diecinueve días y está con tu letra.

—Dejó la carpeta en el suelo del pasillo—. Así que esto es lo que voy a hacer. Me voy a casa, y mañana voy a trabajar diecisiete horas en el Centenario, y el nueve de febrero voy a estar de pie en una sala con cuatrocientos periodistas acreditados,

y voy a ser la directora creativa jefa de esta empresa, y lo voy a hacer sola. Y cuando termine, voy a querer saber si te gustaría estar a mi lado o delante de mí. Y no quiero un documento, Gabriel. El documento ya lo tengo. Quiero a un hombre capaz de estar de pie en una sala y dejarse ver.»

Se dio la vuelta para marcharse.

«Clara.»

«No.»

«La carpeta.»

«Es tuya. —No se dio la vuelta—. Es la carta de 1961. He hecho una copia en la sede. Quiero que la leas esta noche, en voz alta, en este piso, a solas, porque llevas dieciocho años oyendo leer esa carta a hombres que mentían, y quiero que la última voz en la que la escuches sea la tuya.»

Bajó las escaleras.

Gabriel Valera se quedó mucho tiempo de pie en el umbral de un piso de la calle Compañía.

Luego recogió la carpeta, entró y se sentó en el suelo de un piso vacío a las once y media de la noche del seis de enero, y leyó en voz alta la última carta de Viviana Valera, para nadie, dos veces, tal como había leído en voz alta las nueve cláusulas en el archivo en octubre.

La segunda vez llegó al cuarto párrafo, se detuvo y no volvió a empezar.