39 Entre tus brazos…
Mientras más me acercaba a la ciudad de los rascacielos, más inquieto e inseguro me sentía. Durante esas horas, las que duró el viaje en autobús, tuve la oportunidad de pensar, no solo en lo que dejaba atrás, mi familia, sino en lo que me esperaba al final de la travesía.
Diversos escenarios se me materializaron en la mente, unos me llenaban de esperanzas y me hacían sonreír, otros… me invadían el alma de miedo.
Arribé a la enorme estación de autobuses localizada en Midtown, a una cuadra al oeste de Times Square.
Desde allí pretendía tomar el tren subterráneo, aunque la idea de que Phuong no estuviera con su familia comenzó a incomodarme, y me reclamé no haberlo llamado, aunque la realidad era que, aunque lo pensé, nunca lo llevé a cabo. Tenía miedo.
Miedo a que me dijera que no quería verme, que ni se me ocurriera ir.
Me armé del poco valor que me dejó la incertidumbre, me lancé a la odisea que resultó ser no perderse en la intrincada línea de trenes subterráneos. Con mi poca experiencia y conocimiento, fue un logro llegar a una estación a pocas cuadras del restaurante de los Kieu.
Cansado por el largo e incómodo viaje, luché por concentrarme y, luego de perder el rumbo en dos o tres ocasiones, al fin pude vislumbrar a unos pasos frente a mí el negocio de los padres de Phuong, que a esa hora de la mañana todavía no abría sus puertas.
Fue entonces cuando el verdadero terror reptó por mi columna vertebral y detuvo mis pasos, justo cuando iba a cruzar la calle hasta la acera frente al negocio… y no pude. Opté por meterme al interior de una pequeña cafetería donde el rico aroma a café y pan recién hecho me dio la bienvenida.
Recordé que Phuong y yo lo habíamos visitado la primera vez que viajamos juntos y a esa memoria la siguieron algunas más. Decidí que un buen desayuno no me haría mal y que, tal vez, me ayudaría a recuperar el valor para cruzar la calle.
Sin embargo, luego de beberme dos tazas de café y devorar un sándwich, aún continuaba sentado en uno de los apartados frente a la vidriera que daba a la calle,
con un limitado panorama de lo que sucedía en el restaurante vietnamita de los padres de Phuong que había comenzado su día sobre las once de la mañana.
Intenté levantarme varias veces y cruzar la calle que me separaba del lugar, pero me detuvo el flujo de gente que vi entrar, lo menos que deseaba era llegar en un momento en que Phuong no pudiera ni siquiera saludarme.
Así que esperé. Esa vez compré una botella de agua y un pedazo de mi pastel favorito.
Sobre las tres de la tarde ya llevaba sentado en aquella cafetería más de cinco horas, por una cosa o por la otra no me animaba a dar ese paso que me llevaría frente a Phuong.
Ni hablar de las miraditas de los empleados del lugar, los que trabajaban el turno mañanero, y los que comenzaron en la tarde. Incómodo, opté por abandonar el interior de la cafetería y acercarme al restaurante asiático.
Crucé la calle deprisa, pues sentía que, en cualquier momento, mis pies me traicionarían para llevarme en vía contraria a Phuong. Un vistazo hacia el interior del restaurante me dio una idea de cuántos clientes se encontraban dentro, en la fila para ser atendidos o sentados.
Mis ojos vagaron por el lugar para tratar de captar todo, incluso el personal de la cocina que podía verse, pero en especial las personas detrás del mostrador. Buscaba a cierto atractivo joven de cabellos largos y oscuros.
No obstante, Phuong no estaba a la vista y sentí que me desinflaba como un globo. Fue en ese instante en que sentí que el temor a que mi chico se hubiese marchado, quizás de vuelta a Albany, comenzó a materializarse frente a mí y me hizo sentir triste.
Y me reclamé mi poco cuidado. Aún así, traté de darme ánimos y pensé que tenía que buscar donde pasar la noche, estaba agotado y sin ganas de volver a subirme a un autobús.
Sin embargo, volvía a dudar y a evaluar irme de vuelta a la estación, con suerte podría estar en Albany dentro de algunas horas.
—¡Finley, que sorpresa! Seguro que Phuong no sabe que estás aquí. —Mei, una de las hermanas de Phuong, se materializó a mi lado, lo que me dejó con la boca abierta y sin palabras.
La atractiva chica de cabellos largos parecía venir de hacer alguna diligencia, llevaba la cartera colgada del hombro y vestía con elegancia.
Supe que la había mirado como un tonto cuando acercó una de las manos sobre mi antebrazo, apretó un poco y, al tener mi atención, ladeo la cabeza para mirarme.
―No, no lo sabe y me parece que tu presencia aquí significa que, por alguna razón, no te animas a entrar al restaurante ―afirmó antes de hacer una cómica mueca con la boca―.
A Phuong le encantará verte, no estás para saberlo, o yo para contarlo, pero mi hermanito está que no lo calienta ni los rayos del sol…
jamás había visto a Phuong tan silencioso y meditabundo, y sé que es porque le haces mucha falta, Finn…
Mei hablaba tan rápido que me costó seguirle el paso y entender sus palabras. Cuando lo hice, no escondí una sonrisa, esa que al parecer animó a la chica y la llevó a tomarme de la mano.
―Vamos a alegrarle el día a Phuong y, de paso, te lo alegramos a ti también. ―La jovencita no esperó respuesta para halar de mí directo hacia la puerta del negocio sin darme la oportunidad de negarme.
A ese punto yo le había dado toda la potestad sobre mí, aunque segundos después, ya en el interior del lugar, me quedé casi paralizado cuando varios pares de ojos, entre ellos, los del chico que amaba, se posaron sobre mí.
Me obligué a mantener la mirada fija en esos ojos que adoraba mirar, los ojos del hombre al que amaba, al que no podía imaginar fuera de mi vida, lejos de mí.
―¡Mira a quién acabo de encontrar afuera, hermanito! ―exclamó Mei con alegría, lo que llamó la atención de los empleados y unos cuantos clientes sentados a las mesas.
De mi parte escuché lo que dijo Mei a mi lado, aún con su pequeña mano sobre la mía; sin embargo, pronto me concentré en Phuong y todo a mi alrededor, excepto él y su andar hacía mí, quedó en segundo plano.
Se detuvo a solo unos pasos de mí, sus ojos brillaban y su sonrisa se hizo más hermosa si eso era posible. Recuerdo que el temor a su rechazo había abandonado mi alma.
Y no pude mantener las distancias y caminé los escasos pasos que me separaban de él para echarme a sus brazos, que se abrieron para recibirme.
Ni a él, y menos a mí, nos importaron las apariencias o las posibles miradas atravesadas, pues en esos momentos solo éramos él y yo.
―¡Volviste a mí, hermoso! ―susurró a mi oído, en su tono vibraba alegría.
―Nunca debí irme, amor. No concibo mi vida lejos de ti, un mundo sin ti en él es uno vacío y sin color, Phuong.
Te amo y ya no quiero volver a separarme de ti ―confesé antes de que un nudo se formara en la garganta y las lágrimas me escocieran en los ojos.
Phuong me apretó más entre sus brazos mientras yo me aferraba a su torso.
―Yo te amo más, hermoso, y nunca volveré a dejarte ir.
Nunca he olvidado la tibia sensación de la mano de mi chico sobre la mía, sus rápidos movimientos para llevarnos lejos de miradas indiscretas y, sobre todo, la ansiedad compartida por volver a unir nuestros labios en un beso lleno de pasión y necesidad, tan necesario como el aire que respirábamos.
Muchos años han pasado desde esa tarde y los recuerdos tienden a mezclarse, dejándonos con la sensación de no estar seguros qué sucedió antes o después. No obstante, eso poco importa, no cuando nuestro amor ha sido fuerte y verdadero, y nuestra unión, como solía decir Mei, a prueba de balas.