38 Mi vida
Días después recibí los resultados negativos de la prueba, y el alivio me recorrió completo.
Solo eso me detenía en el pueblo. La madrugada siguiente, tomé algún tiempo para meter, en mi inseparable mochila, la poca ropa que había llevado.
Dormí varias horas y, antes de las ocho de la mañana, ya estaba de pie y listo para llamar a Deirdre y pedirle de favor que me diera un aventón hasta la estación de autobuses.
No tenía reserva para viajar, pero confiaba en que no se me haría difícil conseguir un asiento en el último viaje hacia Nueva York. Aunque estaba dispuesto a esperar en aquella estación el tiempo necesario.
Mi amiga no tuvo reparos ante mi petición.
No obstante, antes de marcharme de Seven Hills, donde mi regreso sería incierto, debía y necesitaba hablar con mis padres, dedicarle el tiempo justo para ser claro con ellos, sincerarme.
Quería que entendieran que mi amor por Phuong era verdadero, que era el escogido, la persona indicada con quien deseaba pasar el resto de mi vida.
No sabía cómo saldrían las cosas, aunque en esos momentos no tenía esperanzas de que, en especial mi padre, me entendiera.
Recuerdo que decidí acercarme a mamá primero, aproveché cuando estaba sola en la cocina, recién levantada. Algo en mi expresión, o quizás verme tan arreglado, le brindó una pista de mis planes.
—Buenos días, hijo. ¿Quieres café? ¿Algo de comer?
Me di cuenta de que estaba nerviosa y necesitaba mantenerse en movimiento.
Asentí mientras me sentaba a la mesa, donde dispuso todo lo necesario para un rápido desayuno.
Mamá se sentó frente a mí y nos tomamos un tiempo para servir el café y saborearlo.
Me comentó que papá llevaba en la iglesia desde el amanecer.
—Eoin está convencido de que pronto te irás de regreso a Albany y parece que no se equivocó —comentó—. Lleva días nervioso, a la espera de lo que sucederá. No sé si eres consciente de lo que le afecta toda esta situación.
Me entretuve unos momentos, moviendo el café con una pequeña cucharita que mamá puso para ese propósito, ella bebía el suyo a sorbos, su inquisitiva mirada no me daba respiro.
—Sí lo soy, y es por eso que necesito hablar con él, también contigo. Disculpadme por mi actitud egoísta…
—Regresas a Albany… con ese muchacho.
—Me voy a Nueva York, a buscarlo. Lo amo mamá y lo necesito.
—Dios santo, Finley. —Mamá se llevó ambas manos al rostro.
Lo menos que deseaba era causarle angustia, pero tenía que hablarle claro—.
No sé cómo se tomará esto Eoin, porque, aunque siente que sucederá tarde o temprano, le costará mucho aceptarlo.
No tienes idea de lo mucho que le afecta, hijo.
—No lo sentí como un reclamo sino un desahogo de lo que había guardado por semanas.
Por unos segundos, la culpa se me instaló de manera casi insoportable sobre mis hombros, pero me esforcé en mantenerme firme, no dejarme avasallar por ese sentimiento que me jugaría en contra.
Enderecé la postura y busqué la mirada de mamá con la mía.
—Lamento mucho que mis sentimientos por Phuong sean el motivo de vuestra angustia.
Sé que, si habláramos sobre una chica, aún cuando no fuera Deirdre, todo sería diferente, pero esa no es mi realidad.
Estoy enamorado de otro varón, mamá, amo a Phuong como nunca amé a nadie y no concibo mi vida sin él. Tenerlo lejos me está matando…
Los ojos de mi madre se apreciaban anegados de lágrimas que no tardaron en derramarse por sus mejillas. Ante ello, extendí las manos para abrazar las de ella. Mamá soltó un sollozo desde el fondo de su garganta antes de apretar sus manos con las mías.
—Ah, Finley… aunque se me hace difícil internalizar lo que te escucho decir, siento que tus sentimientos por ese muchacho, por Phuong, son fuertes y verdaderos. Siento que lo amas… y sé que Phuong es un buen muchacho, y no tengo dudas de que también te ama.
Me pareció que a ella le costaba hilvanar pensamientos coherentes y me limité a mantener sus manos entre las mías, para darle tiempo a serenarse.
—Espero que, con el paso del tiempo, ustedes logren aceptar nuestra relación, entendernos, y que nosotros como pareja podamos formar parte de esta familia.
Mamá se fue sosegando, liberó una de las manos para barrer la humedad de sus mejillas.
—Tienes que hablar con Eoin, abre tu corazón, confíale lo que a mí, hijo. —Se puso de pie y yo con ella. No perdimos tiempo para abrazarnos y disfruté de su calor y de ese aroma distintivo, maternal, concentrados en ese abrazo que se extendió más de lo normal.
—El camino no será fácil, Finley… más allá de mis creencias religiosas, me aterra pensar lo que tú y Phuong tendrán que enfrentar en defensa de sus sentimientos, de su amor —murmuró muy cerca de mi oído, entre suspiros.
Nos separamos y estuve seguro de que era el momento adecuado para buscar a papá e iniciar esa importante conversación.
—Dios no los abandonará —añadió ella con seguridad, pasando sobre la creencia de que, aunque Dios no rechaza al pecador, si rechazaba el pecado, que en mi caso era mi estilo de vida, mi forma de amar.
Nos dimos un fuerte apretón de manos y encaminé los pasos hacia el exterior, de camino a la edificación que albergaba la iglesia Nuevo Horizonte.
Sentía el corazón agitado y los nervios de punta, ansioso por terminar con todo lo pendiente que aún me mantenía allí. Aunque, a la misma vez, temeroso del encuentro con mi padre.
★ ★ ★ ★
No recuerdo cuantas veces me detuve de camino y me obligué a continuar. El sol, en su camino ascendente, no era benévolo e imponía su resplandor.
Una vez dentro de la nave de la iglesia, que olía a limpio mientras que su ambiente se sentía fresco y en sombras, dirigí los pasos hacia la oficina de mi padre, al final del edificio.
Sin embargo, no me esperaba verlo de rodillas entre los primeros bancos a mi derecha y perdí un paso al tropezar con mis propios pies. Fui consciente de que papá ni se inmuto, concentrado como parecía estar en sus oraciones.
Me detuve a poca distancia, elevé la mirada al altar por unos instantes antes de llevarla de nuevo sobre él y encontré su mirada directa sobre mí.
—Has venido a despedirte. Hace días que sé que este día llegaría pronto, y sé que Dios así lo quiere. Porque, con nuestras vidas, Dios siempre tiene un propósito.
Me sobresalté al escuchar su profunda voz, aunque era de esperarse, pero mis nervios me traicionaron. Eoin se echó hacia atrás y buscó sentarse sobre el pulido banco. El suave y ligeramente dulce olor a madera tratada asaltó mis fosas nasales.
Me costó algo entender sus palabras, interiorizarlas, pues no las esperaba. Me sorprendió su tono resignado y la expresión cansada en su rostro.
—No voy a detenerte, hijo. Solo quiero que sepas que no dejaré de orar por ti, por tu alma, y sin descanso para que Dios cuide de ti…
Papá ya no me miraba, mantenía la vista aparentemente sobre sus manos entrelazadas.
Fui preso de un torrente de emociones, que, por muy poco no me llevaron a caer en la desesperación.
Necesitaba salir de allí, me di cuenta de que no valía plantearle mis argumentos, hablarle de mis sentimientos o pedir comprensión.
Mi padre no me iba a detener, pero eso no quería decir que estuviese dispuesto siquiera a escucharme, a tratar de comprender.
Percibí que no quería hacerlo, temía oír de mis labios una vez más mi verdad, porque quizás pensaba que, mientras más lo escuchaba, más definitivo se convertía y menos redención habría para mí.
Mi padre le pedía a Dios cuidados, pero también, aunque no lo expresó, sé que algún tipo de milagro que me hiciera recapacitar y salvara mi alma de la perdición.
Y sé que no descansaría en su propósito, aún cuando sabía, igual que yo, que nunca volvería a ser el Finley de meses atrás.
Phuong había llegado a mi vida a cambiar todo lo que conocía, a poner todo patas arriba de la manera más rotunda, pero también de una forma bella, despertando sentimientos y emociones en mí que jamás pensé experimentar.
Intenté dar media vuelta e irme, sentí que nuestro encuentro no daba para más, pero papá me sorprendió con un fuerte y vigoroso abrazo.
—Ve con Dios, Finley, y no dejes de llamar. Tu madre y yo necesitamos saber de ti…
Abandoné el edificio donde casi todos los días se congregaba el pueblo de Dios liderado por mi padre.
El lugar que por años formó parte de mi vida.
Nunca olvido como aceleré mis pasos hasta terminar casi a galope, abrí de un solo empujón las puertas y salí a los castigadores rayos solares que incidieron en mis pupilas y me dejaron ciego momentáneamente.
Con cada paso que daba sentía que Phuong estaba más cerca, que pronto podría perderme en sus ojos, alcanzarlo para atrapar sus labios con los míos, sedientos.
Ya no volví a ver a papá antes de abordar el auto de Deirdre, con la mochila al hombro. Mamá y Seamus me despidieron entre abrazos, besos y la promesa de mantenerse en contacto.
—¿Ya te vas? —la pregunta de Darcy, en un tono engañosamente tranquilo, me hizo perder el paso, pero no lo detuvo. Bajé los escalones hacia el sendero de la entrada. Mi hermana y yo apenas habíamos cruzado caminos en los pasados días.
Darcy se acercó a mí y dejó atrás a mamá y a Seamus. La sentí muy cerca, me pisaba los talones.
—¡Darcy, regresa!
Escuché la voz de nuestra madre bastante cerca, un rápido vistazo fue suficiente para verla detrás de mí hermana.
—Es lo mejor que puedes hacer, Finley. Porque aquí no te queremos, no cuando solo manchas el apellido Byrne… ¿Qué pensarán los feligreses cuando sepan que el buenazo y tímido Finley Byrne, el hijo mayor del pastor Eoin, no es más que un afeminado?
A solo unos pasos de lograr mi objetivo, supe que no me iría de Seven Hills antes de decirle algunas verdades a mi odiosa hermana.
—¡Corre, corre a los brazos de tu maricón de ciudad!
Lo vi en los ojos de Darcy, en su expresión entre sorprendida y asustada cuando giré para hacerle frente, mirándola directo a ellos. Darcy se detuvo de pronto… y mamá hizo otro tanto a unos pasos de ella.
—Yo seré lo que quieras, Darcy, pero tú no eres mejor que yo.
Esa envidia que te carcome no es sana, no es de Dios, y jamás te dejará ser feliz.
Supérala, así, cuando encuentres quien te ame, si acaso eso sucede, podrás ser feliz.
Aunque, realmente, siento lástima del mortal que se enamore de ti, hermanita.
La expresión de mi hermana se arrugó en una fea mueca y me dirigió una mirada cargada de asco, mientras se cruzaba de brazos.
—Eres un perdedor. No me hables de felicidad. ¿Qué sabes tú?
—No tienes idea… —Giré para terminar de dar los últimos pasos que me llevarían de frente a la puerta del pasajero del vehículo de Deirdre, que miraba desde su posición detrás del volante sin intervenir.
—¡Algún día te veré regresar, vencido!
Darcy mantuvo la postura de brazos cruzados y mirada despreciativa hacia mí.
—Vámonos de aquí —le pedí a Deirdre, que no perdió un solo segundo para encender el motor del carro y ponerlo en marcha.
Yo, que de pronto me sentí eufórico, bajé la ventanilla y me di el gusto de tener la última palabra cuando, al alejarnos, saqué la cabeza por el hueco de la puerta para gritar.
—¡Vete a la mierda, Darcy!
Antes de perderlos de vista, pude ver el descompuesto rostro de mi hermana, el gesto de consternación de mamá y la divertida expresión de mi hermano Seamus ante mi repentino exabrupto.