Bajo nuestra lluvia de estrellas 37 Imagínate un mundo #2
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37 Imagínate un mundo #2

—Deirdre acaba de llegar, dice que vino a buscarte, que van de compras. —Me extrañó aquello último, pero no comenté nada frente a mamá. Sin embargo, noté que aquella imprevista visita alegraba a mi progenitora—. Ve a asearte un poco, Finley… lávate la cara y péinate, hijo, no salgas así.

Un vistazo rápido al espejo del baño le dio la razón a mi madre, mi aspecto no era el mejor. Tampoco el más prolijo.

Deirdre se encontraba sentada en la sala con papá, que no dejaba de hablar sobre cualquier tema sin importancia, algo nervioso, quizás con la idea de entretenerla hasta que yo llegara. Eoin lucía una sonrisa de oreja a oreja, encantado con la presencia de mi exnovia.

Mientras caminaba con ella hacia su vehículo entendí la actitud de papá y la alegre mirada de mi madre.

—Creo que mis padres tienen la vaga esperanza de que mis sentimientos por Phuong solo se debieran a una confusión y que, entre nosotros, pueda volver a darse una relación amorosa —mencioné una vez estuvimos dentro del carro.

Deirdre hizo un movimiento afirmativo con la cabeza mientras reía bajo mi escrutadora mirada—. No te pregunté a dónde vamos…

—Vamos a las afueras del pueblo, al hospital principal. Allí ofrecen los servicios, anónimos y confidenciales para hacer toda clase de análisis…

Deirdre no tuvo que añadir que esos servicios probablemente formaban parte de algún departamento especial y recién formado especializado en enfermedades de transmisión sexual.

Mientras ella maniobraba para salir a la carretera principal, yo sentí que comenzaba a sudar frío, el corazón me galopaba frenético. Tenía miedo, o lo que le seguía. Y me sentía un poco molesto, pues Deirdre no me había consultado antes.

Durante todos esos días había luchado por alejar de mi mente y mi activa imaginación todas las asociaciones habidas y por haber que pudiera hacer con el temible virus.

Si me dolía la cabeza, automáticamente pensaba que se debía a que estaba contagiado… si algo me caía mal y tenía que ir al baño descompuesto del estómago, era aún peor, pues asociaba las diarreas a uno de los síntomas finales de la enfermedad.

No obstante, guardé silencio, pues no deseaba mostrar mi cobardía o, mejor dicho, una nueva faceta de ella, porque Deirdre ya sabía que valiente no era.

★ ★ ★ ★

Por aquellos años, la mayoría de las personas que optaban por hacerse el análisis de sangre para detectar la enfermedad, lo hacía en anonimato, el más absoluto secretismo. De hecho, ni siquiera exigían que dijeras tu verdadero nombre, si no lo deseabas.

El hospital quería ponerte las cosas más fáciles y menos estresantes, ellos buscaban saber de cifras y trabajar en la prevención, pero también en el tratamiento.

La pequeña clínica dentro del hospital no solo ofrecía el servicio de toma de muestras, sino consejería, sistemas de atención y tratamiento, todo muy privado.

No puedo explicar cómo me sentí allí sentado, a merced de que una mujer, la flebotomista, que vestía de pies a cabeza todo su equipo de protección.

En aquel tiempo, los trabajadores de la salud tomaban muchas medidas de frente a este virus letal, y altamente contagioso.

Lo hacían todo con sumo cuidado, pues, un solo pinchazo accidental con la aguja infectada, podría ser la diferencia entre la vida y la muerte, se preparaban para hacer su trabajo.

Prefiero no pensar en ese día, en cómo me sentía o en las lastimosas miradas, producto de mi mente o no, que me dedicaba la enfermera. Bien recuerdo que abandoné aquel cuartito nervioso y seguro de que me volvería loco, a la espera de los resultados.

Deirdre estaba afuera, sentada en un banco cerca de la entrada principal de la institución. En cuanto me vio, se acercó para darme un abrazo que disipó de mis huesos el frío que sentía.

—Ya verás que todo saldrá muy bien —murmuró sobre mi oído. Yo no pude hablar, solo me limité a hacer un gesto.

Ambos sabíamos que la espera sería de una semana, y que debíamos pasar a buscar los resultados en persona.

Yo no deseaba volver a la casa, de solo pensar en encontrarme con Darcy o con papá —su actitud pasiva no significaba que yo no percibiera sus juicios y condenación— volvía a ponerme de los nervios, así que le pedí a Deirdre ir al pueblo.

Además, necesitaba volver a llamar a Phuong, esperanzado en que esa vez pudiera oír su voz.

Deirdre me dijo que iría a la farmacia por algunas cosas que necesitaba mientras yo, instalado en la cabina telefónica que a esa hora se notaba bastante sofocante, hacía la llamada a través del operador.

Esa vez contestó una mujer, pero no reconocí a las hermanas de Phuong o a su madre, después supe que fue una de las empleadas.

—¡Phuong, tienes llamada! —Su falta de amabilidad no me importó, no cuando la oí llamar a mi chico y, antes de escuchar su voz al teléfono, pude percibir su risa.

Con el corazón galopante, aunque esta vez por otro motivo, esperé ansioso a que se pusiera al teléfono.

—Hola…

—Soy yo… ¿Cómo estás?

No hubo contestación inmediata, y los segundos se me hicieron eternos.

—Estoy bien, ¿y tú? ¿Cómo estás tú, Finn?

Extrañé su manera de llamarme, hermoso.

También sentí su frialdad… su lejanía.

—Bien…

Y no supe qué más decir, mientras me reclamaba mi falta de claridad. Tenía tanto que decirle y, sin embargo, me había quedado mudo.

—¿Dónde estás? ¿Sigues en Seven Hills? ¿Fuiste a hacerte los análisis? Los míos salieron negativos…

El alivio en su tono de voz pareció traspasar hacia mí, que solté una risa ahogada antes de apretar los labios, buscando detener unos inoportunos sollozos de alegría.

—No sabes cuánto me alegro, amor.

—Fue un gran peso que me saque de encima…

Fue cuando se escuchó bastante bulla, personas que gritaban en vietnamita y el sonido de cacerolas y otros ruidos que no pude identificar, pero que fungió como una barrera entre nosotros.

—Muchacho, en buen momento te pones a hablar por teléfono, es plena hora del almuerzo, Phuong, suelta ese teléfono y ven a ayudarme. —Escuché la inconfundible voz de la madre de mi chico.

—Finn, debo colgar. Llámame en la noche al teléfono del apartamento.

Casi no tuve oportunidad de contestar antes de oír que la comunicación se cortaba.

Me quedé unos segundos con la bocina en las manos antes de abandonar la cabina, y me topé de frente con un chico que, evidentemente, planeaba usar el aparato.

Lo que sí recuerdo bien fue la mirada extrañada que me dedicó, supuse que al verme llorar.

Deirdre me encontró sentado sobre el desvencijado banco de madera frente a la tienda de abarrotes, esa tarde me invitó a comer algo y luego dimos una vuelta por el parque.

Aún hoy, después de tantos años, todavía me admiro del soporte que ella fue para mí esos aciagos días, y aún me asombro de su empatía y dedicación hacia una persona que quizás no se lo merecía.

No regresé a casa hasta que cayó la noche y me fui directo a la habitación, no deseaba hablar con nadie, tenía mucho qué pensar y decidir, decisiones que colocarían un antes y un después en mi vida, pero, lo principal, necesitaba imaginarme un mundo sin Phuong. Esa era mi tarea más importante.

Solo diré que, al hacerlo, sentí la sensación más aterradora de mi corta vida y confirmé que no era capaz de vivir en un mundo sin él.