37 Imagínate un mundo
sin Phuong…
Desperté al amanecer, pero permanecí cuan largo era sobre la cama de Deirdre.
De vez en cuando, echaba un vistazo hacia una de las dos ventanas para apreciar la entrada de algunos delgados rayos de sol, apenas una resolana, jugaba entre la cortina y se colaba hasta verse reflejados sobre la pared contraria.
Desde que abrí los ojos no pude dejar de pensar en Phuong y la idea de llamarlo tomaba forma en mi mente. Eso me llevó a analizar mis confesiones a Deirdre de la noche anterior y, con ello, regresó la incertidumbre.
Sobre las siete escuché ruidos que venían de la cocina y supuse que se trataba de mi amiga. Después de pasar por el baño a asearme, fui directo hacia allí. Un rico olor a café recién hecho permeaba en el aire.
Afuera, el sol se levantaba radiante y nos prometía un día bastante caluroso, pero el interior de la vivienda se sentía fresco.
Deirdre, con unas ojeras bastante pronunciadas bajo sus hermosos ojos, me esperaba sentada a la mesa frente a una taza llena de café con un poco de crema.
Levantó la vista enseguida que me sintió llegar y me regaló una tenue sonrisa que no me atreví a descifrar.
—¿Cómo dormiste? —Fue lo primero que quiso saber y, mientras yo me sentaba, ella se puso de pie para servirme un poco de café en una taza, pasarme la crema y el azúcar, además de ofrecerme algo de comer.
—¿Quieres que te haga un sándwich?
—Con el café tengo suficiente, gracias.
Deirdre volvió a sentarse y esperó a que contestara a su primera pregunta, o así lo interpreté yo.
—Estoy más descansado, aunque me costó bastante conciliar el sueño. Por otro lado, sigo confundido e incapaz de tomar decisiones.
—Yo tampoco podía dormir… y no te voy a negar que estaba un poco enojada por el engaño, Finley, aunque puedo entenderte, ponerme en tus zapatos. Y te acepto que terminar con nuestro absurdo romance fue lo mejor.
—Debes de odiarme.
—No, no lo hago… quizás lo hubiese hecho si nos casáramos y luego me entero que he perdido tiempo y juventud en un matrimonio destinado al fracaso desde un principio —dijo—. Nunca podría odiarte, Finley.
Deirdre busco mi mirada y me regaló otra sonrisa, que yo le regresé. Después, un ligero silencio nos abrazó.
—Perdóname, Deirdre.
—Perdonado estás, amigo.
De nueva cuenta, volvimos a sumirnos en el silencio, mientras las manecillas del reloj marcaban los minutos. Deirdre rompió su mutismo para pedirme que le hablara más sobre Phuong y nuestra relación.
—Sé que algo más te perturba —comentó cuando intuyó que le daba vueltas a algo adicional que deseaba soltar.
En su mirada atisbé comprensión y empatía. Aunque Deirdre, como yo, había sido criada por unos padres creyentes y conservadores, noté que en todo momento hacía esfuerzos por entenderme, no juzgarme o señalarme. También supe que se esforzaría por darme el mejor consejo.
Ante esa percepción, abrí mi corazón para contarle no solo de lo enamorado que estaba, o del conflicto entre mi fe y ese amor que sentía por otro varón.
También le hablé un poco de nuestra vida juntos, de que éramos muy felices, felicidad que se había perturbado hacía pocos días atrás cuando Miles buscó a Phuong para contarle sobre su diagnóstico.
—¡Por Dios, Finley, eso es muy serio! —exclamó ella—. Con razón estás tan preocupado. —No ahondé sobre mis dudas, tampoco le hablé sobre los tonteos de Phuong con Miles cuando llevaban meses separados, o de lo que me dolía saber que, mientras decía estar enamorado de mí, se acostaba con él.
—Tienes que ir a hacerte esos análisis, Finley. No tengas miedo, sé que Dios no te va a desamparar.
No le dije que estaba casi convencido de que todo aquello era un castigo de Dios, pero mi amiga estaba más observadora que nunca.
—No pienses que lo que sucede es un castigo, Finley. Son pruebas, para ti, para Phuong… como lo fue mi enfermedad para mí. Es una forma de medir y darte cuenta que tan fuerte eres, que tan fuerte es su amor, si es pasajero o duradero como un diamante.
Levanté la mirada, que tenía sobre mis manos en la mesa.
—Sé valiente, ve a hacerte ese análisis, Finley. Vuelve a casa, defiende lo que sientes por Phuong y, si aún tienes dudas, imagínate un mundo sin él, un futuro sin Phuong. De esa manera podrás estar seguro de tus sentimientos.
★ ★ ★ ★
Deirdre me llevó a casa de mis padres, que, entre risas, abrazos y llantos, me recibieron con alegría.
—¡El hijo pródigo ha vuelto a casa! ¡Dios te ha iluminado, hijo! —exclamó papá, quién fue el primero en verme cuando abrió la puerta principal.
—Finley, hijo… Bienvenido a casa. —Mamá parecía no querer soltarme mientras me acunaba en sus brazos y yo buscaba consuelo. A pesar de todo, me sentí emocionado al volver a la casa donde había vivido toda mi vida, con una familia que siempre, aun con sus carencias, me demostró amor.
Seamus miraba desde el pasillo de la casa la bienvenida con su mejor sonrisa, y yo lo miré, asombrado de lo mucho que había crecido. A quien eché de menos, un poco dubitativo, fue a Darcy. Más tarde supe que no estaba en casa, había salido a un retiro con unas amigas… y sentí alivio.
Esa tarde, Deirdre se quedó a cenar y, un poco sacado de onda, me di cuenta que su presencia de alguna manera elevó los ánimos de mis padres.
Quizás, después de todo, pensaban que entre ella y yo las cosas no estaban totalmente perdidas y solo ellos sabían que elucubraciones más hacían alrededor de ella y yo.
Fue una tarde noche tranquila, de buena convivencia, atrás quedaron los temas áridos que solo traerían discordias. Sin embargo, eso cambió al día siguiente, con la llegada de Darcy.
Ella y yo nos encontramos de frente, yo salía para el pueblo, ella llegaba con semblante cansado después de una semana fuera de casa.
Su pasmo dejó paso a la burla y el desprecio que se reflejaron en su mirada al mirarme. Enseguida supe que tenía que prepararme para una discusión.
—¡Finley, qué sorpresa! Pensé que no volvería a verte tan pronto por aquí. ¿Dónde dejaste a tu novio? No creo que seas capaz de volver a traerlo al santo hogar de la familia, ustedes no son más que unos pecadores, gente condenada al infierno…
Mientras ella se encontraba todavía en el balcón, con la pequeña maleta que traía a sus pies, yo me había quedado paralizado en el umbral. Fui consciente de la presencia de mamá a mis espaldas, quizás atraída por las voces.
—¿Qué barbaridades dices, Darcy? ¡Cuida tu boca, muchacha!
Mamá casi me empujó para quedar de frente, yo trastabillé hacia el lado.
—¡Solo digo la verdad! Lo sabes tú y todos, incluido papá. ¡Este no tiene derecho de pisar esta casa, la casa de una familia que sirve a Dios y que rechaza todos esos devaneos diabólicos, ese estilo de vivir mundano y vergonzoso!
—¡Cállate, no insultes a tu hermano! ¡Respétalo!
—¡Él no se respeta a sí mismo! —gritó Darcy enfurecida.
—Mamá, no es necesario que pases un mal rato, que discutas con Darcy por mi culpa. —Puse una de mis manos sobre su antebrazo, busqué su mirada para pedirle en silencio que ignorara los dichos de su hija.
Estaba nervioso, lo menos que quería era ver llegar a papá, que estaba ocupado en la iglesia. No me quería imaginar la confrontación. Temía que papá volviera a afectarse de salud.
—Déjame pasar, Darcy, y si realmente amas a papá, evítale un mal rato que solo volverá a poner en riesgo su salud. —Le hice frente a mi hermana y, luego de unos instantes en los que midió su iracunda mirada con la mía casi igual de enojada, Darcy se echó a un lado para dejarme salir de la casa.
—¡Siempre supe que algún día sacarías tu verdadera personalidad y que defraudarías a la familia!
Tuve que contenerme para no girar y volver sobre mis pasos.
El enojo que sentía comenzaba a transformarse en algo más.
No obstante, abordé el auto de mis padres y me encerré en su interior.
De ese modo, los gritos de Darcy se apagaron.
Minutos después, transitaba por una de las calles principales en dirección al pueblo.
Phuong no contestó a ninguna de mis llamadas.
Al principio, agobiado por lo que había pasado minutos antes con Darcy y atormentado por las dudas que no me dejaban tranquilo, la cabeza se me llenó de malos pensamientos en donde armé varios escenarios que no hicieron más que ayudar a acrecentar mi mal humor.
Sin embargo, no regresé a casa de inmediato, ocupé uno de los bancos frente a la tienda de abarrotes, cerca del teléfono público dispuesto a esperar lo que fuera necesario para conseguir hablar con mi chico.
Planeaba esperar unos minutos, volver a llamar y así hasta lograr escuchar su voz, decirle cuanto lo extrañaba. Recuerdo que estuve allí hasta casi la noche, mis esfuerzos por localizar a Phuong no dieron resultados y me fui a casa con un enorme peso sobre los hombros.
Los días con Darcy, pendiente al menor de mis movimientos o comentarios, para soltar veneno o dedicarme una de sus odiosas miradas, comenzaban a hacerse pesados y casi intolerables, tanto que terminé la semana encerrado en mi habitación.
Apenas me animaba a salir del cuarto, salvo para ir al baño. Solo quería evitar confrontaciones estúpidas con Darcy, que parecía disfrutar, no solo con sus insultos y humillaciones, sino al verme confinado en mi propio espacio.
Tuve demasiado tiempo para pensar, para reclamarme y, más que nada, para arrepentirme de volver a Seven Hills y dejar atrás a Phuong.
Me di cuenta de que, mi cobardía, podía haber abierto una fisura en nuestra relación, un hueco que, poco a poco, y mientras más tiempo estuviésemos separados, se agrandaría.
Días después de mi última expedición al pueblo para tratar de comunicarme con Phuong, llamé al restaurante de sus padres, me atendió un hombre que, al parecer, no entendía el idioma, tampoco lo hablaba, el caso fue que ni yo lo entendí, y él tampoco a mí.
Entre tanto, Deirdre fue a buscarme a la casa.