36 Lejos de ti
Fue una noche plagada de pesadillas de las cuales no recordaba casi nada, solo tenía la impresión de estar solo y perdido en extensos y tétricos lugares oscuros. Desesperado, deseaba despertar, pero, a la misma vez, algo me retenía.
En cuanto abrí los ojos fui consciente del sordo dolor de cabeza que me abarcaba la parte frontal del rostro. Esa mañana, Phuong y yo amanecimos cada uno en un extremo del colchón, alejados por primera vez, y eso fue triste.
Me incorporé y, por algunos segundos, solo fui consciente del arrullo de las suaves respiraciones de mi chico, mientras mi vista se posaba en algún punto frente a mí.
Las preocupaciones, las dudas, los miedos y sobre todo, ese deseo de alejarme, de salir corriendo cuan cobarde, regresaron. Eso último no me hacía sentir orgulloso, pero así me sentía.
Percibí los movimientos de Phuong sobre el colchón antes de sentir sus manos tibias sobre mis hombros y el peso de su cuerpo a mi lado.
—¿Estás bien?
Quise asegurarle que sí, pero creo que mi silencio, más duradero del necesario, habló por mí. No hice amago de girar y mirarlo, mucho menos intenté tocarlo, permanecí inmóvil, con las manos sobre las rodillas.
—Hermoso, no me gusta verte así… —Phuong se movió hasta salir de la cama y colocarse de pie frente a mí. Esa noche también durmió vestido, esa vez con unos pantalones largos de chándal y una camiseta con el desvaído logo de un refresco de soda.
—Siento que toda la situación me supera, Phuong. —Levanté la mirada para cruzarla con la suya, vi tristeza y miedo en sus ojos oscuros, y supe que él veía los mismo en los míos.
—Necesito espacio… necesito…
—Necesitas alejarte, ¿es eso? Quieres que nos demos un tiempo lejos, separados…
Cuando lo pensaba me parecía que era justo lo que deseaba, sin embargo, cuando lo escuché de sus labios, me negué a aceptarlo.
—No, no es así.
Phuong se colocó en cuclillas frente a mí, sin tocarme, y nos miramos fijo, directo a los ojos.
—No quiero que te vayas, imaginarme lejos de ti me llena de desesperación, pero entiendo que necesites un tiempo alejado de mí, Finley.
Entiendo que debo dejarte ir, para que encuentres la paz y las respuestas que necesitas y, sobre todo, para que estés seguro de que lo que sientes por mí es real…
y no solo consecuencia de un enamoramiento pasajero.
—A este punto intenté refutar lo que decía, pero él colocó la palma de una de sus manos sobre mis labios—.
Yo te amo, Finley y, como te amo, y aunque me duela, sé que debo darte tu espacio, sin presiones.
Quizás me tomo el riesgo de que no regreses a mí, pero confío en que nos volveremos a ver, amor.
Desesperado, llevé ambas manos al rostro, luego las eché hacia atrás para retirarme el cabello de la frente, mientras sacudía la cabeza en gesto negativo. Phuong se puso de pie y yo con él. Intenté abrazarlo, pero hizo un gesto con la palma de la mano para pedirme que me mantuviera alejado.
—Te amo, Phuong. Dios sabe que te amo, pero me siento agobiado por la situación. Estoy confundido y tengo miedo. Sé lo que deseo, pero dudo de lo que es correcto… y lo que debo hacer. Me siento culpable y también castigado…
Volvieron las lágrimas, que se derramaron por las mejillas. Cuando volví a mirarlo, me di cuenta de que también lloraba. Nuestra despedida la sellamos con un fuerte abrazo y el calor de mis labios sobre los tibios de él.
★ ★ ★ ★
Me marché a Seven Hills, pero a último momento me dirigí hacia la casa de Deirdre, pues no tenía deseos de encontrarme con mi familia.
Fue el viaje en autobús más desesperante de mi vida y, desde que abordé el taxi que me llevó a la estación en Albany, no dejé ni por un momento de extrañar a Phuong.
En más de una ocasión pensé en hacer el camino de vuelta, sin embargo, el tiempo se me fue entre dudas y miedos.
Cuando llegué a la estación de autobuses del pueblo, llamé desde un teléfono público a Deirdre que, sorprendida, me pidió que la esperara allí, que ella misma pasaba a buscarme. Sus padres no estaban en casa, pues asistían a un retiro en un pueblo cerca y regresarían al otro día.
—Esta vez me has sorprendido, no me dijiste que venías cuando hablé contigo semanas atrás —dijo ella en cuanto nos encontramos en la estación y mientras caminábamos hacia su pequeño auto—.
Me encanta que estés aquí —añadió, aunque pienso que, en cuanto se detuvo a mirarme bien, se dio cuenta de mi estado de ánimo—. No te ves nada bien, Finley.
Y no lo estaba. Le pedí a Deirdre hospedaje por esa noche, sabía que debía irme a casa, pero necesitaba retrasarlo un poco más.
Recuerdo que Deirdre apenas hablaba, parecía como si caminara sobre brasas a mi alrededor. Me dio la impresión de que no sabía como tratarme. No lucía incómoda, aunque sí algo indecisa.
Luego me enteré que le había echado a perder sus planes para ir al cine con el hijo del señor Graham, Sean.
—Debiste decirme.
—Pude, pero te vi tan desanimado y ojeroso que no tuve corazón. No te iba a dejar solo.
Me alegraba saber que Deirdre iba encaminada en rehacer su vida amorosa y, una vez más, me pegó la lejanía que yo mismo interpuse entre Phuong y yo. No obstante, recordar sus devaneos con Miles, en mi mente, me excusaba.
—¿Qué es lo que tanto te preocupa, Finley?
Nos encontrábamos sentados en el amplio sofá después de compartir algo de pasta recalentada y ensalada que le había dejado su madre lista.
Había tratado de evadir sus escrutadoras miradas y comentarios en referencia a mi desánimo.
La chica que por un tiempo fue la indicada, la mujer con la que planeaba casarme y tener una familia, estaba a mi lado, preocupada, me pedía con la mirada que le contara lo que me atormentaba, que confiara en ella.
Con el corazón galopante dejé salir la verdad de mis labios.
—Estoy enamorado, Deirdre.
De alguna manera supe de inmediato que Deirdre no se esperaba aquellas palabras. La miré moverse sobre el asiento, quizás un poco sacada de onda, pero no por eso retiró la mirada de mí, a la espera de lo que diría después de semejante afirmación.
—Escucha, Finley. Ya que me confiaste semejante noticia, tienes que decirme al menos el nombre de la afortunada.
Aunque me has dejado algo confundida, pues tenía la impresión de que querías mantenerte soltero y libre de ataduras para así disfrutar de la vida universitaria, ir a fiestas, conocer gente…
Me sorprendí un poco al oírla describir con unas cuantas palabras su percepción de la vida que, según ella, yo deseaba.
—Al principio, cuando terminaste nuestro compromiso me sentí dolida, yo estaba enamorada de ti, aunque con el paso de los días me di cuenta de que en el fondo era más la envidia que sentía por tu nuevo estilo de vida.
Además, no me dejarás mentir cuando digo que nuestro noviazgo de colegio duró más de lo que hubiese durado si nuestros padres no se hubieran empeñado en armar toda una historia a futuro.
En fin, luego de nuestra separación vino lo de mi enfermedad y todo lo anterior pasó a segundo plano.
Mientras ella hablaba, yo comencé a dudar sobre lo que estaba a punto de hacer. Hablarle sobre Phuong y mi relación con él ya no me parecía tan buena idea.
—Sé que la vida nos sorprende. Mírame a mí, ¿quién me iba a decir que me daría una nueva oportunidad? ¿Y con Sean Graham?
Deirdre soltó una serie de carcajadas, algo nerviosa.
—Si me dejas, no paro de hablar…
Pude evadir la conversación, alegar que estaba cansado, ella me entendería sin insistir sobre el asunto. No obstante, no hice lo que me dictaba la razón, sino lo que me dictó el corazón. Necesitaba hablar sobre lo que me sucedía.
—Me alegro que te des una oportunidad con Sean, él es un buen chico. —Y así lo creía. Además, recordaba que Sean Graham siempre había estado interesado en ella.
—Sí que lo es.
Antes de darme cuenta, de mis labios salió lo que guardaba en mi corazón.
—Amo a Phuong, pero ese sentimiento está en conflicto con lo aprendido, con mis creencias… con las prédicas de papá, la doctrina de la iglesia en la que nací y fui criado.
Lo solté, pero fui incapaz de mantener la mirada sobre ella, eso sí, escuché su jadeo, casi grito, seguido de un silencio donde el más mínimo ruido dentro de la casa se escuchaba el doble de rotundo, al menos en mis oídos.
Pude oír con nitidez el apenas perceptible toc de la manecilla horaria del reloj análogo que había en el pasillo, al marcar las siete en punto de la noche.
Y, en la lejanía, los gritos del vecino que llamaba a su hijo para que entrara a cenar, mientras mantenía mi vista baja, lejos de Deirdre.
—Discúlpame, Finley, pero trato de procesar las cosas…
y darle un poco de sentido a lo que dices.
También me gustaría entender cómo se dio la situación.
Ese chico, Phuong pasó la Navidad aquí contigo cuando volviste la primera vez y nosotros…
nosotros aún estábamos juntos. —Ante aquello último sentí el peso de la realidad sobre mis hombros.
Razón tienen los que dicen que nada permanece para siempre oculto, yo mismo me había encargado de mostrarle a Deirdre la realidad de lo sucedido.
Una oleada de vergüenza y pesar me arropó de pies a cabeza.
—¿Cuándo te diste cuenta de que estabas enamorado de él? —preguntó—. Dime la verdad, Finley… por favor.
Ella se merecía mi sinceridad, aunque fuese tardía.
—Estoy convencido que comencé a enamorarme de él desde el mismo día en que lo conocí en la residencia —dije y casi pegué un salto cuando sentí y vi una de las manos de Deirdre buscar la mía.
Ella me apretó la mano y la escuché soltar un suspiro. No sabía que esperar de su parte, pero aprecié su gesto.
—Mírame, Finley.
Levanté la mirada para posarla sobre ella, igual que mi mano lo hacía en la suya, para devolverle el apretón.
—Sufres por amor, porque amas a Phuong y, como dices, ese amor entra en conflicto con todo lo que conoces y en lo que crees.
No sé qué otra cosa te hizo regresar a Seven Hills, que más te alejó del chico que amas y esta noche ni tú y menos yo pensamos con claridad.
Lo que me has dicho jamás lo hubiese imaginado.
—Deirdre y yo nos mirábamos de frente mientras manteníamos nuestras manos juntas—.
Ve a dormir, a descansar, mañana verás las cosas más claras, amigo.
Esa noche ocupé el cuarto de Deirdre mientras ella se iba a dormir al de sus padres. Recuerdo poco de esa noche, acostado prácticamente vestido sobre el suave colchón en aquella habitación que aún tenía vestigios de la niña y la adolescente que la había ocupado… y que ya era una mujer.
Si de algo estoy seguro era del sentimiento de alivio que experimenté, porque, por primera vez, pude hablarle a alguien de mis sentimientos y preferencias sexuales.
No podía estar seguro que traería el nuevo amanecer, de pronto Deirdre no querría volver a escucharme hablar sobre mi dilema y la luz solar no sería de gran ayuda.
O quizás ella estaría dispuesta a aconsejarme, dispuesta a dar algo de luz sobre mis dudas.
Sé que logré dormirme varias horas después que le deseé buenas noches a Deirdre, que Phuong se coló en mis sueños y que desperté deseando verlo, escuchar su voz y sentir sus caricias.