Bajo nuestra lluvia de estrellas 35 Ingenuo desengaño
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35 Ingenuo desengaño

Cuando logré comprender de qué hablaba Phuong, lo primero que pensé, luego de sentir un escalofrío recorrerme el cuerpo, fue lo terrible de un diagnóstico así. También comprendí a qué se debía el comportamiento de mi chico.

Por aquellos años, la década de los noventa, recibir aquella nefasta noticia iba de la mano con el rechazo y la soledad, eso sin contar que la alta mortalidad asociada al VIH lo convertía en prácticamente una sentencia de muerte.

Por unos instantes, mi mirada vagó, era incapaz de fijarla en algún sitio, mucho menos de mirar a mi pareja, a quien sentía casi frenético y nervioso a mi lado.

—Él no tiene síntomas… no puede saber cuánto hace que se infectó, aunque pensamos que no hace mucho.

Su última pareja, Roger, dio positivo, y fue quien le urgió a que se hiciera los laboratorios.

—Phuong comenzó a hablar de forma atropellada, me pareció que trataba de explicar en poco tiempo toda la complicada situación.

Yo sentía que sus palabras se mezclaban con una pesadez enorme que me descendía, poco a poco, sobre los hombros.

Mientras Phuong divagaba sobre Miles, con frases que lo incluían, de ida y vuelta sobre la situación del afroamericano, yo había comenzado a repasar lo que sabía sobre la enfermedad, lo que para esos años se conocía, que no era mucho.

En realidad, por aquellos años no era algo en lo que yo pensara antes de ese momento.

No obstante, una injusta, cruel y fruto de la ignorancia denominación que se utilizó mucho los primeros años no dejaba de repetirse en mi mente: «Síndrome Gay» o «peste rosa».

Aunque pronto había quedado claro que no era una enfermedad que solo afectara a hombres homosexuales.

—Tenemos que hacernos los análisis, Finn —mencionó Phuong mientras dejaba una de sus manos sobre mi antebrazo. Las tenía congeladas.

Por primera vez en algo de tiempo llevé mi atención sobre él, que devolvió mi mirada con una leve sonrisa en los labios.

Me limité a afirmar con un movimiento de cabeza.

—Sé que es una situación difícil y de tensión, imagínate cómo me sentí cuando Miles me contó, no sabía cómo decírtelo, amor.

Sin embargo, después de pensarlo a conciencia, confío en que no hay de qué preocuparse.

—Lo oí mencionar. A pesar de sus palabras y de su gesto que quiso ser despreocupado, percibía que Phuong estaba muy lejos de sentirse tranquilo.

Yo aún le daba vueltas a la situación sin deseos de argumentar nada.

—Dime algo, hermoso… —dijo él—. ¿En qué piensas? —Justo me preguntaba si conocía al tal Roger, creía que sí y trataba de recordar si tenía una idea sobre desde cuándo salía con Miles.

—¿Roger es la última pareja de Miles?

—Si… imagínate en qué términos están ahora.

Según me dijo Miles, Roger llevaba semanas enfermo.

Cuando fue al hospital, los médicos le ordenaron la prueba, que salió positiva, fue entonces cuando Miles lo supo y no te imaginas cuánto le costó ir a hacerse los análisis.

—Mi chico lucía menos tenso, aunque también me di cuenta, por la mirada que me dedicó, que mi pregunta quizás le pareció extraña.

En mi cabeza no dejaba de hacer cálculos con las fechas. Repasé la época antes de nuestro viaje a Seven Hills para Navidad, los meses en que Phuong y yo nos alejamos debido a mis dudas y prejuicios.

Recordé uno de mis últimos encuentros con Miles en la cafetería de la universidad. Ese día el chico parecía bastante afectado al ver a Phuong con Bryan Riley, y se refirió a él como el próximo novio de su ex. Sin duda, Miles estaba celoso de Bryan.

A mi entender, la relación amorosa entre Miles y Phuong había terminado hacía mucho, y de ella solo quedaba una buena amistad. De allí las veces en que Miles buscaba a Phuong para que le sirviera como paño de lágrimas.

Pasó por mi mente el recuerdo de los comentarios de Phuong relacionados al estilo de vida alocado de Miles y sus múltiples parejas.

—No me gusta verte tan silencioso, Finn, dime que piensas. —Lo estreché entre mis brazos y sentí cómo se relajaba.

La situación era realmente seria e incierta, pero confiaba en que podíamos superarla y continuar nuestro camino juntos. Al menos eso pensaba mientras me arrimaba más a mi chico, ocultaba el rostro en el hueco de su cuello y aspiraba su aroma.

Phuong se aferró a mí casi con el mismo ímpetu de minutos antes.

—Iremos a hacernos esos análisis. Hace mucho tiempo que vuestra relación terminó, y no creo que haya ninguna posibilidad de que estemos infectados.

Realmente, después de los años que han pasado, todavía no puedo explicar qué me hizo en ese momento separarme de Phuong de manera algo abrupta y, mientras él me miraba sorprendido, y yo lo miraba, a mi pesar, inquisitivo.

—Porque las cosas se dieron así, ¿cierto? No tenemos motivos para preocuparnos, amor —añadí para tratar de suavizar el tono de mi voz algo chillona—. No habéis tenido intimidad hace mucho…

Tuve la impresión de que un abismo de oscuridad se abrió entre nosotros, mientras los segundos pasaban y el silencio se extendía. Phuong me apartó la mirada. Hice un gesto con las manos que dejaba en evidencia mi cansancio físico y mental.

Ya no estaba para juegos y mucho menos para rodeos. Lo que deseaba era darme una ducha, de preferencia junto a él, e irnos a descansar, pero sabía que no sería posible, al menos para mí, hasta no escucharlo afirmar mi última frase.

—¿No es así? —Phuong se puso de pie. Se pasó una de las manos sobre los cabellos para peinarse mientras que yo no podía dejar de mirarlo, rogaba que me dijera que sí, que no había nada de qué preocuparse.

Sin embargo, Phuong parecía no saber qué decir.

—Miles y yo terminamos hace mucho… pero eso no quiere decir que entre nosotros no hubiese intimidad…

de vez en cuando. —Fue evidente lo mucho que le costó a mi chico pronunciar esas palabras, similares a un baño de agua helada sobre mí.

Entendí que hubiese preferido callar y, quizás, yo hubiese querido que lo hiciera.

Su comentario me resultó demasiado chocante, porque, por esa época, y aún en el presente, hacer el amor era el acto donde se expresaba todo el sentimiento que sentías por alguien, era compromiso. Una entrega exclusiva, no algo que hacías con cualquiera solo por pasar el rato.

A pesar de la indignación que me surgió al oírlo, tuve que aceptar que no todas las personas pensaban como yo, pero debo reconocer que sentí como un sentimiento de profunda desilusión me arropaba de pies a cabeza.

Me puse de pie despacio mientras él daba algunos pasos dubitativos en mi dirección. Busqué su mirada con la mía y se la mantuve.

—¿Cuándo fue la última vez que te acostaste con él? —pregunté con suavidad, hice uso de todo el autocontrol para no levantar la voz. Con rabia, parpadeé de forma repetida para mantener a raya unas traicioneras lágrimas que amenazaban con mostrarse.

—Finn…

Cerré los ojos por unos instantes y aspiré una buena bocanada de aire, antes de dejarla salir.

—Dime, Phuong… ¡dímelo de una vez! —Ya no pude mantener mi tono de voz bajo y exigí una respuesta. Levantó las manos al frente, aunque yo había dado media vuelta para alejarme.

Giré de nuevo para volver a enfrentarlo, esperando lo que tuviera que decir.

—Por favor, Finley… no recuerdo, quizás… puede ser que algunas semanas antes de nuestro viaje a Seven Hills. Fue algo casual…

Apreté las manos en puños a mis costados, mis labios formaron una severa línea, en tanto bajaba la mirada.

«Fue algo casual».

¿Cuándo, Phuong?

¿Cuándo tonteabas con Bryan Riley y decías amarme?

Recuerdo que la imagen de Phuong en brazos de Miles se instaló en mi mente para burlarse. Él extendió unos de los brazos hacia mí, pienso que su intención era tocarme, pero sé que mi expresión lo alejó.

—Fue por la época que decías estar enamorado de mí, y la misma en la que andabas de noviecito con Bryan… no obstante, al parecer, no podías mantener tus manos lejos de Miles…

Sacudí la cabeza en negación en contra de un sentimiento de tristeza mezclado con impotencia que me arropaba.

—Por favor, hermoso, no me digas esas cosas, no me juzgues…

Las lágrimas, que por tantos minutos mantuve a raya, se escaparon de mis ojos, a la impotencia y la tristeza se le unió el miedo, y no solo de recibir un mal diagnóstico.

Y es que mientras seguía allí de pie, frente al hombre que amaba, una insidiosa vocecita murmuraba a mi oído que todo aquello formaba parte del castigo que Dios tenía para mí, precisamente por nuestro amor prohibido, una unión que Dios y sus preceptos señalaban como antinatural y abominable.

—Finn, hermoso, sé que tienes miedo, yo también. Recuerda que te amo, amor.

Una risas incontrolables me brotaron de entre los labios, no podía parar de reír mientras las carcajadas se mezclaban con las lágrimas que fluían sin parar. Me restregué la humedad en las mejillas con rabia.

—No estaríamos en esta situación si no te hubieses acostado con él después de que terminaran la relación. Si para ti tener sexo casual no fuera algo normal. ¡Si no te gustara tanto Miles que ni siquiera el supuesto amor que sentías por mí te detuvo de terminar en su cama!

Phuong se echó para atrás. A ese punto sentía toda la situación como un engaño, una infidelidad y era incapaz de sosegarme… y mucho menos de evitar mis hirientes palabras.

—¡No seas injusto!

—¡No lo soy! ¡Sabes que digo la verdad!

—¡Por esos días ni siquiera tenía esperanzas contigo! —exclamó herido—. Por favor, Finley, entiende por qué se dieron las cosas. No eches a perder nuestra relación, no tires por la borda nuestro amor —añadió suplicante.

Nos miramos por varios segundos. Mis fuerzas se agotaban, ya no tenía deseos ni siquiera de hablar.

—Yo también te amo, Phuong, pero todo esto me supera. Lo siento, lo siento mucho…

Nuevos sollozos me brotaron de la garganta, sentía el alma hecha pedazos. Un poco desorientado, anduve los pasos hacia la habitación casi dando tumbos.

—¿Qué vas a hacer, amor? Por favor Finley, hablemos…

Phuong salió detrás de mí y me dio alcance en el interior del cuarto.

No volvió a hablar, pero de pie, cerca de la puerta, no dejaba de mirar mis movimientos, mis idas y vueltas, mientras recogía mis pertenencias.

Me bastó un rápido vistazo para darme cuenta de la desesperación que deformaba sus facciones.

Por primera vez, me urgía alejarme de Phuong, tomarme un respiro lejos, aunque a la misma vez una parte de mí me gritaba que cometía un error, que actuaba de forma precipitada.

—No te vayas, Finn… no me dejes…

De pronto, sentí que, si no me sentaba, caería de rodillas y me llevaría conmigo el bulto a medio armar que tenía en las manos. Vencido, me dejé caer en la orilla del colchón.

Mi chico dio algunos pasos cerca de mí, yo levanté la mirada hasta afincarla en su rostro de mirada asustada. Jamás lo había visto tan vulnerable y el amor que sentía por él me hizo levantarme, llegar hasta él y rodearlo con mis brazos.

Había tantas emociones y sentimientos amontonados, unos por encima de otros, cada uno con la idea de prevalecer y tomar el control de mis acciones. Sin embargo, el amor que me unía Phuong lograba mantener a raya todo lo negativo que trataba de acumularse en mi alma.

—Juntos saldremos de esto, amor. Yo confío en nuestro amor… confía tú también.

Yo no pude decir nada, solo quería fundirme en sus brazos y olvidar.