Bajo nuestra lluvia de estrellas 34 Golpe inesperado
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34 Golpe inesperado

Después de la partida de mis padres, Phuong y yo nos dedicamos a disfrutar el tiempo juntos durante unos días.

Hablamos, entre otras cosas, sobre buscar un empleo que pudiera intercalar con las clases del nuevo semestre, y también acerca de mi mudanza de la residencia.

Mamá y yo hablábamos casi todos los días, eran conversaciones cortas donde ella me preguntaba cómo iban las cosas, cómo me sentía, y yo a ella por la salud de papá. Ninguno de los dos hacía mención sobre lo sucedido semanas antes.

Recuerdo ese verano por sus mañanas luminosas y cálidas en las que despertaba junto a mi amor.

Por esa época, sin importar el calor casi opresivo de las noches, me acostaba a dormir con unos calzoncillos de algodón, esos que Phuong llamaba «ropa interior de viejito», mientras que él lo hacía completamente desnudo, costumbre que tenía incluso en las frías noches de invierno.

Durante la noche, en especial con la llegada de la madrugada, la temperatura bajaba un poco y amanecía con una de las delgadas sábanas enredada en las piernas, mientras Phuong lo hacía pegado a mí para deslumbrarme con su desnudez.

Atesoro recuerdos de nuestros encuentros sexuales que aún, sin importar el paso del tiempo, logran hacerme sonreír, me erizan la piel y encienden los deseos cuando estamos juntos.

Por aquellos días, Phuong y yo vivíamos en nuestra propia burbuja, no necesitábamos otra cosa más allá de nuestra compañía, el tiempo juntos y las caricias y besos que compartíamos.

No obstante, una imprevista visita antes de que finalizara julio vino no solo a pinchar aquella burbuja personal donde nos sentíamos tan protegidos, sino a perturbar la armonía que habíamos construido en nuestra relación.

Se avecinaban tiempos en que nuestro amor se probaría en contra de situaciones imprevistas y serias que ninguno de nosotros dos jamás imaginó.

★ ★ ★ ★

Hacía meses que Phuong no sabía nada de Miles. La última vez que se vieron, fue cuando el afroamericano le hizo una inesperada visita en Nueva York, mientras yo me encontraba en Seven Hills.

El día que Miles fue a buscar a Phuong, yo acababa de bajarme de un autobús, había doblado la esquina y enfilaba hacia el apartamento. Fue allí cuando, mientras me acercaba a la puerta del edificio, reconocí a mi chico hablando con alguien que no identifiqué de inmediato.

En ese momento decidí ralentizar mi avance y, sin motivo, me eché a un lado, me pegué a la valla de una casa para ocultarme, aunque consciente de que no tenía por qué hacerlo.

Desde mi posición, pude ver que Phuong conversaba con el hombre alto y moreno. Segundos después, reconocí en aquel individuo extremadamente delgado y desaliñado a Miles, su expareja.

Enseguida me sentí inquieto y hasta molesto por la presencia del hombre. Era un reflejo, multiplicado por diez de lo que había experimentado cuando supe de su anterior visita.

No negaré que los celos formaban parte de las emociones que sentía mientras Miles le acariciaba el antebrazo a Phuong, o al verlo a él sonreír ante algo que el afroamericano le decía.

Experimenté una oleada de calor cubrirme el rostro y fui incapaz de apartar los ojos de la pareja que, ante mi estupor, y al parecer de mutuo acuerdo, enfiló calle abajo.

Por un momento pensé en llamarlo, mostrarme y así tratar de evitar que se fuera con Miles, pero me frené, no quería verme como un novio resentido e inseguro.

El temor a no ser lo que Phuong esperaba de mí, una vez más, me mantuvo en control, y lo observé mientras se alejaba, al lado de Miles, supuse que a escuchar sus desahogos.

Recuerdo que esa tarde, mientras tomaba una ducha, pensé que la reciente imagen que tenía de Miles contrastaba muchísimo con la apariencia del afroamericano cuando se me presentó en mi primer año en Albany.

Phuong regresó pasadas las nueve de la noche y, para ese momento, yo no recuerdo cuantas veces me había puesto de pie para acercarme a las ventanas del apartamento y mirar hacia la calle, esperando su regreso.

La incomodidad que se instaló en mí con la llegada de Miles había mutado y me había convertido en un remolino de emociones donde prevalecía el enojo, la preocupación y el miedo.

Lejos estaba de imaginar que aquello era el comienzo de un periodo bastante estresante que amenazó con destruir todo a su alrededor, incluso nuestra cordura y, más importante, nuestra relación.

—Al fin llegas, amor. —Me tragué cualquier reclamo, no hubo manera al ver su semblante preocupado, que quisiera mortificarlo con mis dramas. Tuve la impresión que la mente de mi amado se encontraba tan lejos que, incluso, se sorprendió ante mi presencia.

—Finley...

Phuong jamás me llamaba por mi nombre completo, o por lo menos no lo había hecho en mucho tiempo. Quise pasar por alto su semblante desencajado y su desánimo, y me acerqué a él, mi intención era abrazarlo, necesitaba hacerlo, sentir su calor y su aroma.

Sin embargo, grande fue mi sorpresa cuando Phuong se alejó y tomó rumbo a la habitación.

—Voy a darme una ducha, apesto. —Me pregunté cuándo no estar recién bañado y perfumado había sido motivo para negarnos un abrazo. Su actitud, sumada a las horas que supuse que había pasado con Miles, fueron las primeras señales de alarma, pero en ese momento yo no sabía por dónde iban las cosas.

Le di su espacio, Phuong se pasó bastante tiempo encerrado en el cuarto de baño y, cuando salió, al mirarlo tuve claro que había llorado, pero opté por hacerme el desentendido.

Cuando se acostó a mi lado, pero no me tocó, ni siquiera para darme un beso de buenas noches, me arrimé a él, le pasé uno de los brazos por la cintura.

Fue allí cuando me di cuenta de que, por primera vez, mi chico se había acostado con unos pantalones cortos.

Aquel simple detalle me dio un vuelco al corazón.

Después de un débil intento para escapar de mi abrazo, Phuong pareció relajarse, aunque, al igual que yo, estoy seguro de que no pudo conciliar el sueño enseguida.

★ ★ ★ ★

Cuando abrí los ojos a un nuevo día, luego de una noche inquieta, Phuong no estaba a mi lado. Me incorporé con la mente dando vueltas sobre las más locas ideas y escenarios, y abandoné la habitación con premura, solo quería saber dónde estaba mi chico.

Justo en el momento en que salí al pasillo, Phuong dejaba el baño envuelto en una nube de vapor, con la toalla alrededor de su estrecha cintura. Su mirada confligió con la mía y la mantuvimos por varios segundos antes de que fuera él quien la apartara, caminando junto a mí de vuelta al cuarto.

Giré y lo seguí, me detuve bajo el marco de la puerta y lo miré mientras se vestía para salir.

—Pensé que no trabajabas hasta mañana. —Tenía claro que Phuong no se arreglaba para ir a la librería, pero no quise ir directo al grano, sabía, en mi fuero interno, que iría a ver a Miles.

Mientras esperaba su respuesta, podía sentir como el enojo reptaba por todo mi cuerpo y apreté las manos a mis costados.

¿Qué había sucedido entre Miles y Phuong la tarde anterior? ¿A qué se debía la fría e indiferente actitud de Phuong conmigo?

Terminó de ajustar su correa y pasó a peinarse frente al espejo, una rápida mirada a su rostro me levantó sospechas en mi de que mi chico había vuelto a llorar.

Ante aquello casi perdí la compostura y estuve a punto de pedirle explicaciones directamente.

—Tengo que acompañar a Miles a unas gestiones que vino a hacer. Me pidió ayuda y no pude negarme, Finn. —Phuong terminó con premura lo que hacía antes de girar y caminar directo a la puerta del cuarto, y de allí a la salida.

Pasó por mi lado y solo se giró a mirarme cuando se encontraba con una de sus manos sobre la perilla de la puerta principal ya abierta.

—Probablemente estaré fuera todo el día. —Con esa fría frase, Phuong abandonó el apartamento. Recuerdo haber estado tan pasmado que me quede sin palabras.

¿A dónde se había ido mi chico? ¿Qué extraño había ocupado su lugar?

Abatido, me senté en el sofá y me llevé las manos a la cabeza, así permanecí bastante tiempo mientras me devanaba los sesos en busca explicación a todo lo que ocurría en nuestra vida desde la llegada de Miles.

No daba crédito a la actitud de Phuong y, por más que pensaba en sus motivos, menos.

De pronto, me entraron unas ganas de gritar casi incontrolables que estallaron en un torrente de lágrimas mezcla del miedo y la decepción. Más tarde, sin ánimo y más solo que nunca, me di una ducha.

No sabía qué hacer, no sentía paz en ningún lugar del apartamento, mi mirada iba y venía del reloj de pared que Daisy había colocado en la cocina, mientras las voces amortiguadas de los actores en un episodio de una comedia de moda se escuchaban casi ininteligibles desde el televisor encendido.

Me preparé un café y traté de comerme un poco de cereal con leche. Las manecillas del reloj se movían muy lentas, marcaban los segundos, los minutos y las horas mientras el sol, después de ascender, comenzaba su descenso.

Me eché sobre el sofá cuando un incipiente dolor comenzó a hacerse sentir en la parte frontal de mi cabeza.

Hacía calor y el abanico instalado en el techo de la habitación poco hacía para aliviarlo. Sin embargo, creo que caí en una especie de sopor de donde me sacó la llegada de Phuong, cuando las sombras de la noche ya comenzaban a extenderse por la vivienda.

—Finn, amor. —Estaba de pie a mi lado, cerca de mis pies desnudos.

Me incorporé y me acomodé hacia una esquina del mueble mientras me frotaba los ojos con una de las manos después de apartarme el cabello despeinado de la cara.

Phuong no tardó en sentarse a mi lado y yo no tardé en echarme a un lado, lejos de él, si eso era posible.

Mi intención nunca fue rechazarlo a pesar de su propia actitud hacia mi, pero me superó el enojo y el rencor. Quise darle un poco de su propia medicina. Aunque casi al instante me arrepentí, y salté hacia él para rodearlo con mis brazos.

Phuong me devolvió el abrazo, pero no tardé en sentir su rigidez y adiviné la intención de alejarse. Entonces, perdí el débil control que tenía sobre mis emociones.

Apreté el abrazo a su alrededor, no deseaba dejarlo ir.

—Por favor, mi amor, dime que es lo que pasa… ¿ya no me amas? ¿Te has dado cuenta de que amas a Miles? ¿Es eso? Por favor, Phuong, háblame, dime que sucede…

Lo escuché romper en llanto mientras me devolvía el abrazo con la misma desesperación que yo se lo brindaba.

—¿Qué sucede, Phuong?, ¿qué está pasando?…

—Nunca dudes de mi amor, de lo mucho que te amo, hermoso…

El llanto de Phuong se escuchaba y sentía desgarrador, su cuerpo se sacudía entre mis brazos mientras él se aferraba a mis hombros con las manos crispadas. El frío del miedo me recorrió de pies a cabeza.

—No llores, amor… por favor solo quiero saber que sucede… he pasado horas terribles, mi cabeza no da para más…

Phuong hizo un esfuerzo por sosegarse y se alejó de mí. Quedamos separados, pero de frente y, mientras yo buscaba su mirada con la mía, él me rehuía.

Con el pasar de los segundos, su llanto cesó, sorbió por la nariz y soltó aire por la boca, en un esfuerzo por relajarse, y después supe que también buscaba el valor para decirme lo que tanto le atormentaba.

—Miles está enfermo… dio positivo a VIH… —No entendí de inmediato el significado de lo que decía, me costó procesar la información.

En esos momentos era Phuong el que buscaba mirarme a los ojos, en su mirada vi desesperación y una chispa de puro terror, y no tardé en entender su significado.