32 Una enorme mentira
Todo el camino hacia el apartamento donde esperaba encontrarme con mi hermana me lo pasé distraído. Le daba vueltas a mi conocido argumento, ese que ya había expuesto ante Darcy, para que se subiera en el próximo autobús para casa, y que antes falló de forma estrepitosa.
Y no veía esperanza de que eso último fuera a suceder, no obstante, estaba dispuesto a tratar una y mil veces más.
Cuando entramos al silencioso apartamento, pronto nos dimos cuenta que Darcy no se encontraba allí.
—Probablemente salió a buscar ese trabajo que tanto desea, una de sus herramientas para la independencia que tanto quiere —comentó Phuong ya más relajado. Ese día, el calor y la humedad parecían pegarse a la piel.
Phuong caminó directo al refrigerador de donde sacó dos latas de refresco de soda heladas y me ofreció una.
Disfrutamos de las bebidas de pie, él inclinaba parte de su peso sobre el espacio entre el fregadero y el refrigerador, mientras que yo, que fui a sentarme en una de las sillas frente a la pequeña mesa del comedor,
en un momento dado me crucé de brazos con la mirada perdida en algún punto de la sala del lugar.
No fue hasta que tuve a Phuong casi encima de mí que volví de mi ensimismamiento. Mi chico se puso en cuclillas y me colocó los antebrazos sobre mis piernas y cruzó las manos en el hueco entre ellas. Buscó mi mirada y la atrapó con intensidad.
—¿Sabes que te amo, Finn? Y que, mientras me ames, estaré a tu lado para solventar juntos todos los obstáculos que esta hermosa vida nos lance.
—Llevé las manos hasta las suyas y jugué con sus dedos antes de llevarlos a mis labios para depositar suaves besos, mientras Phuong cerraba los párpados para disfrutar del momento.
Como siempre sucedía entre nosotros, el más inocente gesto o caricia nos encendía, y pronto ambos deseábamos más. Terminamos el uno en los brazos del otro, perdidos en un apasionado beso y atrevidas caricias, que nos enajenaban del resto. Y pasamos por alto donde nos encontrábamos.
Ni Phuong ni yo escuchamos el clic del seguro de la puerta principal al ser removido, o cuando se separó del marco con aquel ruidito tan característico…
Tampoco oímos la puerta cuando volvió a ser cerrada…
Mi chico me había hecho poner de pie y arremetió contra mi boca con ardor. Yo le correspondí con el mismo ímpetu, con las manos sobre sus hombros, sin abandonar el interior de su boca, que aún conservaba el frío de la soda, y lo guie hasta acomodarlo de espaldas contra la mesa.
Por unos segundos separamos nuestras bocas, buscamos aliento, entonces aproveché la ocasión para ponerme entre medio de sus piernas ligeramente abiertas, subí una de las manos a su nuca, lo agarré del cabello de manera suave pero firme y lo forcé a exponer la curvatura de su cuello,
que ataqué a besos, mientras él gemía, extasiado, con las manos sobre mi pecho en busca de los botones de mi camisa.
Un sonoro jadeo, mezclado con un grito que no provenía de ninguno de nosotros, se escuchó pleno, tanto que juraría que hizo eco por toda la vivienda y, por lo menos a mí, me taladró los oídos.
Siempre he tenido la impresión de que Phuong no se dio cuenta de inmediato de lo que sucedía, en cuanto a mí, no tuve que voltearme para saber qué me encontraría a mis espaldas.
—¡Qué carajo! —exclamó Darcy después de soltar aquel chillido, y antes de lanzarse sobre mí, que me encontraba frente a Phuong, quien aún permanecía sentado sobre la mesa.
Darcy se detuvo muy cerca de mí echa una furia, me taladró con la mirada, su rostro congestionado, mientras abría y cerraba los puños y una fea mueca distorsionaba sus facciones.
—¡Dios Santo, qué asco! —Supe que Darcy intentaría abofetearme unos segundos antes de que levantara una de las manos contra mí, lo que no imaginé fue que Phuong me empujaría a un lado para interponer su cuerpo sin importarle recibir el golpe que iba dirigido a mí, pero que él logró interceptar.
Phuong agarró el antebrazo de mi hermana y la apartó de nosotros, Darcy trastabilló, pero mantuvo el equilibrio.
—No vas a pegarnos a ninguno de los dos, chiquilla —declaró mi chico y Darcy dejó salir un aullido antes de zapatear con frustración el suelo.
—¡No vuelvas a ponerme tus sucias manos encima! —gritó, presa de un estallido de rabia que no solo le hizo golpear el suelo con sus pies, sino también sacudir la cabeza y las extremidades con frenesí, presa de un enorme enojo.
—¡Deja de comportarte como una desquiciada! —exclamó Phuong con firmeza y directo. Mientras, yo caminé los pasos necesarios para colocarme entre medio de los dos, pues tuve la impresión de que, si no lo hacía, era cuestión de segundos para que Darcy y Phuong se fueran a los golpes.
Me desesperé, tenía que evitar ese sinsentido.
—¡Papá tenía razón, eres un maldito enfermo, un degenerado… qué asco! —Darcy no paraba de gritar—. ¡Los dos son unos enfermos!
—¿Puedes calmarte? —Le di la espalda a Phuong para enfrentar y suplicarle a mi hermana. Sin embargo, nunca dejé de estar consciente del chico a mis espaldas, Phuong no se estaba quieto. De reojo, vi que tampoco le sacaba los ojos de encima a mi hermana.
Darcy no dejaba de sacudir la cabeza, con sus cabellos ondulados desordenados alrededor de su rostro, y un rictus de furia que le deformaba sus lindas facciones.
—¡No me digas qué hacer! —gritó y, luego de otro estremecimiento de impotencia y rabia, dio la vuelta para dirigir sus pasos hacia el dormitorio que compartía con Daisy.
No dudé en irme tras de ella, y Phuong siguió mis pasos, aunque admito que hubiese preferido que se mantuviera al margen, no quería exponerlo a más insultos.
—¡Me voy de esta casa, no soporto un minuto más en tu presencia! —Darcy sacó la maleta y se dedicó a meter la ropa sin ningún cuidado. Luego, lanzó un par de zapatos y algunos artículos personales. Ella se movía frenética alrededor de la cama, mientras que yo la observaba desde el pasillo.
—Siempre supe que algún día te caerías del pedestal en el que te tenía padre, pero jamás me imaginé que te dieras tan fuerte. Voy a disfrutar muchísimo cuando le diga lo que acabo de ver, créeme que se lo voy a describir con lujo de detalles.
Mi hermana rompió a reír, primero muy sutil, mientras intentaba cerrar la maleta, nerviosa, y lo volvía a intentar. Sus esfuerzos fueron infructuosos debido quizás a sus temblores o, tal vez, a lo mal acomodadas que estaban las cosas en el interior de la misma.
Con rabia, Darcy lo intentó varias veces. La miré batallar con las prendas y demás artículos, mientras la risa que comenzó de manera tenue, incrementó y terminó como un estallido que parecía no se detendría.
Vi a mi hermana doblarse sobre sí misma mientras reía y le daba puños a la superficie de la maleta, fuera de control, pero no me atreví a acercarme.
—Eres un maricón. Un maldito degenerado, un pecador que no tendrá redención…
Poco a poco, la demente risa menguó y logró cerrar la maleta y dejarla caer al suelo con un sordo golpe.
—¡Termina de irte! —le gritó mi chico.
Phuong, a mis espaldas, no se cohibió de decirle aquello a mi hermana ante sus hirientes palabras. Ella fijó la mirada en él y comprendí el dicho de «si las miradas mataran», pues, ante la de Darcy, mi chico podría considerarse herido de muerte.
Ella agarró con firmeza la pequeña maleta y se acomodó el bolso al hombro, yo entendía que su marcha era inevitable y hasta necesaria luego de lo que acababa de suceder, pero estaba seguro de que, tras su viaje de vuelta a Seven Hills, se desatarían los problemas.
—Por favor, Darcy, no te vayas así, estás muy agitada. —Ante mis palabras, las cuales dije antes de echarme hacia atrás para dejarla pasar y salir del cuarto, escuché a Phuong resoplar en desacuerdo.
Darcy se dirigió a la puerta principal y no me volvió a mirar hasta que estaba a punto de salir.
—No finjas preocuparte por mí, no te creo nada. Mejor preocúpate por lo que dirá padre cuando sepa la verdad sobre ti y… ese tipo. —Sus palabras destilaban desprecio y asco. Mi hermana dejó el apartamento y Phuong no tardó en cerrarle la puerta con un sonoro portazo.
Recuerdo que me quedé de pie allí donde estaba, repitiendo mentalmente parte de su amenaza. Mi chico se acercó dubitativo, yo diría que hasta con miedo, quizás por mi reacción, pero a mí solo me basto una mirada a sus ojos para volver a sentirme a salvo y expulsar parte del temor a un rincón.
Phuong se echó a mis brazos y nos fundimos en un abrazo por largos segundos. Casi al unísono dejamos salir sendos suspiros de alivio. No importaba lo que nos deparara el futuro, en ese momento estábamos juntos y dispuestos a defendernos del mundo.
Por lo menos yo me sentía en cierta parte aliviado, de alguna manera había soltado un peso atado a mi alma.
★ ★ ★ ★
La sensación de alivio iba y venía, pues me sentía nervioso y a la expectativa sobre lo que sucedería. El silencio de parte de mi familia, que se extendió por algunos días después de la ida de mi hermana, no presagiaba nada agradable.
No me atreví a llamar a mi madre y parecía un gato sobre un tejado caliente. Sabía que Darcy no se quedaría callada.
Una semana después, mis temores se hicieron realidad y mi padre fue a buscarme al apartamento, aunque entendí que realmente buscaba a Phuong.
Era un lunes por la tarde y nos encontrábamos en la cocina dándole los últimos toques a un plato de pasta. Yo lavaba las hortalizas para hacer una ensalada, mientras que Phuong probaba la salsa de tomate casera. Después de comer, pensábamos ver una película.
Cuando se escuchó el timbre de la puerta, Phuong fue a abrir, lo hizo sin prestar atención o averiguar quién llamaba.
Recuerdo que yo, con un inesperado sobresalto, dejé la lechuga dentro del fregadero sin importarme la verdura y, menos, el agua que dejé corriendo, pues, con el susto y el corazón desbocado, lo único que quería era llegar al lado de mi chico.
No tuve tiempo de decir o hacer nada. Cuando me asomé, ya Phuong había abierto la puerta y la recia humanidad de papá llenaba el marco un segundo antes de entrar al apartamento y golpear a un desprevenido Phuong directo en el rostro.
—¿Sorprendido de verme? ¡Eres un degenerado, abusador de chicas indefensas! —Phuong trastabilló y, de inmediato, buscó el modo de defenderse de los próximos golpes que mi padre parecía preparado para soltar. Yo me interpuse entre ellos y me encaré con mi padre, mientras mi chico tomaba distancia.
—¿Qué crees que haces, papá?
—Lo que debí de hacer desde el principio.
Qué bueno que estas aquí, porque seguramente no sabes lo que este tipo intentó hacerle a la pobre de Darcy.
Porque quiero pensar que no lo sabes, Finley.
¡Por eso estas aquí y no en la policía denunciando a este individuo por intento de violación!
—Papá no le quitaba los ojos de encima a Phuong, quien tenía la nariz lastimada, los ojos le lagrimeaban y sus manos no eran suficiente para detener la hemorragia.
De reojo vi a mi chico quitarse la camiseta que llevaba y usarla para limpiarse la sangre no solo de las manos, sino del rostro.
En ese ínterin, mi cerebro intentaba procesar las acusaciones de mi padre.
Con otra mirada a Phuong donde cruzamos gestos, perdidos y azorados, comprendí que a él le sucedía igual.
Papá continuó su avance hacia Phuong mientras que yo siempre busqué mantenerme entre ellos. Las mejillas de mi padre estaban manchadas de rojo, sus labios se distendían en un rictus de ira y su azulada e iracunda mirada iba y venía del chico asiático.
Para ese momento, Phuong estaba apoyado en uno de los gabinetes de la cocina con la camisa manchada de sangre bajo su nariz. Papá inició de nuevo su avance.
—¿De qué hablas, padre? ¿Qué te dijo Darcy?
Intenté tomarlo por su antebrazo, pero él se sacudió con rabia.
—¿Qué me dijo? ¿Qué me dijo?
Eoin sacudió la cabeza a manera de negación y, por primera vez su mirada y la mía se encontraron.
—Papá, por favor, tienes que calmarte. —Lo veía demasiado exaltado, jamás lo había percibido así, ahora pienso que debí de tener más cuidado, prestar atención a las señales— .¿Qué fue lo que te dijo Darcy?
También por primera vez vi lágrimas en los ojos de mi padre y aquello me sobrecogió y pude entender que la versión que mi hermana le contó de lo que sucedió, y su motivo para regresar al pueblo, nada tenía que ver con la relación entre Phuong y yo.
Darcy había inventado una sórdida historia sobre Phuong y, asqueado, escuché de boca de mi padre su versión de los hechos. En esos momentos no me atrevía ni siquiera a mirar a mi chico que no se había movido.
—¡Ese hombre al que tu llamas amigo quiso abusar de tu hermana!
Papá me apuntaba con un dedo mientras me miraba y me transmitía todo el sentimiento de impotencia y horror que sentía ante la situación, una situación inventada por Darcy, pero que él daba por cierta.
—Gracias a Dios, que siempre cuida de sus hijos, tu hermana pudo escapar de este tipo que quiso forzarla. Si la hubieses visto, Finley, lloraba hecha un manojo de nervios mientras me contaba lo que sucedió.
Más allá del pasmo y el horror de aquella vívida pesadilla que se desarrollaba frente a mis ojos, un crepitante miedo comenzó a crecer dentro de mí.
Mientras tanto, mi padre, que parecía que poco a poco lograría calmarse, llevó la mirada más allá de mí, en dirección a Phuong.
Lo vi levantar el dedo índice para señalarlo, sin embargo, no intentó acercarse.
—Prepárate, porque ahora mismo voy a ver a la policía, a ellos les tendrás que dar muchas explicaciones, pero al final de tu vida será a Dios ante quien serás juzgado.
Eoin dejó la mirada varios segundos más sobre Phuong antes de encararme.
—Vamos, Finley, acompáñame —pidió decidido.
Papá se adelantó hacia la puerta, seguro de que yo le seguiría. Sin embargo, no me moví, y solo tardé unos segundos en tomar la decisión que evitaría una acusación falsa hacia el hombre que amaba, un paso en la dirección correcta.
No pensé en nada más, solo en Phuong.
—Las cosas no pasaron como te dijo Darcy, papá.
—¡Finn!
Phuong trató de detenerme con esa exclamación, mi padre giró la cabeza un poco hacia el sonido de mi voz y se detuvo, aunque no me encaró.
—Phuong jamás forzaría a nadie. Darcy miente.
Justo ahí entendí lo que mi hermana quería. Al mentir sobre lo sucedido, Darcy buscaba que fuera yo mismo quien confesara ante mi padre, para salvar a Phuong, los verdaderos sentimientos que me ligaban a él.
—Darcy regresó a casa porque su orgullo está herido, y me culpa por ello, no solo a mi, sino a Phuong…
Fue entonces que papá giró por completo, su mirada se encontró con la mía, a la espera de mis próximas palabras.
—Phuong y yo nos amamos, papá, Darcy nos sorprendió y, para hacernos daño, se inventó esa ridícula historia de violación. Esa es la única verdad.