23 Absurdos celos
En aquella visita, no podía faltar el almuerzo en casa de Deirdre después del culto. La comida estuvo deliciosa y la compañía agradable, aunque, en cierto momento, fui arropado por la tensión cuando mis padres y los de Deirdre comenzaron a discutir sobre nuestra futura boda.
Mantuve la mirada lejos de Phuong, me concentré en la comida, la movía por el plato, de un lado a otro. Ya no tenía ni hambre.
Phuong, sentado junto a Darcy, enarbolaba una sonrisita amable y asentía con gestos, a lo que fuera que mi hermana le susurrara al oído.
Ambos mantuvimos cero contacto visual directo, no podía saber cómo se sentía Phuong, pero yo comenzaba a llenarme de unas ansias casi incontrolables de levantarme y salir de allí.
El día siguiente, lunes, era Navidad. Ese día, desde temprano, mamá se había encargado de que por toda la estancia se escucharan los villancicos navideños, mientras ella se afanaba en la cocina con la comida.
Phuong le hacía compañía, los dos muy conversadores en tanto el hombre del cual me había enamorado la ayudaba en los preparativos. Mamá lucía encantada con la compañía de Phuong y aquello me hizo sonreír.
Más adelante, después de que todos estuviésemos listos para la ocasión, recibimos a los invitados.
La primera en llegar fue una prima solterona de mamá, llamada Betty, una mujer que había dedicado toda su vida al magisterio.
La tía Betty no era una mujer convencional y su carácter jovial y dicharachero incomodaba mucho a mi padre.
En una ocasión, escuché cómo le decía a mamá sobre las dudas que tenía en sí Betty sería buena compañía y, sobre todo, buena influencia para ella, y añadiendo críticas sobre su, según él, dudosa soltería.
Lo cierto era que, aunque eran cercanas, pues se criaron juntas, Betty no era una visitante asidua en nuestro hogar, y tampoco asistía a la iglesia.
—Cada vez estás más galán, Finn. —No importaba el paso de los años, Betty me expresaba su amor con un buen apretón de mejillas.
—¿Cómo estás, tía? —Después vino un abrazo. Phuong, a nuestro lado, nos observaba encantado de ver aquel intercambio entre nosotros.
—¿Y quién es este chico tan guapo? ¡Oh, por Dios! ¿De dónde eres? ¿Corea del Sur? ¿China?
Mientras Betty decía todo aquello, y Phuong no dejaba de sonreír, yo sentía que todos los colores habidos y por haber me subían al rostro.
—Mucho gusto en conocerla, señora Betty, mi nombre es Phuong, soy compañero y amigo de Finley en la universidad...
—Vietnam —mencionó ella y, con uno de sus dedos índice, le dio unos suaves golpecitos sobre el pecho a Phuong.
—Hasta que acertaste, tía —intervino Darcy, metiéndose casi a la fuerza entre Phuong y Betty, antes de reír a carcajadas su propia ocurrencia—.
Phuong es amigo de Finley y mi futuro novio.
—Si la tía Betty apenas disimulo la sorpresa ante lo que podría considerarse por aquellos años un atrevido lanzamiento de parte de Darcy, Phuong y yo cruzamos una incómoda y rápida mirada.
La intervención de mis padres rompió el momento y la llegada de Deirdre y los suyos, me distrajo.
Sin embargo, no pude sacarme de la cabeza que era hora de que Phuong le pusiera un alto a las aspiraciones equivocadas de mi hermana.
Conocía a Darcy, ella no era persona de darse por vencida con facilidad y lo menos que deseaba era que colocara a Phuong en una posición incómoda.
También me vino a la mente cuales serían las consecuencias de ese enamoramiento.
Después de la abundante y deliciosa cena, seguida de un amena sobremesa donde compartimos pastel de manzana y frambuesas, con su correspondiente tacita con café oscuro para beneficio de la digestión, nos movimos a la sala para acomodarnos sobre los muebles.
Debajo del engalanado árbol navideño se encontraban los regalos del intercambio, para todos excepto Phuong, o al menos eso pensaba él.
Porque allí también se encontraba la pequeña cajita con el hermoso pisapapeles en forma de globo de nieve que lucía en su interior el lago Green y el faro en miniatura que yo había comprado para él.
Phuong no pudo disimular la emoción al poner sus ojos sobre el sencillo regalo y me sorprendió también con un paquete alargado forrado con papel de regalo.
—Esto es especialmente para ti, Finn — murmuró aquello cerca de mi oído, mientras se inclinaba para entregarme la caja. Se trataba de una libreta especial para bocetos y un estuche con lápices de colores.
Sé que se me hizo imposible ocultar la alegría y emoción, no solo porque era un regalo suyo, y eso ya lo hacía especial, sino que nunca, nadie, había tenido tanta certeza al regalarme. Era algo sencillo, nada costoso, pero tan acertado y que yo disfrutaría tanto…
Sin embargo, mi sonrisa menguó un poco cuando me encontré con la dura mirada de papá, fija en mí desde su posición al otro extremo de la habitación.
Los recuerdos de esa noche después de tantos años a veces son difusos. Tengo la idea de que después de intercambiar regalos disfrutamos de una vieja película navideña y chocolate caliente, y que fue durante la misma cuando eché de menos a Phuong… y también a Darcy.
Ya era noche cerrada, recuerdo que, al ver que no regresaban, comencé a inquietarme y aproveché la distracción de Deirdre, que hablaba con Betty, para dejar el sofá.
Después de colocarme el abrigo, los guantes y una bufanda, me animé a salir de casa al helado clima invernal, que esa noche se sentía casi bajo cero.
Estaba seguro de que Phuong estaría disfrutando de un cigarrillo y que Darcy le haría compañía. Y así fue, no obstante, lo que alcancé a ver, a pesar de la densa oscuridad de esa noche sin estrellas, fue inesperado y duro de presenciar.
Frente a mí, a pocos pasos, estaban Phuong y Darcy, él no fumaba, le era imposible, pues Darcy le tenía los brazos echados al cuello, mientras sus labios se unían en un beso que en ningún momento me pareció rechazado.
No me quede allí para ser testigo de lo que sucedería después. Con el mismo sigilo, di la vuelta y me marché. Una oleada de rabia y celos me consumía, pero logré controlarme y no hacer un papelón.
«Eres ridículo y absurdo. Acabas de ver lo que se supone que sucede cuando un hombre y una mujer se gustan». No pude dejar de hacer ese análisis, dejando a un lado la supuesta homosexualidad de Phuong.
«¿Y si Darcy le gusta? Mi hermana es una chica muy guapa y divertida, hasta simpática cuando quiere. Con Phuong se ha portado de maravillas, es evidente que le gusta, quizás él también se sienta atraído por ella».
Aquella vocecita que metía cizaña me acompañó de vuelta al interior de la casa, donde me quité el abrigo y demás accesorios antes de pasar al cuarto de baño a refrescarme el rostro con un buena salpicada de agua fría, pues sentía que me ardía.
«Eres patético, Finley».
La reunión terminó y yo le di gracias al cielo, porque lo único que quería hacer era irme a mi habitación. Deirdre y yo nos despedimos, minutos después, me fui a ayudar a mamá en la cocina para evitar el encuentro con Phuong y, de seguro, también con Darcy.
Yo lavaba los platos que Seamus se encargaba de secar antes de colocarlos en uno de los gabinetes, fui testigo de un corto intercambio de palabras, que no alcancé a entender, entre Phuong y Darcy, después me pareció verlo irse, dejando a mi malhumorada hermana atrás.
No apareció por la cocina, se fue directo a su habitación donde azotó la puerta con bastante fuerza al cerrarla. Solo éramos Seamus, mamá y yo, pues mi padre se había encerrado en su oficina desde la marcha de los invitados.
—Gracias por ayudarme, muchachos.
Recuerdo que, en un arranque de nostalgia, y como contestación a su agradecimiento, abracé a mamá y Seamus se nos unió en un abrazo de tres.
Minutos después, con la cocina limpia, enfilé hacia mi cuarto con la intención de dejar de pensar en lo que vi, en la cercanía entre Phuong y Darcy.
—Finn. —Alcancé a ver a Darcy de pie frente a su habitación.
Más que intrigado, me acerqué. Era la primera vez en mucho tiempo que se refería a mí directamente.
—Necesito tu ayuda, hermano, necesito que me ayudes con Phuong.
Él me encanta, pero creo que, al ser tu amigo, no se atreve a acercarse a mí.
Seguro que también le tiene miedo papá, por esa actitud intransigente que muestra.
—Darcy se comunicó deprisa, mientras caminaba hacia el interior de su cuarto.
Yo me detuve justo debajo del marco de la puerta.
—Dime algo, Finley... —dijo exigente, pero a la misma vez suplicante, ante mi silencio.
—¿Qué quieres que haga, Darcy? Phuong es un poco mayor para ti, el está a punto de cumplir los veintidós años y tú solo tienes diecisiete.
—Fue lo único que se me ocurrió decir, mientras pensaba en lo estúpido que fui cuando se me ocurrió pensar que Phuong pudiera estar interesado en Darcy.
Seguramente ella lo tomo desprevenido, lo besó y él no supo cómo actuar, pero era evidente que hubo un rechazo.
—¿Crees que es eso?
Sentí que enredaba más las cosas, pero no encontré manera de desilusionarla. Su confesión y la petición de ayuda me pareció especial, única, pues últimamente Darcy solo se acercaba a mí para comentar necedades o burlarse.
—No lo sé.
—¿Phuong tiene novia? ¿Es eso? —Esperó mi respuesta con ansias y supe que deseaba que fuera un «no».
—No lo sé, Darcy —dije, aunque debí decirle que sí e inventarle cualquier historia. Mi respuesta llenó de desgano a mi hermana y quizás me hubiese preguntado algo más, de no ser porque papá, desde el pasillo, nos llamó la atención.
—Ya es hora de que te acuestes, Darcy, y dejes descansar a los demás. Vete a tu cuarto, Finley. —Dejé la conversación a medias y me sentí aliviado.
★ ★ ★ ★
Me pasé largos minutos con la mirada en el techo de la habitación y más consciente que nunca de la presencia de Phuong en el otro cuarto.
¿Estaría dormido?
Quizás no y, de ser así, ¿me extrañaría como yo lo extrañaba a él?
Después de lo que vi en el patio me había dedicado a evitarlo, aunque estaba seguro de que ni él o Darcy se dieron cuenta de mi presencia.
Me eché de costado, con la vista hacia la puerta de la habitación, estaba casi seguro de qué todos dormían, pero no me animaba a buscarle. De pronto, fui consciente hasta del mínimo ruido de la vieja casa, y del ulular de la fuerte ventisca que se había desatado en el exterior.
La inconsciencia me evadía, volví a moverme, esta vez hacia el otro costado, el chirrido de los resortes del colchón protestaba en aquel silencio.
Fue cuando escuché un débil y dubitativo toque, enseguida lo identifiqué como el sonido que hacen los nudillos sobre vidrio al golpear. El toque se multiplicó, esta vez con algo de afán.
De un salto, salí de la cama y atravesé la poca distancia hasta una de las ventanas. De inmediato, corrí la cortina para encontrarme al otro lado del empañado vidrio con los hermosos ojos rasgados de Phuong.