22 Luchando entre lo que
siento y lo aprendido
Ante Dios no pude aceptar lo que mi corazón clamaba, aun cuando sabía que Él todo lo veía, que ante sus ojos no había nada oculto.
Aquella no fue la única mañana en que acompañé a papá en sus oraciones, y en todo momento, mientras él abría su corazón, sincerándose agradecido, para luego pedir sabiduría, yo, a su lado, luchaba por mantener la mente en blanco, fingía recuperar la comunicación con Dios,
una conexión que sentía perdida en tanto mis sentimientos por Phuong se fortalecían.
Las reuniones con mi padre lo complacían y en mí levantaban tantos sentimientos encontrados que, durante un tiempo, después de ellas, solía mantenerme apartado de todos y ensimismado.
En aquellos momentos hasta llegué a agradecer el interés de Darcy por Phuong, mi hermana no se despegaba de mi amigo tanto como podía e intercambiaban ligeras conversaciones entre risas y, de parte de ella, sutiles coqueteos.
Por mi parte, recuerdo que luego de las mañanas de oración con papá, por esos primeros días, evitaba cualquier interacción a solas con Phuong. Ya no salía al patio cuando lo echaba de menos y sabía que estaría allí, tampoco volví por su cuarto.
Por suerte, esos días anteriores al día de Navidad, mamá nos mantuvo ocupados recolectando manzanas y otras frutas con las que prepararía sus espectaculares pasteles.
Recuerdo un día en específico que entre Phuong, Seamus y yo pelamos tantas papas y zanahorias que hasta nos salieron callos en las manos.
El sábado después de nuestra llegada, mi madre organizó un viaje al pueblo, pues insistió en que le hacían falta algunos ingredientes muy importantes para que la cena navideña fuera un éxito,
pero yo siempre pensé que ese viaje lo sugirió para darle la oportunidad a Phuong de conocer los alrededores.
Además de que nuestro invitado tomara un poco de aire fresco.
Mamá siempre estuvo muy orgullosa de sus raíces, de ese pueblo donde creció, y sé que deseaba mostrárselo a mi amigo. Con ese guapo y simpático muchacho con quien de inmediato sintió una conexión. Aquello último me lo confesó mi madre en una ocasión muchos años después de aquel viaje.
Fuimos de viaje algo apretados y separados por Seamus, que se instaló en el medio del asiento trasero de la camioneta de papá, mientras que Darcy viajaba en el principal, entre nuestros padres.
La expresión de mi hermana gritaba a los cuatro vientos lo mucho que le molestaba que mi padre le indicara que su lugar era al frente, entre ellos.
En el pueblo, ese día, la fría tarde lucía un cielo despejado y las aceras y carreteras estaban limpias de hielo.
Caminamos por la calle principal engalanada con adornos festivos y luces.
A ambos lados de la acera se podían apreciar montículos de nieve que los empleados de la ciudad habían acumulado, despejando el camino antes de echar sal.
Mamá y papá lideraban la caminata, con Darcy enganchada a uno de los brazos de Phuong, y Seamus y yo, en la retaguardia. De la carnicería fuimos a la frutería, donde también hacían y vendían pan fresco. Se podía sentir su rico aroma desde que entrabas al lugar.
Más adelante se encontraba la farmacia, una de las que, según los planes de mi padre, yo sería el encargado en un futuro próximo.
Aquella fue nuestra última parada y yo aproveché la distracción de mi familia, e incluso de Phuong, que seguía con Darcy de arriba para abajo, para hacerme con un pequeño regalo para él.
No fue difícil localizarlos de nuevo, pues escuché las fuertes carcajadas de Darcy, fruto de algún comentario de mi amigo, quien parecía llevarse muy bien con mi hermana.
Caminé por el pasillo en dirección a ellos, mis padres venían desde el otro extremo del pasillo y pude ver a papá murmurar algo al oído de mi madre cuando se detuvieron a escasos pasos de Phuong y Darcy, que uno al lado del otro miraba algo de lo expuesto en una de las vidrieras.
La expresión de mi padre era adusta, mientras que mamá enarbolaba una sonrisita apenada.
La cercanía entre Phuong y Darcy comenzaban a molestar a mi padre, y no era el único, aunque yo no tenía la libertad de expresión que sí que poseía él.
Al regresar a la casa, mientras los demás fueron directo a la sala, Seamus y yo nos encargamos de ayudar a mamá en la cocina a acomodar las cosas.
Luego nos encargamos de preparar chocolate caliente para acompañar con unos pastelitos de queso y frambuesa que habíamos traído de la panadería. Demás está decir que el consumo de dichas chucherías, como le llamaba papá, era casi exclusivo de la época navideña.
Esa noche, después de cenar, mis hermanos, Phuong y yo terminamos alrededor de la mesa del comedor frente a un tablero de Monopolio, después de cansarnos de intentar armar un rompecabezas de más de mil piezas.
★ ★ ★ ★
—Finley...
No esperaba encontrarme de frente a Phuong al salir del cuarto de aseo esa mañana de domingo, el día del culto más importante del año, pues estaría dedicado al nacimiento de Cristo.
Phuong aprovechó mi sorpresa para empujarme de regreso al baño antes de cerrar la puerta con cerrojo a sus espaldas, mientras mi corazón se desbocaba de la emoción ante tenerlo tan cerca y el temor a ser descubiertos.
—No podía estar más tiempo lejos de ti.
El asiático se lanzó con afán a por mis labios y yo recibí sus besos, sediento. Hasta ese momento no fui consciente de cuánto necesitaba tenerlo cerca, sentir su aroma y probar sus labios.
Phuong abarcó mi rostro con sus manos, mientras yo llevaba las mías a su cintura y me agarraba a la tela de su camisa. Trastabillando, fuimos a dar hacia una de las paredes del baño, la única que estaba libre.
No podíamos dejar de besarnos con ansias, ese que comenzó como un beso apasionado se tornó y multiplicó en pequeños besos repartidos por la piel de nuestros rostros y cuellos.
Yo tenía la espalda contra la pared, mientras con mis manos exploraba la cálida piel de su cintura y costados por debajo de la tela. Él se arrimaba a mí, con las manos enredadas en mi cabello, despeinándolo.
—Me estaba volviendo loco de angustia, no puedo con tu indiferencia, aunque sé por qué lo haces… —dijo sobre mis labios. Como respuesta, yo llevé las manos alrededor de su cintura sin intención de aflojar el abrazo.
La excitación que nos dominaba a ambos era más que evidente.
—No me había dado cuenta hasta ahora de cuanto te extraño, de cuanto extraño tus besos —murmuré sobre la piel de su cuello que él había echado hacia atrás para despejarme pleno acceso, y donde yo no dudé en dejar un camino de besos—.
Jamás será indiferencia, puede ser todo menos indiferencia, Phuong.
No queríamos separarnos, nos mantuvimos unos minutos abrazados, él con su cabeza sobre mi hombro, yo apretándolo contra mi pecho con las manos sobre su espalda, esperando calmar nuestras respiraciones.
Detrás de esa puerta cerrada nos esperaba, de nuevo, la realidad. Una realidad que nos separaba, que nos obligaba a ocultar nuestros sentimientos y emociones. Y ninguno de nosotros deseaba abrirla, aunque sabíamos que era algo inevitable.
—Tenemos que prepararnos para el culto, Phuong —murmuré con hastío y pesar.
—Lo sé, pero no quiero. —Se aferró más a mí.
Desaparecer juntos a un lugar donde pudiéramos ser nosotros mismos, sin miedos y sin los prejuicios de los demás. Un lugar ideal donde pudiésemos amarnos y gritarle al mundo que estábamos enamorados.
Recuerdo que abandoné el cuarto de baño para dejarle espacio a Phuong.
Minutos después, me reuní con él y el resto de la familia para un desayuno liviano antes de salir para el culto.
La iglesia que lideraba papá no quedaba lejos de la casa.
El resto del año, cuando el clima lo permitía, solíamos caminar hasta allí los domingos, pero con el clima invernal era algo que evitábamos, así que, a bordo de la camioneta, hicimos el corto trayecto.
Deirdre casi corrió hasta mí en cuanto me vio llegar y me separó de mi familia para llevarme con ella a ocupar un banco.
Atrás quedaron mis padres, Seamus, Darcy y Phuong.
que caminaron hacia el altar. Todavía no eran muchos los feligreses dentro del edificio y noté que mi padre hacía un alto para decirle algo a Phuong.
—Discúlpame un momento, Deirdre.
Sentí la urgencia de ir con él, aunque sabía que Phuong era capaz de desenvolverse muy bien. Aun así, me moví entre los bancos con rapidez para llegar hasta él.
—Siento que casi te obligamos a venir esta mañana, Phuong —comentaba papá, mientras mostraba esa sonrisita condescendiente—. Dime algo, muchacho, ¿profesas alguna religión?
—Papá...
Mi padre puso sus ojos sobre mí y me pareció que se fingía sorprendido.
—No creo que mi pregunta moleste a tu amigo, Finley. —Para papá, siempre era Finley, nada de llamarme Finn.
Phuong esbozó una leve sonrisa antes de pasar su mirada de mí hacia mi padre, de nuevo.
—Por supuesto que no me molesta, Eoin. Tampoco estoy aquí en contra de mi voluntad, pues todo lo que hago es porque quiero. Y no, no profeso ninguna religión, pero respeto las creencias de todos. En cambio, debo decir que mis padres son budistas.
Bajé la vista por unos segundos a mis pies. incapaz de suprimir una sonrisa de satisfacción. No esperaba menos de Phuong.
—Aclarado el asunto, creo que podemos sentarnos. —Darcy no perdió tiempo en halar a Phuong de una de sus manos para alejarlo de nosotros, que continuamos en el pasillo, mientras comenzaban a llegar más personas al culto.
Yo volví con Deirdre y su familia, a lo lejos vi a mi padre, más serio de lo común, que caminaba hacia el cuarto que había detrás del sencillo altar.
La iglesia de madera y cemento, de paredes desnudas, lucía inmaculada, olía a incienso y cera, olores que siempre me recordarían a una niñez y primera juventud, entre dulce y amarga.
Poco a poco llegaron los rezagados feligreses que, sin importar las condiciones del tiempo, no faltaban al culto especial por Navidad.
Desde mi posición, unos bancos detrás de donde se sentaba mi familia, pude apreciar la espalda de Phuong, que lucía muy derecho con la mirada hacia el frente, mientras Darcy parecía no parar de hablar.
Ella lo miraba, para luego observar alrededor, altiva y orgullosa, pues noté que algunas chicas no disimulaban su curiosidad por ese guapo asiático que nos visitaba.
Aquello me sacó una risita que disimulé con una tos.
—Tienes que abrigarte mejor, amor —comentó Deirdre.
El culto comenzó, la potente voz de mi padre resonó por la nave de la iglesia, mientras impartía consuelo y esperanza a través de la palabra de Dios.
Enardeció el nacimiento de Cristo, quien vino al mundo para salvar a la humanidad.
Una humanidad malvada que ni siquiera creyó en Él y que terminó por crucificarlo.
Aquel era un pensamiento recurrente en mí desde niño.
Y, mientras mi padre hablaba, y yo escuchaba, no por primera vez sobre ese ser lleno de luz y amor, recuerdo que no dejaba de intentar convencerme de que el Dios que yo había aprendido a amar, jamás se volvería en mi contra por amar diferente.
Ese ser de luz nunca me condenaría por amar a Phuong, por desear una vida a su lado.
Sentado allí, mi mente se fue lejos, a un lugar donde ya no escuchara los parloteos de Deirdre, o el potente vozarrón de papá levantando en mi contra juicios y declarando castigos.
Un lugar donde Phuong y yo pudiéramos expresar y vivir nuestro amor, libres.