21 Al abrigo de la oscuridad
Con la nariz hundida en el hueco de su cuello, disfruté del aroma fresco, ligero y alegre que desprendía. Phuong se negaba a dejarme escapar, con sus brazos a mi alrededor, mientras ahogaba las risas.
—Déjame ir, Phuong, afuera nos esperan todos —mencioné, aunque bien había podido quedarme junto a él por tiempo indefinido. Entre risas quedas, nos separamos, y fui yo el primero en abandonar la habitación, tratando de recomponerme de camino a la sala.
Un poco azorado, tomé asiento sobre el sofá más grande de la estancia, donde ya se encontraba Deirdre, quien me recibió con su linda sonrisa y, casi de inmediato, volví a ser el receptor de sus caricias.
El cálido ambiente estaba bastante animado, las conversaciones generales no se hicieron esperar, como tampoco las preguntas directas hacia mí, no solo de Deirdre, sino también de casi todos los demás presentes, curiosos por saber cómo me iba en los estudios y con mi vida estudiantil.
En la cocina estaban mamá, Devany y Darcy, ocupadas con los últimos toques a la cena, y la organización de la amplia mesa del comedor. Phuong se unió a nosotros mucho más fresco.
Pasados unos minutos, todos nos movimos a la mesa de madera de caoba, decorada de forma elegante, donde nos esperaban varios envases de cristal con los alimentos recién hechos. En el centro, un jugoso pavo horneado.
Papá, sentado en uno de los extremos de la mesa, muy derecho y enjuto, se encargó de bendecir los alimentos y dar las gracias. Yo estaba entre Phuong y Deirdre, mientras que Darcy se encontraba al lado izquierdo de mi amigo.
Mi hermana estaba muy parlanchina, lo que era de extrañar.
Interrogaba a Phuong sobre su vida, interesada en sus gustos e intercalando en la conversación algunos datos sobre ella misma.
Él le prestaba total atención, ignoraba mis intentos de compartir una rápida mirada, pues algo más allá de eso era imposible, ya que Darcy se aseguraba de acaparar toda su atención.
Y así estaban las cosas hasta que mi padre tomó de nuevo la palabra.
Su atención e interés se centró en Phuong, quien, atento y sonriente, se desenvolvió de maravillas con las preguntas de su anfitrión.
Apenas pude disimular una sonrisa de satisfacción, orgulloso de lo bien que mi amado había sorteado las intenciones de mi padre por, en varias ocasiones, confundirlo con su interrogatorio.
★ ★ ★ ★
Después de la cena, los mayores se reunieron en la sala, Phuong y Darcy también los acompañaban, mientras que Deirdre, después de entregarme el abrigo y mi bufanda, que había colocado en una percha en el armario, me invitó a salir al exterior.
La temperatura había bajado bastante y esa fue mi excusa para evitarlo, aunque lo que realmente quería evadir era estar a solas y tener que mostrarme cariñoso. No obstante, mi novia insistió, me miró con tanta ilusión que cedí.
Entendí que debía terminar mi relación con Deirdre. No la quería engañar, me sentía mal, culpable y, sobre todo, deshonesto.
El balcón de la casa de mis padres prácticamente daba la vuelta a la propiedad, mamá tenía un juego de muebles de exterior en hierro donde era imposible sentarse, pues estaban helados. Deirdre me guio hasta que quedamos contra una de las paredes, yo de espalda, ella muy cerca, arrimada a mí.
Y, mientras ella me acariciaba el rostro y me besaba, yo me dejaba hacer, mientras planeaba el mejor momento, antes de volver a Albany, para terminar aquel absurdo compromiso.
Sumado a eso, también pensaba en cuánto me había cambiado la vida desde la última vez que estuve en Seven Hills. El Finley que regresó para esas festividades era completamente diferente, en ideas, creencias y, sobre todo, en sentimientos, al Finn que se marchó hacía pocos meses atrás.
Tiempo después, decidimos volver al interior de la casa.
En ese momento, los padres de mi novia se despedían de los míos y los encontramos todos de pie en el recibidor.
Phuong y yo intercambiamos miradas, segundos después, Deirdre volvió a exigir mi atención y alcancé a verlo caminar en dirección a su cuarto.
En cuanto pude, con Deirdre en el automóvil de sus padres rumbo a su casa, apresuré el paso por el pasillo y entré a la habitación de Phuong. Esperaba verlo allí y me sorprendí muchísimo cuando no fue así.
Algo me llevó a atisbar por la única ventana del cuarto y alcancé a ver la punta encendida de un cigarrillo. Minutos después, caminaba sobre la nieve acumulada en el extenso patio de la casa, a un costado de esta.
Phuong estaba a solo unos pasos de mí, muy abrigado, y fumaba lo que le restaba de su cigarrillo. Me detuve frente a él, guardé las distancias, aunque deseaba poder abrazarlo y, mutuamente, darnos calor.
Una brisa helada danzó entre nosotros, y el ulular del viento presagiaba más nieve.
—Espero que a tu padre no le moleste que fume aquí afuera.
—Me arrebujé dentro del abrigo que llevaba y metí las manos enguantadas en los bolsillos.
Esbocé una sonrisa y pensé que aquello era lo de menos, aunque estaba seguro de que el solo hecho de que Phuong tuviera ese hábito, sería algo que no le gustaría a mi estricto padre.
Sentí un cosquilleo en la punta de los dedos, deseoso cómo estaba por tocarlo.
—Pensé que Deirdre jamás se iría —comenté—. Fue todo tan incómodo…
—Los dos sabíamos cómo podía ser todo. Yo era consciente de que sería testigo de vuestros besos y caricias y, aun así, acepté venir contigo. —Podría ser una queja, pero no lo sentí así. Fue, más bien, un comentario con el que puntualizaba unos hechos.
Phuong finalizó el cigarrillo y lanzó la colilla lejos, sobre la nieve impoluta.
—Es curioso que hace unos meses me juré y repetí hasta el cansancio que lo que me sucedió con Miles no volvería a pasar —mencionó. Esas palabras sí que iban cargadas de reclamo, aunque más para él que para mi.
—Yo no soy Miles. —Sentí que tenía que decirlo, aunque una punzada de duda se instaló en mi interior—. Jamás pretendería tener una doble vida.
Phuong, que hasta ese momento había permanecido quieto, extendió una de las manos para agarrar la mía y halarme, entre risas, hacia la parte más oscura del patio, lejos de cualquier mirada entrometida de mi familia.
Cobijados por la oscuridad de la noche invernal, acariciados por el viento que, por momentos arreciaba y llevaba consigo pequeñas partículas heladas de agua y nieve, Phuong y yo disfrutamos de un corto pero apasionado beso.
Con la adrenalina al tope, llevé las manos enguantadas sobre las solapas de su abrigo con la necesidad de tenerlo más cerca, mientras él, sin poner resistencia, invadía mi boca con la lengua y la unía a la mía.
El azote de una puerta sobre el marco nos asustó, nos separamos con rapidez. Ambos guardamos silencio, yo pensé que quizás era mi padre en el balcón o podría ser hasta la misma Darcy.
No obstante, ninguno de los dos pudo darse cuenta de la identidad de la persona que había salido de la casa. Segundos después, volvimos a escuchar, esta vez con menos fuerza, el sonido al cerrarse.
Hice el intento de decir que deberíamos entrar, pero Phuong puso uno de los dedos sobre mis labios, la áspera lana de sus guantes me dejó una leve caricia sobre ellos.
—No te reclamo nada, Finn. En mi defensa diré que, desde que me crucé contigo en la escalera, supe que serías alguien muy significativo en mi vida.
—Yo lo menos que deseo es lastimarte, Phuong.
—No lo haces. Y confío en que nunca lo harás. Entremos, hace frío.
Más tarde, mientras escuchaba el fuerte ulular del viento en el exterior y buscaba la inconsciencia que me eludía, no pude dejar de pensar y extrañar a Phuong, que se encontraba tan lejos y tan cerca.
Recuerdo que casi no dormí, fue un descanso a intervalos, que mi cuerpo no aprovechó mucho, desperté mucho antes de las ocho de la mañana. La poca luminosidad que apreciaba a través de la delicada tela de las cortinas de las ventanas me dio una idea de lo nublado que había amanecido el día.
Un típico día invernal, cuando el amanecer no llegaba hasta después de las siete y la noche caía antes de las cinco de la tarde. Con temperaturas que fluctuaban entre los quince y treinta grados Fahrenheit, además, en esa parte del estado no faltaban las fuertes ventiscas.
Sin embargo, me di cuenta de que, aunque estaba nublada y fría, la mañana podría ir a mejor, por lo menos ese día.
Me eché sobre los hombros una gruesa cobija y me calcé unas pantuflas, mi idea era hacerle una corta visita a Phuong, pensé que lo podía tomar por sorpresa y disfrutar de algunos besos robados antes de tener que darme de frente, se nuevo, con nuestra realidad.
Ese día, viernes, la idea era pasarlo en casa, quizás ayudar en alguna tarea, como la recolección de manzanas para el pastel del día de Navidad. Y, aunque no creía que Deirdre fuera por la casa, de igual manera Phuong y yo debíamos comportarnos de acuerdo a las circunstancias frente a mi familia.
Igual que la noche anterior, Phuong no estaba en su cuarto y me imaginé dónde lo podría encontrar. El aroma del café recién hecho que flotaba en el ambiente casi me lo confirmó. Y así fue, mi amigo ya había hecho café y lo disfrutaba con su cigarrillo mañanero.
Phuong me recibió con una mirada llena de intriga que no comprendí, pero pronto sus palabras me aclararon algo de sus pensamientos.
—¿Pensaste que había huido en medio de la noche? No sabría cómo, si estamos en medio de la nada. Además, por nada del mundo pasaría la Navidad lejos de ti.
—Si te hubieses ido, yo tampoco estaría aquí, iría tras de ti de vuelta a Albany.
No era de noche, no podíamos contar con la oscuridad como aliada, así que tuve que controlar los deseos de perderme en su boca.
A través de la mirada, y en silencio, deseaba transmitirle a Phuong lo que no podía decirle con palabras o demostrarle con caricias.
Después de algunos minutos, entramos a la casa a tiempo para ver a mi padre de camino a la oficina que tenía en la vivienda, mientras mamá comenzaba su día alistándose para preparar el desayuno.
—¡Buenos días, chicos! ¿Quién de ustedes preparó el café? —Ante las palabras de mamá, mi padre se detuvo para atisbar en nuestra dirección y me lanzó una extrañada mirada al verme con la cobija sobre los hombros.
—Buenos días, Finley… Phuong… —Papá intercaló miradas entre ambos—. Me corriges si pronunció mal tu nombre —añadió y me pareció que se esforzaba por ser amable y simpático.
—No hay problema, señor.
Entonces, en vez de continuar hacia el interior de la pequeña oficina, papá fijó su mirada sobre mí con la misma sonrisa que le ofrecía a los feligreses.
—Me gustaría que me acompañaras a mis oraciones mañaneras, Finley.
Esa sería la primera vez, en semanas, que ocuparía parte de mi tiempo en orar. Orar sinceramente, con fervor y entrega. Para esos momentos, llevaba tiempo sin dedicarme con fervor, como antes, a mis pláticas con Dios, donde solía sincerarme, agradecer y también solicitar su gracia y sabiduría.
En esa ocasión me pareció que un silencio profundo se instalaba entre nosotros, ni siquiera podía escuchar los característicos ruidos que hacía mamá en la cocina.
Y tuve la loca sensación de que mi padre tenía el poder de leerme la mente y que, basado en eso, me juzgaba.
En los segundos que transcurrieron antes de ascender, me sentí simbólicamente desnudo.
—Me encantaría que me acompañaras, hijo.
Sabía que no tenía opción, negarme podría hasta ofenderlo, pero lo peor, avivaría su intuición de que algo en mi había cambiado. Afirmé con un rápido gesto que acompañé con una forzada sonrisa, antes de encaminarme en pos de mi padre, que se adelantó en cuanto me vio aceptar su invitación.
De cara a mi conversación con el Altísimo, una sensación de vergüenza y culpa amenazó con volverse un peso difícil de llevar sobre los hombros.