20 Seven Hills
El último tramo del viaje hasta Seven Hills, lo hicimos entre miradas, palabras sueltas sin verdadero significado y risas quedas, en tanto una de sus manos se mantuvo atada a la mía. Algo que noté fue que Phuong ya no llevaba el anillo que durante un tiempo significó su unión con Miles.
No voy a negar que sentí curiosidad y deseos de preguntarle porque ya no lo usaba, pero preguntar por la joya era como traer el recuerdo de Miles y admito que, egoístamente, quería mantenerlo lo más lejos posible.
Al dejar atrás el enorme letrero que daba la bienvenida al pueblo, los nervios que había buscado disimular, se dispararon. Mi ansiedad fue haciéndose muy evidente, reflejándose en el involuntario movimiento de mi pierna derecha.
—Me siento como si fuera a conocer a los suegros por primera vez, no es el caso, pero imagino que la sensación es la misma.
—Phuong me sorprendió con aquel comentario antes de dejar escapar una ligera risa que yo imité antes de, por mutuo acuerdo, y sin necesidad de palabras, separar nuestras manos en cuanto el autobús se acercaba al andén que le correspondía.
Por un momento, una loca idea de fuga me cruzó los pensamientos, mientras nos poníamos de pie y agarrábamos las mochilas que nos correspondían, nuestro único equipaje para las dos próximas semanas.
Pensar en huir junto a Phuong fue, por unos segundos, una maravillosa concepción.
Él y yo dejamos que casi todos los pasajeros se nos adelantaran antes de cambiar la tibieza del interior del autobús por el frío exterior.
A través de los opacos cristales, alcancé a ver a mis padres, a Darcy y a Seamus y, por unos segundos, la posibilidad de que Deirdre no hubiese ido a recibirme fue real.
La antigua y pequeña estación de autobús bullía de actividad, viajeros que salían y llegaban, como Phuong y yo, para las fiestas que se avecinaban. Mi amigo fue el primero en cruzar una de las puertas, conmigo pisándole los talones.
Pronto me di cuenta de que no solo los Byrne esperaban, sino también los O'Sullivan, con una emocionada Deirdre al frente, que lucía perfecta para la ocasión y quien no dudó en casi correr hasta mí.
Recuerdo que todo sucedió en cuestión de segundos, pronto la tuve frente a frente.
Sentí su aroma dulce empalagoso y sus delgados brazos con los que intentaba rodearme el cuello entre lágrimas y risas.
—¡Al fin has vuelto, Finley! ¡No sabes como te extrañé, mi amor!
Un rápido vistazo al frente, por encima de la cabeza de Deirdre, conectó mi mirada fugazmente con la de Phuong, quien arqueó una de sus cejas por breves instantes, un gesto dedicado solo a mí.
En esos momentos yo era un hervidero de emociones y sentimientos, mientras le devolvía el abrazo a Deirdre, que buscaba más que una tibia muestra de cariño de mi parte.
Mi novia, por lo general, era comedida, no acostumbraba a dar muestras físicas de amor cuando sus padres estaban cerca y pendiente a todo; pero esa vez, al parecer, le ganaron las ganas y, echando el pudor a un lado, buscó mis labios.
Con los brazos intento jalarme para que acercara mi rostro al suyo.
Y, mientras me mantenía inclinado hacia ella, abacorándome con una lluvia de besos cortos y mojados sobre el rostro, volví a llevar la mirada al frente, busqué a Phuong y deseé zafarme.
Sin embargo, pronto me di cuenta de que mi amigo se desenvolvía muy bien, él mismo se presentaba no solo a mi familia, sino también a los padres de Deirdre, haciendo gala de sus buenos modales junto a una sonrisa agradable y simpática.
—Deirdre, ¿cómo estás? Es bueno verte...
Incluso a mí me parecieron secas mis palabras, pero ella estaba tan sumergida en sus propios sentimientos que no vi cambió en su semblante o tan siquiera una chispa de resentimiento hacia mi poco entusiasmo.
Me costaba expresarme y disimular que mi atención y sentimientos ya no estaban con ella, sino con el chico de ojos oscuros que estaba a solo unos pasos de distancia.
—No sabes cuánto deseaba que llegara este día para verte, abrazarte y besarte, amor.
Te ves muy bien, cariño, radiante. Se nota que la pasas muy bien allá en Albany.
Me voy a poner celosa, Finley. —Deirdre se alejó unos pasos de mí, pero no me soltó la mano, en tanto se expresaba efusiva sin dejar de moverse—.
¡Estoy tan emocionada!, es que te extrañaba tanto, Finley.
La diminuta chica pegó su cuerpo al mío de nuevo, esta vez me abrazó por la cintura y dejó reposar su lindo rostro a la altura de mi pecho. Me sentí muy culpable.
Con Deirdre pegada a mis costillas, alcancé a mis padres y a Seamus, que me recibieron entre abrazos, apretones de manos y besos, en especial mi madre.
Por otro lado, Darcy me dirigió una rápida mirada y apenas me dijo «hola», y fue justo allí cuando noté, por primera vez, el interés que Phuong había despertado en ella.
A mi huraña hermana le brillaban los ojos mientras esbozaba una soñadora sonrisa, con total atención puesta sobre mi encantador amigo.
★ ★ ★ ★
Cuando salimos de la estación, Deirdre y sus padres me guiaron hacia su Oldsmobile oscuro, y lejos de Phuong, quien, tomado de uno de los brazos de Darcy, seguía a mis padres y hermano menor hacia la camioneta Chevrolet de papá.
Enseguida entendí cómo serían las cosas entre Phuong y yo durante nuestras vacaciones, y mientras viajaba junto a Deirdre, que no dejaba de propinarme caricias en el rostro y susurrarme al oído palabras de amor, en la parte de atrás del vehículo de sus padres hacia la casa,
no pude dejar de pensar en lo afectado que estaba.
En lo triste y frustrante de la situación.
Incomodidad, enojo, desilusión...eran algunas de las emociones que me avasallaron, mientras trataba de mostrar mi mejor cara en aquel viaje que me pareció durar horas. No obstante, reconocí que era algo que se veía venir.
El vehículo manejado por mi padre abandonó primero el estacionamiento para enfilar por aquellas calles que yo conocía muy bien. El viento traía ráfagas de nieve que pegaba contra los vidrios de los vehículos, mientras transitaban con cuidado sobre las heladas carreteras.
El padre de Deirdre llevaba buen control del guía, su madre, muy sonriente, intercambiaba miradas entre la carretera, su marido y nosotros.
Su hija, arrimada a mí, después de dedicarme algunos susurros amorosos, dio inicio a un monólogo aparentemente inofensivo sobre su vida los pasados meses.
No obstante, algo en su tono de voz me dio a entender que mi novia estaba resentida no solo estar lejos de mí, sino de estudiar en un colegio universitario, mientras yo lo hacía en la universidad.
—Deirdre, cariño, Finley debe de estar muy cansado por el viaje, ya tendrán tiempo para hablar e intercambiar opiniones más adelante —comentó su madre. Con un rápido vistazo hacia su hija me di cuenta de que a ella no le agradó la intervención.
—No lo estoy agobiando como sugieres, madre. ¿Verdad que no, Finley?
—Para nada...
Esbozó una tenue sonrisa que no le llegó a los ojos.
Su madre se acomodó mejor en su lugar y desvió su atención a otro punto.
Su hija depósito sobre una de mis mejillas otro de sus besitos, y di gracias al cielo porque solo faltaban unos minutos para llegar a la casa, ya que mi tolerancia comenzaba a escasear.
★ ★ ★ ★
Casi salté del carro, sin titubeos, halé de mi mochila en cuanto el padre de mi novia estacionó cerca de la camioneta del mío, que había llegado segundos antes. Sabía que Deirdre se había arrastrado sobre el asiento de vinilo para salir por la misma puerta que yo había dejado abierta.
Intentó igualar mis apresurados pasos, mientras yo me apuraba hacia el interior de la casa, pero la calzada estaba algo resbalosa. Phuong, con Darcy innecesariamente cerca, mi hermanito Seamus y mis padres, estaban frente a la puerta principal, mientras mi padre se ocupaba de abrir la puerta.
Subí los cuatro escalones hasta el balcón y entré a la vivienda sin detenerme a esperar por Deirdre y sus padres. La casa donde había vivido toda la vida me dio la bienvenida con su ambiente cálido y aromatizado con los vapores dulces del pastel que mi madre tenía al horno.
Mientras mi madre se iba directa hacia la cocina, después de dejar el abrigo y su bolso en un gancho del pasillo para esos fines, yo seguí a los demás hasta la espaciosa sala.
Phuong y Darcy tomaron asiento en el más pequeño de los dos sofás, mientras yo me quedaba parado detrás de mi hermano menor, que, igual que yo, parecía no saber dónde sentarse.
Detrás de nosotros los O'Sullivan, con Deirdre al frente, también esperaban por acomodarse.
—Voy a ayudar a Aine, ¿vienes a ayudarnos, Darcy? —La idea de Devany, la madre de Deirdre, me pareció excelente, aunque me resultó muy evidente que mi hermana no compartía el sentir.
—Enseguida las alcanzo, Devany, primero voy a mostrarle a nuestro invitado su habitación y donde queda el cuarto de baño. Seguro que debe de estar deseoso de refrescarse. —Noté la reacción de papá ante las palabras de Darcy.
Me quedó claro que lo desaprobaba. Supuse que ya había notado el excesivo interés de mi hermana por Phuong.
—Ve a ayudar a tu madre, Darcy. Finley se encargará de su invitado —instruyó papá e hizo énfasis en «su invitado» antes de dirigirme una rápida mirada.
Phuong se puso de pie, seguido de una malhumorada Darcy. Yo también deseaba refrescarme, y moría de ganas por estar solo con Phuong, aunque fuera unos minutos, así que no esperé a moverme hacia el pasillo que llevaba a las habitaciones.
Me disculpé con Niall y su hija, que me pidió no tardara mucho, en tanto le hacía gestos con una de las manos a Phuong, que no tardó en disculparse también y seguirme.
—Phuong ocupara el dormitorio entre tu cuarto y el mío, Finley —mencionó Seamus, le costaba pronunciar el nombre de mi amigo, y no tardó en dejarse caer sobre el sofá que antes ocupaba mi hermana.
Un sonriente Phuong se me unió al principio del amplio pasillo, cruzamos miradas por unos segundos.
—Vamos, amigo.
Sentía que la tensión entre Phuong y yo podría cortarse con un cuchillo. Por mi parte, apenas había podido contenerme para no tomarle una de las manos o incluso para mantener la mirada lejos de él.
Encendí los focos, que bañaron con su luz el pasillo de paredes forradas de papel tapiz, tan común en aquellos años, y adornadas con algunos pequeños cuadros, casi todos con imágenes campestres, aunque había uno que otro que mostraba la imagen de tres niños: mis hermanos y yo.
Sin hablar, me apresuré a pasar de mi habitación y, de inmediato, me adelanté y abrí la puerta del dormitorio donde Phuong pernoctaría.
Él me siguió los pasos y se reunió conmigo en el interior del cuarto, sin perder el tiempo había cerrado la puerta con el cerrojo, antes de echarme los brazos al cuello e ir por mis labios.
Ambas mochilas cayeron al suelo alfombrado y, mientras Phuong se abría paso con la lengua al interior de mi boca, yo, demasiado excitado para pensar con claridad, correspondía a su entusiasmo. Unidos fuimos a trompicones hasta caer sobre la cama, sin dejar de besarnos.
Phuong me acariciaba la nuca, yo solo deseaba que no hubiese tanta ropa entre medio de los dos.