19 Se vale tener miedo
Phuong se dedicó a dibujar sobre el dorso de la mano que tenía unida a la suya pequeños círculos imaginarios. Mantuvimos las manos unidas gran parte de las primeras horas del trayecto, la acción, acompañada de sus suaves pinceladas invisibles sobre mi piel, contribuyeron, al parecer, a relajarlo.
A mí, en cambio, no hacían sino provocarme sensaciones nuevas y excitantes que me mantuvieron entre el placer y la culpa por varios largos minutos.
Me acomodé mejor en el asiento y me dejé llevar por sus ralentizados movimientos. Cuando estaba a punto de cerrar los párpados, en mi línea de visión apareció un hombre viejo que caminaba por el pasillo del autobús en dirección al pequeño baño.
Recuerdo que nuestras miradas se cruzaron por unos segundos antes de que la suya se desviara hacia nuestras manos, todavía unidas. El hombre apresuró el paso, no sin antes echarme una nueva mirada, esta vez llena de desprecio.
De inmediato todo lo bueno que sentía fue remplazado por una sensación de pasmo mezclado con vergüenza, alejé la mano de la calidez de mi compañero, y me crucé de brazos con celeridad.
Phuong se movió, pero permanecí con la mirada al frente sin atreverme a mirarlo. De pronto, me afané en mirar a mi alrededor, pendiente de que alguien más nos mirara o hablara de nosotros.
Sumado a mi precipitada paranoia, la absurda idea de que aquel hombre mayor fuera un habitante de Seven Hills y conociera a mi familia, me cruzó por la mente.
—Tranquilo, al principio todo lo nuevo provoca algo de temor —mencionó Phuong y yo lo miré de reojo—. ¿Te arrepientes de haberme invitado? Si es así, creo que sería un problema, por lo menos para mí.
Escucharlo decir aquello me sacudió, por nada del mundo deseaba que Phuong se sintiera rechazado, o que erróneamente pensara que me arrepentía de invitarlo. Giré balbuceando incoherencias, por lo que me gané una mirada de extrañeza del asiático que dio paso a un coro de risas apagadas.
—Supongo que eso es un «no»… y me alegra.
Ocupé algunos segundos para ordenar mis ideas, en tanto él se acomodaba de manera tal que no me quitaba sus hermosos ojos de encima.
—Este viaje me hace mucha ilusión, Phuong, pero no puedo negarte que estoy nervioso y algo temeroso a lo que pueda suceder.
—Las demostraciones de amor en público todavía tomaran algo de tiempo, y lo digo no solo por ti, o por mí, sino por los demás. No es lo mismo ver a un hombre y una mujer tomados de la mano, que ver dos varones. Creo que todavía el mundo no está preparado para ve… somos demasiado bellos...
Phuong murmuró todo aquello muy cerca de mi oído, con su aterciopelada voz. El asiático no necesitaba tocarme para provocarme una agradable sensación que parecía recorrer todas mis terminaciones nerviosas. Para mí era puro placer escucharlo.
—Sé que tienes miedo, Finley, yo también lo tuve cuando descubrí mi orientación sexual.
Me aterraba que mi familia se diera cuenta, que lo notaran, que me rechazaran en mi entorno.
Sin embargo, no fue así. Contrario a lo que quizás se pudiera esperar de una familia asiática, mis padres jamás me repudiaron o quisieron llevarme al médico en busca de una solución a mi homosexualidad.
Me aceptan, me aman y están orgullosos de mí.
Mientras que Phuong no podía ocultar la confianza en su familia, yo no supe qué decir. Si existían las palabras correctas, se me escapaba.
—No pienses en ese hombre que nos miró hace un rato, es solo un desconocido, no lo volverás a ver. Y por mí no te preocupes, que no me ofendí, además eso me ayuda a estar más atento, no queremos que se me olvide respetar los límites cuando estemos con la familia Byrne.
Al escuchar aquello lo miré azorado.
—Solo bromeaba, hermoso.
A mi azoro se unió un intenso calor que me subió por el cuello hasta abarcarme el rostro.
—Eres tan adorable, Finley Byrne...
El clima mejoró, los caminos se veían despejados y seguros, con su consabida sal para evitar resbalones y accidentes.
Los últimos minutos de la primera parte del viaje, a diferencia de la mayoría de los pasajeros del autobús que aprovecharon para tomar una siesta, Phuong y yo mantuvimos una conversación entre susurros y risas.
Uno al lado del otro, casi hombro contra hombro, hablamos de todo y de nada. Ese es y será uno de los recuerdos más lindos que tengo de aquel viaje.
No puedo hablar por él, o a lo mejor sí, pero a mí se me estaba haciendo muy difícil sacarme de la mente la idea de robarle un beso, aunque sabía que solo sería eso, una idea, al menos, mientras estuviésemos dentro del autobús.
Por esos días concebir los días lejos de Phuong comenzaba a ser imposible, incluso cuando apenas nos hablábamos, a mi me hacía feliz saberlo cerca.
Y no me hubiese importado imponer la presencia de Phuong en aquellas vacaciones de dos semanas en Seven Hills; sin embargo, mis padres, después de la sorpresa inicial, se mostraron animados y a la expectativa de conocer a mi nuevo amigo.
Poco a poco logré dejar a un lado los aprendidos prejuicios, las dudas que aún se colaban de vez en cuando en mis pensamientos, para disfrutar con sus historias.
Phuong me habló de su infancia, de los pocos amigos que tenía, y que aun en ese momento eran pocos, a pesar de las apariencias.
Al verlo, cualquiera podría imaginar que era una persona amiguera y muy sociable.
—No todo es lo que parece, hermoso.
Cada vez me gustaba más que me llamara así.
—Hoy por hoy solo tengo cuatro amigos: Daisy, Barry, Miles, y tú, aunque debo confesar que, cuando te conocí, pensé que sería muy difícil que congeniáramos.
Te noté muy serio y distante, pero eso solo fue al principio.
Luego me costaba pensar que solo seríamos compañeros de habitación y es que, desde el primer momento en que puse mis ojos sobre ti, me gustaste.
No pude aguantar una carcajada.
—No es cierto.
—Lo es, Finn. Así que veía muy difícil poder ser tu amigo, aún cuando me sorprendiste siendo un muchacho amable y cero predispuesto a juzgar.
Por un momento nos quedamos en silencio, yo me perdí un poco en los recuerdos de nuestros primeros encuentros.
—Tengo que decirte que cuando fui consciente de que me atraías demasiado, me propuse dejar de pensar en ti, no dejaba de decirme que eras solo un chico guapo, como muchos, y lo más importante, que estabas fuera de mi alcance. Pero, aún así… ¿recuerdas el día que me viste como Dios me trajo al mundo?
Me sobresalté un poco al escucharlo y Phuong se rio de mí.
—Sigues mostrando la misma reacción, hermoso. ¿Tanto te afectó ver mis encantos en vivo y a todo color?
El solo recordarlo volvió a hacer estragos en mí.
—¡Shhh!, baja la voz.
Phuong parecía desternillarse de la risa, mientras yo no dejaba de mirar a mi alrededor con cara de pasmo. Un vívido recuerdo de ese día se me instaló en la mente y llevé una de las manos al cuello.
—Tu cara lo dice todo, hermoso.
Enfoqué la mirada sobre él; sobre aquellos ojos oscuros que en ocasiones parecían prometerme demasiado; en su boca, cuyos labios distendía en una sonrisa que apenas se mantenía, a punto de estallar otra vez en carcajadas.
—Ya, ya, tienes razón, ya no me reiré más...
Respiró profundo y se mantuvo serio, retiró la mirada hacia la ventana y se enfocó en el paisaje exterior, mientras yo me movía un poco sobre el asiento.
Porque, aunque pretendía mostrarme cauteloso y circunspecto, lo cierto era que la situación no dejaba de parecerme divertida y vergonzosa a partes iguales.
—No te enfades, hermoso. —Lo oí decir con un tono de súplica melosa a sus palabras.
Volví a moverme para mirarlo, Phuong aun mantenía su vista lejos de mí y yo necesitaba volver a perderme en la profundidad oscura de sus ojos.
—Creo que jamás podría enfadarme contigo, Phuong.
Él me regaló una rápida mirada que no duró mucho, pues volvió a retirarla, esta vez para mirar al frente, sobre la parte posterior del asiento frontal ocupado por una mujer afroamericana. Lo vi y lo escuché soltar un suspiro.
—No sé qué vamos a hacer, o lo que nos depara el futuro.
Somos dos miedosos… tú le temes al rechazo de tu familia, yo también tengo miedo, aun cuando he tratado de disimularlo y hasta echarlo a un lado, pero lo cierto es que está ahí.
No sé si hice bien en venir contigo, y tampoco sé si pueda verte con tu novia y no caer bajo el peso de los celos.
Sin embargo, creo firmemente que podemos enfrentar el futuro juntos, Finley.
Con una mezcla de emociones, mudo, me giré completamente y llevé una de las manos sobre la inerte de Phuong, que reposaba sobre uno de los brazos metálicos del asiento.
Me regaló una de sus intensas miradas acompañada de una sonrisa, mientras sus dedos buscaban los míos.
—Así lo haremos, Phuong, juntos.
Mientras el autobús giraba hacia el amplio aparcamiento de una estación de descanso, una de sus interrogantes me rondaba la mente. ¿Sería capaz de mostrarme cariñoso con Deirdre mientras pensaba en Phuong, y sentía su cercanía?
★ ★ ★ ★
Entre empujones y risas, bajamos del autobús, solo éramos conscientes de nosotros, disfrutando el tiempo juntos, y logré desentenderme de las posibles miradas. No supe con certeza quién nos miraba, si alguien lo hacía, pues me enfoqué en mirar solo a mi compañero de viaje.
La estación no contaba con cafetería, pero sí tenía varias máquinas expendedoras de sodas y meriendas, además de café y chocolate caliente, de esos últimos compramos dos antes de volver al autobús para acompañarlos con un pedazo de pastel de zanahoria que había traído de la tienda de conveniencia.
En la estación de descanso, que contaba con aseos, solo estábamos los ocupantes que nos animamos a bajar del autobús bien abrigados. En esos momentos, una fuerte brisa helada enviaba, sobre cada parte descubierta de nuestra piel, pequeños copos de nieve similares a diminutos aguijones.
El interior del lugar contaba con calefacción, Phuong y yo aprovechamos para vaciar nuestras vejigas, él terminó de lavarse las manos antes que yo y salió, cuando yo lo hice con intenciones de comprar alguna bebida caliente, no lo vi.
—¡Hey, Finn!
Estaba cerca de las puertas de cristal que daban al exterior.
—¡Acércate, Finley!
Extrañado, pero a la misma vez seguro de que me esperaba con alguna travesura, y eso lo hacía irresistible, apuré el paso y olvidé los chocolates que tenía en mente.
Afuera, las ráfagas de viento helado aún se dejaban sentir.
—¡Finn, hermoso!
A mi izquierda estaba Phuong con su coqueta mirada, y hasta él fui yo, esperando cualquier cosa, aunque realmente no podía imaginar cuáles eran sus intenciones.
—Debemos apurarnos, el autobús no tarda en partir, ¿quieres quedarte aquí varado?
Cuando estuvimos de frente, Phuong haló de una de mis manos hasta llevarme, sin ningún tipo de resistencia de mi parte, hacia el área trasera y oculta de las miradas de cualquiera del edificio.
No pude contener la risa cuando me vi pegado a su pecho y sintiendo sobre mi rostro el tibio aliento que abandonaba su boca en volutas de vaho.
—No podía meterme en ese autobús sin robarte un beso, hermoso Finley.
Phuong me atrapó los labios con los suyos de manera absoluta y algo ruda, mientras levantaba las manos para abarcarme el rostro y pegaba su cuerpo al mío.
Fui a dar con la espalda a la pared, extasiado, con los brazos le rodeaba la cintura y compartíamos un apasionado y necesario beso que nos dejaría sin aliento.
La atracción y los sentimientos entre nosotros, solo se hacían más intensos con el paso de las horas; sin embargo, ambos sabíamos, sin necesidad de hablarlo, que nos tocaría fingir que solo una buena amistad nos unía.