Bajo nuestra lluvia de estrellas 18 Al final del camino
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18 Al final del camino

Daisy Jane estalló en carcajadas. Mi atención estaba dividida entre ella y Phuong, que por unos instantes abrió desmesuradamente los ojos, aunque, con rapidez, disimuló la sorpresa provocada por mi confesión y se unió a las carcajadas de su amiga.

Daisy Jane, cómo ya debía haber imaginado, no me había creído. Tenía la verdad frente a sus ojos, pero, como a veces sucedía, las personas preferíamos obviarla, pues nos resulta demasiado irreal.

—Por un momento, solo por unos segundos, pensé que hablabas en serio, Finley. Luego me acordé de que Phuong jamás se fijaría en ti, tú estás s prohibido… ¡casi me engañas, pícaro!

Pude desmentirla, incluso contarle lo que sucedió entre nosotros en Nueva York, pero...

—Tienes toda la razón, amiga, Finn es un hombre prohibido, tiene una hermosa novia a la que ama y con quien esta próximo a casarse. Además, nuestro Finley es completamente heterosexual, o sea, que está fuera de toda consideración.

El sarcasmo y la burla en las palabras de Phuong que quizás solo yo reconocía, me rebasaron la paciencia, me llevé la mochila al hombro antes de dejar salir una seca carcajada.

—Ustedes dos son tremendos...

Después de decir aquella tontería, giré y apresuré el paso lejos de allí.

★ ★ ★ ★

No fue hasta unos días después que me volví a encontrar a Daisy en compañía de Phuong, pero, en esa ocasión, estaban en la habitación de la residencia, visita que no supe si fue autorizada o no.

Enseguida entré, percibí el olor a tabaco en el aire, a pesar de que las dos ventanas estaban abiertas, sin importar que la temperatura fuera rondaba los treinta grados Fahrenheit, y una helada brisa mecía las cortinas.

Yo tenía las orejas y las manos casi congeladas por el paseo desde el campus.

No estaba de humor, aunque, por Daisy, me esforcé en disimular.

Ella estaba mal sentada en la silla del escritorio de Phuong, la cual hacía girar como niña pequeña en el reducido espacio, mientras que mi compañero de habitación, sentado en posición de indio sobre su colchón, bebía de una lata de soda.

—Finley, qué bueno verte. ¿Cómo estás?

Daisy Jane siempre saludaba alegre, era su marca de identidad, que acompañaba con su amigable sonrisa. Phuong solo me echó un rápido vistazo e hizo un simple gesto de saludo con la cabeza.

—Muy bien, ¿y tú? —Cerré la puerta y caminé hasta mi cama, donde dejé los dos libros y la mochila que llevaba. Apenas pude ocultar mi hastío por no poder disfrutar de un poco de privacidad.

—Aquí, haciéndole compañía a nuestro amigo que se encuentra un poco triste…

Sin pausa, caminé hasta el mueble donde guardaba la ropa, me quité el abrigo y, después de engancharlo en la percha, me di a la tarea de buscar en el mueble una muda de ropa para cambiarme, lo que más deseaba era una ducha con agua tibia.

—No exageres, Daisy.

El tono de voz del asiático pretendía escucharse despreocupado, pero no lo logró.

—No lo niegues, Phuong. La idea de pasar aquí las dos semanas festivas no es algo que haría feliz a nadie. Especialmente a ti, que tanto te gusta la Navidad.

Me ocupé de sacar la ropa, con la que hice un abultado montón que coloqué debajo de uno de mis brazos y, a propósito, perdí algo de tiempo con las otras dos gavetas, mientras esperaba la respuesta de Phuong. El poco interés que tenía al comienzo, se multiplicó con rapidez. La curiosidad me ganaba.

—Ve tranquila, amiga, y disfruta tu viaje con Barry. Son solo dos semanas y no será tan malo, por lo menos tendré a Ryan por la residencia, ese nunca sale de aquí, ni siquiera en días festivos.

Recordé que para el festivo de acción de gracias Ryan y yo éramos los únicos en la residencia.

Aunque no era la primera vez que pensaba en ello, justo en aquel momento analicé el asunto de mi regreso y estadía en Seven Hills. La realidad de estar lejos de Phuong por más de dos semanas, una idea que no había comenzado a ser un pensamiento intrusivo y molesto hasta ese instante.

Y aunque lo cierto era que mi compañero de habitación, y yo en esos días no éramos los más cercanos, también era cierto que yo amaba verlo, aunque fuera de lejos, o cuando él no me veía, escuchar su voz y su risa, y saber qué estaba ahí.

Para el receso académico restaban solo cuatro días.

—Por nada del mundo me iré a la casa de la tía Mary, y viajar a Nueva York para pasar esos días solo en el apartamento de mis padres tampoco me apetece, prefiero quedarme. Te agradezco tu preocupación, amiga, pero estaré bien.

Dejé a un lado las intenciones de darme una ducha y me senté sobre el colchón sin ocultar mi interés en la conversación.

Los padres de Phuong viajarían con Thao y su pequeña familia a Vietnam por esas Navidades. Las gemelas pasarían esos días con su tía materna, Mary, una mujer con la que Phuong no parecía llevarse bien, pues, según narró, nunca aceptó su homosexualidad.

Y, mientras escuchaba el intercambio entre una preocupada Daisy y un, al parecer, vencido Phuong, aquel molesto pensamiento sobre el tiempo en que estaría lejos de él, y lo agobiante que me comenzaba a resultar, aún cuando el momento ni siquiera había llegado, me hizo tomar una decisión.

En ese instante tuve claro que no podría viajar y dejarlo allí. Imaginarlo durante esos días, solo, fue deprimente, tanto que no tuve que pensarlo mucho más...

—¿Por qué no vienes conmigo a Seven Hills?

Phuong y Daisy me miraron. La chica esbozó una enorme sonrisa, mientras Phuong me buscaba la mirada por primera vez en muchas semanas sin disimular estar casi atónito.

Daisy se impulsó fuera de la silla giratoria y, entre gritos y risas, se abalanzó sobre mí para abrazarme.

—¡Eres un sol, Finley! ¡No sabes cuanto me alivia que Phuong se vaya contigo!

Phuong se puso de pie con la manos alzadas, gesto que pedía tranquilidad.

—Espera, Daisy, eso hay que analizarlo.

Daisy enderezó la postura y, sin más, le dio un golpe en el hombro que e hizo retroceder dos pasos.

—¿Qué dices, Phuong? Nada de pensarlo, es lo mejor que he escuchado hasta ahora. Deja de hacerte el interesante y ve con Finley…

Nuestras miradas se cruzaron de nuevo y se anclaron durante varios segundos. Pude ver en su expresión como la sorpresa se desvanecía para dar paso a la duda. En cambio, yo casi no podía retraer la alegría que me provocaba la perspectiva de un nuevo viaje juntos.

Su mirada se apartó de la mía para llevarla sobre una emocionada Daisy que le rodeaba con uno de sus brazos, esperando la respuesta definitiva.

—Entonces ¿qué dices, Phuong? ¿Te animas a conocer Seven Hills? —pregunté envalentonado, por primera vez en mi vida.

Nunca he podido olvidar su gesto al mirarme. Una de sus cejas levantadas, su hambrienta mirada sobre mí junto con la sonrisa que me dedicó. Tampoco olvido el efecto que provocó en mí, esa mezcla de emoción, miedo e incertidumbre.

—Hecho. Nos vamos juntos a tu pueblo, Finn.

★ ★ ★ ★

En cuatro días, Phuong y yo, abordaríamos ese autobús hacia Seven Hills y me costaba mucho mantener a raya todas las emociones que, como vientos huracanados, amenazaban con desestabilizarme. Mi estado de ánimo pasaba de eufórico a apagado y temeroso en un segundo.

Podía estar muy contento ante el esperado viaje, hacía planes y armaba ideas que giraban alrededor de la visita de Phuong al lugar que me vio nacer y donde crecí. Deseaba que él se disfrutara la estadía y no negaré que la mayor parte del tiempo me hacía mucha ilusión.

Sin embargo, por momentos, el hecho de que conociera mi familia y entorno casi me paralizaban, y me sentía incapaz de continuar.

Fue por eso que esos días anteriores al viaje me mantuve el mayor tiempo posible lejos de la habitación y la biblioteca de la universidad se convirtió en uno de mis refugios, porque no quería que Phuong pudiera ver en mi expresión algo que lo desencantara y decidiera cancelar el viaje.

Para mí tampoco era opción hablarle de cómo me sentía.

Fueron días en los que pensé muchísimo, en los que las dudas iban y venían, me preguntaba hacia dónde, además de mi pueblo, nos llevaría este viaje. Si sería el comienzo de un camino juntos, o el final de los intensos sentimientos que nos unían.

★ ★ ★ ★

Por octava vez desde que abordamos el repleto autobús que nos llevaría al pueblo que hacía casi frontera con Pennsylvania, mis ojos se desviaron del frío y blanco paisaje del exterior para, de reojo, echarle un vistazo a mi compañero de viaje, que, muy serio,

apenas miraba en otra dirección que no fuera el frente.

Era una mañana neblinosa y helada, la noche anterior había nevado bastante y los caminos, cubiertos de nieve y escarcha resbaladiza amenazaban con convertirse en pistas de hielo si no se manejaba con cuidado. E, incluso así, podían ser realmente peligrosos.

—¿Qué tan seguros serán estos autobuses? —preguntó Phuong cuando entramos a la estación. El viaje desde la residencia en taxi no fue el más calmado, por las mismas razones que hacían dudar a mi amigo de la seguridad en la carretera, y más en un viaje largo.

Era la primera vez que lo notaba nervioso y jamás me imaginé que la conducción por caminos helados fuera una de sus mayores fobias.

—Si soy yo quien manejo es diferente, pero estar a merced de las destrezas y decisiones de alguien más me estresa, Finn. Perder el control es algo a lo que siempre he temido.

Por unos instantes me pareció que Phuong hablaba de algo más, a parte del autobús. Y, por primera vez, sin pensarlo, sentí la necesidad de dejarme llevar y compartir con mi amigo algo de la fe y la confianza en la protección de un ser omnipotente que cuidaba de sus hijos en momentos difíciles.

—Tranquilo, Phuong, todo irá bien. Dios está con nosotros y llegaremos bien a nuestro destino.

Hubiese podido orar, pero tampoco quería imponer mis creencias sobre alguien que ni siquiera se había criado en la fe cristiana.

Y aunque fue algo espontáneo, casi al instante me sentí cohibido y me pregunté si no debía guardarme mis pensamientos. Phuong se acomodó mejor sobre el asiento a mi lado y, por primera vez desde que abordamos, me prestó atención y me regaló una tenue sonrisa.

—Confío en ti, Finn, y en qué me dices la verdad, porque si no...

Su expresión seria cambió a una risueña y, cuando nuestras miradas se cruzaron, ambos nos echamos a reír. Justo en ese momento el autobús hizo un inesperado movimiento algo brusco que nos obligó a enderezar nuestras posiciones.

Segundos después, mientras el susto se desvanecía y volvíamos a respirar pausados, ambos, sin hablar o mirarnos, entrelazamos los dedos para darnos calor y algo de seguridad.