24 Te amo
Repasé con la vista su rostro y torso descubierto y me apresuré a abrir la ventana.
Un buen soplo de brisa helada me recibió.
Phuong tiritaba, pues no llevaba abrigo, solo vestía una sudadera con capucha y sus pantalones de dormir.
El muchacho se inclinó y yo lo ayudé a pasar por el recuadro de la ventana.
Al hacerlo, del impulso, ambos trastabillamos, pero ninguno soltó al otro, al contrario, hicimos de la cercanía el preludio para un apasionado beso, ese que ansiábamos, pues sabía que a él le pasaba como a mí, desde hacía horas.
La brisa helada que se colaba por la ventana abierta nos separó y, mientras Phuong aseguraba la puerta con el pestillo, yo me encargué de cerrar la ventana y correr la cortina.
En silencio, él y yo nos volvimos a ver de frente, tomé una de sus manos y lo halé hasta la cama, donde nos metimos entre las gruesas mantas, muy juntos, para tratar de alejar el frío de nuestros huesos.
Llevé el brazo derecho alrededor de sus hombros, lo invité a arrimarse más a mi. Phuong se movió un poco para mirarme mejor, movimiento que yo imité y le dediqué una sonrisa. Por lo menos para mí, en esos días, eso podía acercarse a mi versión del paraíso.
No obstante, y aunque odiaba romper ese momento, no pude pasar por alto lo sucedido con Darcy.
—Vi el beso. —Phuong no rehuyó mi mirada, y pude ver que esperaba mi pregunta, que igual que sucedió cuando estuve de mirón en aquella fiesta a donde fuimos juntos, él había notado mi presencia.
—Si hubieses esperado algunos segundos antes de volver a la casa, hubieras visto que ese beso, al que yo llamaría robado, no duró nada y tampoco fue correspondido.
También hubieses visto el enojo en tu hermana cuando, con delicadeza, la aparté de mí —explicó—.
No me digas que estabas celoso —añadió antes de soltar una risa.
Yo no pude contenerme y atrapé sus labios con los míos.
Para mi ya no había necesidad de más explicaciones o perder el tiempo con Darcy, cuando podíamos besarnos y acariciarnos debajo de esas cálidas mantas.
«¿Por qué no hicimos esto antes?», pensé mientras me subía encima de Phuong. Sentía que perdía un poco de control y soltaba un poco de mis miedos e inseguridades.
Con el corazón a mil, embriagado entre sus apasionados besos, me encontré de rodillas entre sus piernas, inclinado, con las manos apoyadas a ambos lados de su rostro, mientras Phuong metía las suyas por debajo de mi camiseta para acariciar mi piel desnuda.
Sus manos, algo frías, subieron por mis costados hasta confligir sobre el centro de mi pecho, y antes de bajar sobre la línea del ombligo, allí donde sus juguetones dedos recorrieron el elástico de mis pantalones de dormir, y yo no pude retener el jadeo que abandonó mis labios sobre su boca.
El deseo, uno jamás experimentado, se hacía con mi cabeza, nublaba mis sentidos y mi necesidad de cruzar los límites con Phuong comenzaba a ser insostenible.
Él se las ingenió para elevarse un poco mientras atacaba mi boca sin piedad, su lengua en el interior dominaba la mía.
Mientras soportaba algo de su peso con el brazo izquierdo, sentí su mano derecha, por encima de la tela, tantear mi erección.
Yo, que para ese momento estaba a su merced, y apenas podía pensar con claridad, solo sentía la urgencia de descubrir y ser descubierto, en todos los sentidos. No pude evitar encogerme un poco lo que me hizo perder el balance y llevar mi peso sobre él.
Eso no pareció incomodarle. Con dos movimientos me llevó al colchón y se colocó sobre mi erección, a horcajadas, de manera tal que yo también pudiera sentir la suya.
Cuando enfoqué mi mirada sobre él, Phuong sonreía, victorioso y sexy, tan condenadamente sexy que pensé que eyacularía en mis pantalones con solo mirar esos ojos hambrientos que me prometían devorarme.
Llevé las manos a ambos lados de su cintura y cerré los ojos un momento, mi agitación y excitación me dificultaban hablar. Phuong se inclinó sobre mí para dejar un rápido beso sobre mis labios entreabiertos, pero cuando yo intenté retenerlo para profundizar el beso, se me escapó de las manos.
—No creo... que este sea el lugar correcto para nuestra primera vez, amor...
Me sentí avergonzado de que fuera él quien tuviese un poco de sentido común, el control o lo que fuera, para no llevar las cosas más lejos. Era el hogar de mis padres y al menos eso debía de respetar.
Phuong se apartó un poco a regañadientes, se acomodó sobre su lado del colchón, mientras yo buscaba nivelar mis respiraciones.
—Creo que deberíamos dormir —dijo y vi que tenía los párpados cerrados y respiraba por la boca. Yo apenas sentía que mi cuerpo volvía a la normalidad.
—No sé si pueda dormir contigo tan cerca —dije—. Lo menos en lo que pienso es en dormir estando tú aquí.
—¿Quieres que me vaya? Hace mucho frío… —musitó.
Me moví en su dirección para poder mirarlo a los ojos, que tenía fijos en mí, mientras una sonrisa ladeada se pintaba sobre sus labios.
—Ni lo pienses. Es más, no sé cómo no te dije desde el principio que vinieras a pasar las noches conmigo. —Phuong se arrebujó, de costado, yo lo imité, los dos quedamos muy cerca otra vez, pero esta vez mantuvimos las manos y los labios separados.
—Es aquí donde quiero estar, Finn —murmuró, su aliento me abanicó el rostro. Con una de mis manos acaricié una de sus mejillas.
—Quédate conmigo, entonces —musité.
Lo amaba, ya no había vuelta atrás.
★ ★ ★ ★
Fue Phuong quien me despertó haciéndome cosquillas en el cuello con su nariz mientras dejaba un camino de pequeños besos sobre una de mis manos. Fue un hermoso despertar luego de una noche acurrucado sobre su espalda, con uno de mis brazos cerca de su cadera.
—Me encantan tus manos… fuertes y grandes —murmuró sobre uno de mis oídos con esa voz aterciopelada, aún más ronca que de costumbre, porque acababa de despertar. Me acomodé para que quedáramos de frente y unimos nuestros labios.
La poca claridad que se colaba a través de las cortinas de las ventanas me indicaba que apenas comenzaba a amanecer, un vistazo al reloj de pulsera que alcancé de la mesita de noche me lo confirmó, eran la seis y treinta tres de la mañana.
—Es hora de que me vaya, antes de que la familia se despierte. Después va a ser casi imposible salir de aquí. —Yo no quería dejarlo ir, pero sabía que tenía razón.
Me aparté de encima, con cuidado de no aplastarlo contra el colchón, y volví a buscar sus labios. Que felices seríamos si las cosas fueran diferentes, si el mundo, o en este caso mi familia, aceptara nuestro amor.
Phuong abandonó el cuarto, yo le pisaba los talones, no teníamos planes, creo que los dos pensábamos en un nuevo encuentro antes de que mi familia despertara, esa vez en la habitación que ocupaba mi invitado.
Él, juguetón, me hizo señas para que hiciera silencio, yo lo encontré tan chistoso que apenas pude controlar la risa, sin embargo, las ganas de hacer bromas y reír se esfumaron en cuanto nos encontramos a Seamus de frente.
Phuong se detuvo y yo hice lo propio a tiempo.
—Phuong… Finn… ¿durmieron juntos? —Seamus se restregó un ojo con la mano, al tiempo que soltaba un buen bostezo.
—No… —contestó Phuong.
—Por supuesto que no, Seamus —respondí yo a la vez.
Mi hermano me miró y segundos después, le echó un rápido vistazo a Phuong.
—Desperté a Phuong porque tenemos planeado salir a dar una caminata hasta el lago —comenté. Ese plan que mencioné con tanta emoción fue algo que se me ocurrió para justificar nuestra presencia en el pasillo a esas horas, juntos.
Aunque nada en el lenguaje corporal de Seamus me indicó que pudiera cuestionarse ciertas cosas.
—Dicen que hará mal tiempo —comentó—. Yo dejaría el viaje para mañana.
Mi hermanito se alzó de hombros antes de continuar hacia la cocina, supuse que a buscar algo de beber. Pude regresar a mi habitación, mientras Phuong se iba a la suya, pero la idea de dar una caminata hasta el lago me pareció tentadora, sin tomar en cuenta las advertencias de mi hermano.
Una caminata con el hombre al que amaba, un tiempo a solas con él, lejos de entrometidas miradas, o de distracciones, como Darcy.
—Abrígate bien, que vamos a dar esa caminata.
—¿Estás seguro? Mira que tu hermanito nos advirtió del mal tiempo —objetó con una de sus manos sobre mi antebrazo y en tono de duda.
—No va a pasarnos nada malo, conozco bien el camino, no hay manera de que me pierda —dije muy seguro de mis palabras, con una sonrisita cómplice.
Phuong asintió con un movimiento de cabeza antes de volver a su cuarto para prepararse, le dije que se diera algo de prisa, pues quería salir antes de que mis padres despertaran.
Mientras más lo pensaba, más me convencía de que aquel paseo era lo mejor que se me había ocurrido, una oportunidad para estar solos y alejados, algo de lo que no habíamos disfrutado en los días que llevábamos en Seven Hills.
Realmente no tenía una idea clara de lo que haríamos una vez llegáramos al lago, que en esta época del año era una enorme pista de hielo, pero el solo hecho de poder pasear junto a Phuong y saborear sus besos, para mí era suficiente. Fue una idea impulsiva que no pude controlar y echar a un lado.
Phuong, luego de las dudas iniciales, compartía mi emoción.
No le dijimos a nadie nuestros planes y salimos de la casa con un termo de chocolate caliente y otro con agua, y cuatro pastelitos. Solo nos importaba llevar la indumentaria necesaria para no helarnos de frío y, en último momento, añadí también una linterna.
El día había aclarado, lucía un cielo límpido en el que no se apreciaban casi nubes. En ese momento olvidé lo traicionero que pueden ser las tormentas de nieve, ese dicho que dice «la calma antes de la tormenta» no figuraba en mis pensamientos.
Hacía frío, y bastante, porque los rayos del sol no alcanzaban a calentar, pero en ese momento los pronósticos de Seamus me parecieron ridículos.
La caminata, que en un día despejado podía tomar veinte minutos, nos tomó mucho más, pero fue muy divertida.
Caminamos entre enormes acumulaciones de nieve en el suelo del bosque que separaba la propiedad de mis padres y los predios del lago, debajo de ramas desnudas de enormes y centenarios árboles, con curiosas ardillas que correteaban y pájaros mañaneros que volaban sobre nuestras cabezas,
Phuong y yo cruzamos el camino, con uno de sus brazos enganchado al mío.
Ni él ni yo pudimos dejar de sonreír, o de soltar alguna carcajada, mientras nos contábamos anécdotas sobre nuestras infancias, tan diferentes. También aprovechamos el tiempo a solas para disfrutar de algunos besos que calentaron nuestros labios helados.
Phuong sonreía encantado al contemplar el paisaje vasto y congelado del lago Green, un paisaje blanco y frío, pero impresionante. La hierba alta que rodeaba la orilla lucía cubierta de escarcha y hielo, la brisa que nos llegaba de frente, traía partículas heladas que se pegaban a nuestros abrigos.
—Es un paisaje hermoso, maravilloso… siento tanta paz —mencionó, yo a su lado sostenía su mano enguantada.
A cierta distancia se podía apreciar el faro, ahora en desuso.
—En primavera debe de ser un sueño —añadió.
—Lo es.
—Desde que vi tu dibujo quise venir a verlo —comentó antes de girarse de pronto para echarme los brazos al cuello. Su movimiento fue suficiente para que yo le rodeara la cintura y arrimarlo a mi todo lo que nos permitía los abrigos.
Sin más palabras, no eran necesarias, volvimos a acercar nuestros labios para compartir otro apasionado beso. Cuando Phuong se alejó de mí, abrí mis párpados para encontrarme con su oscura mirada muy cerca, y me animé a decirle lo que desde hacía días vivía en mi, mis sentimientos más profundos.
—Te amo, Phuong Kieu. No concibo mi vida lejos de ti, creo que, si lo intentara, moriría poco a poco. No sé qué nos traerá el futuro, pero ahora soy el hombre más feliz por el simple hecho de tenerte a mi lado.
Fue la primera vez que vi cómo las emociones se apoderaban de él, vi su mirada acuosa y su labio inferior temblar un poco.
Dejó escapar unas apagadas carcajadas, que me sonaron a incredulidad mezclada con alegría.
—No sabes lo feliz que me hacen tus palabras, mi querido Finley. Yo también te amo…
El hombre del que me enamoré no lo pensó para saltar a mis brazos y yo, no dudé en recibirlo con un apretado abrazo.