15 Entre lo que suponen de mí
y lo que realmente soy
Pronto una bendita sensación de adormecimiento se apoderó de mí con los vaivenes del pequeño auto al deslizarse sobre la carretera.
Cuando volví a desertar, lo hice bajo lo que percibí como una caricia sobre mi mejilla izquierda.
Abrí los párpados y fui consciente de un movimiento a mi lado, seguido del sonido que identifiqué como una de las puertas del vehículo al ser cerradas con demasiado ímpetu sobre el marco.
Por instinto, mis ojos se fueron al frente y pude ver como Phuong se alejaba de camino a la pequeña tienda que formaba parte de la estación de gasolina.
Minutos después, regresó con una bolsa plástica que sujetaba en una de sus manos, mientras se ocupaba de echar la gasolina con la otra. Cuando llegó a mí lado, me pasó la bolsa plástica con dos latas de refresco de soda.
—¿Tienes hambre? Yo estoy famélico.
Dejé escapar un bostezo sobre la mano y me acomodé mejor en el asiento del pasajero. La verdad era que mi estómago vacío comenzaba a protestar. Phuong se paró un poco a mí para alargar uno de sus brazos y traer hacia el frente una de las bolsas de tela que le entregó su madre.
—Aquí hay unos sándwiches típicos de Vietnam, son buenísimos, yo no puedo comer solo uno...
—Seguro que están riquísimos.
Phuong me pasó la bolsa de tela mientras movía el vehículo hasta estacionarlo a un costado de la tienda.
Fuera, la temperatura se mantenía bastante moderada.
Phuong y yo nos recostamos en la parte frontal del Volkswagen a la vez que disfrutamos de los sándwiches y las bebidas.
Era cierto que el alargado pan, relleno de embutidos y aderezado con vegetales y aliños, estaba delicioso, pero yo solo pude comerme uno, mientras que Phuong hizo honor a su comentario anterior dando cuenta de dos.
Mi ingesta de alcohol mantenía mi estómago algo inestable, además de que mi cuerpo se sentía cansado.
—No me dirás lo que te dijo mi hermana…
Me tomé mi tiempo, no esperaba esa pregunta, pensé que Phuong lo habría olvidado, así como dijo que haría con el beso que compartimos.
—Me dijo que tú y yo no podíamos ocultar lo mucho que nos gustábamos.
Phuong, que en ese preciso instante bebía de su gaseosa, por poco escupe el líquido espumoso, el asiático no pudo disimular su pasmo. Yo, que había terminado de comer y beber, no oculté una sonrisa de disculpa.
—No juegues conmigo, Nhung no pudo decir eso.
—Recuerda preguntarle cuando llames a casa. Eso fue precisamente lo que me dijo.
Phuong superó su asombro y se echó a reír… y yo junto a él. El ambiente entre nosotros, un poco pesado al comienzo del viaje de regreso, se aligeró un poco.
—¡Qué atrevida!
Para ese momento ya nos encontrábamos muy cerca de nuestro destino, el cielo comenzaba a pintarse de anaranjado en esa transición de la tarde a la noche.
El último tramo de camino hasta que llegamos a la residencia lo hicimos cantando algunas canciones que fueron éxitos por aquellos años, o más bien era Phuong la voz cantante, mientras yo trataba de no equivocarme con los coros.
—Tu voz es hermosa, Finley. Bien podrías dedicarte a cantar profesionalmente.
—No creo que sea para tanto, de seguro suena bastante bien por los años de práctica cantando las alabanzas y villancicos en el coro de la iglesia. Tú también cantas muy bien.
Había pertenecido al coro de la iglesia hasta el verano pasado antes de mi mudanza a Albany.
—No esperaba menos de una voz tan profunda.
Ante aquello solo sonreí, me guardé la opinión que tenía de su propia voz, ronca, aterciopelada y sexi.
Cuando llegamos a la residencia, Phuong encontró donde estacionar y subimos a nuestro cuarto comentando la posibilidad de salir más adelante en la noche para comprar algo de cenar, ya que los sándwiches que comimos habían sido más que suficientes por el momento,
aunque Phuong me aclaró que probablemente él sí tendría hambre.
—¡Creo que eres un barril sin fondo!
Nos cruzamos con varios residentes, mientras subíamos la escalera. Phuong me pegó un leve golpe en el hombro y me empujó un poco al entrar al cuarto que llevaba varios días cerrado.
Tropecé con mis propios pies, mientras Phuong, a mis espaldas, cerraba la puerta de la habitación. Cuando giré, lo tenía muy cerca de mí.
—¿Puedo?
No esperó una respuesta de mi parte, no fue necesario, pues segundos después de escuchar su duda, mientras lo miraba a los ojos, yo mismo me arrime a él, y a su boca, algo que había deseado todo el día.
Aferrado a la tela de los bajos de su camiseta, busqué sus suaves labios, que chocaron con los míos apasionados, entregándonos a un sinfín de caricias.
El solo notar la tibia piel de sus labios casi me lleva al éxtasis.
Sentir como su lengua se entrelazaba con la mía, el modo en que nos saboreábamos, como si se nos fuera la vida en ese momento, comenzaba a hacer estragos más abajo de mi ombligo.
Las manos de Phuong esta vez abarcaron mi rostro, mientras que una de las mías no dejaba ir la tela, la otra, voló hacia uno de sus costados, sobre su cadera, con la palma abierta sobre uno de sus glúteos con firmeza. Ese atrevido movimiento provocó un leve jadeo en mi compañero.
La boca de Phuong abandonó mis labios, sin embargo, no así la piel de mi cuello. Mientras me rodeaba con sus brazos, y entre tropezones, me guio hasta que la parte posterior de mis rodillas dio con el borde del colchón de su cama y perdí el equilibrio con él sobre mí.
Mientras yo buscaba de nuevo su boca, él se alzaba sobre mí con la ayuda de los brazos y una rodilla apoyada sobre la cama, entre medio de mis piernas.
En ese momento llegué a sentirme sin voluntad, completamente bajo el influjo de la intensa atracción y emociones que él despertaba en mí. Estaba más que dispuesto a dar los siguientes pasos para poder descubrirme, a la par que averiguaba hacia dónde nos llevaría.
No puedo decir cuánto tiempo pasó, mientras disfrutábamos de algunos besos y leves caricias. Besos que poco a poco ganaban intensidad, apasionados, que parecían no saciar las ganas de ninguno de los dos.
Phuong abandonó mis labios ante mi evidente desilusión, para dejar un camino de pequeños y húmedos besos desde una de mis mejillas hasta perderse sobre mi clavícula, donde dejó un leve mordisco que envió un corrientazo por todo mi cuerpo.
Llevaba el peso de su cuerpo a un lado y deslizaba una de sus manos por mi costado izquierdo, bajo la tela de mi sudadera, hasta posarla sobre mi cadera. Terminó con el rostro sobre mi pecho y su tibio aliento en mi cuello.
Para ese instante, yo apenas podía controlar mis agitadas respiraciones fruto de la excitación que sentía, con una de mis manos sobre la cintura de él.
Lo que sucedió segundos después nunca he podido olvidarlo, siempre permaneció claro en mi memoria y, cada vez que lo rememoro, saca una sonrisa en mí.
Unos rápidos golpes sobre la superficie de madera de la puerta del cuarto se escucharon, preludio de una aguda voz llamando mi nombre, mientras la persona le daba vueltas al picaporte.
—Finley Byrne, ¿estás ahí?
Mientras el inesperado visitante empujaba la puerta de a poco, aparentemente indeciso, Phuong brincaba lejos de mí, y ya de pie se posicionó de espaldas a la puerta, fingiendo buscar algo en una de las gavetas de uno de los muebles.
Mientras tanto yo enderezaba la postura, pero fui incapaz de moverme o ponerme de pie antes de que el chico rubio asomara su redonda cara sonriente entre el marco y la puerta.
—Hola, ¿Finley Byrne?
—Hola.
Esbocé una leve sonrisa, en todo momento buscaba controlar mis agitadas respiraciones mientras mantenía las manos cruzadas sobre el regazo para ocultar mi evidente erección.
El chico rubio y regordete pasó la mirada de mi hacia Phuong, que permaneció en todo momento ocupado en su supuesta tarea de búsqueda, y de vuelta a mí mi.
—Tienes una llamada. Es tu padre.
—Gracias, enseguida bajo.
—No tienes nada que agradecer, solo pasaba de largo cerca del teléfono cuando escuché el timbre y decidí contestar.
No dejé de mover la cabeza de manera afirmativa, mientras escuchaba su explicación, y me dio la impresión de que el muchacho planeaba quedarse allí de pie hasta que yo me levantara, quizás con la intención de acompañarme hasta el teléfono al final del pasillo.
Nuestras miradas se encontraron y confirmé que lo anterior era exactamente lo que pensaba hacer, y darme cuenta de eso me llenó de una fuerte paranoia.
Por ningún motivo me pondría de pie con él allí, evalué todos mis movimientos. En mi mente tenía la seguridad de que el chico se daría cuenta de inmediato de mi abultada entrepierna y, luego de aquello, si conocía las preferencias sexuales de Phuong…
En esos tensos segundos que transcurrieron desde las últimas palabras del chico rubio y mi indecisión en ponerme de pie bajo su escrutinio, pensamientos como el anterior, que destilaban puro miedo, me invadieron la mente.
Y estoy seguro de que Phuong, aún de espalda, pendiente de una tarea que le tomaba más de lo esperado, se dio cuenta.
—Ya puedes irte, gordo. Finn sabe el camino...
Phuong solo echo un vistazo de reojo hacia la puerta antes de dejar salir la poco amigable frase, en un tono bastante prepotente y odioso, muy impropio de él.
Mi mirada fue de él al chico rubio, que pareció encogerse antes de hacer una mueca de malestar con sus labios y girar, cerrando la puerta en el camino.
Aliviado, dejé salir un suspiro, mientras Phuong al fin se giraba después de cerrar la gaveta que mantenía abierta.
—Ve a atender esa llamada, Finn.
Después de arreglar un poco mi desordenada ropa y pasarme una mano sobre el cabello igual de desordenado, salí de la habitación, atrás quedó un Phuong supuestamente ocupado en vaciar el bulto que había llevado al corto viaje.
★ ★ ★ ★
Recuerdo muy bien esa ocasión en la que hablé con mi padre, quien se encontraba muy lejos. Sin embargo, fue como si lo tuviese a mi lado y lo peor fue que tuve la sensación de que estaba al tanto de lo que había sucedido entre Phuong y yo.
Durante la corta llamada, que según él hizo para saber si había llegado bien de la supuesta excursión a Nueva York, esperé su rechazo y la consabida amenaza sobre «La condena de mi alma por mis preferencias sexuales».
Fue tanto mi temor que apenas escuché y mucho menos entendí lo que mi padre decía.
—¿Todo bien, Finley?
Su pregunta, segundos antes de terminar la conversación a la que casi todo contesté a base de monosílabos, logró sacarme de mi estupor.
—Muy bien, padre.
Después de dejar el auricular en su lugar, me tomé algo de tiempo en el pasillo que me llevaba de vuelta al cuarto donde me esperaba Phuong. En ese momento sentía como si tuviese un enorme peso encima de mis hombros que amenazaba con tumbarme al suelo.
Sabía que era el peso de la culpa, el temor al rechazo de mi familia y mi entorno, pero también coraje por no tener valor para abrazar mi verdadera esencia.
Me sentía incapaz de darle la espalda a lo conocido, a lo que sentía eran mis obligaciones, tirar al vacío mis prejuicios y las enseñanzas religiosas que aprendí desde el día en que nací, para vivir la emoción y darles rienda suelta a mis sentimientos por Phuong.
Estar seguro de mi cobardía fue la gota que derramó el vaso y me provocó un sentimiento tan fuerte de rabia conmigo mismo que, por un segundo, pensé que no podría controlar. Fue por eso que permanecí algún tiempo con la espalda pegada a una de las paredes del pasillo, como un inútil, rumiando.
Cuando logré juntar el valor para volver a la habitación, enseguida me di cuenta de que Phuong se había dado una ducha. El asiático estaba sobre su cama, vestido con un pantalón largo de pijama y una sudadera. Cuando lo miré, al entrar, me dedicó una leve sonrisa.
—No fui muy amable con Jimmy, pero era necesario para que se fuera y te dejara en paz. Mañana le pido disculpas...
Fui a sentarme sobre el colchón de mi cama, evadí su mirada y me pregunté si siempre sería así, si evadirlo sería la única manera para no sentir, para no desear arrimarme a Phuong y dejarme llevar por aquellos sentimientos que no hacían más que crecer en mí.
—¿Estás enojado?
Levanté la vista, Phuong me miró fijamente y yo no pude deshacerme de su mirada.
—¿Todo bien?
Sin dejar de mirarlo hice un movimiento negativo con la cabeza.
—No estoy preparado, Phuong.
Igual que antes, cuando aún de espaldas Phuong se dio cuenta de que necesitaba su ayuda, ahora vi en sus oscuros ojos que entendía a que me refería sin tener que añadir más.
—¿Piensas continuar negando lo que sientes?
A su pregunta no supe qué decir, y los segundos comenzaron a transcurrir con el silencio entre nosotros denso e incómodo.
Con un gruñido, Phuong se puso de pie, buscó algo en su bulto, segundos después me di cuenta de que era una cajetilla de cigarrillo y un encendedor, antes de abandonar la habitación.
Recuerdo que tuve que apretar los puños y usar todo mi autocontrol para no salir detrás de él.