16 ¿Un tercero en discordia?
La noche de nuestro regreso de Nueva York ni siquiera tuve ánimos de darme una ducha. Hacerlo también significaba demorarme y tener que encontrarme a Phuong, que asumía que volvería al cuarto de un momento a otro, luego de fumarse su cigarrillo.
La verdad era que no quería enfrentarme a él, no me creía capaz de poder mantenerme lejos físicamente, porque sabía que era débil, muy a pesar de lo que le había dicho sobre cómo me sentía o sobre mis dudas.
Esa noche me urgía acostarme de espaldas a la puerta y taparme con una de las mantas hasta el mentón, con todos mis sentidos pendientes de la inminente llegada de mi compañero de cuarto.
Phuong regresó y me pareció que tardaba mucho más de lo que me imaginaba. Y, aunque para ese momento yo comenzaba a caer bajo los efectos del cansancio, su llegada me puso en alerta y poco me faltó para voltearme a mirarlo.
Sin embargo, permanecí muy quieto, le di la espalda, pero demasiado consciente de su desplazamiento por el cuarto.
El asiático, al contrario que yo, se tomó una ducha y, cuando salió, una estela de vapor con olor a jabón cremoso abandonó el pequeño cuarto de aseo.
Lo escuché caminar hacia el mueble donde guardaba sus cosas, lo imaginé echándose un poco de colonia y también pude escuchar el casi imperceptible ruido que hacían al salir del frasco las gotitas vaporizadas de desodorante en aerosol al aplicarlo sobre la piel de sus axilas,
seguido del perfumado aroma.
Segundos después, pude focalizarlo sentado sobre el colchón y me pareció oírlo cuando dejó escapar un largo suspiro.
Yo permanecí en la posición en que llevaba más de una hora, el brazo comenzaba a molestarme y también el cuello, pero por nada del mundo quería dar muestras de estar despierto.
Fui un cobarde, en ese instante me dejé llevar por todas las razones equivocadas y los prejuicios. Pronto estuve seguro de que Phuong se había acostado, cuan largo era, sobre la cama e instantes luego escuché el sonido del colchón, mientras el asiático se acomodaba.
Al final me quedé dormido y, cuando desperté, me sorprendí muchísimo al no ver a Phuong en su cama. En algún momento de la noche yo había cambiado de posición y amanecí con la mirada fija en su lecho vacío.
Recuerdo que deseos no me faltaron para ausentarme a clases, pero por otro lado sabía que necesitaba distraerme para no continuar sobrepensando todo lo sucedido en días pasados.
Además, tenía algo que necesitaba hacer, una idea que se me había metido entre ceja y ceja antes de caer rendido horas atrás.
No era algo que quisiera, en realidad, lo veía como una obligación que pensaba que le daría paz a mi alma y, por consecuencia directa, a la de mi amigo.
Antes de rendirme al sueño estuve seguro de que debía de poner distancia entre nosotros y que eso sería la solución a mis conflictos.
Ese día no me importó saltarme las dos primeras clases y esperé la llegada del señor Ryan, uno de los encargados de la residencia, que poco antes del mediodía apareció con varios paquetes por la vereda que conducía a la puerta principal.
Yo estaba sentado en el penúltimo escalón de la pequeña escalera que daba al balcón de la residencia.
—Hola, Finley. ¿Cómo estás?
—Bien… ¿Qué tal usted, señor Ryan? ¿Necesita ayuda?
Me encargué de llevar dos de los paquetes envueltos en papel marrón hasta la cocina del lugar. Según Ryan, se trataba de implementos para la limpieza y algunos materiales de oficina.
—Presiento que me esperabas. ¿En qué te puedo ayudar?
De prisa, casi de forma atropellada, le planteé al encargado mi petición.
—¿Quieres cambiarte de habitación? ¿Sucede algo que yo deba de saber? ¿Algún problema con tu actual compañero de cuarto?
Ryan era un hombre que parecía no poder quedarse quieto y, armado con un envase con desodorizante ambiental olor a naranja, comenzó a rociarlo a medida que se desplazaba por el pasillo en dirección a la puerta principal.
—No, no tengo ningún problema, solo me preguntaba si tendría algún cuarto privado que pudiera ocupar, aunque tuviese que pagar algo adicional…
Fue decir aquello y encontrarme de frente con Phuong, que entraba a la residencia en ese momento. Su oscura mirada atrapó la mía por unos segundos y lo vi apretar los labios antes de casi correr escaleras arriba, en tanto, mi corazón multiplicaba los latidos.
Lo menos que deseaba era que Phuong me escuchara, un pensamiento bastante estúpido si se consideraba que eventualmente, si tenia éxito en mi propósito, lo sabría.
Ryan no pareció fijarse en Phuong, pues el hombre no dejaba de moverse y rociar el ambientador, esa vez en una de las áreas de descanso.
—Por ahora eso no será posible, Finley, pero si más adelante se desocupa uno, que es poco probable, te avisaré. ¿Estás seguro de que no tienes ningún problema?
—No, es solo que soy poco sociable y me gustaría tener un lugar solo para mí. Gracias.
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—No, es solo que soy poco sociable y me gustaría tener un lugar solo para mí.
Imitando mi voz, aunque con un sonsonete bastante burlón, me recibió Phuong cuando entré a la habitación algunas horas después de nuestro último encuentro en la entrada de la residencia.
Cerré la puerta a mis espaldas antes de adentrarme a la habitación, venía tan ensimismado que no se me cruzó por la mente que Phuong estuviese allí.
—Creo que estás exagerando. ¿Qué vas a hacer ahora? ¿Mudarte fuera de la residencia porque no soportas verme?
La burla ya no pintaba sus palabras, ahora percibí enojo y desilusión. Quise decirle que verlo me afectaba, pero no de manera negativa, al contrario, verlo me emocionaba, que su presencia aportaba felicidad a mi vida. Sin embargo, una vez más, guardé silencio.
Phuong estaba sentado en su cama, con la espalda apoyada sobre el marco de madera. Ya parecía haberse duchado, pues noté que su cabello se apreciaba húmedo y vestía lo que solía usar para dormir.
El chico lucía tan fresco y joven, y a pesar de que sabía que estaba enojado, en su expresión al mirarme no vi señales de coraje, aunque sí un brillo de pesar. Qué ganas de arrimarme a él y olisquearle el cuello, para luego subir hasta sus labios.
Afectado, desvié la mirada, junto a él vi un grueso ejemplar de un libro de leyes, un cuaderno y un lápiz.
—No es necesario, Finley. Somos adultos y, por lo menos de mi parte, puedes estar tranquilo.
No voy a forzarte a algo que no deseas o a intentar que tires a un lado tus prejuicios, tu manera de pensar y creencias religiosas por algo nuevo y de lo que ni siquiera pareces estar seguro.
No tienes que salir corriendo, podemos compartir este espacio, yo en mi lado, y tú en el tuyo.
Dejé la mochila a los pies de la cama, antes de dejarme caer sobre ella.
—Así tendrá que ser, no hay cuartos vacíos…
—Eso escuché.
Llevé la mirada alrededor, evité hacer contacto visual con Phuong, y sin saber qué más añadir, tal vez con la esperanza de que fuera él quien continuara con la conversación, esperaba algún comentario jocoso que alivianara el ambiente.
Sin embargo, el silencio se apoderó del espacio hasta que lo escuché moverse sobre el colchón y fue cuando no pude evitar echarle un rápido vistazo.
Phuong volvió a retomar lo que parecía hacer antes de mi llegada: leer del grueso libro de leyes que tenía a su lado y, absurdamente, me sentí ofendido, echado a un lado.
Y no lo pensé dos veces para con ademanes algo bruscos buscar algo de ropa limpia e irme al baño. Cerré la puerta del mismo con algo de fuerza innecesaria.
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Y así transcurrieron las siguientes semanas, por lo menos para mí, en un sube y baja de emociones, algunas de ellas muy intensas, que yo buscaba reprimir a cualquier precio.
Traté de autoconvencerme de que, con el pasar de los días, volvería a sentirme como antes, cuando no conocía a Phuong que con su sola presencia inquietaba hasta mis sueños.
No fue poco el tiempo en que ocupé uno de los teléfonos públicos cerca de la biblioteca de la universidad, aquel que estaba en una esquina, y que casi pasaba desapercibido, sentado sobre el cemento, hablando con Deirdre.
Por esos días hablar con ella se convirtió en algo casi vital, escuchar su voz sosegada y suave era un bálsamo para mi agitado espíritu.
Mi novia no podía disimular lo feliz que le hacían mis llamadas, que de ser esporádicas pasaron a ser, en ocasiones, hasta dos veces al día.
Y yo por esos días no pensaba en mi comportamiento egoísta y no me importaba engañarla, mientras me engañaba a mí mismo.
Y muchas veces, después de terminar la llamada, ni siquiera recordaba de qué habíamos hablado.
Noviembre llegó a su fin y, con él, se fue la primera semana festiva que pasaba lejos de mi familia.
De hecho, ese día de Acción de Gracias lo pasé solo, debajo de varias mantas y sentado sobre la cama, aquejado de un fuerte resfriado y comiendo las sobras de un almuerzo que había comprado el día anterior.
El resfriado fue la excusa perfecta para no viajar a Seven Hills sin importarme perder el importe que había pagado por mi pasaje en autobús. Lo cierto era que me sentía mal, pero no era algo que me impidiera viajar si hubiese querido.
Decidí a último momento quedarme en Albany porque no me creía capaz de tolerar a mi familia sin tener un estallido de amargura y mal humor que de seguro hubiese escalado. No me apetecía compartir con ellos, ir a la iglesia y cantar villancicos.
Fingir no solo frente a ellos, sino frente a Deirdre, que era el mismo Finley Byrne que salió de aquel pueblo hacía solo unos meses atrás.
Ese Finn que se esforzaba por ser como su padre siempre le dijo que tenía que ser, el muchacho dispuesto a vivir bajo los preceptos y estrictas enseñanzas cristianas, aquel que le tenía pavor a defraudar a sus padres.
El Finley que tenia inquietantes sueños a los que prefería llamar pesadillas, sueños que solo eran un reflejo de lo que su mente y su ser ocultaba porque no era correcto, porque la homosexualidad era un pecado mortal y los que la practicaban eran pobres almas destinadas al infierno.
Mi decisión la tomé consciente de que pasaría esos días solo, en la residencia éramos solo el señor Ryan y yo, pues los demás se fueron a pasar la semana festiva con sus familias.
Aquello incluía a Phuong, que había viajado con Daisy Jane y Barry a Ohio, a visitar a la familia de ella.
Ya para esos días la convivencia con Phuong se limitaba a dormir en la misma habitación y a un saludo forzado cuando nos cruzábamos.
En esos últimos días habían sido muy poco nuestros encuentros, pues el asiático no desaprovechaba ocasión para salir a fiestas ya fuera con Daisy —ninguno de ellos se molestaba en invitarme— o con un chico llamado Bryan Ryley, y aquello último comenzaba a molestarme seriamente.
Bryan y Phuong iban a varias clases juntos y era común verlos de arriba para abajo en el campus. El chico rubio no podía disimular lo encandilado que estaba con Phuong, mientras que yo no me atrevía a analizar la posibilidad de que Ryley también fuera el nuevo interés romántico del asiático.
Cuando los veía juntos, solía desviar la mirada, y mi más grande temor era ver en Phuong las primeras señales de que veía a Bryan de la misma manera en que sabía, me había mirado a mí.
Y era peor al ser consciente de que yo ni siquiera era merecedor de algo más que un escueto saludo o un rápido vistazo. Todo aquello al final me traía por el sendero de la amargura, enojado y frustrado conmigo mismo. Al borde de la desesperación.