Bajo nuestra lluvia de estrellas 14 Miedo a un futuro sin ti
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14 Miedo a un futuro sin ti

Esa noche mandé a volar mis temores y me atreví a cruzar la delgada línea que me separaba de los labios de Phuong, y él me recibió con un ardor que solo avivó un poco más el mío propio.

Phuong mantuvo una de sus manos en mi cintura, pero era poca la presión que ejercía, pues no era necesario, yo no quería apartarme de él y mucho menos de sus labios.

Y, aunque me propuse mantener los ojos abiertos, pronto los cerré, en un acto reflejo ante la sensación de excitación que sentía, mientras llevaba las manos a los costados de su rostro y lo abarcaba completo mientras su lengua y la mía se llenaban de caricias.

La necesidad de respirar separo nuestras bocas, pero no nuestros cuerpos. Phuong subió la mano que había depositado sobre mi cintura hasta colocarla a un lado de mi cuello, mientras yo colocaba las mías sobre sus hombros.

Los rostros muy cerca, la tibieza de nuestros alientos entremezclándose, mientras juntábamos las frentes. Fue cuando abrí los párpados encontrándome reflejado en los oscuros ojos del chico frente a mi.

Phuong hizo un poco de presión en mi cuello en busca de atrapar, de nuevo, mis labios con los suyos, algo que yo deseaba igual, pero, a diferencia de él, no me atrevía a tomar la iniciativa.

Dejé mis manos sobre sus hombros, con algo de presión, mientras Phuong llevaba su mano libre hacia una de mis caderas para arrimarme aún más a él.

Movía su cuerpo con el propósito de hacerme notar su abultado miembro sobre el mío, igual de despierto.

Recuerdo que aquel sensual movimiento, el roce de nuestros sexos, provocó en mí una maravillosa y novel sensación en mi vientre, en tanto sobre sus labios dejaba escapar un gemido.

—Finley…

Las primeras gotas de lluvia fueron casi imperceptibles, sin embargo, no tardaron en hacerse notar con algo de fuerza sobre nuestras cabezas, aunque ninguno de los dos parecíamos afectados por ellas, al menos no lo suficiente para abandonar la calidez de la boca del otro.

No obstante, con la lluvia vino el viento frío y algunos relámpagos que iluminaron el cielo antes de que se escuchara el rugido de los truenos. Entonces, Phuong abandonó mis labios, tomó una de mis manos y halo de mí en dirección al interior del apartamento.

En nuestra corta e inesperada carrera, yo intentaba recuperar un poco de la cordura que había perdido.

★ ★ ★ ★

Los demás ocupantes del apartamento aún se encontraban abajo en el restaurante, disfrutando del resto de la fiesta. Phuong cerró la puerta de la habitación detrás de nosotros.

Enseguida fue al clóset para buscar dos toallas limpias, con la intención era echarse una sobre los hombros. La otra toalla la dejó sobre mi cabeza para tratar de secar mi pelo, que estaba tan empapado como el suyo.

Nuevamente estábamos muy cerca el uno del otro.

—Necesitas un baño caliente, al menos eso dice mamá cuando nos mojamos bajo la lluvia, que un baño tibio evitará que nos enfermemos. ¿Has oído algo así antes?

Noté el nerviosismo en la voz de Phuong, mientras yo mantenía los ojos cerrados y disfrutaba de sus atenciones.

Phuong continuó hablando, sin embargo, sus palabras comenzaron a perder sentido para mí, estaba sumergido en una sensación de relajación y deleite.

Con la toalla, Phuong comenzó a secarme el cuello y la tela de la camisa que llevaba.

—No me digas que estás a punto de dormirte de pie...

Abrí los ojos, sentía el calor del rubor expandirse sobre mi rostro. Esbozaba una complacida frente a mí, con la toalla todavía en sus manos.

—He hablado demasiado, no te culpo.

Me ofreció la húmeda toalla por si yo quería continuar, yo la agarré por un extremo, pero lo que hice fue jalar para acercar al asiático a mí, lo que provocó que compartiéramos unas risas que pronto fueron opacadas por la unión de nuestros labios.

Esa vez fue un beso lento, donde ambos nos dimos a la tarea de descubrir al otro, y de a poco nos movimos hasta toparnos con la cama y sentarnos juntos.

Phuong tomó un poco de distancia para mirarme fijo mientras acariciaba una de mis mejillas con el dorso de su mano derecha.

—Me gustas mucho, Finley. Demasiado…

Su confesión me sacó una sonrisa y los deseos de expresarle que a mí me pasaba igual que a él, pero algo me detuvo. Era consciente de que me costaba admitirlo y comencé a sentirme incómodo.

—No tienes que decirme nada, entiendo que no debe de ser fácil para ti todo esto.

Phuong me miraba directo a los ojos y yo no pude disimular la sorpresa que me provocaron sus palabras.

—Es mejor que vayas a darte ese baño antes de que mis hermanas suban. Después iré yo.

—Phuong…

Se puso de pie y se alejó, y se llevó consigo el calor que emanaba. Yo lo imité, también me levanté, pero no me moví del sitio. Él se dedicó a buscar algo de ropa en una de las gavetas y me dio la espalda.

—Quizás esto que acaba de suceder no debió ocurrir, incluso puedes, si quieres, achacárselo a la bebida, después de todo era tu primera vez, y lo entenderé. Solo lo tenemos que olvidar, no hablar de ello y, con el paso de los días, buscará su lugar en el olvido.

¿Algo de lo que decía tenía razón o lógica?

No, pero igual no dije nada. Phuong apenas me miró antes de salir del cuarto para dejarme solo.

Casi como un autómata, busqué lo que necesitaba para vestirme después de la rápida ducha que pensaba tomar. Con la mente muy activa, pensaba y, sobre todo, recordaba lo sucedido, con un sentimiento de anhelo intenso.

Mientras la tibia agua de la ducha caía sobre mí, asimilé que deseaba cada uno de los besos y las caricias que me brindó Phuong, y a las que correspondí con pasión. El consumo de alcohol nada tenía que ver con mis deseos.

También me di cuenta de que lo que sentía por él no lo había sentido por nadie, nunca. Yo estaba realmente enamorado de Phuong Kieu, un varón igual que yo, con todo lo que eso implicaba.

No obstante, junto a todo aquello tomé conciencia de las dudas y el temor al futuro, un futuro que no visualizaba sin Phuong. ¿Sería capaz de enfrentarme a todos, especialmente a mi familia, por defender mis sentimientos?

Esperé durante un rato largo el regreso de Phuong al cuarto, cuando salí del baño, nos cruzamos en el pasillo y apenas nos miramos, de reojo lo vi entrar al cuarto de aseo que yo apenas había abandonado, pero él no volvió a la habitación y a mí me venció el sueño.

Cuando volví a abrir los ojos, según pude apreciar por la tenue luz que entraba por una de las rendijas de la cortina, apenas eran la primeras horas de un nuevo día. Ni bien me espabilé un poco, tanteé a mi izquierda, buscando en vano a quien sabía no estaba allí.

Había pasado una noche muy inquieta, apenas pude dejar de analizar mis sentimientos y atormentarme por el miedo. Sin embargo, la ausencia de Phuong sumó angustia a mis horas de reposo.

Luego de varios minutos con la mirada fija en el techo de la habitación, y queriendo captar algún ruido que me indicara si algún miembro de la familia estaba despierto, me incorporé, para segundos después dejarme caer de nuevo sobre el colchón, inseguro.

Por un lado, deseaba ver a Phuong, mirarme en el reflejo de sus ojos oscuros, regalarle una sonrisa y esperar por cómo se daban las cosas entre nosotros. Era sencillo, lo que haría cualquier persona, cualquiera que no estuviese atada por los prejuicios, las enseñanzas religiosas y el miedo, como yo.

«No puedes quedarte encerrado en este cuarto. El encuentro con Phuong es inevitable, y no solo eso, sino que tendrás que pasar con él varias horas en el viaje de vuelta a Albany».

Con eso en la cabeza me puse en movimiento, recogí en la mochila lo poco que había mío en el cuarto, luego cambié los pantalones de pijama por unos jeans y sobre la camisilla me puse una sudadera.

Planeaba ir al baño a lavarme el rostro y los dientes antes de mi encuentro con alguno de los habitantes del apartamento. Lo que no esperaba era encontrarme de frente a Phuong cuando abrí la puerta.

Mi amigo, aunque desde la noche anterior no sabía cómo llamarlo, y yo, nos miramos directo a los ojos, y en sus labios pude apreciar una leve y tímida sonrisa, no propia de él.

Yo le correspondí con una igual aunque probablemente ni siquiera la vio, pues Phuong se giró con rapidez y me dio la espalda.

—Qué bueno que estas despierto, Finley, porque quiero salir antes de las nueve, el desayuno está en la mesa, sírvete mientras yo recojo mis cosas.

Phuong desapareció en la cocina en tanto yo caminaba con algo de duda hacia el baño.

Minutos después, estaba frente a la pequeña mesa donde reposaban las tazas con café, el pan y los aliños.

Phuong y su madre se encontraban en la cocina, escuché sus risas mezcladas con algunas palabras en su idioma natal.

Recuerdo que preparé mi café con un poco de leche y azúcar, y comencé a beberlo de a poco, mientras no me animaba a comer algo más. Sentía el estómago algo apretado, quizás a consecuencia de mi ingesta de alcohol la noche anterior.

—¡Un poco indispuesto, muchacho!

La madre de Phuong separó una de las sillas y la ocupó a la vez queo me dirigía una rápida miradita divertida. Su hijo ocupó la otra silla con un plato repleto de aromáticos rollos de canela recién hechos.

—Finley no acostumbra a beber, mamá.

—Come algo, Finley, te servirá hasta que puedan detenerse en el camino de aquí a Albany.

Ante aquello, me animé a tomar un rollo de canela que estaba tibio y suave. Phuong hizo lo mismo. Mientras comíamos, se me hacía muy difícil dirigirle miradas al asiático y más de una vez su mirada y la mía se encontraron por algunos segundos.

Cuando terminamos de comer, por lo menos yo, me sentía demasiado inquieto, con deseos de jalar a Phuong hacia una esquina, lejos de las miradas de los demás, y plantarle un beso en esos labios tan invitantes.

Sin embargo, me mantuve todo el tiempo, hasta que nos fuimos, alejando de mí esos tentadores pensamientos y deseos. Pensaba que no era justo alentarlo cuando yo tenía tantas dudas.

Así que, aun cuando me picaban las manos por abarcar su rostro y besar su boca, tuve que cruzar los brazos alrededor de mi mochila y mantener el rostro a un lado, fingía estar distraído con lo que veía a través del vidrio de la puerta del carro,

porque estaba seguro de que Phuong notaría en mis ojos los deseos de mi cuerpo.

El recuerdo de la despedida de los Kieu minutos atrás logró depositarme una pequeña sonrisa a mis labios, en tanto dejábamos atrás calles y avenidas de la ciudad de los imponentes rascacielos.

«Gracias por venir, Finley, y recuerda que siempre serás bienvenido en nuestra pequeña familia».

Con esas palabras de Bian, me quedó claro quien era la portavoz oficial de la familia asiática. A sus espaldas, su esposo Hai solo sonreía y movía un poco la cabeza señal de afirmación.

Las gemelas también estaban presentes, entre bostezos y rostros soñolientos se despidieron de su hermano y de mí con sendos abrazos.

«Vuelve pronto, Finley».

Comentó Mei, a la vez que su hermana Nhung, más extrovertida, me tomaba por una mano, me apartaba un poco a un lado y, de puntillas, me dijo al oído:

«La próxima vez que vengan espero que sea como pareja, porque ninguno de los dos puede ocultar cuánto se gustan».

Dicho eso, Nhung soltó unas risas, que yo no pude compartir debido a la sorpresa que se expandió sobre mi rostro como un intenso calentón.

La atrevida chica se apartó hasta dar con su hermana, que la miraba curiosa, hasta que la chica supuse que le confió lo que me había dicho y ambas rompieron en risas.

Phuong intercalaba miradas entre sus hermanas y yo, con expresión de intriga en su atractivo rostro, pero su madre o llamó para entregarle dos bolsos de tela con algunas cosas para comer.

Fue entonces que yo aproveché para caminar hasta el Volkswagen, abrir la puerta del asiento del pasajero y dejar sobre él mi mochila.

Los padres de Phuong se turnaron para abrazar a su hijo, entre expresiones en vietnamita, luego les tocó el turno a las gemelas y a un Thao que llegó corriendo para desearle a su hermano un buen viaje.

—Apuesto que esa sonrisa es por las ocurrencias de mis hermanas...

El comentario de Phuong vino luego de varios minutos en la carretera y logró que llevara mis ojos sobre él. Sin embargo, no lo confirmé o lo negué.

—¿Qué te dijo Nhung?

Mantenía la mirada sobre la carretera, el tránsito a esa hora de la mañana no le dejaba margen para distracciones.

—Vamos, Finn… ¡Oye, ten cuidado! ¡Pon más atención, idiota!

Un vehículo bastante grande se cruzó en nuestro camino sin nada de cuidado o señales.

—Esta es una de las cosas que no extraño de Nueva York.

De ahí en adelante, Phuong no volvió a hablar, mucho menos a insistir en saber qué me había dicho su hermana. El muchacho encendió la radio y por demasiado tiempo, para mi gusto, el silencio solo fue interrumpido por los ruidos externos y la programación radial.

Poco a poco la ciudad de Nueva York quedaba atrás, una urbe que guardaría para siempre un lugar especial en mis recuerdos.