Bajo nuestra lluvia de estrellas 13 Nuestro primer y
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13 Nuestro primer y

apasionado beso

Phuong y yo discutimos en el trayecto de regreso a Brooklyn sobre los gustos de sus hermanas para poder tener una idea del regalo perfecto. Yo manifesté mi deseo de comprarle un obsequio a cada una de las chicas, aunque Phuong insistió en que no era necesario.

Él mencionó que sus hermanas amaban escuchar música y una de ellas era adicta a la lectura, sobre todo si eran historias románticas.

A las jovencitas les encantaba bailar, las revistas de farándula —afiches incluidos— y ponerse bonitas.

Mei y Nhung, que cumplieron diecisiete años unos días atrás, poseían una belleza que destacaba y que muchos podían considerar exótica, con sus largos cabellos lacios y muy oscuros, y esos ojos rasgados.

Después de ir a varias tiendas, entre ellas, de ropa, perfumes y variados artículos, me dio la impresión de que mi amigo no se decidía por nada, entre tanto el tiempo pasaba.

En mi caso, no lo pensé mucho antes de escoger dos libros de bolsillo de una famosa autora estadounidense para Mei y, de vuelta a la casa, me detuve en una tienda de discos para comprar una cinta cassette con la música de la cantante rubia que tanto le gustaba a mi hermana Darcy, para Nhung.

—Solo espero que tu hermana Nhung no tenga esta música.

Hasta ese momento, Phuong seguía indeciso.

—¿Por qué no le compras un Walkman para cada una? Dijiste que les encanta escuchar música, estoy seguro de que será algo que disfrutarán.

En ese momento, tenía delante el último modelo en el mostrador de la tienda de música con Phuong a mi lado en la espera de que la amable dependienta envolviera, por un pequeño costo extra, la cinta de cassette.

Con el tiempo en nuestra contra, Phuong cedió, compró dos modernos tocacintas y, quince minutos después, salimos del negocio deprisa para llegar al apartamento y darnos a la tarea de alistarnos para la fiesta de cumpleaños.

El restaurante aún estaba abierto, aunque, cuando entramos, Bian y una de las empleadas se encargaban de limpiar bien las mesas, mientras uno de los chicos comenzaba a apartar algunas de ellas contra la pared para hacer espacio.

Al vernos entrar, la madre de Phuong nos pidió ayuda para colocar algunos adornos festivos y globos amarillos y rojos, los colores favoritos de las gemelas. En una hora, el restaurante cerraría sus puertas por el día y solo los invitados al cumpleaños tendrían acceso al interior.

Phuong me comentó que sus padres no solían hacer ese tipo de fiestas, pues no era algo habitual en su cultura, pero, aunque los Kieu procuraban que sus hijos no perdieran muchas de sus tradiciones vietnamitas, lo cierto era que las gemelas, como muchas de sus amistades,

deseaban celebrar su cumpleaños al estilo americano.

De hecho, esa era la primera vez que harían una fiesta con algunos invitados, la mayoría compañeros de clases de las chicas. En años anteriores, la familia celebraba en la intimidad de su hogar con un simple pastel.

Aquello me recordó mis propios recientes y aburridos cumpleaños, y también a entender el porqué las gemelas querían hacer algo diferente y divertido.

Cuando mi amigo y yo pudimos escabullirnos, nos encontramos a Mei, que aporreaba la puerta del cuarto de baño. Desde el interior se podía oír el ruido que hacía el secador de cabello y las notas de una movida melodía que no pude identificar.

Mientras su gemela ocupaba el cuarto de aseo, Mei no dejaba de pedirle que se diera prisa, entre súplicas que terminaban con amenazas.

Phuong me dio un leve, pero firme, empujón por la espalda indicativo de que las ignorara. 0 Justo detrás de nosotros subió Lin y, con mucha paciencia y palabras convincentes, logró que Nhung le cediera el baño a su gemela.

Yo no podía dejar de sonreír, pues toda la interacción entre la familia de Phuong me parecía divertida, espontánea y real. Una familia de verdad, con sus virtudes y defectos, donde no existía la perfección, pero si mucho amor y tolerancia.

★ ★ ★ ★

El área del comedor en el restaurante quedo convertido en un pequeño salón festivo, decorado para la ocasión en rojo y amarillo, donde había espacio para todo.

Desde el mostrador, donde un pastel de tres niveles esperaba a ser el protagonista de la noche, hasta un reducido espacio para que las gemelas y sus invitados bailaran al ritmo de la música disco de la cual se encargaba Thao.

No faltaban algunas mesas y sillas para los que prefirieran sentarse y una mesa repleta de entremeses, bebidas sin alcohol y, en una de las esquinas, el lugar para los regalos.

Después de luchar con los mechones rebeldes de mi cabello, me encontré con Phuong en el pasillo del apartamento. Según me dijo, subió a buscarme al ver lo mucho que tardaba.

Recuerdo que lo primero que vino a la mente fue lo guapo que estaba en jeans oscuros y una camisa de vestir color coral, la seguridad que emanaba de él y ese brillo en sus ojos rasgados. No olvido haber desviado la mirada lejos, con miedo a ser sorprendido y malinterpretado.

—¡Vamos a divertirnos!

Phuong me hizo señas con la cabeza mientras se adelantaba y yo, después de un vistazo de reojo, lo seguí.

Mientras descendíamos las escaleras, me obligué a dejar de pensar en tonterías e hice un esfuerzo para concentrarme en la música, un medley de aquella música romántica, estilo Air Supply, que las parejas bailaban abrazadas.

Música que no ayudaba en mi tarea de ignorar las emociones que mi amigo despertaba en mí.

Recuerdo que Phuong y yo permanecimos lejos de la pequeña pista de baile por el momento vacía, era evidente que ninguno de los chicos se animaba a invitar a bailar a ninguna muchacha, y no olvido que yo apenas podía mantener la mirada lejos de él.

Esa noche, por primera vez, me animé a probar un poco de cerveza que el padre de Phuong me ofreció, y eché la timidez a un lado para unirme a Mei en la pista de baile.

Traté de imitar algunos de sus pasos y, en el trayecto, despeinarme.

Cerca de mí bailaba Phuong con su hermana Nhung, y verlo moverse al ritmo de la movida música comenzó a tener un efecto casi hipnótico sobre mí, mientras pensaba en lo patoso que seguramente parecía yo.

A mis ojos, el asiático era el hombre más hermoso de la tierra, siendo incapaz de ignorar lo que provocaba en mí.

Recuerdo que no solo bailé con Mei y su hermana, sino solo o con quien se me pusiera de frente, mientras sostenía en la mano derecha un vaso de plástico con restos de la cerveza, ya tibia, de mi tercera o cuarta tanda.

No voy a mentir, claro que el alcohol comenzó a tener un efecto en mi sistema, y por supuesto que mi conciencia enviaba señales para que me detuviera, pero esa noche pudo más mi espíritu rebelde que la prudencia que casi siempre tenía.

Fue Phuong el que me apartó de la improvisada pista de baile y, entre risas y tropezones, me guio escaleras arriba, aunque yo insistía en quedarme para cantar el famoso «cumpleaños feliz» y comer un trozo de pastel.

—Has bebido más del límite del alcohol permitido para ser tu primera vez.

Antes de llegar al cuarto que ocupábamos, me encaminé de nuevo hacia la puerta principal del apartamento, y me escabullí del agarre de Phuong.

—No quiero acostarme. Es muy temprano, Phuong.

Mi amigo fue tras de mí e intenté agarrarme, a lo que yo me negué y comenzamos, entre ambos, una especie de juego. Ninguno de los dos podía dejar de reír. Cuando Phuong logró volver a agarrarme de una mano, yo traté de volver a zafarme e inicié un tira y afloja en el estrecho pasillo.

Al fin, Phuong pareció darse por vencido, me soltó la mano para llevarse ambas a la cintura, mientras se cuadraba para no dejarme avanzar.

—Me parece que necesitas algo de aire fresco. Vamos, subamos a la terraza.

La propuesta me pareció buena, pero la sonrisa de Phuong no hizo otra cosa que convencerme y lo seguí. Pronto me di cuenta de que la llamada terraza no era otra cosa que el techo del edificio, donde nos sentamos en sendas sillas plásticas cerca del tendedero de ropa.

A esa hora de la noche, una fría brisa de principios de noviembre nos movía el cabello y nos refrescaba la piel, algo que, especialmente yo, necesitaba.

Pronto me encontré con la mirada clavada en el perfil de mi amigo que, con ojos entrecerrados, miraba hacia el cielo, un cielo contaminado con miles de luces, donde apenas se podían apreciar las estrellas.

—Me imaginó que, allá donde vives, en Seven Hills, podrás observar las estrellas. Aquí tanta contaminación lumínica lo impide.

Yo solo me limite a gruñir, mientras me acomodaba de costado, así era más fácil mirarlo a él, pues las estrellas se opacaban ante la belleza de mi querido vietnamita.

Phuong mantenía la vista en el cielo y el cuerpo relajado, mientras la fría brisa mecía algunos de sus cabellos, y me pregunté si era ajeno a mi escrutinio. Y me di cuenta de que no me importaba si no fuese así, incluso en ese instante me hubiese encantado que volteara a verme a los ojos.

Sin embargo, Phuong se mantuvo en esa posición, quizás buscaba ver algo interesante en el cielo nocturno, por un buen rato.

—Cuéntame un poco de tu vida, Finley.

Escuchar su voz me despabilo, un poco más de tiempo callados y pienso que me hubiese dormido.

Me moví, pero no cambié de posición, menos cuando Phuong me imitó y se acomodó de tal manera que nos miramos directo a los ojos.

—Aburrida. Así era mi vida.

Aunque supongo que mis historias campesinas serían bastante interesantes y hasta jocosas para un citadino como él. Después de eso, me dediqué a hablarle sobre algunas de mis experiencias campestres y, sin darme cuenta, terminé por comentar sobre mi relación con Deirdre.

—Ella es muy dulce, tanto que a veces me empalaga. No quiero casarme con ella. La conozco de toda la vida, prácticamente crecimos juntos. Nuestros padres son mejores amigos y, de alguna forma, sin mucho esfuerzo, terminamos enamorados y luego comprometidos, pero…

Mientras hablaba, yo mismo me sorprendí, pues creo que no esperaba explayarme tanto. Hablar tanto de mis sentimientos y deseos no era algo a lo que estaba acostumbrado.

—No quiero hacer lo que los demás esperan de mí. De un tiempo a esta fecha ya no me veo como el esposo y padre dedicado que todos desean. Pasar el resto de mis días detrás de un mostrador, con una bata blanca de farmacéutico despachando medicamentos…

Durante mi joven vida procuré ocultar mis verdaderos sentimientos y emociones, casi siempre en favor de complacer a mis padres, en especial a papá.

Quizás por ser el primer hijo fui criado con toda la intensidad de unos padres jóvenes e inexpertos, que volcaron todo lo bueno, y también lo no tan bueno, en mí.

Con el paso de los años, desarrollé un carácter, podría describirse como sumiso, incapaz de levantar la voz cuando algo me molestaba, como hacía mi hermana Darcy.

—No tienes porque hacerlo, Finley. Si te casas porque eso es lo que los demás quieren o consideran mejor para ti, pero tú no lo deseas, ni tú, ni mucho menos Deirdre serán felices.

Phuong hablaba con suavidad y yo tenía la impresión de poder escuchar su voz ronca y aterciopelada para siempre.

—¿Amas a Deirdre?

Su pregunta perturbó mi placentera sensación embelesada. Y no tuve que pensar mucho por la respuesta negativa, aunque no fue exactamente lo que le dije a Phuong.

—Por un tiempo, al comienzo de nuestro noviazgo, estuve muy ilusionado, y si miro atrás puedo asegurar que sí, me enamoré de ella, pero últimamente, antes incluso de viajar a Albany… ya no. Mis sentimientos son distintos.

—Has dado muchas vueltas para decir que no la amas. Y en la intimidad… ¿se llevan bien?, ¿lo disfrutan?

No contesté porque, además de tomarme por sorpresa, realmente no tenía una respuesta para esa pregunta. Me quedé embobado, miraba más allá de Phuong mientras el rubor se apoderaba de mi rostro.

Deirdre y yo nunca habíamos tenido intimidad.

—No tienes por qué contestarme. Disculpa si fui indiscreto.

Abandonó su postura relajada y se sentó muy derecho con la mirada fija al frente. Me imaginé que se sentiría incómodo ante mi silencio, quizás por la razón equivocada.

Imité su postura, con las piernas separadas y los brazos al frente, con las manos cruzadas. El silencio se propagó entre nosotros, aunque algunos ruidos exteriores, lejanos y cercanos, amenazaban con empañarlo.

Phuong se puso de pie con rapidez, tan rápido que tropezó con la silla que ocupaba y poco faltó para que cayera sobre ella. Sino hubiese sido por mi rápida reacción al tomarlo del antebrazo y halarlo hacia mi.

Colisionamos sin poder evitarlo, yo no solté mi agarré sobre su antebrazo, en tanto una de las manos de Phuong sobre mi pecho marcaba la poca distancia entre los dos.

—Nunca he tenido relaciones íntimas...

Quise darme de bofetadas por traer eso a colación precisamente. Fue un impulso contestar a su pregunta de manera tan tardía.

Phuong soltó una risita mientras movía la cabeza lentamente en señal de negación.

—Por supuesto que no…

Fue entonces que retiré la mano de su brazo con intención de retroceder, en el mismo momento en que Phuong llevaba la suya, desde mi pecho hasta mi mejilla, y con sus dedos me acariciaba la piel.

Ante su suave tacto, cerré los párpados, y solo fui consciente de su cercanía, de la tibieza de su aliento, del aroma que desprendía su piel, ese que siempre imaginé que evocaba el océano, y de los latidos desbocados de mi joven corazón, esperando expectante lo que tanto deseaba desde hacía mucho.

—Finn, abre los ojos. Cuando beso y me besan me gusta mirar…

Su petición en sí provocó que le hiciera caso, mientras, con su mano libre sobre mi cintura, Phuong me atraía hacia él. Sus labios sobre los míos, su tibia lengua sin prisa y sin pausa se abría camino al interior de mi boca para encontrarse con la mía.

Y, mientras abajo los invitados a la fiesta cantaban «feliz cumpleaños» seguido de aplausos, gritos y vítores que se desvanecían en la noche, Phuong y yo, apasionados, casi nos comíamos las bocas a besos.