12 Por tus pecados sucumbirás
Desperté con un fuerte dolor en el brazo derecho, supuse que por una mala postura. Fue una noche algo incómoda, compartiendo cama con Phuong, casi al borde y sin dejar de repetirme que debía de evitar moverme a mis anchas, pues no estaba solo.
Me costó quedarme dormido y recuerdo que desperté muchas veces.
Estaba confiado en que la falta de movilidad no sería un problema, pues, por lo general, solía mantenerme en la posición en que me dormía por el resto de la noche y tan solo me cambiaba al otro costado al amanecer para evitar el malestar del entumecimiento y los calambres.
Los planes iniciales eran que dormiría sobre el catre que la familia de Phuong había puesto al lado de la cama de mi amigo, pero fue imposible.
No sé si fue mi peso o lo antiguo y oxidado del metal, pero no hice más que sentarme sobre el endeble colchón y toda la estructura se fue abajo, a mí me provocó un buen susto y, en Phuong, unas buenas risas.
Al revisarlo, nos dimos cuenta de que varios de los resortes de la base estaban rotos.
—Creo que esta noche tendrás que pasarla en mi cama, Finn.
Phuong me dedicó una de sus miradas traviesas mientras levantaba la ceja izquierda, a la expectativa de mi reacción.
—Tranquilo, que no te voy a comer… a menos que me lo pidas.
Aunque sabía que estaba de broma, creo que mi expresión facial siguió siendo cómica, pues las risas de Phuong no hicieron más que aumentar y yo terminé con una sonrisita sobre los labios mientras pasábamos las sábanas y la almohada sobre el catre hacia la cama principal,
y nos encargábamos de cerrar el inservible mueble.
Bastante adolorido, no solo del hombro sino de la parte derecha del cuello, decidí levantarme e ir al baño a asearme. Era temprano, la pantalla de números digitales rojos del reloj despertador que Phuong tenía sobre una de las mesitas marcaba las siete y pocos minutos de la mañana.
Con la idea de lavarme los dientes y el rostro, además de vaciar la vejiga, hice el amago de levantarme, pero detuve todo movimiento al sentir sobre mi cintura el peso de unos de los brazos de Phuong.
Mi amigo, en ese momento no supe si aún dormía o no, se movió y se arrimó a mi espalda, tanto, que inmediatamente sentí su tibio aliento sobre la nuca.
Mi primera reacción no fue saltar de la cama sin importarme si estaba despierto o no, al contrario, por varios segundos cerré los ojos y disfruté de la sensación del brazo sobre mi cintura, el calor de su pecho muy junto a mi espalda y su aliento en la base de mi cuello, provocaba en mí.
Eso sí, me mantuve muy quieto, mientras memorizaba el momento; sin embargo, no quise analizar mi sentir, ese cosquilleo en mi bajo vientre y los deseos de girarme para acercar mis labios a los suyos.
Al pasar los minutos, me llegó la seguridad de que Phuong dormía, el lánguido peso de su brazo me lo confirmó, sus respiraciones acompasadas dieron fe de ello, mientras tanto el conocido temor a enfrentar mis sentimientos me obligó a escabullirme de la manera más rápida que pude,
casi cayendo al suelo.
Arrodillado de frente al colchón, mi mirada fue de inmediato sobre Phuong quien se movió, se giró hacia su otro costado y se llevó lejos de mí la visión de su relajado rostro dormido.
Suspiré aliviado, pues lo menos que deseaba era ser sorprendido in fraganti por él.
Recuerdo que me puse de pie y me desplacé fuera de la habitación, luego de agarrar la toalla y mi cepillo de dientes. En el pasillo, me topé de frente con la madre de Phuong, que se mostró muy sonriente antes de continuar hacia la cocina.
A parte de los ocasionales ruidos procedentes de esa parte del apartamento, no escuché señales de que alguien más estuviese despierto. Luego me percaté de que el padre de mi amigo se levantaba al amanecer a encargarse de los preparativos diarios del restaurante.
Cuando salí del cuarto de aseo, con el cepillo dental dentro de uno de los bolsillos y la toalla sobre un hombro, el rico olor a café recién hecho se esparcía por todo el apartamento.
Escuché el sonido de unos pasos en una de las habitaciones, además de la evidente presencia de Bian, que estaba todavía en la cocina.
Dejé a un lado la timidez y asomé la cabeza para saludar.
—Buenos días, Finley.
Después de imitarla, le pregunté si podía usar el teléfono, pues llevaba días sin llamar a mi familia y, mientras me lavaba la cara, pensé que una llamada no estaría de más.
—Está frente a ti.
Algo pasmado y sonriente, miré directo hacia donde señalaba la mujer y vi el aparato color negro empotrado a la pared.
Pronto me envolví hablando con mis padres sin poder ocultar la emoción que sentía en mi primer viaje a tan icónica ciudad, emoción que mamá compartió, no así mi padre que, siendo como era, enseguida se mostró desconfiado y receloso.
De inmediato pasó a interrogarme sobre con quién estaba de viaje en Nueva York.
—Tranquilo, papá, estoy con un grupo de la universidad.
En cuanto aquello salió de mi boca, experimenté un sentimiento de culpabilidad ante la mentira que le había dicho a mi padre y lo fácil que me resultó.
Y no era como si nunca le hubiese mentido antes, pero esta vez se sentía diferente, lo sentí como si esa sola variación de la verdad fuera capaz de condenarme.
Después de terminar la llamada, permanecí unos segundos de frente al teléfono, dándole la espalda al pasillo.
—Buenos días, Finn.
No pude evitar sobresaltarme ante el saludo de Phuong y lo cerca que lo escuché. Cuando me giré, me encontré a mi amigo de pie a solo unos pasos de mí, con una sonrisita de la cual no pude discernir su significado.
Phuong se replegó sobre la pared para apoyar uno de los brazos cerca del teléfono y se arrimó más a mí, tanto que mi pulso se aceleró.
—¿Por qué le mentiste a tus padres, Finley? Siempre he pensado que las personas religiosas como tú no mienten… y menos al pastor de su congregación.
Aunque su tono de voz era ligero y hasta jocoso, noté un retintín de ironía. Phuong atrapó con su mirada la mía, en espera de mi contestación.
—Phuong, trae a Finley para que desayunen.
La madre de mi amigo, sin querer, pienso yo, interrumpió el intento de acorralamiento de su hijo.
Phuong esbozó nuevamente la sonrisita taimada que mostró antes de su interrogatorio, y me dio paso hacia el pequeño comedor donde nos esperaba la mesa preparada para el desayuno.
Mientras desayunábamos, solo nosotros tres, pues las gemelas todavía dormían y el padre, Hai, se encontraba ya en el negocio, pude tranquilizar mi exaltado pulso al disfrutar de una buena taza de café con leche —Phuong y su madre lo bebían negro—, huevos hervidos y pan.
Menos de una hora después, Phuong y yo salimos. Teníamos la encomienda de comprar los regalos para el cumpleaños de las gemelas que sería esa noche en el local, que cerraría más temprano para recibir a la familia y los amigos.
Sin embargo, Phuong —demasiado callado para su estilo—, me guio hasta una de las estaciones del tren subterráneo que se desplazaba por toda la ciudad. Aquello me sorprendió un poco porque tenía la idea de que iríamos a las tiendas cerca de su casa.
Tomar el vistoso tren fue toda una experiencia, yo no dejaba de mirar a mi alrededor, admiraba lo que para mi amigo era algo habitual, exaltarme un poco ante los, en ocasiones, estruendosos ruidos y chillidos, y una vez adentro de uno de los vagones, de pie,
agarré con una de las manos el soporte de metal para no caer.
Entre movimientos, sacudidas y risas nerviosas, conseguí abstraerme con el variado paisaje de una ciudad que nunca duerme.
Seguí a Phuong fuera del vagón y un letrero sobre nuestras cabezas, que nos guiaba hacia los escalones de unas olorosas escaleras— la peste a orín era muy fuerte— me dio una idea de hacia dónde nos dirigimos, y una sonrisa de expectación se manifestó en mis labios.
No obstante, mi callado amigo no dijo nada mientras subíamos los escalones fuera de la plataforma hasta el nivel de la conocida avenida Broadway.
Si antes no podía dejar de mirar a mi alrededor, tratando de abarcar todo a la misma vez, en ese momento, de pie en una de las intersecciones más famosas del mundo, me pareció que mis ojos se saldrían de sus órbitas, mientras la sonrisa anterior mutaba en unas carcajadas de felicidad.
—¡Y como lo prometido es deuda, aquí tienes, amigo, el famoso Times Square!
Emocionado y sin pensarlo, eché los brazos alrededor de Phuong para apretarlo contra mi pecho y dar unos saltitos que por muy poco no elevaron sus pies del suelo.
Segundos después, mi amigo me correspondió al abrazo, hundió el rostro en el hueco de mi cuello por unos instantes que sé que nos descolocaron a ambos.
Nunca olvido que nos separamos con bastante celeridad y que fue Phuong el primero en hablar y romper el silencio que se instaló entre nosotros mientras continuábamos de pie, casi obstaculizando la entrada y salida de los usuarios del tren.
—Vamos, que las horas corren y hay bastante que ver.
Yo afirmé con un movimiento de cabeza, mientras el recuerdo del olor de Phuong aún bailaba en mis fosas nasales y se instalaba en mi memoria.
Times Square, antes llamada Plaza Longrace, es una intersección localizada en la esquina de la avenida Broadway y la Séptima avenida. Ya por esos años se caracterizaba por su actividad y publicidad luminosa.
No obstante, también por esa década, la de los ochenta, el lugar sufría de bastante delincuencia y, según me dijo Phuong, era preferible no visitar el área cuando caía la noche.
Siempre rememoro lo bien que lo pasamos; aun así, hubo algo que me desestabilizó bastante y me llamó la atención más que los teatros, el glamour y el movimiento de personas en la zona, y fue ver a un solitario hombre que cargaba un letrero bastante grande, donde,
escrito con letras torcidas y disímiles, se leía un mensaje que, por un momento, sentí que iba dirigido exclusivamente a mi.
Un mensaje que me pareció tenebroso y amenazante:
«Deshazte de tus pecados antes de que tus pecados terminen contigo».
Fue tanto el impacto en mí que, por un momento, me detuve y miré a mis espaldas esperando ver a algún feligrés de la iglesia de mi padre señalándome con un dedo. A Phuong poco le faltó para tropezar conmigo ante mi abrupto proceder y, casi de inmediato, se dio cuenta de qué lo había provocado.
Pronto, nos vimos rodeados por los transeúntes y fuimos víctimas de uno que otro empujón.
—¿Quieres una salchicha? De esas tan famosas por aquí. Yo sí, me muero de hambre.
Con esas palabras Phuong me agarró del antebrazo y haló de mí con suavidad, me obligó a continuar el camino y nos alejamos de esas manifestaciones religiosas. Al cruzar la calle, nos vimos de frente a unos de los carritos que vendían los populares «perros calientes».
Minutos después, con la comida y bebidas gaseosas en nuestras manos, compartimos un banco de madera en un pequeño parque poco visitado, y allí disfrutamos de las deliciosas salchichas.
Poco a poco, el malestar en mí cedi, Phuong contribuyó mucho a distraerme, con sus comentarios e intentos de chistes.
—Debemos regresar al barrio y dedicar las próximas horas a buscar los regalos perfectos para mis hermanas, y tenemos que darnos prisa si queremos ponernos guapos para la fiesta.
Phuong volvió a jalarme hasta ponerme de pie y, juntos, desandamos el camino de vuelta a la estación de tren.