11 Ni tan frío, ni tan caliente
Lo primero que nos recibió cuando entramos al local fue una mezcla de aromas en el aire de los cuales solo identifiqué el del jengibre, aunque entre todos no hicieron sino abrirme el apetito.
Y lo más que me llamó la atención de la familia Kieu fue su espontaneidad y alegría, pues admito me había hecho una idea errónea fundamentada más que nada en los libros de historia sobre la manera sosegada de comportarse de las familias asiáticas en general.
En mi mente esperaba encontrarme con unos padres serios y comedidos, y unas hermanas gemelas tímidas. En todo momento, pasé por alto la amigable y divertida forma de ser de Phuong, que debió de ser una guía para tener una idea de como realmente era su entorno y su familia.
Entramos juntos al pintoresco restaurante en donde a esa hora de la noche había poca clientela, pero Phuong se me adelantó pronunciando efusivamente algunas palabras en vietnamita.
Supuse que saludaba y anunciaba su llegada, en tanto dejaba caer el bulto que llevaba frente al mostrador.
Mi amigo llamó la atención no solo de los pocos comensales que ocupaban dos mesas, sino de las dos chicas, idénticas, que estaban detrás del mostrador.
Las dos jovencitas dejaron lo que hacían para darle la bienvenida a Phuong, que no dudó en abrirse paso hasta ellas. Entretanto, pude ver como varias de las personas, desde donde supuse se encontraba la cocina del lugar, asomaban la cabeza y curioseaban, al recién llegado.
Estaba algo aturdido por el alboroto, Phuong y las chicas se expresaban con gran bullicio entre risas y agudas expresiones en el tonal idioma asiático, que yo no entendía. Además, había quedado atrás y me sentí por unos minutos bastante dejado de lado.
Retrocedí, detuve mi avance cuando poco me faltó para tropezar con un altar para Buda lleno de flores y frutas, casi a ras del suelo. De un pequeño salto me alejé y golpeé con una de las piernas una de las sillas vacías.
Volví a tropezar, esta vez me enredé con mis propios pies, mientras la mochila me colgaba de uno de los hombros, y observaba, fascinado, la interacción de la familia.
Una pareja, la mujer era bastante alta y muy delgada, mientras que el hombre, una versión más vieja y de baja estatura que Phuong, se unieron a las chicas y al recién llegado.
La mujer alta abrazó a Phuong, y dejó en evidencia la alegría que sentía al verlo, y cuando le tocó el turno al padre, no vaciló en llevar las manos al rostro de su hijo, para apretar sus mejillas y casi obligarlo a bajar la cabeza para poder dejarle un beso en la frente, ante la expresión risueña,
pero algo apenada, de su hijo.
Yo sonreía cómo un bobo incapaz de apartar la mirada de las personas frente a mi.
Y cuando pensé que frente a mí se encontraba toda la familia Kieu, un muchacho muy parecido a la madre de mi amigo, y una chica de cabellos larguísimos con un bebé en brazos, salieron de la trastienda entre nuevas y efusivas expresiones.
Ese chico y Phuong se abrazaron sin disimular el amor filial que existía entre ellos, mientras la chica los miraba sonriente. Recuerdo que llegué a comparar, de manera injusta, quizás, a aquella familia unida con la mía.
Nosotros, los Byrne, supuestamente también estábamos muy unidos, pero en ese momento no tuve claro de lo que nos mantenía así, porque para mí era evidente que a los Kieu los unía el amor. Sin embargo, en el caso de mi familia, no me sentí tan seguro.
En instantes pasé del regocijo a una especie de pesadumbre.
★ ★ ★ ★
La familia Kieu estaba compuesta de Hai y Bian, nacidos en Vietnam y naturalizados estadounidenses. Hai y Bian tuvieron cuatro hijos, dos varones, Thao, el mayor, y Phuong. Y dos chicas, gemelas, Nhung y Mei.
Thao estaba casado con Lin y tenían un niño de poco más de un año. Las gemelas, que al día siguiente cumplían diecisiete años, eran las únicas que vivían con sus padres en el apartamento que era el hogar de los Kieu en los altos del edificio.
Tuve una cálida bienvenida de parte de la familia Kieu. Phuong no pudo disimular la emoción cuando me presentó a sus padres y hermanos, y ellos enseguida me hicieron sentir como en casa.
Después de los abrazos y sacudidas de manos, los padres de mi amigo insistieron en que necesitábamos disfrutar de una buena comida antes de darnos una ducha.
Entre tantos manjares, había un plato a base de caldo, fideos de arroz y carne de cerdo llamado Bún Cha.
También probé Bo Bia, unos rollitos en papel de arroz rellenos de salchicha roja china que se remojaban en una típica salsa vietnamita a base de holsin y cacahuetes.
Y, de postre, Che, una especie de pudding a base de leche de coco y hielo a la que se le añaden frutas frescas.
Phuong bebió cerveza, mientras que yo pedí un rico jugo de frutas.
La sobremesa se extendió más allá de las diez de la noche, hora en que cerraba sus puertas el restaurante. Los padres de Phuong mostraron curiosidad hacia mí, el padre más que la madre, pero no me sentí incómodo, pues no fueron intimidantes.
En un momento dado, me pregunté si Hai y Bian llegaron a conocer a Miles, pero me quedé con la duda, aunque hice nota mental para más adelante preguntarle a Phuong.
Aunque eso era algo que no debía preocuparme, pues mi relación con Phuong era muy diferente a la que mantuvo con Miles. En más de una ocasión, me dije que no debía de compararme con el afroamericano.
El apartamento de los Kieu era bastante espacioso, pero solo tenía tres dormitorios, uno de ellos era el que le pertenecía a Phuong, y a mí como su invitado me tocaría pasar las dos noches sobre un estrecho y endeble catre colocado al lado de su cama.
Era casi lo mismo que nuestra situación allá en la residencia.
Me pareció que la habitación de mi amigo era el lugar ideal para conocer pequeños detalles del carácter y los gustos de Phuong.
Cuando lo seguí al interior, no pude dejar de admirar los afiches de bandas de rock, actores y actrices juveniles, promos de películas famosas de la época y solistas como Madonna y Bruce Springsteen, que tapizaban dos de las cuatro paredes.
Enseguida me di cuenta de que hasta en la decoración de su espacio, Phuong y yo éramos como la noche y el día, yo la noche y él, el día.
A primera vista, la habitación, bastante espaciosa y aireada, contaba con todo lo necesario para hacer a un joven feliz, ejemplos de ello era el enorme radio casetero que ostentaba un lugar privilegiado en un tablillero, junto a un grupo de cintas con música,
las decenas de libros que lo rodeaban y en una de las esquinas del cuarto, un televisor mediano sobre el cual pude apreciar la famosa consola de videojuegos tan popular en esos años.
Comparado con ese cuarto, el mío era completamente impersonal.
Me desplacé hasta quedar de frente al pequeño catre que sería mío por los próximos días. Estaba justo a uno de los lados de la cama de Phuong, que era bastante amplia y estaba localizada en el centro de la habitación.
Mi amigo fue a correr la cortina color cereza que cubría una de las dos ventanas del lugar, antes de dejar su bulto sobre la cama. Yo lo imité y dejé sobre el colchón mi mochila antes de prestarle toda mi atención.
Él sacó dos pares de sandalias del clóset y me ofreció uno.
Ya para ese momento yo estaba en medias, pues decidí seguir una costumbre vietnamita por la que tenía que descalzarme antes de acceder al interior del apartamento, mis zapatos junto a los demás quedaron en un lugar especial justo al lado de la puerta principal.
—Ponte cómodo, Finn.
Phuong se ocupó de buscar una mullida toalla de baño y me la tendió.
—Creo que es hora de darse una buena ducha. Estoy realmente cansado —me dijo.
—Ve tu primero, debes estar más agotado que yo.
En el apartamento había dos cuartos de aseo, uno en el interior de la habitación principal, que ocupaban los padres de Phuong, y otro en el pasillo.
Él agarró un cambio de ropa y salió de la habitación rumbo al baño.
Mientras tanto, yo husmeé entre los libros del tablillero, de allí pasé a mirar con atención unas fotografías pegadas con tachuelas a una de las paredes y que se perdían entre los coloridos afiches.
La mayoría eran de Phuong y sus hermanos de niños, en diferentes actividades escolares y de viajes que hicieron juntos. Una de ellas mostraba a un Phuong recién graduado de escuela superior con su atuendo para la ocasión y su diploma entre las manos.
De allí fui a pararme frente a una de las ventanas. Eché a un lado la cortina para perder la mirada sobre los techos de algunos edificios colindantes.
—El baño es todo tuyo, pero date prisa si no quieres que las gemelas lo ocupen o tendrás que esperar por lo menos dos horas para bañarte.
Dejé caer la cortina y giré al escuchar la voz de mi amigo. Pensé que no podría confundirme si escuchara a Phuong entre un gentío, pues su voz se había hecho inconfundible para mí.
—Ven, que te muestro algo en el baño, no quiero que te quemes al abrir la llave del agua caliente pensando que es la fría.
Agarré la toalla y la ropa antes de seguir a un Phuong, que vestía solo una toalla alrededor de la cintura.
Enseguida fui consciente de que apenas podía despegar la mirada de su espalda desnuda donde lucía un colorido tatuaje de una pequeña tortuga.
Recordé que Phuong había comentado que, en la cultura vietnamita, la tortuga era símbolo de buena salud y larga vida.
—La llave de la derecha se supone que es el agua fría, aquí lo dice...
Phuong apartó la cortina plástica y se inclinó un poco.
—Ven a ver, Finn.
Dejé mis cosas sobre el lavabo y me detuve al borde de la bañera en el pequeño cuarto, tenía a Phuong a mi lado derecho, con un brazo extendido para mostrarme exactamente a qué se refería.
Se inclino aún más para alcanzar la llave y accionarla. Luego se mantuvo inclinado para tocar el agua que salía y que enseguida comenzó a dejar escapar volutas de vapor.
—¿Ves? Es caliente, aunque la llave diga que es fría...
Phuong levantó un poco el rostro para poder mirarme, pendiente de que entendía su explicación, pero solo fui consciente de lo cerca que estábamos y de su pecho desnudo donde brillaban algunas gotitas rezagadas de agua.
A mi mente vino el recuerdo de la ocasión, hacía pocos días atrás, cuando lo vi completamente desnudo.
Phuong sonrió y se echó para atrás, lejos de mí.
—El agua fría está al lado contrario. Solo es cuestión de estar pendiente.
Afirmé con un rápido movimientos de cabeza y después de decirme que había champú en el botiquín por si quería lavarme el cabello, Phuong salió y cerró la puerta tras de él.
Yo dejé salir poco a poco el aliento que ni siquiera me había dado cuenta que retenía.