Epílogo #2
Aaron alzó la mano y le acarició la mejilla.
—Tienes razón.
—Quizá jamás volvamos a disfrutar de lo que tenemos ahora, de momentos como este, de esta tranquilidad, de este... lugar.
—Es posible —dijo Aaron—, pero siempre me tendrás a mí. Pase lo que pase, estemos donde estemos, yo permaneceré a tu lado.
Nolan sonrió.
—Mira que eres ñoño.
—Para ñoño, tú.
—Ya. Es que... tengo miedo.
—No te voy a mentir —dijo Aaron—. La cosa puede ponerse difícil.
Habrá muchas personas que no lo entenderán, que no querrán creerlo.
Personas que no sabrán reaccionar más que con miedo.
Pero nuestro deber será ayudarlas, mostrarles el camino, hacerles comprender que no hay nada que temer, que solo se trata del siguiente paso para todos.
—¿Estás seguro de esto?
Aaron vaciló unos instantes.
—¿Confías en mí?
—Por supuesto.
—¿Te... te arrepientes... de esto? ¿De alguna de las decisiones que hemos tomado?
—No —dijo Nolan con la máxima sinceridad posible—.
Nunca. Nunca me he arrepentido. —Y era cierto.
Durante mucho tiempo, Aaron se había sentido culpable por...
todo; por la vida que habían dejado atrás, por haber cortado todos los lazos, por arrastrar a Nolan a esa situación.
Este había tardado un poco en convencerlo, pero de vez en cuando, la incertidumbre de Aaron volvía a aflorar—.
Ni por un segundo. —Hizo una pausa, pensativo—.
No, lo retiro: lo de la granja me sobraba.
Aaron sacudió la cabeza con cara de afectuosa exasperación.
—Creo que lo de la granja nos sobraba a todos.
—Y luego vino lo de tus supuestos amigos. De eso me arrepentí bastante.
Aaron torció el gesto.
—Sí, seguramente eso fue culpa mía.
— Hippies , Aaron. Tus amigos eran hippies . Y tuvimos que quedarnos con ellos. Durante meses.
—Nunca dejarás de darme la vara con eso, ¿verdad?
Nolan se sorbió la nariz.
—No creo.
Los dos se reían cuando volvieron a besarse. A Nolan le gustaban mucho esos besos.
—Ya nos encerraremos en el cuarto más tarde —le prometió Aaron en voz queda, bajando la mano para apretarle el culo a Nolan por encima de los vaqueros.
—Te tomo la palabra, viejales. ¿Me ayudas a guardar la compra?
Y Aaron así lo hizo.
Los hippies le habían avisado que sería muy duro, pero que debía dejar de pensar en sí mismo como Nathaniel Cartwright.
—Aunque no te des cuenta —le había dicho una mujer de ojos vidriosos y rastas—, sigues pensando en ti como Nate.
Es lo que has hecho toda la vida. Ocurre de forma inconsciente.
Pues eso ya no puedes seguir haciéndolo.
Tienes que ser consciente, cambiar tu forma de pensar, tu forma de vivir.
Nathaniel Cartwright ya no existe. A partir de ahora eres Nolan Callahan.
—¿Y él? —había preguntado Nate (Nolan) inclinando la cabeza hacia donde estaba Alex, sentado con el entrecejo arrugado y una pantalla azul detrás, mientras su «amigo» se preparaba para tomarle una foto—. ¿Él quién va a ser?
La mujer había sonreído de oreja a oreja.
—Aaron.
—Vaya, qué...
—Aaron Callahan.
Nate se había atragantado.
—¿Cómo si fuéramos... hermanos?
—Bueno, no creo que esa fuera su idea cuando lo propuso. No, como si fuerais hermanos, no. Para nada.
Después de eso, Alex le había rehuido la mirada durante un rato.
Había sido difícil. Nunca había sido consciente de hasta qué punto su identidad estaba ligada a las dos palabras «Nathaniel Cartwright». La mujer tenía razón; por más que él no pensara en esas palabras, seguía siendo Nate. Joder, lo había sido durante casi treinta años.
Así que no fue algo que consiguiera de la noche a la mañana.
Es más, no lo consiguió durante el primer par de años.
Tuvo algunos momentos incómodos en que, al conocer a alguien, se le trababa la lengua con su nombre y alargaba la ene y la a antes de rectificar y pronunciar el nombre correcto, de modo que la frase acababa sonando como «Nnnnaaaa-olan. Nolan. Me llamo Nolan».
Había recibido unas cuantas miradas de extrañeza a lo largo de los años.
No obstante, llegó un día en que se percató de que ya no era Nate.
Nathaniel Cartwright había sido, a grandes rasgos, una buena persona. Había cometido errores, desde luego, pero siempre intentaba enmendarlos. Había estado solo y perdido sin rumbo. No fue sino al final de su vida como Nate Cartwright cuando cayó en la cuenta.
No había sido fácil para él acordarse de ser Nolan Callahan.
Pero le había resultado muy sencillo acceder a convertirse en él.
Para lograrlo solo tenía que mirar a Alex Weir.
Entró en la cabaña detrás de Aaron, con los brazos cargados de comestibles. Sadie seguía de cerca a su humano favorito para asegurarse de que no fuera a abandonarla de nuevo.
Cuando dejaron las bolsas en la cocina, Nolan ladeó la cabeza, aguzando el oído. Percibió los sonidos habituales del bosque que se colaban por las ventanas junto con algún que otro crujido de la casa, pero nada más.
No procedieron a guardar la compra. Nolan sabía que Aaron estaba esperando a que se lo preguntara.
No tenían poderes telepáticos. No podían leerse el pensamiento el uno al otro.
Pero la intuición seguía ahí, gracias a Artemisa Darth Vader.
Incluso después de lo sucedido en el túnel de Dingess, compartían una conexión de la que carecían los demás.
Nolan reflexionó sobre qué era lo más importante, qué pregunta debía hacer.
—¿Por qué ahora, después de todo este tiempo?
Aaron dirigió la mirada hacia la ventana. Tenía la cara surcada de arrugas. Aún parecía cansado, pues no había recuperado las horas de sueño perdidas en el mar. Aun así, estaba tan guapo como el día en que se conocieron.
—Le prometimos que relataríamos su historia para que el mundo supiera lo que ocurrió.
—Eso lo entiendo, de verdad —dijo Nolan—.
Pero han pasado más de diecisiete años. Creía que...
¿No ha habido muchos momentos en que la verdad debería haber salido a la luz?
Después de todo lo que ha sucedido en el mundo, tanta destrucción, tantas enfermedades y hambrunas...
Somos compasivos, pero destrozamos todo lo que tocamos.
Aaron se volvió hacia él con las cejas juntas.
—No siempre lo tengo claro.
Nolan suspiró.
—Lo sé. Lo que pasa es que... estoy asustado, creo. Por lo nuestro.
—Ven aquí —dijo Aaron, tendiendo el brazo.
Y Nolan fue. ¿Cómo no iba a ir?
Encajó perfectamente bajo el brazo de Aaron, como siempre.
No era tan cursi o sensiblero para creer que estaban hechos el uno para el otro, que habían nacido para estar juntos, pero recordó aquel día en el lago Herschel, cuando Art lo había mirado.
Tenía a un sargento chusquero detrás, trenzándole el cabello, y ella le había preguntado a un hombre llamado Nate Cartwright si creía en los hados, en el destino.
En aquel entonces no creía.
Pero a veces se lo replanteaba, como todo.
Miró por la ventana.
Una joven estaba sentada en un claro aledaño a la cabaña, con la espalda hacia ellos.
Tenía el pelo recogido en una cola de caballo suelta.
Llevaba mallas negras y una camisa de franela que le venía grande.
Debía de ser de Aaron. Estaba sentada con las piernas cruzadas, descalza, con las manos en las rodillas y unas gafas de sol de un morado chillón sobre la frente.
Sus hombros se elevaban al inspirar profundamente y se relajaban al exhalar despacio.
En torno a ella, entre las briznas de hierba, empezaron a brotar flores.
Nolan Callahan no solo lo vio, sino que lo captó en su mente: una explosión de colores que lo conmovió hasta los huesos.
Cuando la luz se había extinguido en el túnel de Dingess, Artemisa seguía de pie en la carretera, con una expresión indefinida.
Alex Weir dejó escapar un gemido, cayó de rodillas y abrió los brazos.
Ella corrió hacia él.
Más tarde les diría que le habían dado la oportunidad de elegir.
Y, al final, los había elegido a ellos —había elegido a la humanidad— sin vacilar.
En aquel momento, no eran conscientes de las consecuencias que implicaría esa decisión.
Empezaron a hacerse una idea cuando perdió su primer diente, tres días más tarde.
Su proceso de crecimiento era... más lento. Aún aparentaba la edad de una chica de instituto, pero era alta, escultural, y de una inteligencia asombrosa.
Artemisa Darth Vader.
O Ellie Callahan, como se la conocía últimamente.
Unos días que, al parecer, estaban llegando a su fin.
Las flores se abrieron del todo.
Ella se levantó lentamente, ayudándose con los brazos.
Volvió la vista atrás y al verlos desplegó una sonrisa deslumbrante.
Esa noche cenaron en la terraza de atrás. El aire vespertino aún tenía un filo cortante. El estofado estaba caliente, y el café hirviendo. Aaron lo había preparado tal como le gustaba a Nolan.
—Estás muy callada —le dijo Nolan a Ellie, que apenas había tocado su plato.
Ella se encogió de hombros.
—Es que he estado pensando, supongo.