Bajo mi piel Epílogo
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Epílogo

Iba cantando el tema que sonaba en la radio.

Algo sobre coger una canción triste y mejorarla.

Después, rompió a reír hasta que casi no pudo respirar.

Qué casualidad, ¿no? Tenía que ser una casualidad.

Lo curioso era que no creía en las casualidades.

Ya no.

Se preguntó si había llegado el día.

Se encontraba a medio camino de casa cuando su viejo amigo Steven Cooper salió en antena. Tenía la voz más ronca y tal vez divagaba más que antes, pero, por lo demás, apenas había cambiado.

—¿... y por qué no habrían de pensar que les creeríamos, sin más?

—decía—. Amigos oyentes, ustedes fueron testigos de cuando destapamos la conspiración de las estelas químicas.

Fueron testigos de cuando el Gobierno intentó convencernos de que la llegada del año 2000 traería consigo el fin de la civilización.

Y, sí, amigos, todos fuimos testigos de cuando esas torres se vinieron abajo en Nueva York.

Todos sabemos lo que hubo detrás, ¿no? Esas torres no las derribaron unos puñeteros aviones, no.

Fue una demolición controlada, amigos. Algo deliberado.

Y el móvil está más claro que el agua. ¡Culpar a los árabes, a los musulmanes, a los iraquíes y los afganos!

¡De ese modo, cuando invadiéramos Irak y Afganistán, el pueblo daría todo su apoyo a la guerra, pese a que en realidad lo que queríamos era despejar el terreno para construir oleoductos!

Amigos oyentes, podríamos citar centenares de ejemplos más o menos relevantes, pero todas estas pequeñas piezas forman un puzle que, una vez armado, muestra un panorama general de la deriva que ha tomado nuestro mundo.

Tenemos el Katrina, el tsunami de Indonesia, la masacre de Virginia Tech, lo de aquel pueblo pequeño de Oregón, Roseland...

Quedó arrasado por una tormenta que por lo visto solo afectó a esa zona concreta.

¿De verdad esperan que me trague eso? Fue una prueba, amigos.

El Gobierno hace experimentos con nosotros.

Los que me escuchan desde hace tiempo saben que he demostrado una y otra vez que nos usan como conejillos de Indias desde los años cincuenta, desde que tuvimos el primer contacto.

Truman cerró un trato con ellos. Saben que tengo razón.

¿Cómo si no se explica la revolución tecnológica que se produjo a partir de su mandato?

En los últimos sesenta años, hemos realizado más avances que en toda la historia de la humanidad.

¿Y de verdad esperan que nos creamos que eso lo conseguimos solos, sin asesoramiento?

¿Cuánto tendremos que pagar cuando nos pasen la factura?

Faltan seis meses para que acabe el año.

Los mayas lo sabían. Por eso su calendario finaliza por esas fechas.

Sabían que ya no vendría nada después. Amigos oyentes, tengo la convicción de que en este año, 2012, comprobaremos cómo se cumplen todos mis vaticinios.

Por el motivo que sea, ellos decidieron no regresar en 1995 con el cometa de las narices.

O a lo mejor sí que regresaron, y Peter Williams está muy muy lejos de aquí, con sus amigos...

Nolan apagó la radio satelital.

A veces era preferible el silencio.

Era mediados de junio, y la nieve casi había desaparecido cuando partió de Nain, Terranova.

Aunque había sido un buen invierno, Nolan se alegraba de contemplar el verde de la primavera.

Cuando había comenzado el deshielo en abril, se sentía como si hubiera despertado de una hibernación.

No era ni mucho menos la peor temporada que les había tocado desde que se instalaron en la cabaña diez años antes.

El invierno de 2007 había sido brutal, y él había estado convencido de que no sobrevivirían.

Se habían planteado seriamente hacer las maletas y marcharse en busca de un lugar menos inhóspito, claro, pero había llegado la primavera, y después el verano, y Aaron se había enrolado en un pesquero con base en Nain, y habían vuelto a ser felices.

Se habían quedado. Los vecinos de Nain ya los conocían y eran amables con ellos.

Nolan trabajaba como ayudante en las tiendas en verano, cuando arribaban los cruceros de los que desembarcaban cientos de turistas que visitaban maravillados aquella pintoresca población costera antes de volver a subir a bordo y esfumarse.

De algún modo, habían logrado crear un hogar.

Nolan oía los chillidos de las gaviotas a través de la ventana abierta.

Aunque aún hacía algo de fresco, ya se había acostumbrado.

Le había llevado un tiempo, pero había descubierto que, cuantas más capas de ropa se pusiera, mejor.

Incluso había aprendido a andar con raquetas mejor que Aaron, lo que a este último le daba bastante rabia.

Bajó la vista hacia el anillo de oro gastado y descascarillado que llevaba, y sonrió. Nolan y Aaron Callahan seguían juntos después de dieciocho años, y más unidos que nunca.

Cuando enfiló el viejo camino de tierra que conducía a la cabaña en el bosque estaba silbando, contento de volver a casa tras hacer la compra.

Aaron se había ofrecido a acompañarlo, pero Nolan le había dicho que ni hablar.

Hacía solo un par de días que Aaron había regresado después de haber estado faenando cerca de un mes. Se había ganado un buen descanso.

La cabaña no era nada del otro mundo, en realidad.

De una sola planta, constaba de tres dormitorios, un baño y un aseo.

En la parte de atrás había una terraza en la que se sentaban a disfrutar del olor del mar, pese a que estaban a más de quince kilómetros tierra adentro.

Contaba con un tejado sólido y unos cimientos firmes.

Era su hogar desde hacía mucho tiempo. Tal vez no lo sería siempre.

Tenían la sensación de que se acercaban a un final, el detonante de un nuevo comienzo.

Qué importaba.

Un hogar no tenía por qué ser siempre un lugar.

También podía ser una persona.

Sadie , que fue la primera en oír llegar la camioneta, salió a la carrera de la casa, ladrando, y estuvo a punto de tropezar en los escalones del porche.

Aaron se la había regalado por Navidad un par de años antes.

Se trataba de una cachorrilla de malamute de Alaska negra y blanca, con ojos brillantes y andares altaneros.

Había crecido (y crecido y crecido) hasta convertirse en aquella bestia.

—Oye —dijo Nolan, riéndose—. Solo he estado fuera un par de horas. Cálmate.

—Desde que te has ido no se ha movido de la puerta —dijo una voz profunda—. Incluso gimoteaba, como si creyera que ya no ibas a volver.

Después de todo aquel tiempo, el corazón de Nolan seguía brincándole en el pecho en momentos como ese.

Aaron Callahan estaba de pie en el porche, más imponente que nunca.

Tenía cincuenta y siete años, y Nolan cuarenta y cuatro, pero este dudaba mucho que fuera a conservarse tan bien cuando se acercara a los sesenta.

Aaron siempre había sido un tipo corpulento.

Ahora estaba más delgado que a los cuarenta, pero seguía siendo robusto.

Tenía el cabello tan blanco como la barba que le cubría toda la parte inferior del rostro.

Se la había empezado a dejar años atrás, para regocijo de Nolan.

Nolan tampoco estaba nada mal, o por lo menos eso decía Aaron. Los dos eran más maduros y solo un poco más sabios, pero hacía tiempo que no tenían que salir pitando para salvar el pellejo.

—Tenemos que quitarle esa manía —dijo Nolan al bajar de la camioneta—. La ansiedad por separación es una putada. Si lo sabré yo, que también me quedo sentado frente a la puerta gimoteando cuando te marchas.

Aaron soltó una risita mientras bajaba los escalones, un sonido gutural que aún embelesaba a Nolan. Sadie le lamió las manos antes de ponerse a ladrar y a correr en círculos a su alrededor.

Aunque solo había transcurrido un par de horas, Aaron lo abrazó con tanta fuerza como unos días atrás, cuando Nolan fue a buscarlo al puerto. Este notó cómo le crujían los huesos. Ya tenía una edad.

—Me gusta que estés en casa —murmuró contra el hombro de Aaron.

—A mí también —respondió el hombretón. Nolan se inclinó hacia atrás, y Aaron lo besó. Aunque su barba picaba y tenía los labios un poco agrietados, seguía siendo la sensación más deliciosa del mundo.

Con un suspiro, Nolan se derritió con el beso.

—La compra puede esperar, ¿no? —murmuró con la boca pegada a la de Aaron—. ¿Qué te parece si vamos dentro y nos encerramos en el dormitorio para lo que surja?

—¿Cómo estás de la espalda? —inquirió Aaron con un centelleo en la mirada.

Nolan puso cara de exasperación.

—Estoy bien.

—¿Seguro? Ayer no parabas de quejarte.

—Ya no puedo doblarme así —le recordó Nolan—. Pero mira quién habla, ¿ya no te acuerdas de lo que pasó la última vez que intentaste echarme un polvo contra la pared?

Aaron bajó las cejas como solía hacer cuando ponía mala cara.

—Ese día no estaba muy allá.

Nolan soltó una risotada.

—Claro. Seguro que fue por eso.

Aaron le dio otro beso, rápido y dulce.

—Lo dejamos para otro momento, ¿vale?

De pronto, Nolan se dio cuenta. Se lo notó en la voz y en la actitud. Y tal vez, si lo hubiera meditado a fondo, habría sabido que ese día se avecinaba desde hacía semanas. Quizá no habría podido predecir que llegaría justo en ese momento, pero no lo pilló por sorpresa.

—Es la hora, ¿verdad? —dijo en voz baja.

Aaron asintió.

—Eso creo.

No sabía qué sentir al respecto. Habían acondicionado ese lugar para hacerlo suyo.

Lo habían convertido en un hogar, ocultos del resto del mundo.

Aquello tal vez lo cambiaría todo. No, nada de «tal vez»: aquello iba a cambiarlo todo.

A la larga. Llevaría un tiempo, pero en cuanto se tomara la decisión, no habría vuelta atrás.

Nolan asintió con un gesto tenso.

—Ya. Entiendo.

Aaron parecía preocupado.

—Oye, oye, ¿qué está pasando por esa cabecita tuya?

Nolan se encogió de hombros.

—No sé... Supongo que le doy demasiadas vueltas a las cosas. Es que... nada volverá a ser igual.