Diecinueve #3
Él se rio, claro. Qué otra cosa iba a hacer.
Ella avanzó un paso hacia la luz.
Nate volvió la mirada hacia la camioneta.
Alex Weir seguía sentado al volante. Estaba blanco como el papel.
Nate proyectó su mente.
Manos grandes y ásperas trenzando mechones de pelo.
Piedras pequeñas rebotando en la superficie de un lago.
Bocas llenas de beicon.
Me figuro que más vale que nos llevemos bien, ¿no crees, forastero?
Y amor. Nate estaba tan lleno de amor que sentía que se ahogaba en él.
Advirtió que el rostro de Alex se crispaba.
Un corazón que se rompía, visto de cerca.
De pronto, Alex abrió la puerta de la camioneta con brusquedad.
—¡Espera! ¡Art, espera! —gritaba.
Arrancó a correr.
Ella se abalanzó a su encuentro y cubrió el último metro de un salto.
La atrapó con destreza en el aire y la estrechó contra él. La chiquilla le rodeó la cintura con las piernas y el cuello con los brazos. Alex le acercó la mano a la nuca y la sujetó mientras ella lloraba y le decía que no quería irse, que no quería dejarlo, que lo estaba pasando muy mal.
—Alex, me duele todo porque nunca imaginé que esto podía pasar, que podía llegar a sentirme así. Nunca pensé que serías tú, pero me equivocaba. Eres tú.
—Ya está, ya está, mi niña —decía Alex—. No llores, ¿me oyes? Tranquila. Tranquila. Necesito que me escuches. ¿Podrás hacerme ese favor? Eso es. Muy bien. Escúchame. —Acto seguido, dijo—: Vayas adonde vayas, por muy lejos que estés, yo siempre estaré contigo. Te quiero. Te quiero. Te quiero.
Con la niña en brazos, se mecía adelante y atrás.
Ella sollozaba contra su cuello.
Alex miró a Nate con el rostro mojado y un gesto de impotencia.
Pero Nate no podía hacer nada.
Al final, ella se tranquilizó, y él la bajó al suelo.
Alargó la mano para enjugarle las mejillas.
Sorbiéndose la nariz, la muchacha alzó la vista hacia él.
—Y ahora, vete —dijo él con rudeza—. Tienes que irte.
Ella asintió despacio.
—De aventura, ¿verdad?
—Sí, mi niña. De aventura.
Ella retrocedió un paso.
Luego otro.
Y otro más.
Miró a Nate y luego otra vez a Alex.
Se dio la vuelta.
Artemisa Darth Vader respiró hondo.
Enderezó la espalda.
Echó a andar hacia el portal que refulgía ante ella.
Y de repente...
Se detuvo.
Ladeó la cabeza.
Los susurros se intensificaron. Nate no entendía lo que veía en su cabeza, lo que sentía.
Era como si unos dedos larguiruchos se deslizaran por la superficie de su mente, seleccionando sus recuerdos.
No parecía importarles... lo de antes. Retrocedieron solo hasta el momento en que Nate notó que le ponían una pistola en la nuca, ante la caseta del generador.
Cuando localizaron esa imagen, los susurros se agudizaron, y los dedos se cerraron sobre ella y le dieron un tirón.
Nate sintió una especie de descarga eléctrica que le hizo echar la cabeza hacia atrás, tensar los dedos de las manos y crispar los de los pies.
Era como si estuviera sufriendo un ataque de epilepsia, pero sin dolor, y aun así seguía sintiéndolo todo, oyéndolo todo, mientras aquellos dedos continuaban tirando de sus recuerdos.
Lo acariciaron al ver las flores que se abrían en un prado.
Lo pellizcaron al ver estrellarse el helicóptero.
Se crisparon de rabia ante los hombres armados.
Y lo tocaron con suavidad, una suavidad increíble, cuando Artemisa y Alex estaban sentados delante de él, ambos riéndose, y Art con la boca repleta de beicon.
Lo pincharon.
Lo exploraron.
Y cuando llegaron a la imagen de Alex de pie a su espalda, con los dientes hincados en su cuello, la carne encendida y el cuerpo endurecido, Nate pensó «no, eso no os concierne, no debéis verlo», ellos le hicieron caso. Dejaron de hurgar en ese recuerdo y se alejaron.
—Sí —oyó decir a Art por encima de todo el ruido—. Los dos. Son míos. Y yo soy suya. ¿Por qué?
Le respondieron algo que Nate no entendió.
—Tienen defectos. Cometen errores. Pero me quieren. Y yo a ellos.
Los susurros aumentaron de volumen y adquirieron un timbre más penetrante, como el zumbido de las abejas.
—Es posible, pero lo volvería a hacer, una y otra vez. Aunque no los entendáis, aunque no tengáis claro su propósito, yo he contemplado sus corazones, sus almas. Son estrellas. Son polvo. Y los recordaré siempre.
Una única voz le respondió. Sonaba como el tañido de varias campanas.
—¿De... de verdad puedo? —dijo Artemisa—. Pero ¿qué pasa con...?
Las campanas sonaron más fuerte.
Ella volvió la vista hacia ellos con una expresión rara. Miró de nuevo hacia la luz.
—Pues entonces sí. Rotundamente, sí. Más que nada en todos los mundos.
La luz explotó en torno a ellos, y Nate cayó de espaldas. Ya estaba inconsciente incluso antes de tocar el suelo.
Cuando despertaron, estaba oscuro.
Las estrellas titilaban en lo alto.
El cometa parecía detenido en el cielo.
El túnel no era más que un túnel.
Se levantaron despacio, ayudándose con los brazos.
Estaban solos.
Alex tomó a Nate de la mano y regresaron hacia la camioneta.
Algo se movió a su espalda. Los dos se volvieron y...