Diecinueve #2
Art bajó tras él y lo tomó de la mano. Él le dio un apretón. Caminaron hacia la parte delantera de la camioneta.
Alex seguía sin moverse.
—Os necesitáis el uno al otro —dijo Art con suavidad—. Ahora te das cuenta, ¿no?
A Nate le zumbaban los oídos.
—Te necesita a ti más.
Esto pareció afligirla.
—No puedo... Nate, quiero que... No lo entiendes. No entiendes lo que soy, quién se supone que debo ser.
Él bajó la vista hacia ella.
—Lo de princesa espacial no iba muy desencaminado, ¿no?
Ella sacudió la cabeza.
—Pues no. Y yo... lo quiero.
—Lo sé. Y él también lo sabe.
—¿Me lo cuidarás?
—Si me deja, sí.
Su expresión se endureció.
—Intentará apartarte de su lado, convencerte de que no te necesita. Será cruel y frío contigo. Pero no le creas, Nate. Él te quiere, ¿entiendes? No dejes que...
—No lo haré —la cortó Nate antes de que el pánico se adueñara de ella—. Encontraremos... la manera, ¿vale? No sé cómo, pero la encontraremos. No me cabe duda.
—Lo importante es que sigáis juntos, ¿verdad?
—Verdad.
—Porque cuando estáis juntos, podéis con todo.
—Así es, Art. Con todo.
La muchacha le tiró de la mano para que bajara a su altura. Los faros de la camioneta brillaban con intensidad cuando él se agachó. Ella le sujetó el rostro entre las manitas y lo estudió. Nate no cerró los ojos ni desvió la mirada. La miró largo y tendido, al igual que ella a él. Dolía mucho.
—Me preguntaba cómo erais los humanos —dijo Art—, de qué erais capaces.
Cómo funcionaba vuestra mente. Cómo latía vuestro corazón.
Sois animales, bestias feroces y salvajes.
Sois despiadados y brutales y hermosos. No hay nadie como vosotros en todo el universo.
Lleváis dentro la capacidad de destruir.
Y también de dar y compartir una alegría infinita.
Es una dicotomía que no debería existir, pero ahí está, en vuestro interior, dentro de todos y cada uno de vosotros.
—Se inclinó hacia delante y le plantó un beso en la frente, luego en cada mejilla y por último en la punta de la nariz—.
Me alegro de que nos topáramos contigo. Me alegro de que él te tenga a ti.
Recuérdalo cuando levantes la vista hacia las estrellas.
Una lágrima rodó por la mejilla de Nate. No pudo hacer nada por evitarlo.
Ella le soltó la mano.
Él se enderezó.
Alex permanecía dentro de la camioneta, con las manos aún en el volante.
Art inclinó la cabeza hacia él con tristeza.
—No pasa nada. Lo entiendo. Es... Me...
Entonces llegaron ellos.
Pese a todo lo que les había pasado, todo lo que Nate había visto, apenas había pensado de antemano en ese momento, en lo que sucedería, en cómo sería la despedida.
Si lo hubieran obligado a pronunciarse, habría aventurado que una nave lisa y plateada descendería del cielo entre luces centelleantes, y que un haz azulado incidiría sobre Artemisa y la elevaría hacia la nave antes de que esta se alejara veloz hacia las estrellas.
Lo que ocurrió de verdad no se lo esperaba.
«El tiempo transcurría de manera distinta en la Montaña.
Aquí el tiempo transcurre de manera distinta en todas partes.
Nosotros no... celebramos el paso del tiempo.
No como vosotros, con aniversarios, fiestas, globos o tartas.
Para nosotros tiene un significado diferente.
Es... fluido, se puede doblar. No es la línea recta y rígida que vosotros creéis que es. Ni el tiempo ni el espacio son así».
En la entrada del túnel, los rayos de electricidad se arqueaban contra la roca lisa. A cada lado de la carretera, piedras y guijarros se elevaban lentamente en el aire. A Nate se le erizó el vello de los brazos. El aire olía a descargas de relámpagos.
Se oyó un rumor sordo, y el aire empezó a crepitar frente al túnel.
Nate tardó un momento en comprender lo que veía.
Era como si el mundo se desgarrara ante sus ojos, como si se rompiera en pedazos y estuviera siendo engullido por un agujero que había aparecido de la nada.
Cuando este se abrió, creció hasta ser casi tan grande como el túnel que tenía detrás.
Nate ya no alcanzaba a ver el otro extremo.
En vez de eso, contempló ante sí unas enormes fauces cuyo interior era totalmente blanco.
Se sentía como si mirara directamente al sol.
—Aprendimos hace mucho tiempo a viajar sin necesidad de usar naves —dijo Artemisa a su lado—. Eso consume grandes cantidades de energía y puede ser muy peligroso. Pero podemos abarcar el tiempo y el espacio, salvar distancias que antes no era posible recorrer. Se trata de un portal.
Y Nate oía en su cabeza a los seres que estaban al otro lado; hablaban en susurros ininteligibles pero reconfortantes que le agitaron el pecho.
Sabía qué era Art. Siempre la creyó. Pero en ese instante, al ver aquel resplandor que giraba ante él, la revelación lo golpeó con fuerza.
No estaban solos. Había otros seres. Y quizá estaban muy lejos, y quizá jamás volvería a presenciar un espectáculo parecido, pero no estaban solos.
—Jamás —dijo Art con vehemencia.
—¿No decías que no puedes leer los pensamientos? —consiguió mascullar él.
—Y no puedo. No del todo. Pero estás transmitiéndolos y nos hallamos conectados, tú y yo.
—Te quiero —le dijo él, consiguiendo arrancar la mirada de la maravilla que se desplegaba ante él. Ella le sonreía con los ojos húmedos—. Te quiero.
—Lo sé —dijo ella, ensanchando la sonrisa.