Diecinueve
Pero sí que existían.
Y habían estado en la granja.
—Esperad aquí —les gruñó Alex antes de abrirse paso por el granero y encaramarse sobre una parte del helicóptero estrellado.
El porche de la casa estaba en llamas.
Nate se preguntó cuánto tardaría en quedar reducida a cenizas.
En torno a ellos, todo era destrucción, con vehículos blindados volcados y hombres inconscientes en el suelo.
O al menos él pensaba que la mayoría estaba inconsciente.
Artemisa Darth Vader los había derribado con una explosión invisible que había agrietado y estremecido la tierra que rodeaba la casa.
Aquello parecía el escenario de un desastre natural, como si un tornado hubiera tocado tierra justo ahí, frente a la casa, y de alguna manera hubiese logrado salvarlos.
Art contempló las consecuencias del uso de sus poderes.
Tenía las manos trémulas.
Estaba pálida.
—Has estado a punto de morir —dijo—. De no ser por Alex, habrías muerto. ¿Por qué?
Nate le acarició el cabello.
—Por ti. Siempre por ti.
Ella levantó la vista hacia él. Le temblaba el labio inferior y tenía los ojos llorosos. Una lágrima le resbaló por la mejilla.
—Me quieres.
—Sí.
—Y lo quieres a él.
—Sí.
—Ahora sé lo que significa ser humano —dijo ella.
Él le enjugó las lágrimas.
—¿Qué?
—Significa acabar con el corazón roto. No hay nada más humano que un corazón roto. ¿Cómo se supone que voy a separarme de vosotros?
Él la levantó en brazos.
Ella lloró sobre su hombro.
Al cabo de un rato, Alex salió del granero. Llevaba las bolsas de lona sobre los hombros.
Al verlos se detuvo, con una expresión que Nate no supo interpretar.
Este se encogió de hombros en un gesto de impotencia.
—Tenemos que irnos mientras aún podamos —dijo con voz ronca.
Milagrosamente, la camioneta en la que viajaron hasta ahí había sobrevivido a la hecatombe producida en torno a la casa de labranza. Alex arrojó las bolsas a la caja del vehículo mientras Nate subía a la cabina, con Art aún colgando del cuello.
Alex subió también y cerró de un portazo. Exhaló aliviado cuando el motor arrancó a la primera.
Alargó el brazo sobre el respaldo del asiento corrido, tendiendo la mano hacia Nate y Art, y salió del jardín marcha atrás.
Nate notó que los dedos de Alex le rozaban la oreja.
Se cruzaron con coches de policía y camiones de bomberos con las sirenas ululando.
Nadie les prestó la menor atención.
Nate miró por el retrovisor lateral. A su espalda, una columna de humo ascendía tras un grupo de árboles a lo lejos.
Siguieron adelante.
Esa noche, pararon en un motel en medio de la nada después de cruzar la frontera entre Pensilvania y Virginia Occidental.
Art dormía contra el pecho de Nate.
Sin decir una palabra, Alex se había apeado y se había encaminado hacia la recepción.
Regresó cinco minutos después, con la misma expresión tensa.
Nate dedujo poco a poco que estaba enfadado, aunque no sabía muy bien por qué.
Procurando mantener la camioneta en las sombras todo lo posible, Alex condujo hasta el extremo del motel más alejado de la carretera y aparcó.
Se bajó de nuevo y cerró la puerta. Nate vio que se dirigía a la parte de atrás para coger sus bolsas.
Caminó hacia la puerta del motel situada en un extremo de la fila de habitaciones, la abrió con la llave que le habían dado y entró.
—Está lidiando con sus sentimientos —dijo Art por lo bajo, sobresaltando a Nate.
—¿De veras?
—Sí. Por lo general no se le da muy bien.
—A mí me parece que está cabreado.
—Seguramente.
Nate suspiró.
—¿Tienes hambre?
Ella negó con un gesto.
—Solo estoy cansada. Ya pediremos beicon mañana. Esta noche solo me apetece dormir.
—Todo el beicon —convino Nate.
La llevó a la habitación en brazos antes de bajarla al suelo.
Alex estaba sentado en una de las camas, con el rostro oculto entre las manos y la espalda encorvada.
Art se le acercó, se detuvo a su lado y, con la mano posada en su brazo, le susurró al oído. Nate no escuchó sus palabras. No eran para él.
Fue al baño y cerró la puerta.
Estaba sucio pero en condiciones de uso.
Se mojó un poco la cara antes de atreverse a mirarse el espejo.
No reconoció a la persona que le devolvió la mirada. Estaba más desgreñado y tenía barba de varios días. Percibió una mayor dureza en sus ojos, un punto de locura. Inspiró por la nariz y exhaló por la boca, intentando ahuyentar el pánico que le oprimía el pecho.
Cuando salió del baño, Art roncaba como una bendita, y solo su cogote asomaba por debajo del edredón.
Alex estaba despierto, mirando el viejo televisor que tenía delante, con el volumen al mínimo.
En la pantalla aparecían tomas aéreas de la granja. En el faldón de la parte inferior, unas letras llamativas proclamaban: VARIOS MUERTOS TRAS ENFRENTAMIENTO ENTRE MILITARES Y SECTA.
Alex se levantó por un lado de la cama, apagó la tele y se volvió hacia Nate, con la misma mala cara de antes.
Señaló hacia la puerta con la cabeza.
Nate salió tras él después de echarle un último vistazo a Art, que seguía durmiendo.
Alex rodeó el motel hasta quedar fuera de la vista de la recepción y la carretera. Estaba oscuro. Las estrellas titilaban. El cometa emitía un brillo más apagado que antes.
Nate apenas distinguía los rasgos de Alex en la penumbra. Se oía el canto de los grillos y el croar de las ranas en el bosque que se extendía tras el motel.
—¿Qué te pa...? —preguntó Nate.
—No me vengas con esas.
Nate se calló y aguardó.
No tuvo que esperar mucho.
—¿En qué coño estabas pensando?
—¿Cuándo?
—No seas gilipollas —refunfuñó Alex—. Ya sabes a qué me refiero.
Sí, tal vez lo sabía.
—Podrían haberte matado —dijo el marine, dando un paso hacia él, con los puños colgando a los costados y los hombros rígidos—. Si yo no llego a... Si Randy hubiera...
—Estoy aquí —murmuró Nate—. Ahora. Contigo. Estamos a salvo.
—No lo entiendes —dijo Alex con voz áspera—. Tú... Nate. ¿Y si hubieras...? —se interrumpió con el pecho agitado.
—Gracias. —Nate se le acercó despacio, con las manos ante sí como para apaciguar a un animal acorralado—. Gracias por salvarme. Sé que ha sido...
—No, no lo sabes —espetó Alex—. No lo sabes. Si yo no lo hubiera visto, o si él hubiera sido solo un poco más rápido, estarías muerto. ¿No lo entiendes, puto imbécil? ¿Cómo te atreves? ¿Cómo has podido...?
Nate lo besó.
Alex no reaccionó, al menos al principio. Nate le rodeó el cuello con los brazos y lo besó con todas sus fuerzas.
Entonces Alex prácticamente se desplomó contra él, como si alguien le hubiera cortado los hilos. Soltó un gemido contra la boca de Nate, alzando los brazos y estrechándolo contra sí mientras correspondía a su beso, con más dientes que otra cosa.
—Idiota —masculló al interrumpir el beso—. Qué idiota eres. No puedes hacer eso. No puedes hacerme eso a mí. Por favor, Nate. Por favor, no me hagas eso. No puedo seguir adelante con esto sin ti, sin...
Nate lo hizo callar y le aseguró que todo iba bien, que habían sobrevivido y que pronto, muy pronto, todo habría terminado y podrían afrontar lo que viniera después.
Alex se estremeció contra él, y permanecieron largo rato abrazados en la oscuridad.
Cuando regresaron a la habitación, Artemisa estaba incorporada en la cama.
—Hola —dijo, esbozando una sonrisa—. Ya casi es la hora.
Nate y Alex intercambiaron una mirada.
—¿Estás segura? —preguntó este.
Ella asintió sin mirarlos a los ojos.
—Vuelvo a casa.
Esa noche durmieron los tres en la misma cama. Estaban un poco apretados, pero se las apañaron. Art yacía encima de Alex, acurrucada contra él, roncando bajo su barbilla.
Nate soñó con números, código y flores que se abrían en un prado.
A la mañana siguiente, se dieron un atracón de beicon.
Casi no hablaron.
El final llegó dos días más tarde en Dingess, Virginia Occidental.
Era un lugar de mala muerte. Ni a pueblo llegaba. Una piedra en el camino. Pasaron frente a una oficina de correos y un gastado letrero que anunciaba un restaurante llamado Jamie’s. El letrero tenía agujeros de bala.
Atardecía. El cielo se había teñido de naranja. Markham-Tripp se desvanecía. Las estrellas empezaban a salir.
Los árboles se mecían al viento.
Llegaron a la boca de un viejo túnel junto a la que había una señal verde y blanca.
TÚNEL HISTÓRICO DE DINGESS CONSTRUIDO EN 1892
La carretera se estrechaba y pasaba a ser de un único carril para atravesar el túnel.
Al parecer era muy largo, pues apenas se alcanzaba a vislumbrar la luz del otro lado.
No circulaban otros vehículos por ahí. El aire que entraba por las ventanas abiertas de la camioneta se antojaba enrarecido, cargado de electricidad estática. Cada vez costaba más respirar.
—Aquí es —dijo Art—. Alex, creo que es aquí.
Alex redujo la velocidad hasta detenerse.
Nate advirtió que no había pájaros cantando en los árboles.
Tenía la cabeza llena de flores.
Notaba como una vibración en la piel.
Sentía la conexión con Alex y Art. Con los dos.
El motor quedó al ralentí, traqueteando hasta que los cables se separaron y se apagó.
—¿Estás segura? —preguntó, mirando por la ventana, con una voz tan inexpresiva como su rostro. Nate sabía qué estaba haciendo: armándose de fuerzas, tomando distancia. Supuso que Art lo sabía también e intentaba disimular lo mucho que le dolía.
—Sí —susurró—. Bastante segura.
Alex asintió con un gesto contenido, pero por lo demás no se movió. Tenía los nudillos blancos de apretar el volante.
Pues sí. Nate estaba viendo de cerca cómo se rompía un corazón.
Se preguntó si quedarían suficientes trozos para recomponerlo de modo que se reconociera como lo que había sido.
Abrió la puerta de su lado.
Alex giró la cabeza con brusquedad para fulminarlo con la mirada.
—¿Nos vamos de aventura? —le preguntó Art, con los ojos muy abiertos.
Nate asintió.
—Así es, forastera. Es hora de ensillar los jacos y salir al polvo del camino.
Ella le dedicó una sonrisa trémula.
Él se apeó.
Le crujieron las rodillas. Cerró los ojos y respiró hondo.
Sí. Era ahí. Ese era el sitio. Lo presentía. No sabía por qué, pero lo presentía. Se respiraba una atmósfera distinta.