Dieciocho #4
Otros se mostraban de acuerdo con ella y decían que sus parientes no estaban locos, que no eran así, que no se expresaban de esa manera y que no podían concebir que hubieran hecho algo semejante.
Seguro que él los había obligado.
Tenía que ser por culpa de Peter Williams.
Algunos enterraron a sus seres queridos.
A otros, como Dolores, los incineraron.
Rachel manifestó que había esparcido sus cenizas, pero rehusó especificar dónde.
Cuando los periodistas preguntaron qué sería de Peter Williams, les respondieron que sus familiares habían acudido a reclamar el cuerpo, pero habían pedido que se respetara su privacidad, por lo que no se facilitaron más detalles.
Se emitió un comunicado relativo al helicóptero caído.
Había sido un accidente debido a un inoportuno fallo en su funcionamiento.
El suceso recordaba otro acaecido en marzo, cuando un Black Hawk se había estrellado en las inmediaciones del Centro de Entrenamiento de Guerra de Montaña del Cuerpo de Marines.
La flota entera sería sometida a una revisión para evitar que volviera a ocurrir algo parecido.
Aparte de los fallecidos en el sótano de la casa, solo hubo otra víctima mortal del asalto a lo que llegaría a conocerse como la granja Williams.
Era un soldado llamado Randy Forks.
Peter Williams le había pegado un tiro antes de refugiarse en la casa y quitarse la vida.
Fue enterrado en un funeral militar.
Se le entregó una bandera plegada a su hermano.
Más tarde, en una entrevista, el hermano declaró que no había tenido noticias de Randy durante casi una década antes de su muerte.
«Es triste —dijo—. Muy triste. Randy y yo nunca nos llevamos bien, pero era de la familia, ¿sabe?
Qué pena que tuviese que acabar así, asesinado por un loco hijo de puta que creía en los extraterrestres. ¿Qué diablos le pasa a la gente?».
Se descubrió una cámara de vídeo en el sótano donde yacían los cadáveres de los miembros de la Luz de la Víspera.
Pero Peter Williams debía de haber olvidado ponerle una cinta, porque la cámara estaba vacía.
Obviamente, no había ninguna nave espacial en la cola de Markham-Tripp. El brillo del cometa se atenuaba a medida que se alejaba de la Tierra a toda velocidad, hasta que se esfumó por completo. No volvería hasta el lejanísimo año 4380.
—Una auténtica tragedia —opinó un hombre llamado Steven Cooper en su programa de radio diario de ámbito nacional—.
Una tragedia de la hostia. No era el momento.
Vinieron. Yo sé que vinieron. Pero seguramente aún no había llegado nuestro momento.
Debieron de concluir que todavía no estábamos preparados.
Pero volverán, amigos oyentes. Recuerden mis palabras.
Un día regresarán, y verán que yo tenía razón.
Esos pobres desgraciados de la Luz de la Víspera eligieron el camino equivocado.
Enfocaron mal la cuestión. No sé cómo o por qué se les metió en la cabeza que tenían que quitarse de en medio para ver lo que era claro como el agua para todos los demás.
El tal Peter Williams debió de comerles la cabeza.
Por favor, amigos oyentes, ¿han oído sus peroratas?
Según él, lo había poseído un extraterrestre.
Poseído, nada menos. Todos sabemos cómo funciona eso.
Los grises no «poseen» a nadie. No son capaces de hacer nada por el estilo.
¡Por eso está tan desacreditada la ufología!
Los pirados como Peter Williams minan el prestigio de nuestra ciencia.
Peter Williams no era más que un fraude, un falso profeta.
No dudo que nuestro Gobierno esté metido en manejos turbios.
Ya lo sé. Ustedes también. Pero ¿por qué se implicó en el asedio a la granja Williams, para empezar?
¿Intentaba evitar un nuevo Waco? ¿Por qué no dejó el asunto en manos de las autoridades estatales y locales?
Tengo mis teorías al respecto, como bien saben.
Siempre las tengo. Peter Williams sufría trastorno por estrés postraumático.
Tantas explosiones sin duda le provocaron una conmoción cerebral.
Sirvió en el Ejército, que Dios lo bendiga.
Cumplió con su deber. Pero después de eso perdió el rumbo, y a su atontada sesera le dio por creerse más de lo que era en realidad.
Merece nuestra compasión, amigos. Todos la merecen.
Creo que por eso fueron a por él y la policía no tomó cartas en el asunto.
Él era uno de los suyos y tenían la esperanza de conseguir que volviera al redil.
Pero no se engañen, amigos oyentes: es muy posible que, a causa de ese suicidio en masa, los que creemos hemos retrocedido cincuenta años.
Vendrán, amigos. Se lo garantizo. Tal vez no hoy, tal vez no mañana, pero vendrán.
Tenemos la llamada de un oyente. ¿Qué opina usted de toda esta locura... ?
Al final, dejaron en paz a Rick Cartwright y a su familia.
Los uniformados dejaron de presentarse ante su puerta, aunque durante meses lo estuvieron siguiendo coches negros imposibles de distinguir entre sí.
No le decían gran cosa, solo que su hermano había sido un traidor, que había perdido su trabajo en el Post por eso y que estaba implicado en un asunto cuyos detalles Rick nunca llegó a conocer.
Tenía curiosidad, claro, pero no era como Nate. No sentía la necesidad imperiosa de bombardear con preguntas a la gente.
Lo dejó correr.
Había días en que ni siquiera pensaba en su hermano. Era un hombre muy ocupado y tenía una familia que mantener.
Aun así, de vez en cuando se paraba a rememorar cómo rebotaban los guijarros en la superficie del lago mientras la voz de su hermano pequeño le resonaba en los oídos. Pensaba en el tono de voz de Nate aquella noche en que lo había telefoneado a las tantas y recordaba que lo había llamado «Ricky».
Una mujer llamada Ruth que vivía en Washington D.
C. estaba viendo las noticias que llegaban de Pensilvania con un cigarrillo colgando de los labios.
Estaba disfrutando de un período sabático prolongado, una decisión que había tomado después de recibir las amenazas veladas y vagas por parte de los hombres de «Seguridad Nacional».
No sabía qué había pasado ni dónde estaba Nate, pero por alguna razón sabía que los sucesos de la granja Williams tenían algo que ver con él.
Y con los otros dos, el hombre y la niña.
—Sigue huyendo, chaval —le murmuró al televisor, mientras el humo se arremolinaba en torno a ella—. Sigue huyendo. No te detengas nunca.
Moriría siete años más tarde de un ataque al corazón, sin haber vuelto a saber nada de Nathaniel Cartwright.
Los medios no mencionaron en ningún momento a los dos hombres y a la niña que se encontraban también en la granja.
Se había emitido una orden de búsqueda para ellos, y se habían hecho circular sus fotografías antes de que los militares asaltaran la granja Williams. Se trataba de una niña retenida contra su voluntad, y de dos hombres que, según se creía, iban con ella.
Pero en la primavera de 1995 no existían las alertas AMBER, el sistema de notificación de menores de edad desaparecidos; de hecho, la niña cuyo nombre llevarían las alertas no sería secuestrada hasta enero de 1996.
Al final se retiró la orden de búsqueda sin que llegara a establecerse una conexión entre las personas buscadas y los sucesos de la granja Williams.
Era como si nunca hubiesen existido.