Bajo mi piel Dieciocho #3
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Dieciocho #3

—Tú no sabes amar —repuso Randy con frialdad. Se quitó las gafas de sol y las toqueteó antes de tirarlas al suelo—. Es un sentimiento inherentemente humano, y tú no lo eres. No eres capaz de experimentar nada parecido.

—Después de todo este tiempo, de todo lo que me habéis hecho, de todo lo que habéis visto, seguís sabiendo muy poco de mí, de lo que puedo hacer.

Tienes razón: no soy humana. No soy como vosotros.

Pero sé lo que es que te quieran, tener amigos, personas por las que harías cualquier cosa.

Y sé lo que siento cuando alguien amenaza a esas personas.

—Dirigió la mirada hacia los soldados del granero y luego hacia el helicóptero antes de fijarla de nuevo en Randy—. Yo en tu lugar nos dejaría marchar.

—No puedo.

Art asintió.

—Allá tú.

Nate advirtió el momento exacto en que Randy captaba el significado de estas palabras. Entornó los ojos. Apretó los labios en una línea fina. Bajó el megáfono. Los hombres que lo rodeaban se pusieron tensos.

Y cuando Randy gritó «¡no disparéis a la niña!», Nate supo que su vida había servido de algo.

Al final, había valido la pena.

Cerró los ojos y oyó estampidos de disparos sobre el terreno que rodeaba la casa de labranza.

En su cabeza, imágenes fugaces: su madre en la cocina, contoneándose de un lado a otro mientras preparaba un pastel con motivo de su duodécimo cumpleaños; su padre, dándole un leve apretón en el hombro el día de su graduación; Ricky y él bajo una fortaleza hecha con almohadas y mantas, leyendo cómics a la luz de las linternas hasta altas horas de la noche.

Pero también había otras imágenes, recuerdos que no le pertenecían.

Vio a Alex llevando de la mano a un niño pequeño que tenía una risa suave.

A Alex de pie frente a un hombre de traje, contemplando nervioso a una mujer que lo miraba con una sonrisa diabólica.

Alex frente a una niña enjaulada a la que veía por primera vez.

Alex con un dolor abrasador en el costado, viendo por la ventana cómo un joven aparcaba una vieja camioneta delante de la cabaña.

Y a partir de ahí se solapaban, y ahí estaba, ¿no?

Ese primer beso, tan torpe, tan dulce y tan jodidamente devastador.

Percibió el nerviosismo de Alex, el deseo que lo devoraba.

Al principio estaba irritado e incluso se había convencido a medias de que Nate procedía de la Montaña y estaba allí para llevarse a Art de su lado.

Pero poco a poco había empezado a ver mucho más que eso en Nate, en la relación que iba naciendo entre los dos.

Y luego estaba Art, y Nate veía cosas que no entendía, estructuras bajo soles triples que emitían un brillo rosado, estructuras revestidas de una vaga familiaridad pero con el punto justo de rareza para que no las comprendiera, para que no consiguiera reconocerlas.

Y estaban esos seres compuestos de luz blanca iridiscente que se arremolinaban alrededor y hablaban de manera ininteligible para Nate.

Ni siquiera articulaban palabras, pero la voluntad de comunicación estaba ahí, y una de aquellas luces, uno de esos seres gaseosos y resplandecientes le resultaba...

casi conocido. Avanzaba por un sendero de metal brillante, era joven y estaba triste, aunque no tenía una idea muy precisa de qué era la tristeza.

Sin embargo, irradiaba una sensación de soledad tan dominante que Nate sintió que se ahogaba en ella.

No era como los demás.

Era como Nate. Y como Alex.

Y estaba aquí. Estaba en el bosque, delante de un hombre, pensando «¿puedes ayudarme? ¿Me puedes ayudar, por favor?», aunque estas no eran las palabras exactas. Y Nate presenció el momento en que un Oren Schraeder más joven comprendía lo que le estaba pasando, lo que estaba viendo ante sí.

Los disparos cesaron a su alrededor.

A Nate no le dolía nada.

Abrió los ojos.

Estaban rodeados de balas suspendidas en el aire.

Art tenía los ojos muy abiertos y llenos de rabia.

Por unos instantes breves y terribles, Nate sintió esa rabia, percibió lo que ella quería hacer.

No deseaba más que lanzar esas balas de vuelta, de arrojarlas hacia la cabeza y el corazón de los hombres que creían poder arrebatarle lo que era suyo.

Antes de llegar aquí, antes de venir a este lugar, no comprendía el concepto de violencia, de venganza.

Cuando Randy había dicho que ella no era humana, que era incapaz de experimentar algo como el amor, no iba del todo desencaminado.

Pero eso había sido antes. Antes de lo sucedido en Cisco Grove o en la Montaña.

Ahora ella conocía el amor. Conocía la ira. Conocía la violencia.

Y quería vengarse.

—No, Art. No —dijo Alex.

Así que lo dejó correr.

Las balas cayeron a plomo, repiquetearon en el suelo de madera del porche, rodaron por los escalones y acabaron sobre la hierba del jardín delantero de la casa.

No se oía otro sonido que el tableteo del Black Hawk por encima de sus cabezas.

Y entonces Artemisa Darth Vader se puso en movimiento.

Descendió el primer peldaño del porche.

Los soldados rompieron a gritar.

Algunos dispararon.

Las balas rebotaban como si chocasen contra una gran barrera que la envolvía.

Levantó la mirada hacia el helicóptero.

Osciló ligeramente.

Ella inclinó la cabeza con brusquedad hacia el granero.

El aparato se precipitó hacia los francotiradores, que retrocedieron a toda prisa, gritando.

El helicóptero se estrelló contra el granero.

Las palas del rotor, que seguían girando, astillaban y partían la madera.

La fachada de la estructura se desplomó hacia dentro bajo el peso del aparato.

Nate temía que fuera a explotar, pero, por alguna razón, eso no ocurrió.

Atravesó el suelo del altillo entre chirridos de metal al retorcerse y fue a parar al suelo en medio de una gran nube de polvo que formaba volutas en torno a él mientras las aspas se ralentizaban hasta detenerse.

Los hombres del jardín parecían aturullados.

Excepto Randy.

Bajó la mano a la pistola que llevaba en la funda del muslo.

Antes de darse cuenta de lo que hacía, Nate arrancó a correr.

Pisó la hierba en el momento en que Randy desenfundaba el arma.

Estaba a punto de alcanzar a Art cuando Randy encañonó la cabeza de la muchacha.

Su expresión era casi... de pesar.

Nate llegó junto a Art y la rodeó con su cuerpo para protegerla de Randy.

—Gracias —le susurró—. Por todo.

Se oyó un disparo.

Y...

Nada sucedió.

Abrió los ojos.

Alex estaba en el porche, apuntando con el fusil.

Nate se volvió a tiempo para ver a Randy caer de rodillas con un agujero en el centro de la frente y la mirada vacía. Una gota de sangre se deslizó sobre su nariz. El hombre cayó de bruces sobre la hierba.

Se impuso el silencio en el jardín delantero.

Y entonces los soldados volvieron a alzar sus armas.

Más tarde, cuando llegara la policía entre aullidos de sirenas y voces chillonas y desconcertadas que salían de las radios, habría confusión.

Encontrarían los restos de un helicóptero en un granero; a soldados derribados que se levantaban lentamente del suelo, aturdidos; vehículos volcados y bocarriba.

El sol estaría alto en el cielo y, cuando descubrieran los cuerpos en el interior de la casa medio quemada, con el rostro tapado con una tela negra, y a un hombre en el suelo con un disparo en la cabeza, el panorama empezaría a aclararse poco a poco.

En los días siguientes, todos los medios informativos emitirían reportajes en los que periodistas presos de la agitación relatarían que los miembros de una secta se habían enfrentado al ejército antes de refugiarse en el interior de la granja, donde habían encontrado la muerte a manos de su líder.

Los comentaristas dirían que el suceso era una repetición de la historia de David Koresh y Waco.

Intervendrían supuestos expertos para intentar explicar que las personas que formaban parte de sectas (palabra que pronunciarían con desdén) solían ser crédulas y caían con facilidad en las grandes maquinaciones urdidas por un hombre con un carisma aparentemente inagotable y la voluntad de aprovecharse de quienes eran más débiles que él.

Añadirían que, con toda probabilidad, era un sociópata que se consideraba a sí mismo un profeta.

Y luego saldrían a la luz las grabaciones en las que Peter Williams pronunciaba sermones sobre su visión del mundo, sobre un cambio que sobrevendría en el planeta.

En ellas hablaría también de la época que pasó en una base conocida como la Montaña (de la que los entendidos en el asunto dirían que «por supuesto que no existe» cuando les preguntaran sobre el lugar), y aunque las autoridades admitirían que lo habían reclutado, ciertos documentos demostrarían a las claras que Peter Williams había sido licenciado con honores años antes por problemas de salud mental.

El hecho de que afirmara ser Oren Schraeder, un soldado nacido en 1940 y muerto en combate, consolidó la visión que el mundo tenía sobre la falta de cordura de Peter Williams. Si a esto se sumaba su testimonio de que lo había poseído un alienígena, nada menos... , en fin.

No era más que un trastornado líder de una secta, decían.

Nada más que otro chiflado.

Las noticias que iban saliendo sobre la granja tendían a centrarse en los miembros de la secta, así como en el escándalo por una intervención militar que posiblemente los llevó a cometer un acto desesperado que desembocó en su muerte.

Sus allegados salieron a la palestra para contar la trágica historia de los seres queridos que un buen día lo dejaron todo y desaparecieron.

Una mujer llamada Rachel lloró en muchas entrevistas, acompañada por sus hijos, al hablar de Dolores, su madre, de lo unida que había estado a ella y de lo incomprensible que les resultaba a los pequeños que su adorada abuela se hubiera marchado.

«¿Cómo voy a explicárselo? —preguntaba Rachel, arrasada en lágrimas—.

Es decir, ¿cómo puedo esperar que lo entiendan? ».