Dieciocho #2
Nate sabía que debería estar asustado, que debería temer por su vida.
Era muy probable que pereciera ahí, en el porche de una casa de labranza que pertenecía al líder muerto de una secta.
No había cumplido la mitad de los propósitos que se había fijado en la vida.
Nunca había hecho una excursión al Machu Picchu.
No había nadado en las cristalinas aguas de las Maldivas.
Nunca había montado en una montaña rusa.
Siempre había querido aprender a bailar swing .
Nunca había probado los calamares, aunque probablemente estaban asquerosos.
Y, curiosamente, estaba conforme.
Estaba conforme con todo.
Se había sentido solo y triste.
Pero había encontrado un objetivo.
Había encontrado una razón. Dos, de hecho.
Si moría en ese momento, había una posibilidad muy real de que hubiera hecho algo bueno, de que su vida hubiese valido la pena, pues había amado y había sido amado a su vez.
Claro, tener todas esas armas apuntándole le inspiraba miedo, ya que su cerebro humano se preguntaba si le dolería al final. Pero era algo insignificante, algo que carecía de toda importancia.
Había leído sobre resistencias numantinas, sobre grupos de personas vencidas y fatigadas que se alzaban contra una fuerza mucho más poderosa que los superaba en número y potencia de fuego.
Sabía lo que eso significaba.
Empuñó la porra con más fuerza. No serviría de mucho.
Un hombre se abrió paso entre los soldados. Llevaba un megáfono.
Su aspecto era distinto que cuando había ido a la cabaña haciéndose pasar por un empleado de obras públicas.
El hombre, el tío del agua, sonreía más de la cuenta y hablaba demasiado como un pueblerino.
Incluso cuando habían coincidido en la tienda (menuda coincidencia, pensó Nate con ironía), su presencia le había resultado extrañamente intimidatoria, pero ni siquiera entonces no le había dado mayor importancia.
Ahora la situación era diferente.
Randy, el del agua, llevaba un pantalón negro con una funda táctica UTG en el muslo, de la que asomaba la culata plateada de una pistola negra. Completaba su atuendo una camisa blanca bajo una cazadora de cuero negra. Sus gafas de espejo reflejaban la radiante claridad de primera hora de la mañana.
Nate alzó la mirada hacia el cielo.
Ahí, entre las nubes y las estrellas cada vez más tenues, estaba Markham-Tripp, ardiendo contra el azul intenso, intensísimo, de la bóveda celeste.
Era un buen día para morir.
Nate bajó de nuevo la vista en el momento en que Randy se acercaba el megáfono a los labios.
—Todo ha terminado. Estoy seguro de que lo sabéis. —Su voz resonó por el jardín, audible pese al tableteo del Black Hawk.
Art se volvió hacia Alex y le tendió la mano. Por unos instantes, Nate creyó que le estaba pidiendo el fusil, pero, en su lugar, Alex le entregó el walkie-talkie .
Ella lo examinó con el ceño fruncido y dirigió de nuevo la vista al frente mientras giraba los botones de la parte de arriba. Una vez que lo hubo ajustado como quería, lo sujetó ante sí y lo agitó, mirando al del agua. Alzó la otra mano con dos dedos extendidos.
Los soldados permanecían pendientes de cada uno de sus movimientos.
Randy se quedó inmóvil un momento.
Acto seguido, miró por encima del hombro y bramó alguna orden que Nate no alcanzó a entender.
Uno de los soldados se aproximó y le tendió otro walkie-talkie .
Randy dio vueltas al dial de la parte superior antes de asentir en dirección a Art y llevárselo al oído.
—¿Me oyes? —dijo Art al micrófono del aparato.
—Sí —respondió él a través del megáfono.
—Bien. Hay personas dentro. Vivían aquí. Ahora están muertas.
—¿Las matasteis vosotros?
—No.
—¿Oren Schraeder?
—Muerto.
Randy apartó la cara del megáfono y le dijo algo al soldado que estaba junto a él, quien no mostró reacción alguna, antes de acercar de nuevo la boca a la bocina.
—Es una lástima. Era... No ha habido otro como él.
—Dijo que aquí nunca lo encontraríais.
Randy sonrió, casi con aire compungido.
—Ya, no me extraña. Me duele reconocerlo, pero tenía razón.
No... no teníamos la menor idea de adónde había ido después de marcharse de la Montaña.
Se suponía que debía estar bajo vigilancia, pero consiguió darnos esquinazo.
Yo nunca me creí que se hubiera suicidado, pero no encontré la manera de demostrarlo.
Era bueno, demasiado para mi gusto. Lo que me lleva a preguntarme si no habrás tenido algo que ver con lo sucedido.
—Pues no.
—¿Esperas que me lo trague? He visto de lo que eres capaz. Lo que puedes hacerle a una mente. Menos mal que alguien se fijó en vuestro vehículo cuando pasasteis por el último pueblo. Imagínate nuestra sorpresa cuando descubrimos a quién habíais venido a ver.
—Vas a dejarnos marchar.
Randy soltó una carcajada muda.
—Sabes que no puedo hacer eso. Oye, esto ha sido...
divertido. Has aguantado mucho más tiempo de lo que nadie esperaba.
Habríamos podido apresarte en la cabaña en cualquier momento, pero dejamos que te quedases.
Dejamos que vivieras ahí con Alex. Comprendíamos que tal vez era necesario un cambio para ampliar los parámetros del experimento.
Modificar las variables, por así decirlo, para ver qué pasaba.
—Miró a Nate—. Y entonces las variables cambiaron aún más cuando entró en escena el señor Cartwright, aquí presente.
Fue algo con lo que no contábamos, pero nos entró curiosidad por ver qué harías.
Lo que haríais los dos. El resultado final fue de lo más inesperado.
—Él es mío.
—¿Tiene usted claro lo que ella es, señor Cartwright?
—preguntó Randy—. ¿Sabe lo que es capaz de hacer?
Ha infectado su mente. Se ha apoderado de usted.
Le controla. Es su forma de operar. Así funcionan.
Te infectan hasta que no te queda otra que obedecer.
Estamos intentando poner fin a eso, proteger al mundo de esas cosas, porque volverán a por nosotros.
Y debemos estar preparados. Piense en lo que le ocurrió a Oren.
Encontramos la manera de extirpársela, pero, a pesar de todo, ella fue capaz de localizarlo mucho tiempo después.
No podemos permitir que le hagan lo mismo a nadie más.
No es una niña, es una cosa. Su lugar está en una jaula, encerrada para que descubramos el modo de pararle los pies antes de que sea demasiado tarde.
—Caray —dijo Nate—. Está como una chota, ¿no?
—Como casi todos los Sometedores —farfulló Alex.
Nate le quitó el walkie-talkie a Art y pulsó el botón lateral. Se oyó un chirrido de interferencias cuando se lo acercó a la cara.
—Pues yo creo que estoy bien aquí, gracias.
—¿Y qué me dices de tu hermano? —preguntó Randy—.
¿Qué pasa con Rick, Nate? ¿No crees que le gustaría que regresaras a casa, que se alegraría de volver a verte?
Tú lo llamas Ricky, ¿verdad? Nate, sé que quiere verte.
Es más, me lo ha dicho. He hablado con él, Nate.
En persona. Es un buen tipo. No entiende por qué te niegas a volver a casa.
Era... un discurso muy persuasivo. Pilló a Nate con la guardia baja. Debería haber estado preparado para algo así.
Randy asintió.
—Así es, Nate. Rick. Te está esperando, ¿vale?
Lo único que tienes que hacer es venir hacia mí.
Combátelo, Nate. Lucha contra lo que está pasando dentro de tu cabeza, contra lo que te obliga a hacer.
Sé que puedes. Seguramente ya es demasiado tarde para Alex.
En cambio, tú... Nate, piensa en Rick. Piensa en tu hermano.
Art levantó la mirada hacia él con una sonrisa triste.
—Te entiendo —dijo—. Tal vez antes, cuando acababa de llegar aquí, no te habría entendido, pero ahora te entiendo. La familia es importante. Lo es todo, Nate.
Tenía razón, desde luego. La familia lo era todo. Y por eso, Nate dijo:
—Mi familia está aquí, conmigo.
Alex abrió mucho los ojos.
Nate le devolvió el walkie-talkie a Art, que le besó la punta de los dedos antes de cogerlo. Él percibió en su mente que ella conectaba con él. Le vinieron imágenes de flores abriéndose en un prado. Estaba contenta.
—Nate te manda saludos —dijo con los labios cerca del aparato—. Aún estáis a tiempo de marcharos. Todos.
—Sabes que no puedo —replicó Randy en un tono más hosco que antes—.
¿Cómo crees que va a acabar esto? Dudo mucho que puedas vencernos a todos.
Conozco tus poderes, pero no puedes estar en todas partes a la vez.
Mataré a Alex Weir aquí y ahora. Te lo arrebataré a menos que te rindas. Te los arrebataré a los dos.
Cuando aún no había terminado de hablar, Nate se estremeció, deslumbrado por un destello brillante que se apagó al cabo de un segundo. Pestañeando para eliminar la imagen residual, bajó la vista. En su pecho había unos puntos rojos que temblaban ligeramente.
Al seguir la dirección de la mirada de Alex, vio a una hilera de hombres en el nivel superior del granero, de pie frente a las ventanas abiertas, apuntándoles con los fusiles y centrando las miras láser en el corazón de los tres.
—¿Por qué? —preguntó Art.
—Porque puedo —dijo simplemente Randy—. Porque estoy decidido a proteger este país, este planeta, cueste lo que cueste. No hay nada que no esté dispuesto a hacer para mantener a salvo a mi gente.
—No es nuestra intención hacerle daño a nadie. Nunca lo ha sido.
—No te creo. La pasividad mata.
—Eres partidario de disparar primero y preguntar después.
—Sí.
—Descubrís que no estáis solos —dijo Art en un tono casi suplicante.
Las imágenes en la mente de Nate eran cada vez más nítidas—.
Que no sois los únicos seres inteligentes en este universo, y vuestra primera reacción es recibir a uno de esos seres con los brazos abiertos para luego encerrarlo con el objeto de estudiarlo, de hacerle daño.
Y cuando no hace lo que vosotros le ordenáis, lo amenazáis con destruirlo, con quitarle aquello que ama.