Dieciocho
Blanco.
Todo era blanco.
Sus ojos (no) estaban abiertos.
(No) era un ser humano.
No entendía.
Pero oía voces en su cabeza, que hablaban en susurros de números, letras, líneas y colores.
Eran vibrantes y se oían muchas, miles, cientos de miles.
Aquello lo sobrepasaba. Se sentía como si lo despedazaran desde dentro.
Lo veía todo. Lo percibía todo. Nate abrió la boca para gritar, pero de ella salió una figura, un triángulo que giraba y del que parecían brotar varias raíces.
No era capaz de describir lo que veía, oía o sentía. Nada tenía pies ni cabeza.
Oyó otra voz procedente del interior. Decía «Nate» y «Nate» y «tienes que dejarlo estar», y entonces él...
Abrió los ojos de golpe.
Estaba acurrucado contra el pecho de Alex, que lo estrechaba contra sí con sus robustos brazos.
Art estaba a su lado. El tableteo del helicóptero que volaba sobre sus cabezas se había atenuado, pero seguía sacudiendo las paredes.
Se oían pisadas en las plantas de arriba, el golpeteo de pies sobre la madera.
Debía de haber decenas de personas en la casa.
—¿Qué narices ha sido eso? —murmuró.
—Mi casa —dijo Art, con cara tensa—. Me llaman desde casa. Es casi el momento. —Sacudió la cabeza—. Podríais haber muerto.
—No era mi intención...
—Lo sé. Pero ha sido... demasiado. Incluso para mí. —Levantó de nuevo la mirada al techo—. Ya vienen.
—¿Qué hacemos? —preguntó Nate, cerrando los ojos y aspirando el aroma de Alex. Estaba agotado.
—La puerta está cerrada por dentro —dijo Alex—. Es de acero reforzado. A la Montaña le llevará un rato echarla abajo.
—Pero tarde o temprano conseguirán entrar —dijo Art. Suspiró—. No hay otra salida, ¿verdad?
—Da igual —dijo Alex, abrazando a Nate todavía con más fuerza—. Mientras los tuyos te saquen de aquí, lo demás no importa.
Nate abrió los ojos.
Art clavó la vista en Alex, como si se sintiera traicionada.
—¿Qué?
Alex le dio un achuchón a Nate antes de soltarlo. Este se apartó, con las manos trémulas.
El marine se puso en cuclillas frente a Art, que lo miraba con expresión furiosa.
—¿Por qué hemos hecho esto? —le preguntó él.
Alguien comenzó a aporrear la puerta de metal.
—No —le gruñó ella—. No vayas por ahí. Para ahora mismo, ¿me oyes? Ni se te ocurra...
—Art...
Sacudiendo la cabeza, ella retrocedió un paso para ponerse justo fuera de su alcance.
—Tienes que escucharme —dijo Alex—. Si hemos hecho esto, si hemos llegado hasta aquí, ha sido solo para encontrar el modo de que vuelvas a casa. Eso era lo único que importaba.
Ella se frotó los ojos con la mano.
—No. No sigas, Alex. Por favor, para.
—Y te dije que, si me pasaba algo, tú tenías que seguir adelante, ¿te acuerdas? Me lo prometiste.
—Pues no lo decía en serio —espetó ella—. No pienso abandonarte. No voy a hacer eso. Ni lo sueñes.
—Tienes que irte a casa —dijo él con aspereza—. Nate y yo podemos arreglárnoslas solos, ¿vale? No te preocupes por nosotros y márchate.
—Calla, Alex. Cállate. Cállate.
—Art...
—¡No! Y acabas de mentirme.
—No te estoy mintiendo sobre...
—Sí que me has mentido. Has dicho que hemos hecho esto para que yo vuelva a casa. Que no había otra razón. Que eso era lo único que importaba. No es verdad.
—No he...
—Me salvaste porque me querías —le gritó ella con la voz quebrada—.
Me quieres como yo te quiero a ti, como quiero a Nate.
Como tú lo quieres a él. Me quieres porque nuestro destino es estar juntos.
Eres mi amigo, y los amigos no se abandonan, no en momentos como este, no de esta manera.
—Una expresión de incertidumbre le cruzó el rostro—. Porque sí que me quieres, ¿no?
—Mira que eres tonta, niña —dijo Alex, agachando la cabeza—. Tonta, pero tonta de remate. Claro que te quiero. Eso ni lo dudes. Os quiero a los dos. ¿Cómo no iba a quereros?
Nate le posó una mano en el hombro, hincándole los dedos en la carne.
—Ella tiene razón en todo. Estamos juntos en esto.
—Hasta el final —dijo Art con firmeza, y de pronto le relumbraron los ojos—. Una última cabalgada, ¿te hace, muchacho?
Por un momento, Nate creyó que Alex se plantaría, que le ordenaría a gritos que se largara, que desapareciera de su puta vista y no volviera a este planeta de mierda.
En vez de eso, se enderezó despacio. Volvió la vista hacia Nate antes de posarla de nuevo en Art. Se frotó la cara. Irguió la espalda.
—Una última cabalgada —dijo.
Ella desplegó una sonrisa salvaje.
—Pues a ensillar los jacos, compadres. Es hora de que recuperemos nuestro valle.
La situación era la siguiente:
Nathaniel Cartwright tenía veintisiete años.
Sus padres habían muerto.
La familia que le quedaba no quería saber nada de él.
Se había ido a una cabaña en medio del bosque para llorar la pérdida de todo lo que conocía.
En vez de eso, le habían apuntado a la nuca con una pistola, y se había encontrado con un hombre y una niña que era la persona más extraña que había conocido.
Al principio, le habían dado miedo por quienes eran y, más tarde, por lo que eran.
Pero el miedo es algo curioso. Es posible temer aquello que no entendemos y aun así ser valientes, luchar por lo que creemos correcto.
Esto era algo que Nate no tenía claro antes. No demasiado.
Ahora lo había comprendido.
—Quedaos detrás de mí —dijo Artemisa Darth Vader con los ojos brillantes—. Pase lo que pase, no os apartéis de mí. Os prometo que os mostraré el camino.
La siguieron escalera arriba. Alex le aferraba la mano a Nate con tanta fuerza que este sentía que le iba a machacar los huesos.
Saltaban chispas en torno a la puerta, y una línea de metal al rojo apareció en la parte de arriba.
Estaban fundiendo el marco para entrar.
Art se detuvo ante la puerta y la miró con la cabeza ladeada.
Las chispas cesaron.
Se hizo un momento de silencio.
—¿Hola? —dijo de pronto una voz desde el otro lado.
—Hola —dijo Art a través de la puerta—. ¿Eres el tío del agua?
—¿Qué? ¿Qué tío del agua?
—Randy.
Se produjo una pausa.
—No.
—¿Está aquí?
—¿Con quién hablo?
—Que si está aquí.
—Dentro de la casa, no —respondió la voz.
—Vaya —dijo Art—. Gracias. Si os lo pidiera, ¿os marcharíais?
—Tenemos órdenes, niña. Abre la puerta o no nos quedará más remedio que echarla abajo.
—No has contestado a mi pregunta.
—No, no nos marcharemos. Oye, ¿tú vives aquí? Estamos buscando a...
Ella soltó una risotada que le provocó un escalofrío a Nate.
—Ah, ya sé a quién buscáis.
Se oyeron voces amortiguadas al otro lado.
—¿En serio?
—Sí. A Séptimac, ¿verdad?
—Sí, estamos...
—Pues habéis dado con ella.
Se impuso un silencio que pareció prolongarse durante horas, hasta que...
—Hostia puta, corred, corred, corred ...
El aire que rodeaba a la chiquilla que tenían delante pareció curvarse, al igual que las paredes y la puerta.
Nate sintió una fuerte presión en los oídos justo antes de que la puerta de metal se desgajara de la pared con un crujido estruendoso, y unas grietas zigzagueantes se abrieran en torno a ellos.
La puerta, que flotaba en el aire ante ellos, se adentró en el pasillo de la casa, raspando el yeso de las paredes.
Nate oyó los gritos de los hombres y el golpeteo de sus pisadas mientras intentaban huir.
Sin vacilar, Art dio un último paso para salir del sótano, y se produjo un impulso que Nate sintió hasta en los huesos.
La puerta metálica se alejó a toda velocidad por el pasillo, destrozando las paredes que la flanqueaban y derribando a todos los que no habían conseguido llegar a la parte delantera de la casa.
—Tenemos que irnos —dijo mirando hacia atrás, con la cabellera ondeando alrededor de la cabeza.
Echó a andar por el pasillo.
Ellos la siguieron.
Un hombre con equipamiento táctico completo salió en tromba por una puerta situada a la derecha.
Era el despacho de Peter. Dirigió el fusil hacia ellos, con los ojos desorbitados por encima de la máscara que le cubría la nariz y la boca.
Art apenas se inmutó, y el hombre se estrelló contra el techo con gran estrépito.
Acompañado de una lluvia de yeso, cayó al suelo boca abajo. Ya no se levantó.
Alex se agachó para recoger el fusil y lo desprendió del arnés con un chasquido.
Nate agarró una porra metálica que se le había caído a alguien.
—¿Sabes usarla? —le preguntó Alex.
—Es un palo —dijo Nate—. Se usa para pegarle a la gente.
Alex dio un resoplido, pero no dijo nada más. Avanzaron por el pasillo detrás de Art.
En el suelo estaban despatarrados varios soldados, abatidos por la puerta del sótano, que había ido a parar cerca de la escalera.
Habían franqueado la entrada principal de la casa valiéndose de explosivos, como atestiguaba la madera achicharrada en torno al marco.
Al pasar junto a la escalera, dos hombres bajaron corriendo, pero antes de que Alex pudiera apuntarles con el fusil, Nate metió la porra entre los balaustres, y el que iba delante tropezó con ella.
Los dos hombres cayeron rodando hasta el pie de la escalera.
En cuanto llegaron el suelo, intentaron levantarse.
Sin que Art los mirase apenas, salieron volando hacia la cocina y se estamparon contra el horno. Ya no se levantaron.
—¿Cambiamos? —le preguntó Nate a Alex, preso de un vértigo extraño. Aunque seguramente estaba a punto de morir, nunca se había sentido tan vivo.
—Cabronazo —dijo Alex, con una sonrisa demencial y hermosa. Se agachó para recoger el walkie-talkie de uno de los soldados caídos.
Se dirigieron hacia la puerta que habían hecho explotar.
El jardín delantero estaba atestado de soldados que los encañonaron con sus negros fusiles en cuanto salieron al porche. Había vehículos blindados y, encima de ellos, un helicóptero, tan cerca que Nate alcanzó a ver cómo el piloto movía la boca sin que se oyeran sus palabras.
Las briznas de hierba se doblaban bajo la corriente generada por las hélices.
Art los miró con la cabeza inclinada hacia un lado.