Diecisiete #4
—¿Nos vamos de aventura? —les preguntó Art frente a la mesa de la cocina, contemplando feliz sus manos enlazadas.
—Sí —dijo Alex, esbozando una sonrisa—. Sí, creo que sí.
—Y vamos a ir juntos, ¿verdad?
—Juntos —dijo Nate.
—Alex —dijo Peter—, aprieta el...
—Espera.
Nate parpadeó lentamente en el sótano de la casa de labranza.
—¿Qué pasa? —preguntó Peter, bajando la vista hacia Art.
—Lo haré —dijo ella—. Te llevaré. Pero..., por favor, no les hagas daño. Te suplico que no les hagas daño.
La niebla seguía desvaneciéndose.
Vio su piel enrojecida por el roce de la barba de pocos días de Alex.
Los vio sentados en un bar de carretera en medio de la nada, a Art dedicándole una sonrisa de oreja a oreja a la camarera.
Había bisontes vagando por los prados, mucho más grandes de lo que ninguno de ellos podía imaginar.
Y estaban juntos. Estaban todos juntos, Nate, Art y Alex, cantando al son de la radio, en el embarcadero del lago o corriendo para salvar el puto pellejo, pero estaban juntos, siempre juntos, los tres.
—Por eso os escogí a vosotros —les dijo Art en aquella vorágine de recuerdos cambiantes—.
Por eso os escogí a los dos. Construisteis un hogar para mí a partir de la nada, allí donde jamás debería haber existido un hogar.
Os apoyabais el uno en el otro hasta que os fallaban las rodillas y os desplomabais.
Al principio, me resultaba incomprensible.
Dudo que nadie pudiera comprenderlo sin antes saber lo que significa ser humano.
No somos iguales, en realidad. Nos separan el tiempo y el espacio.
Y, no obstante, todos estamos hechos de polvo de estrellas.
Jamás lo olvidaré. Nunca estaréis solos, porque siempre estaré con vosotros.
—Te llevaré a la nave —le dijo Art a Peter en el sótano—. Os llevaré a todos a la nave que se oculta en la cola del cometa.
—¿De verdad? —preguntó él con los ojos brillantes—. Estaba seguro de que acabarías por entender mi punto de vista. Estaba seguro de que...
—Lo sé —dijo ella, extendiendo el brazo y tomándolo de la mano—. Sé que lo estabas. Y siento haber dejado que las cosas llegaran tan lejos. Por favor, Peter, quítame esta cosa, y os llevaré a todos a casa.
Él asintió. Tendió la mano hacia ella y le desprendió de los brazos los electrodos, que quedaron colgando de la aureola en torno a sus hombros.
A continuación, desenroscó el tornillo que mantenía sujeta la aureola a su cabeza.
El aro metálico chirrió pero se aflojó. Peter se lo quitó y lo dejó caer al suelo.
—La única ambición que he tenido en la vida es abandonar este lugar —le dijo, arrodillándose ante ella.
—Y así será —dijo ella, sosteniéndole el rostro con la mano ahuecada—. Siento haber tardado tanto. No era consciente de mi poder. Ahora lo soy.
Él apoyó la cara en su palma.
—No te preocupes.
La niebla se disolvió, atravesada por los resplandecientes rayos del sol.
Nate vio con claridad los ojos de Alex, delante de él.
El cañón de la pistola tembló.
Y, desde arriba, les llegó un sonido que Nate no acertó a identificar.
Era un zumbido, como de una corriente eléctrica.
La casa empezó a estremecerse.
—Cuando estábamos conectados —prosiguió Art en voz baja—, yo podía oírte, y tú a mí. ¿Te acuerdas?
Peter asintió.
—Y conocía tus pensamientos. Cuando me apartaron de ti, dejé de oírlos. Estuve envuelta en silencio durante mucho tiempo. Pero lo aprendí todo sobre ti, Oren. Incluso ahora sé lo que estás pensando.
Él exhaló, aliviado.
—Cuéntame. Dime qué estoy pensando.
—Nada —gruñó Alex, apretando el cañón de la pistola contra la sien de Peter.
Oprimió el gatillo.
El arma se disparó.
Peter se inclinó hacia un lado con una sacudida, al tiempo que un pequeño chorro de sangre brotaba de su cabeza.
Cayó al suelo y se quedó tumbado, contemplando el techo con ojos ciegos.
—Siento que las cosas hayan llegado a esto —le dijo Art en voz baja—, pero no podía dejar que les hicieras daño.
—Nate —dijo Alex, ansioso. Al levantarse, se bamboleó un poco, pero logró recuperar el equilibrio—. Nate.
Este alzó la mirada hacia él.
—¿Estás con nosotros?
—Sí. Estoy... O sea... estoy bien.
—Bien. Tenemos que irnos. Ya.
Las paredes retumbaban.
—¿Qué está pasando? —preguntó Nate con la garganta seca—. ¿Esto... es cosa tuya?
Art negó lentamente con la cabeza.
—No, no es cosa mía.
Por encima de ellos sonó una pequeña explosión.
—Joder —masculló Alex. Tras acuclillarse junto a Peter, le agarró la mano, le puso la pistola en ella y le cerró los dedos sobre la culata. Acto seguido, se enderezó y se encaminó a paso veloz hacia la escalera que conducía a la puerta de metal.
El armazón de las literas traqueteaba. La mano de Dolores resbaló de su pecho y quedó colgando a un lado.
—Nos han encontrado —musitó Art.
—¿Quiénes? —inquirió Nate.
—El del agua —dijo ella—. El Sometedor. El...
Su cabeza se torció hacia atrás.
La boca se le abrió y comenzó a moverse.
Sus ojos se tornaron opacos.
Se quedó rígida, como si le hubieran dado otra descarga eléctrica.
—¿Art? —susurró Nate.
Alargó el brazo hacia ella. La tomó de la mano. Sintió los diminutos huesos bajo su piel y...