Diecisiete #3
—Casi es el momento —dijo Peter—. El momento de que cumpla las promesas que les hice a los míos. Ascenderemos hasta la nave espacial en la cola de Markham-Tripp y seremos libres de este lugar. Solo falta un detalle para garantizar nuestro éxito.
Se acercó de nuevo a la mesa, abrió el tambor del revólver y, cuando le dio vueltas, se oyó un leve traqueteo que resonó en toda la habitación. El sótano. Sin duda estaban en el sótano, tras la puerta metálica que antes estaba cerrada con candado.
Peter le mostró a Nate el contenido del tambor.
Cinco recámaras estaban vacías, y una contenía una bala.
También se lo enseñó a Alex, aunque este todavía tenía la mirada desenfocada.
Peter hizo girar de nuevo el cilindro antes de cerrarlo con un chasquido.
Depositó el arma en la mesa, entre Nate y Alex.
—No la toquéis —dijo.
Y entonces se alejó hacia una puerta que estaba en la pared de la derecha.
Coge la pistola.
Coge la pistola.
«Coge la pistola».
«Coge la pistola coge la pistola coge la pistola COGE LA PISTOLA COGE...».
No se movió.
Se quedó mirándola.
No había nada que quisiera más en el mundo.
Pero no se movió.
—Nate —dijo Peter—. Alex. ¿Podéis hacer el favor de mirarme?
Los dos volvieron la cabeza.
En el vano de la puerta, de pie al lado de Peter, estaba Artemisa Darth Vader.
Tenía los ojos muy abiertos, el rostro mojado, y parecía furiosa.
«Bien —pensó Nate—. Bien, bien, bien».
Sin embargo, tenía una especie de aureola sobre la cabeza. Era negra y metálica, y de ella salían unos cables que le bajaban por los brazos y terminaban en unos electrodos que llevaba adheridos a su piel.
Y estaba temblando, con las manos crispadas como garras y los dedos convulsionándose, doblados como garfios.
La estaba electrocutando.
Nate sabía qué era aquel artilugio.
Había visto algo parecido antes, aunque en una versión más sofisticada.
—Un truco —dijo Peter, arrastrando un poco las palabras—. Algo que aprendí en la Montaña. Es rudimentario, pero eficaz. Sirve para... neutralizarla. Para contener su telequinesis. Está atrapada, en toda la extensión de la palabra. Pero será libre. Nos conducirá a casa.
La obligó a dar un paso al frente. Ella torció la boca, con las piernecitas trémulas. Se le pusieron los ojos en blanco y profirió tal alarido de dolor y rabia que Nate se abalanzó sobre la pistola, la empuñó, disparó y mató a Peter en el acto y...
La pistola permanecía en medio de la mesa, intacta.
Peter la condujo hacia el interior de la habitación hasta detenerse junto a la mesa. La cámara los enfocaba a todos.
—Quiero irme a casa —dijo Peter en voz baja—. No he tenido otra ambición en la vida. Llévanos, Artemisa. Llévanos lejos de aquí.
—No puedo —dijo ella con los dientes apretados—. No puedo.
Peter suspiró.
—Podemos hacer las cosas por la vía fácil. Te lo prometo. Por favor, no me obligues a hacer lo que sabes que puedo hacer.
—No hay ninguna nave —espetó ella.
—Mientes —gruñó él—. La he visto. He visto lo que hay en tu mente porque lo grabaste en la mía. Markham-Tripp es un heraldo, una señal. Sé que ha llegado el momento en que vendrán a por ti. ¿Por qué estás aquí, si no? ¿Por qué me has buscado si no es para llevarnos a casa?
A Art se le marcaron los tendones del cuello cuando echó la cabeza hacia atrás, y los cables de los electrodos se tensaron.
—He venido —dijo, con espasmos en las manos— porque era lo correcto.
Porque te arrebaté demasiadas cosas. He venido para decirte que lo siento, que me importas, que tu mundo es inhóspito y despiadado, pero está lleno de belleza si sabes dónde mirar.
Yo percibía tu dolor, tu incertidumbre, incluso mucho tiempo después de que me separaran de ti.
No he venido para llevarte a casa, sino para hacerte comprender que ya estás en casa.
—No —dijo Peter, moviendo la cabeza de un lado a otro con rabia—.
No, no, no . No es verdad. No es verdad .
Sé lo que es esto. Lo sé perfectamente. Es una prueba, una prueba más para que demuestre mi fe, para que ponga de manifiesto lo que estoy dispuesto a hacer.
La acepto. Os demostraré hasta dónde estoy dispuesto a llegar.
—Miró a la cámara—. Os lo demostraré a todos.
Alex —dijo de pronto—. Mírame, por favor.
Alex obedeció, con los ojos turbios.
—Tienes una pistola delante. Si me has entendido, asiente.
Alex asintió.
—Está cargada con una bala. Vamos a jugar un juego. Alex, quiero que cojas la pistola y que apuntes con ella a la cabeza de Nate. Adelante, hazlo.
—¡Alex! —exclamó Art—. No. Por favor, no lo hagas. Por favor .
Nate sintió unas pequeñas sacudidas dentro de su cabeza, como si algo intentara abrirse paso entre la niebla. Creyó oír a Art gritando en los recovecos más profundos de su mente, pero le parecía del todo irrelevante.
Alex apoyó la mano en la mesa.
La deslizó suavemente hasta que sus dedos se toparon con la pistola.
La agarró.
Apuntó a Nate con ella, directamente a la cabeza.
—Llévanos a tu nave —le dijo Peter a Art.
—¡No hay ninguna nave! ¡No hay ninguna nave! ¡No hay ninguna nave!
Peter suspiró.
—Alex, aprieta el gatillo.
Alex obedeció.
Se oyó un chasquido seco.
Nate apenas se inmutó.
—Una menos —dijo Peter—. Quedan cinco. Alex, pásale la pistola a Nate. Nate, coge la pistola que tiene Alex.
Con la mano temblorosa, Alex le tendió el arma a Nate. Sus labios apretados formaban una fina línea. Tenía los ojos entornados.
Nate le quitó la pistola.
—Nate, encañona a Alex.
—No —consiguió decir Nate, pero no pudo evitar subir el brazo y rodear el gatillo con el índice.
—El aliento del diablo —dijo Peter—. Es de lo más fascinante. Te quita la capacidad de decidir, el libre albedrío. Mientras circule por tu organismo, haces lo que se te dice. Nate, dispárale a Alex.
Alex fijó la vista en él.
El dedo de Nate se tensó más contra el gatillo.
Art pronunció su nombre, pero su voz quedó ahogada bajo el crepitar de la electricidad que le recorría el cuerpo.
Nate oprimió el gatillo.
El percutor se impulsó hacia delante.
Clic.
—Fascinante —dijo Peter—. Nate, deja la pistola sobre la mesa.
Nate así lo hizo.
—¿Lo ves? —le preguntó Peter a Art, acariciándole el cabello—. ¿Te das cuenta de lo que estoy dispuesto a hacer por ti, de qué soy capaz? Por favor, llévanos a casa.
—Ahí no hay nada —dijo Art con la voz entrecortada—. Peter... Oren, yo nunca te mentiría. Lo haría si pudiera, pero no hay nada ahí .
Él le asestó con el dorso de la mano un bofetón que le echó la cabeza hacia atrás.
—Mentira —repuso con un susurro ronco—. Yo la he visto. Vi las luces en el cielo, la noche que viniste a por mí. La noche que me escogiste. La vi. Dijiste que regresarían a recogerte, que volvería a venir, y yo sé que está a punto de llegar. Lo presiento.
—¡Que no hay ninguna nave! —le gritó ella—. La cosa no funciona así. Nada de esto funciona así. Esas luces de las que hablas no eran de una puta nave.
—Alex —dijo Peter con frialdad—. Empuña la pistola y dispárale a Nate.
Alex hizo lo que le mandaba. En un abrir y cerrar de ojos, dirigió el cañón del arma a la cabeza de Nate y apretó el gatillo.
Clic.
—Quedan tres —dijo Peter—. Uno de los dos morirá a menos que hagas lo que te pido ahora mismo. ¿Eso es lo que quieres? ¿Quieres ver a uno de ellos con una bala en la sesera? ¿Cómo has podido hacer esto? ¿Cómo has podido permitir que esto ocurriera?
—Alex —suplicó Art—. Planta cara. Por favor, lucha contra esto y...
Inclinó la cabeza hacia atrás de golpe cuando Peter oprimió un botón situado en un lado de la aureola. Solo se le veía el blanco de los ojos. Un hilo de saliva le bajó por la barbilla.
—La pistola encima de la mesa, Alex.
Alex colocó la pistola encima de la mesa.
—Nate, agarra la pistola.
Nate agarró la pistola.
A través de la niebla, vislumbró imágenes de unas flores abriéndose en un prado, de guijarros rebotando en la superficie de un lago, de sacos de dormir en la caja de una camioneta bajo un mar de estrellas.
De Alex, de pie detrás de Art, haciéndole trenzas con sus grandes manos.
La niebla empezaba a disiparse.
—Dispárale a Alex —ordenó Peter.
El dedo de Nate se tensó de nuevo en torno al gatillo.
Y entonces pensó: «¿Y si no quiero?».
«¿Qué estoy haciendo?».
«¿Por qué estoy....?».
Nate se encontraba sentado frente a la mesa de la cabaña. Art estaba a su lado, frente a un plato rebosante de beicon. Alex depositó delante de Nate una taza de café, preparado tal como a él le gustaba, antes de agacharse para estamparle un beso en un lado de la cabeza.
—No te preocupes —le susurró Alex al oído—. De verdad, no pasa nada. Te perdono.
Oprimió el gatillo.
Clic.
Alex se sentó al otro lado de la mesa de la cocina.
—¿Qué hacemos hoy? —preguntó Art, con la boca llena de beicon.
Encogiéndose de hombros, Nate tomó un sorbo de café.
—Lo que queramos.
—¿En serio? —preguntó Alex, con los ojos muy abiertos—. ¿Lo que queramos?
—Claro. ¿Te parece bien, Nate?
Nate asintió. Estaba llorando, pero daba igual.
—Por mí, bien.
Alex alargó el brazo por encima de la mesa y lo tomó de la mano.
—Por si... no lo sabes, esto no... no se me da muy bien contigo, pero quiero que sepas, Nate, que yo...
—Alex, quítale la pistola a Nate.
Alex así lo hizo.
—Apunta a la cabeza de Nate.
Alex así lo hizo.