Diecisiete #2
—Alex —dijo, o por lo menos intentó decirlo. Al final lo que salió de su boca fue un sonido ininteligible que no se parecía en nada a «Alex».
Alex estaba despierto, pero con la mirada vacía.
Nate intentó levantar los brazos.
No lo logró.
Bajó la vista.
Estaba sentado en una silla, con los brazos sobre los reposabrazos. No estaba sujeto a la silla. No tenía las muñecas esposadas ni las piernas atadas. Estaba suelto, con total libertad para moverse.
Trató de levantarse.
Entendía el concepto. Le ordenó a su cuerpo que se moviera. Las sinapsis se dispararon. Los brazos le temblaron. Los dedos de sus pies se agitaron dentro de las botas.
Pero eso fue todo.
—¿Estás aquí? —preguntó una voz.
Levantó la mirada lentamente.
Peter estaba de pie a la derecha de la mesa, frunciendo el ceño. Esto no le gustó a Nate.
—¿Qué coño me has hecho? —dijo.
Pero solo consiguió emitir un gruñido bajo.
Le resbaló saliva por la barbilla.
—Es difícil —dijo Peter, asintiendo despacio—.
O eso me han dicho. Escopolamina, también conocida como «el aliento del diablo».
Se obtiene de la flor de un arbusto, una plantita de lo más curiosa.
Solo se da en Colombia. Los nativos la utilizaron en sus rituales durante siglos.
Intoxicación con burundanga. A veces se elabora con ella un polvo que se sopla en la cara de la víctima.
Otras veces, se administra en forma de un líquido inyectable.
Nate no entendía una palabra de lo que le decía Peter. Intentó ponerse en pie otra vez, alzar los brazos para agarrar al hijo de puta de Peter por el pescuezo y estrangularlo. Pero la mera idea de atacarlo se le antojaba tan irrelevante, tan lejana, que lo más fácil era dejarla correr.
—Provoca alucinaciones —prosiguió Peter—.
Te pido disculpas por ello. Sé que pueden ser muy...
vívidas. No quiero ni imaginar lo que ha supuesto para ti ver cosas que no quieres ver.
Yo procuro no ser testigo del sufrimiento ajeno siempre que puedo evitarlo.
Pero en este caso... creo que era inevitable.
Peter llevaba algo parecido a un vestido o sábana blanca.
Nate no sabía qué importancia tenía eso, por qué se fijaba en ello.
Tal vez era porque hasta entonces solo había visto a Peter vestido con vaqueros y camisa blanca, como el resto de los habitantes de la granja.
Pero en este momento, la tela blanca le caía desde los hombros y ondeaba en torno a su cuerpo.
Le quedaba... rara.
Nate intentó preguntarle por qué llevaba algo tan ridículo, pero su boca simplemente se torció y su lengua apenas se movió.
—Ya es casi la hora —dijo Peter—. No espero que lo entiendas.
¿Cómo ibas a entenderlo? No has visto las mismas cosas que yo.
No la has tenido dentro. Al principio discutía, luchaba contra ella.
Tardé mucho tiempo en comprender que no estaba soñando y, cuando por fin lo descubrí, clamé contra ella, contra esa...
esa cosa que se había adueñado de mí. Claro, decía que había venido en son de paz, que no iba a hacerme daño, que simplemente se había separado de los demás sin querer y se había asustado.
Era casi... infantil, ese espíritu, ese fantasma.
Yo estaba poseído y no podía elegir. —Sonrió con tristeza—.
Pero... con el tiempo dejé de resistirme y comencé a prestarle atención.
Fue entonces cuando comprendí que yo era el elegido.
De entre todos los habitantes del planeta, de entre seis mil millones de personas, me había escogido a mí como recipiente.
Me sentí... poderoso, amado, jubiloso. Y me prometí que jamás olvidaría las lecciones que había aprendido, que haría cuanto estuviera en mi mano para difundir el evangelio de Séptimac.
Y cuando la arrancaron de mi interior, cuando me la arrebataron y me dejaron tirado como a un perro, supe lo que debía hacer, supe lo que ella me estaba pidiendo.
Por eso fundé este lugar, con la ayuda de esta gente.
La Luz de la Víspera. Esa sería mi manera de difundir el evangelio de Séptimac, de hacer comprender a las masas que no estamos solos, que nos han estado mintiendo y que hay dioses habitando entre nosotros.
—Alex —intentó decir Nate—. Alex, Alex, Alex.
El aludido parpadeó despacio, con la boca abierta. Tampoco parecía estar atado.
—Nate —dijo Peter—. Gírate hacia la izquierda.
—Que te den —dijo Nate.
Aunque en realidad dijo «mmff» y volvió la cabeza hacia la izquierda, como le había pedido Peter. En el fondo, hacer lo que le pedía Peter parecía lo más indicado. Seguir sus instrucciones le producía una sensación agradable. Le gustaba que Peter le dijera lo que tenía que hacer.
Además, por más que se esforzara, no podía resistirse.
A su izquierda, cerca de la mesa, había una cámara de vídeo colocada sobre un trípode. Parecía la misma que Nate había visto en el despacho de Peter el día anterior. En la parte de arriba, una luz roja se encendía y se apagaba, se encendía y apagaba.
Estaba grabando el sermón de Peter.
Sin embargo, se olvidó de la cámara en cuanto se dio cuenta de dónde estaba y de lo que había a lo largo de las paredes.
El suelo era una gran superficie de cemento. Unos tubos fluorescentes desnudos parpadeaban en el techo. Las paredes eran de madera.
Y, pegadas a esas paredes, en todo el perímetro de la habitación, había unas literas de metal blancas, de dos alturas.
En cada cama yacía una persona con un atuendo similar al de Peter. Todos iban de blanco y estaban descalzos.
Sin embargo, había algo que los diferenciaba de Peter.
Ninguno de ellos se movía.
—Ellos han decidido depositar su confianza en mí —dijo Peter por lo bajo—, concederme el honor de liberarlos de las cadenas de su humanidad.
Sus almas abandonarán este plano de existencia, elevándose como un gas, y seguirán a Séptimac, que los guiará hasta la cola de Markham-Tripp.
Nos entregaremos a los dioses que vienen a buscarnos.
Se regocijarán con nuestra llegada. Nos venerarán. Puedes mirarme de nuevo. Nate, mírame.
Nate volvió la cabeza y notó que se le agarrotaban los músculos del cuello.
—¿Qué... has... hecho? —consiguió preguntar.
—El vacío, Nate —dijo Peter—. La llamada del vacío.
L’appel du vide . Ellos la sentían. Eran almas sin rumbo.
No tenían nada. Eran drogadictos, putas y degenerados.
Se aprovechaban de ellos. Eran los desechos de la sociedad, los olvidados.
Todos habían llegado al borde de ese precipicio, habían mirado hacia abajo y habían pensado en saltar.
Pero ¿para qué? ¿De qué habría servido? Su vida no habría tenido sentido.
—Peter rodeó la mesa que Alex tenía detrás.
Nate seguía con la mirada cada uno de sus pasos.
Peter se detuvo junto a una cama. La persona acostada en ella era más bajita que las demás, y más regordeta.
Era una mujer y aún respiraba, aunque de forma agitada y superficial.
Peter la contempló con expresión afectuosa.
Se arrodilló al lado de la litera. Tenía sucia la planta de los pies—.
Yo los acogí. Les di un propósito. Les enseñé que en este mundo había...
más cosas de las que jamás podrían descubrir por su cuenta.
Les prometí guiarlos hasta su salvación, sin pedirles otra cosa a cambio que su confianza.
Nada más, Nate. Les aseguré que nunca les haría daño, que jamás los insultaría, que los amaría como si fueran mi familia.
Porque en la Luz de la Víspera, ellos son mi familia, mi gente.
Y pronto disfrutarán de su recompensa. —Extendió el brazo por debajo de la cama.
Y sacó un arma.
Una pistola. Un viejo revólver. Era como el estereotipo de arma que Nate había visto en todas las películas del Oeste. A Art le encantaría. Para salir al polvo del camino, forastero.
Dolores respiró hondo. Le temblaban los dedos.
—Chsss —dijo Peter—. Tranquila. Pronto cosecharás tu recompensa.
Chsss. —Le posó la mano en la frente—. Un cóctel de ketamina con fentanilo.
Se lo han tomado voluntariamente. Han dormido y soñado con las estrellas, con la certeza de que yo les proporcionaría la paz.
Es importante que lo tengas bien presente: yo no los he obligado. Ha sido su decisión, a fin de cuentas.
Nate no pudo hacer nada cuando Peter alzó la pistola y colocó el cañón contra la sien de Dolores. Apretó el gatillo. Se oyó una detonación amortiguada, y la cabeza de la mujer dio una sacudida hacia un lado. Dejó de respirar. Nate apenas alcanzaba a ver sangre.
—Ya está —murmuró Peter, bajando el arma a su costado—.
Ya está. Casi hemos terminado. Ella... fue una de las primeras en unirse a mí.
En su vida anterior, era maestra jubilada y abuela.
La estaban utilizando, claro. Sus hijos solo la visitaban cuando necesitaban algo.
Sus nietos solo le decían que la querían cuando ella les hacía regalos.
Estaba sola, Nate. Estaba muy sola y escuchaba la llamada del vacío.
No sé cuánto tiempo más habría durado si yo no la hubiera descubierto.
Pero la descubrí y le di un nuevo propósito.
Le hablé de las cosas de las que había sido testigo, del dios que había habitado en mi interior.
Le dije que estaba dispuesto a compartirlo todo con ella, y que solo tenía que irse conmigo, renunciar a su vida vacía y sin sentido e irse conmigo.
—Se inclinó y le besó lo que parecía la punta de la nariz bajo la tela negra—.
¿Sabes qué me dijo? Me dio las gracias. Jamás lo olvidaré.
Peter se levantó y paseó la vista por las literas. No respiraba nadie más. Debía de haberlos matado a todos mientras Nate estaba atrapado en un sueño. Notó que le resbalaba una lágrima por la mejilla, pero no podía levantar las manos para enjugársela.