Diecisiete
«Nate».
Estaba de pie en una calle de un bonito barrio residencial de las afueras.
El césped de los jardines estaba bien cortado, y los setos recién podados.
Las plantas estaban en flor, y la gente iba y venía por las aceras.
Se saludaban con la mano mientras sus perros tiraban de sus correas, entre los gritos de los niños en bicicleta que pululaban alrededor.
Una casa en particular llamó su atención.
Era de ladrillo y tenía un porche grande donde había dos mecedoras. El buzón era verde, con mariquitas pintadas.
Conocía esa casa.
Se había criado ahí.
Esa era su casa antes de que...
«Nate».
Levantó la mirada.
Ahí, junto al sol, vio un cometa.
Dirigió de nuevo la vista hacia la casa.
No quedaba el menor rastro del día veraniego. El cielo estaba encapotado y gris. Los setos presentaban un aspecto ralo y seco. Las flores se habían esfumado. Hacía frío. Había nieve en las aceras. El césped se había vuelto marrón. Las calles estaban vacías.
—Espera —dijo, dando un paso hacia la casa.
A su derecha sonó un rumor sordo.
Volvió la cabeza.
Una vieja camioneta se acercaba por la calzada. Los faros estaban encendidos, pero despedían una luz mortecina. ¿Le sonaba de algo esa camioneta? Sí. La última vez que la había visto, reposaba en el fondo de un barranco, ¿no? Después de...
Se detuvo delante de su antigua casa.
Sentado al volante estaba su padre.
Parecía... mayor, mucho mayor que en su último encuentro con él, en la cabaña del bosque, cuando el hombre le había gritado que jamás aceptaría a un hijo marica, que se largara de ahí y no volviera nunca.
El tiempo no lo había tratado bien. Tenía el rostro curtido y flácido, y unas ojeras moradas como cardenales.
Nate observó que, al mirar la casa, su padre crispaba los dedos sobre el volante.
De pronto, se apeó.
Entonces Nate reconoció el momento. Intentó avanzar, pero era como si se encontrase bajo el agua. Le dolía respirar.
—No —dijo—. No, no, no lo hagas, papá, no lo hagas ...
—No te oye.
A su lado, una niñita lo miraba con cara triste.
Era Artemisa Darth Vader.
—No te oye —repitió—, porque esto no es real.
—Sí lo es —repuso Nate—. Estamos aquí. Él está ahí mismo.
Y así era. Su padre había cerrado la puerta de la camioneta antes de subir por el corto camino de acceso a la casa. Dentro había una luz encendida en la que Nate no había reparado. Su padre se subió el cuello de la chaqueta al llegar al porche.
Ascendió cada escalón con lentitud.
Nate le rogó a voz en cuello que se detuviera.
Su padre no lo escuchó.
Llevó la mano al pomo de la puerta principal.
Estaba cerrada con cerrojo.
Llamó con los nudillos y se quedó esperando.
La puerta se abrió.
Aunque no alcanzaba a verla porque su padre estaba en medio, Nate sabía que era su madre quien la había abierto.
El hombre empezó a gesticular de forma agresiva.
Estaba vociferando, pero Nate no consiguió distinguir las palabras.
Su madre intentó cerrar la puerta.
Su padre alargó el brazo para impedírselo.
—Tenemos que irnos —dijo Artemisa, tirándole de la mano—. Hay que encontrar a Alex. Nate, tenemos que encontrar a Alex antes de que sea demasiado tarde.
Nate se zafó de ella. Consiguió dar otro paso hacia delante, pero el asfalto bajo sus pies empezó a succionarlo como si fueran arenas movedizas. Se resistió, lo que no hizo más que empeorar su situación.
En la casa, su madre había conseguido cerrar la puerta.
Su padre se dirigía de vuelta a la camioneta.
Nate sabía qué iba a suceder a continuación.
Le gritó a su padre, le suplicó, le imploró que no siguiera adelante, que no lo hiciera, por favor. No era demasiado tarde para echarse atrás, papá, por favor.
Su padre no le hizo caso.
Nate continuó hundiéndose en el asfalto, que ahora le llegaba a la rodilla.
—Tenemos que darnos prisa —lo apremió Artemisa—. Peter va a...
Su padre abrió la puerta de la camioneta.
Sacó una escopeta.
Y, por un breve y luminoso instante, dudó. Nate identificó en su cara una mirada de comprensión, de horror, como si justo entonces hubiera entendido lo que estaba a punto de hacer. Y Nate concibió la esperanza de que las cosas cambiaran.
«Nate, ¿me oyes?».
Ignoró la voz del cometa. En ese momento no podía ayudarle.
—¡Sí! —exclamó—. Eso es, papá. Eso es. Esto no puede pasar. Esto no puede pasar .
La expresión se desvaneció del rostro de su padre. Destensó la mandíbula y entreabrió la boca.
Se encaminó hacia la casa, dejando la puerta de la camioneta abierta.
Sostenía la escopeta con una mano.
Nate advirtió que, más arriba, en la casa, alguien levantaba las cortinas. Vio a su madre al otro lado de la ventana. Lloraba, con un teléfono pegado al oído. Desapareció, y la cortina cayó y quedó colgando en su sitio.
La puerta volvía a estar cerrada con pestillo cuando Mitchell Cartwright se detuvo en el porche delantero. Su exesposa, Linda Cook, se había asegurado de ello antes de telefonear a la policía. Su hermano Ricky se lo había contado... más tarde.
Su padre se sacó unos cartuchos del bolsillo y cargó la escopeta.
Apuntó a la puerta.
Se produjo un estampido estremecedor, acompañado de un fogonazo.
La puerta se abrió de golpe.
Su padre entró.
Nate estaba hundido hasta la cintura en el asfalto. A su lado, Art, que contemplaba el cometa que atravesaba la cubierta de nubes, le dijo que no podía ayudarlo. Con aquello, no. El tiempo no fluía hacia atrás, aseguró. Hacia delante, sí. Incluso hacia los lados. Pero nunca hacia atrás.
En la planta superior de la casa sonó otra detonación de la escopeta que retumbó por todo el barrio, y Nate supo que ese era el momento en que su padre había asesinado a su madre.
Cuando alzó la cara para lanzar un aullido al cielo gris, vio que el cometa iba directo hacia ellos.
En el interior de la casa, la escopeta disparó de nuevo.
Era su padre, volándose la cabeza.
Ricky le refirió lo sucedido con voz pastosa. El hombre no había dejado una nota. No había explicado a nadie por qué. Simplemente la había matado.
«Nate, quiero que escuches el sonido de mi voz», dijo el cometa.
—No —dijo Art en tono urgente—. Nate, tienes que quedarte aquí conmigo. Por favor. Tienes que ayudarme, que ayudar a Alex. Nos necesita. Te necesita a ti. Te quiere, ¿es que no te das cuenta? Te quiere, y yo te necesito también...
—Sí —dijo Nate—. Sí, sí, sí.
—Bien —dijo Artemisa Darth Vader, y una gran nube blanca de alguna sustancia flotaba en torno a ella.
Emitía destellos brillantes en un calidoscopio de colores, entre los que había algunos que Nate dudaba si existían en su mundo.
Su mente era incapaz de asimilar lo que ocurría ante sus ojos, y cuando Art extendió el brazo hacia él, con la mano envuelta en el hermoso resplandor que se la estaba tragando entera, comprendió que ese era su aspecto real.
Esa era ella de verdad, mucho más de lo que él había imaginado, de lo que nunca habría creído posible, y cuando sus manos se tocaron, fue como si un sol en miniatura estallara en una supernova dentro de su pecho. Se vio envuelto en ella y...
Estaban en una carretera empapada por la lluvia.
Ante ellos había un amasijo metálico retorcido en torno a un árbol. Nate tardó unos instantes en percatarse de que eso que estaba viendo había sido un coche. Apenas resultaba reconocible, salvo por un neumático que por algún motivo había quedado intacto y giraba perezosamente.
Alex Weir estaba de rodillas frente a ellos, aporreando la calzada con los puños.
Gritando.
Art tiró de la mano de Nate, que bajó la vista hacia ella.
—¿Recuerdas lo que te dije? —preguntó la muchacha—. ¿Lo de que te va a necesitar cuando yo ya no esté?
—¿Por qué tienes que irte, para empezar? —quiso saber Nate—. ¿Por qué no puedes...?
El árbol se partió y se desplomó.
Se oyó una deflagración sorda, y las llamas empezaron a propagarse por el coche.
Alex intentó arrastrarse hacia allí.
Sus manos se hundieron en el asfalto.
Nate dio un paso y...
—Ahí estás —dijo Peter, sonriente—. Hola, Nate. Me alegro de que...
La lluvia caía con fuerza. Alex gruñía, intentando llegar al coche.
«Nate. Nate. Abre los ojos. Quiero que abras los ojos».
—Alex —dijo Nate.
Alex se volvió y lo miró por encima del hombro. A Nate se le desgarró el alma al ver la angustia grabada en su rostro.
—¿Nate?
Este asintió.
—Escúchame. Esto no es real. Nada de esto lo es, ¿vale? Sé que te duele, que te embarga una sensación de impotencia, pero no podemos volver atrás. No podemos cambiar el pasado. Debes tenerlo presente. Esto no es real, pero yo sí. Y Artemisa también.
Una chispa de reconocimiento asomó a los ojos de Alex.
—Artemisa.
—Sí, ella. Artemisa. Art. Te necesita, ¿me oyes? Yo también te necesito. Algo va mal. Algo va mal y tenemos que...
Nate giró la cabeza hacia un lado con brusquedad como si le hubieran propinado una bofetada.
Abrió los ojos.
Oren Schraeder estaba de pie ante él, sin rastro de sonrisa.
—Ahora me vas a escuchar —dijo con voz inexpresiva—. Despierta. Despierta. Que despiertes. —Alzó la mano, volvió a abofetear a Nate y...
Alex intentaba llegar hasta él. El coche ardía bajo la lluvia, tras ellos.
Nate miró hacia atrás, deseando pedirle ayuda a gritos a Art.
Ella ya no estaba.
—Joder —masculló él.
«Nate. Nate. NateNateNateNATENATENATE...».
Con un gruñido furioso, Alex consiguió liberar sus manos del suelo y se puso de pie. El asfalto volvía a ser sólido bajo sus pies. Arrancó a correr hacia Nate.
Este echó la cabeza atrás, volviendo el rostro hacia la lluvia. El agua le chorreaba por la cara.
—Estoy aquí —oyó decir a Alex—. Aquí estoy, y vamos a salir de este lugar. Vamos a...
Todo se fundió en una explosión blanca.
Nathaniel Cartwright abrió los ojos.
Sus pensamientos eran confusos e inconexos. Sentía como si tuviera la cabeza llena de algodón. Parpadeó, con los ojos nublados, intentando enfocar la vista. Lo veía todo como a través de una bruma, y tenía la visión periférica borrosa.
Frente a él había una mesa de metal.
Al otro lado se encontraba Alex.