Dieciséis #6
—Uno se las apaña como puede cuando hace falta —dijo Alex, sonriendo contra la sien de Nate—. Y a mí me hacía falta.
—Sí, ya lo creo. —Nate lo besó de nuevo.
Se lavaron lo mejor que pudieron. Fuera, delante del granero, había un depósito de agua de lluvia.
Se mojaron un poco para borrar las pruebas.
No era la solución ideal, pero tendrían que conformarse con eso hasta que Nate pudiera darse una ducha más tarde.
Aunque en la casa el agua salía con una presión sorprendentemente alta, por la mañana Nate no había pasado mucho rato bajo el chorro, pues no quería gastar mucha agua caliente habiendo tanta gente en la granja.
Cuando se disponía a entrar de nuevo en el granero, Alex lo retuvo, y él miró hacia atrás.
—Quería... Gracias —dijo Alex.
Nate arqueó una ceja.
—Tengo la sensación de que soy yo quien debería darte las gracias a ti.
El marine negó con un gesto.
—No... me refiero a eso. Bueno, sí, a eso también, supongo. Me refiero a... todo. No sé qué habríamos hecho sin ti.
Sonriendo, Nate alzó la mano hasta sostener la nuca a Alex con delicadeza.
—Os las habríais arreglado la mar de bien.
Alex se agachó hasta apoyar la frente contra la suya.
—Tal vez. Pero... es mejor así, contigo.
—¿Ah, sí?
—Ya te digo.
—Pues menos mal, porque no te vas a librar de mí fácilmente.
Una expresión complicada le cruzó el rostro a Alex cuando se apartó, pero Nate estaba aprendiendo a interpretar sus emociones. Era incredulidad mezclada con esperanza.
—Las cosas se van a poner difíciles.
Nate entendió a qué se refería. Se aproximaba el final, o, por lo menos, un final. Lo que vendría después seguía siendo una gran incógnita. Era un futuro nebuloso, aunque llegaría el momento en que habría que aclararlo.
—Ya las solucionaremos.
Alex asintió con el entrecejo arrugado.
—Conozco a unas personas que nos hospedarán. Después, mientras decidimos nuestro siguiente paso.
—¿Qué personas?
Alex desvió la mirada.
—Unos amigos. Unos contactos. Además, creo que es importante dar a conocer la historia de Art, de la Montaña, para que todo el mundo sepa lo que ocurrió. Y creo que eres tú quien debe contarla.
Nate no daba crédito a sus oídos.
—¿Estás seguro?
—Sí. Puede que sea nuestra única oportunidad. ¿Conoces a alguien a quien pueda interesarle?
La imagen de Ruth con un cigarrillo colgándole de los labios le vino a la mente.
—Es posible.
—Bien. Ya nos preocuparemos de eso más adelante. Pasará un tiempo antes de que podamos hablar. Tal vez mucho tiempo. Y quizá eso nos convierta en un objetivo más buscado, pero hay maneras de desaparecer cuando hace falta. —Suspirando, alzó el rostro al cielo. De pronto, dijo—: Caray, fíjate en eso.
Nate levantó la vista.
En lo alto, el cometa resplandecía con más intensidad que cualquier otra cosa en el firmamento.
—Huala —susurró Nate, atónito—. Es... El chalado ese, Steven Cooper, dijo que mañana será el día que el cometa brillará con más fuerza antes de empezar a alejarse.
—Pues parece que tiene razón.
—Lo que me lleva a preguntarme si no sabrá otras cosas que nosotros ignoramos.
Alex dejó escapar un resoplido.
—Tal vez. Deberíamos dormir un poco. Mañana tendremos que pensar adónde iremos cuando nos marchemos de aquí.
—Vale.
Dejó que Alex lo llevara de la mano al interior del granero y luego escalera arriba.
Art seguía inmóvil, el cabello esparcido a su alrededor sobre la chaqueta enrollada de Alex.
Este se puso en cuclillas a su lado y le acarició la frente.
La chiquilla se acurrucó contra su mano, pero siguió roncando.
Quedaba claro como el agua cuánto la quería.
Nate no entendía por qué Peter no era capaz de verlo.
Tal vez aquello había empezado como una transferencia, pero había ido más allá.
El momento en que se le partiría el corazón a Alex se avecinaba. Sí. Pasara lo que pasase, era inevitable.
Nate se acomodó en el colchón, y Alex hizo lo propio al otro lado. Sin despertarse, Art suspiró y se volvió hacia Nate. Los dos hombres se miraron por encima de su cabeza.
—Buenas noches —susurró Nate.
Alex sonrió.
Y entonces se durmieron.
Se despertó cuando una mano le apretó la boca.
Abrió los ojos de golpe.
Estaba oscuro.
Había unas personas de pie en torno a él.
Intentó gritar, pero solo le salió un gemido amortiguado.
Algo cobró vida en su cabeza con un fogonazo, un hilo que lo conectaba con las dos personas que yacían junto a él. Lo invadió un torrente de imágenes teñidas de ira y miedo. Oyó un zumbido de electricidad, después los alaridos de Art entre ellos y...
Sintió un pinchazo en el brazo derecho.
Al instante, el mundo empezó a derretirse a su alrededor.
No podía mover las extremidades.
—Chsss —musitó Oren Schraeder/Peter Williams, con el rostro por encima del suyo—. Es la hora, Nate. Es la hora de que abandonemos este mundo y ocupemos nuestro lugar entre las estrellas.
Nate se esforzaba por mantener los párpados abiertos mientras oía los débiles gritos de Art procedentes de algún lugar situado a su izquierda.
Pero era inútil.
Todo se emborronó a su alrededor hasta que quedó totalmente fuera de combate.