Bajo mi piel Epílogo #3
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Epílogo #3

Él ya conocía la respuesta, pero se lo preguntó de todos modos:

—¿En qué?

—En lo de mañana. —Contempló las flores del claro. Sadie yacía entre ellas, mordisqueando un hueso—. Estoy nerviosa. No esperaba que me pasara esto.

Aaron alargó el brazo para tomar a Nolan de la mano.

—¿Por qué estás nerviosa?

—No lo sé, pero lo estoy. Por lo que implica. Por lo que pasará después.

A Nolan a veces le parecía que ella era la más humana de todos. Su dulce y fiera niña.

—Estaremos ahí, a tu lado.

Ella esbozó una sonrisa.

—Lo sé.

—¿Y estás segura?

Ella asintió.

—Es la hora. Los... oigo.

Nolan y Aaron intercambiaron una mirada de sorpresa.

—¿A quiénes oyes? —preguntó Aaron pausadamente—. ¿Te refieres a...?

—A ellos.

A Nolan se le aceleró el corazón.

—¿Desde cuándo?

Ella emitió un murmullo bajo.

—Desde hace unas semanas.

En el rostro de Aaron se dibujó su característica expresión ceñuda.

—¿Y por qué no nos lo habías dicho?

—Necesitaba tiempo... para entender qué significaba.

Después de... de lo del túnel, sabía que me quedaría desconectada de ellos.

Eso formaba parte del trato. Ahora que vuelvo a oírlos...

, el tiempo discurre más lentamente para mí.

Lo entiendo mejor. Me pilló por sorpresa.

—Apartó de sí su bol—. Pero vendrán. Tienen mucho que enseñar, mucho que mostrarle al mundo.

A Nolan se le erizó el vello de la nuca.

—Mucha gente no lo entenderá. Y tardarán mucho en asimilarlo.

Ella se rio. A Nolan le encantaba ese sonido.

—Lo sé. Pero es importante contar mi historia.

Nuestra historia. —Levantó la mirada al cielo.

Aaron y Nolan la imitaron. Empezaban a salir las estrellas—.

Creo que este mundo está a punto de encontrarse con un destino más grande, más trascendente.

Pero es una línea muy fina. Creo que la balanza se puede inclinar fácilmente, y es nuestro deber impedirlo, asegurarnos de que no acudan a la llamada del vacío.

—Cerró los ojos—. Al principio, el mensaje tendrá poca repercusión.

Pero no tardará en propagarse. Un día no muy lejano, la gente estará preparada.

Y seremos nosotros quienes les mostremos el camino.

Les dio un abrazo antes de irse a la cama, como siempre. Tenía un libro en las manos, un Louis L’Amour con muchas páginas dobladas por la esquina. Después de todos esos años, no había dejado de devorarlos.

Y más tarde, cuando habían lavado los platos y sacado a Sadie por última vez, Aaron guio a su marido de la mano hasta su dormitorio.

Desvistió a Nolan despacio, venerando cada palmo de piel que dejaba al descubierto.

Juntaron las bocas jadeantes, con el cuerpo bañado en sudor, y, cuando culminaron, aquellos colores estallaron de nuevo en su mente, una y otra vez.

Más tarde, Aaron yacía acurrucado contra la espalda de Nolan y abrazado a su cintura.

—Mañana —susurró Nolan en la oscuridad.

—Te quiero.

—Lo sé.

—Nunca debí ponerle esa peli —dijo Aaron con un suspiro.

No obstante, se rieron.

Y luego se quedaron dormidos.

Sucedió una brumosa mañana de junio, en un paraje remoto en plena naturaleza canadiense.

Una cámara enfocaba una mesa tras la que había tres sillas.

Estaba transmitiendo la imagen en directo a través de internet para todo el mundo.

Solo un puñado de personas vería la emisión inicial, y casi todos toparían con ella por casualidad.

Pero, al cabo de diez meses, el vídeo se habría difundido por todos los rincones del planeta, compartido por millones de personas.

Algunos creerían lo que se decía en él.

La mayoría no.

Cambiarían de parecer. A la larga.

Pero eso ocurriría más tarde.

Lo que estaba sucediendo en ese momento era lo siguiente:

Tres personas entraron en plano: dos hombres y una joven. Ella se sentó en medio, y cualquiera que estuviese viendo la transmisión se daría cuenta de cuánto se querían. Se movían al unísono. Se sentaron muy juntos. Los hombres parecían nerviosos. La mujer estaba más tranquila, casi serena.

Uno de los hombres, el más hosco y de más edad, se aclaró la garganta.

—¿Preparados? —dijo.

La joven lo miró, ladeando la cabeza.

—¿Nos vamos de aventura?

Cómo sonrió él al oír esta pregunta.

—Sí, mi niña, yo diría que sí.

El otro hombre extendió los brazos y los tomó de las manos.

—¿Estamos listos?

La mujer asintió.

—Estamos listos. —Miró directamente a la cámara—.

No lo vais a entender, o no de inmediato.

Pero no pasa nada. Incluso es posible que me toméis por una embustera, pero tampoco pasa nada.

Solo os pido que me escuchéis hasta el final antes de juzgarme.

Tengo una historia que contaros, una historia sobre un lugar situado bajo una Montaña, sobre la mente de los hombres.

Sobre lo que significa ser humanos, construir un hogar donde jamás debería haber habido uno y lo que el futuro nos depara.

A mí, a vosotros, a todos nosotros. —Cuando la mujer sonrió, le brillaron los ojos—.

Soy amada y amo a mi vez. Me llamo Artemisa Darth Vader, y vengo en son de paz.