Bajo mi piel Dieciséis #4
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Dieciséis #4

Un par de semanas después, su hermano lo telefoneó para informarle sobre la cabaña del lago Herschel y la vieja camioneta de papá. «Eso es todo, Nate. Es todo lo que te han dejado, así que no pidas nada más, porque es lo único que vas a conseguir».

«Vale, Ricky. Está bien».

—¿Nate?

Irguió la cabeza de golpe.

Peter parecía preocupado.

—¿Todo bien?

—Sí —respondió—. Sí, todo bien. Oye, Peter, te agradezco todo lo que has hecho por nosotros. Por Art. Y... sí, tienes razón, no puedo ni imaginar lo que te hizo pasar, cuando ella era... tú. Pero ahora es distinta. Ha cambiado. Gracias a Alex.

—Y también gracias a ti, supongo.

Nate negó con la cabeza.

—No, te equivocas. Ella...

—No te das cuenta, ¿verdad?

—¿De qué?

—De cómo te mira. De cómo te miran los dos. Los tres sois... Sospecho que estáis conectados, de una manera u otra.

Nate no pudo evitar sonrojarse.

—Hemos vivido muchas cosas juntos —murmuró.

Peter sonrió.

—Lo sé. Creo que aquí todos podemos decir lo mismo. Y, aunque no estés de acuerdo con nuestro estilo de vida, espero que puedas respetarlo. Al fin y al cabo, todos somos viajeros que intentan encontrar su camino.

Nate lo entendía. Lo entendía perfectamente.

—Lo sé. Y perdona si he estado un poco... no sé, borde, o algo así. Tú nos has tratado muy bien, y ahora voy yo y te acuso de ser...

—¿Jim Jones?

Nate hizo una mueca.

—Sí.

Peter le restó importancia con un gesto.

—Me parece comprensible que hayas sacado esa conclusión, por disparatada que sea.

—¿Para quién es el vídeo que estabas grabando, entonces?

Peter se rio.

—En honor a la verdad, se trata de un pequeño capricho autocomplaciente.

Desde que me vi libre de las cadenas de la Montaña, llevo una especie de diario en vídeo, con el fin de documentar mis vivencias para que, si algún día todo esto sale a la luz, la gente conozca la verdad.

¿Cuántos habitantes de este planeta podrían decir que han pasado por la misma experiencia que yo?

—No muchos —dijo Nate—. Al menos, eso espero.

—Precisamente, considero importante que el mundo entero sepa lo que me ha pasado a mí, lo que nos ha pasado a todos los que estamos aquí. Sabes tan bien como yo que la Montaña hará lo posible por encubrirlo, por mantener la verdad oculta en las sombras.

A Nate no le cabía la menor duda.

—No se lo permitiremos.

—No —convino Peter, con la sonrisa más ancha que Nate le había visto hasta ese momento—. No, supongo que no. —Dio un paso hacia atrás—. Te dejo para que hagas tu colada. Gracias, Nate. Esta conversación ha sido de lo más... esclarecedora. Eres una persona verdaderamente extraordinaria.

Nate no supo qué responder a eso.

—Peter... —dijo entonces.

Peter Williams se detuvo en el vano de la puerta de su despacho y miró por encima del hombro hacia Nate.

—Dime.

Nate señaló la puerta metálica cerrada con candado.

—¿Qué hay ahí dentro?

Peter dejó escapar una carcajada.

—El sótano. Ahí almacenamos productos químicos y fertilizantes para los campos y los huertos.

Antes guardábamos esas cosas en el granero, pero nos las robaban con cierta frecuencia.

No sé si lo sabías, pero con esas sustancias se pueden fabricar metanfetaminas.

Me niego a contribuir a la destrucción del cuerpo humano, y menos aún por beneficios económicos.

Era más fácil mantenerlo todo bajo llave. ¿Alguna otra pregunta?

Nate sacudió la cabeza.

Peter entró en el despacho y cerró la puerta.

Al cabo de un momento, reanudó su disertación, aunque sus palabras sonaban más apagadas que antes.

Nate entró en el cuarto de la lavadora para encargarse de la tarea que había ido a realizar.

Esperó hasta después del almuerzo para llevarse a Alex y a Art al granero. Ella no paraba de hablar sobre los caballos que había visto, que eran tres, y uno se había comido unos trozos de manzana de su mano, «qué pasada, ¿no, Nate? ¿A que era una pasada?».

Nate estuvo de acuerdo en que lo era.

Alex se había inquietado un poco al ver que Nate miraba alrededor antes de ladear la cabeza en dirección al granero. Peter ya había vuelto a entrar en la casa, y los demás se dirigían con paso más bien letárgico hacia sus labores de la tarde. Nadie parecía tener mucha prisa.

El cometa era una luz blanca en el despejado cielo azul.

—¿Va todo bien? —le preguntó Alex cuando subieron al altillo—. Estabas muy... callado durante la comida.

Nate movió la cabeza de un lado a otro.

—No lo sé. Seguramente no es nada. Es decir... —Le costaba encontrar las palabras—. He tenido una charla con Peter.

—¿Sobre qué? —preguntó Art, sentada sobre una paca de heno, con los pies colgando.

—¿Hasta qué punto lo conoces?

—¿Hasta qué punto se puede conocer a alguien?

—Art... —la reconvino Alex.

Ella puso los ojos en blanco.

—No lo sé. Para él, hacía mucho que no nos veíamos.

—Pero para ti no —dijo Nate despacio.

—No, ya te lo he dicho. El tiempo avanza de manera distinta para mí. Es... difícil de explicar.

—Esa no puede ser tu respuesta para todo. Es jugar sucio.

Ella soltó un resoplido.

—Tu diminuto cerebro humano carece de la capacidad para comprender las complejidades que envuelven a mi persona, créeme.

—Sé amable —le dijo Alex.

—No lo he dicho con mala baba, sino por sinceridad. Tu cerebro podría explotar literalmente si te lo mostrara todo.

—De... acuerdo —dijo Nate—, pero aún no has respondido a mi pregunta.

Art se encogió de hombros.

—Él ha cambiado.

—¿A mejor?

—Es posible. Estaba... enfadado, primero conmigo y luego con los de la Montaña. Creo que estaba desilusionado porque su propia gente lo tenía encerrado. Con el tiempo, se le suavizó el enfado. Empezamos a hablar. Mucho. Era como un sueño.

—¿Estableciste un vínculo con él, como has hecho con Alex?

—Y contigo —le recordó ella—. Tú también estás metido en esto. Y no, no era lo mismo. Compartíamos el mismo espacio. Con vosotros, lo he compartido todo.

Era... una explicación vaga, como de costumbre.

—¿Qué hacemos aquí?

—Aún no lo sé —dijo ella, con la frustración reflejada en el rostro—. Solo sé que tenemos que estar aquí.

—¿Cómo...? ¿Cómo puedes saberlo? —inquirió Alex.

—No he... No es que sigamos conectados, en realidad.

Ese lazo se rompió cuando me obligaron a salir de él, pero creo que quedó una parte de mí en su interior, o una parte de él en mi interior.

Quizá dejó impronta en mí, o yo en él. No lo sé.

Se suponía que solo debíamos observar. —Se encorvó—.

Metí la pata. Con razón me dejaron tirada.

Nate suspiró.

—No es mi intención hacerte sentir culpable, Art. Solo quería averiguar por qué estamos aquí, qué sentido tiene esto, este lugar.

Les hizo un resumen rápido de la conversación que había mantenido con Peter frente a su despacho.

No les confesó que había estado al borde de un andén del metro, su gran momento «qué pasaría si...

». Le faltó valor para compartir con ellos ese episodio de su vida.

Sin embargo, incluso sin mencionar eso, se percató de lo absurdo que sonaba lo que decía.

El instinto visceral estaba ahí, pero ¿qué pruebas tenía para respaldarlo?

Sí, Peter era un bicho raro, ¿y qué? Un puto alienígena lo había poseído durante veinte años. ¿Cómo no iba a serlo?

Cuando terminó de hablar, Alex se quedó pensativo.

—¿Cuál es la conclusión? ¿Crees que Peter es el líder de una especie de secta?

Nate negó con un gesto.

—A ver... no. No creo que sea el líder de una secta. Es solo que... Tal vez le estoy dando demasiadas vueltas a todo. —Miró con mala cara a Art y Alex—. Si estoy desbarrando como un demente, la culpa es vuestra.

—¿Qué? —saltó Art, indignada—. ¿Por qué?

—¡Porque yo solo quería encerrarme a comerme el coco en paz! Pero no, vosotros teníais que colaros justo en mi cabaña y luego amenazarme con una pistola como unas doce veces.

—Ya empieza con sus dramas —masculló Alex.

—Alex no pensaba dispararte de verdad —le aseguró Art—. Ya entonces le parecías mono.

Alex clavó la vista en ella, boquiabierto.

Ella le guiñó el ojo.

—Eso no viene al caso —dijo Nate, aunque más tarde, cuando no hubiera nadie mirando, le pegaría un morreo de aúpa a Alex—. Simplemente estoy... Este sitio me da mala espina, ¿vale? Quizá no sea nada. A lo mejor todo va bien. Pero no está de más mantener los ojos bien abiertos mientras sigamos aquí.

Alex asintió despacio.

—Me parece... una buena idea. Seguro que no pasa nada, pero más vale estar preparados por si pasara. Volveré a llevar la pistola encima. Solo por seguridad. Confiamos en ti, Nate.

Nate definitivamente no se hinchó como un pavo al oír eso.

—¿Por qué te ruborizas? —le preguntó Art—. Creo que nunca te había visto ponerte tan colorado.

—Cállate.

—Ajá. —Desplazó la mirada entre uno y otro con expresión calculadora.

Esa noche cenaron de nuevo en el jardín delantero. Las mismas guirnaldas de luces colgaban de los árboles. Se encendieron las mismas antorchas. Se usaron los mismos platos y los mismos manteles. La cena consistía de nuevo en un potaje, pero hecho con otros ingredientes.

Incluso Billie Holiday volvía a acariciar sus oídos.

Aun así, se respiraba un ambiente... distinto.

El aire estaba cargado, como si se avecinara una tormenta eléctrica.

Las estrellas empezaban a brillar en un cielo libre de nubes.

La gente de la granja estaba callada. Peter había pronunciado unas palabras al principio de la cena, pero no estaban revestidas de tanta solemnidad como la noche anterior. Parecía distraído. Tenía los ojos muy abiertos, y Nate habría jurado que apenas pestañeaba.

Nate, por su parte, no probó bocado.

Cuando terminaron de comer, todos se levantaron de nuevo a bailar.

Sin hablar, arrastraban los pies sobre la hierba, agarrados.

Peter se quedó para bailar una sola pieza antes de retirarse al interior de la casa.

—Tiene muchas cosas en la cabeza hoy —le dijo Dolores a Nate mientras contemplaba cómo se cerraba la puerta mosquitera.

—¿Por qué?

Ella alzó la vista al cielo.

—Porque en algunas ocasiones nuestras opciones se presentan ante nosotros en espera de que tomemos una decisión.