Dieciséis #3
—Ah —dijo Peter—. Te lo noto en la cara.
Es eso, ¿verdad? Ella es una sustituta. —Suspiró—.
Qué triste. Que hayan llegado a eso, quiero decir.
Me pregunto si ella sabe que... podría acabar con el corazón roto.
Si es que su corazón es susceptible de romperse, claro.
Ellos no... no experimentan emociones como nosotros. No con la misma intensidad.
Eso era una falsedad flagrante. Nate lo había comprobado en primera persona. O Peter estaba mintiendo, o no tenía la más remota idea de quién era Art en realidad.
—Eso no es así —espetó Nate—. No sabes nada de ellos.
—¿Ah, no? De los dos, ¿quién crees que comprende mejor lo que tienen...
lo que son? ¿Tú o yo? Porque yo sé lo que es estar totalmente envuelto por ella...
por esa cosa. Tú ves a una niña. Ves sus ojos grandes y su media sonrisa, y cómo baila subida sobre los pies de Alex.
Y, hasta donde sabemos, eso podría ser exactamente lo que ella quiere que veas.
¿No te lo habías planteado nunca? Está claro que eres una persona inteligente.
¿Nunca se te ha pasado por la cabeza que Art te muestra justo lo que quiere que veas en ella?
Pues... no. Nunca se le había ocurrido. Ella era...
era Artemisa Darth Vader, una pequeñaja curiosa y amable que miraba a Alex con adoración.
Le gustaba leer, las camareras y las películas sobre princesas del espacio.
Esa era ella, sin lugar a duda. ¿O no? Bueno, sí, si fuera capaz de engañar, esa sería la mejor manera, jugando con sus emociones, haciéndose pasar por una nena risueña de ojos brillantes, hasta que se volviera contra ellos y...
No. La había visto. La conocía. Ella no era así.
—No —dijo Nate—. Nunca.
Peter sonrió, como si esperara esa respuesta.
—¿Quieres saber qué veo yo?
—No sé si...
—Veo a un dios, a un ser con el poder de impartir conocimientos que van mucho más allá de lo que la mente humana es capaz de asimilar. Veo, en parte, nuestra salvación.
Nate entrecerró los ojos.
—Ella no te pertenece.
Peter alzó las manos en un gesto apaciguador.
—Lo sé. No le pertenece a ninguno de nosotros. En todo caso, pertenece a las estrellas. Vino de ahí, y es ahí a donde debe volver.
Nate se sintió... más tranquilo al oír que Peter opinaba que ella debía regresar a su lugar de origen.
Bueno, en realidad eso no lo reconfortaba.
No demasiado. Nada en aquel sitio resultaba reconfortante, pero mientras Peter tuviera claro cómo iba a terminar esa historia, lo demás no importaba.
Quizá solo tendrían que quedarse ahí un par de días más.
Artemisa conseguiría lo que necesitaba de la granja, de Peter —de Oren—, y entonces podrían marcharse.
Pensándolo bien, la situación tenía su gracia.
Al principio lo había aliviado llegar a un lugar en el que pudieran descansar unos días, y ahora se moría de ganas de volver a la carretera y ver cómo la granja se alejaba por el retrovisor.
—Estoy de acuerdo —dijo Nate—. Pero... no sabes por lo que ha pasado Alex. Y también Art. Es más, aunque no es en absoluto comparable, tampoco sabes por lo que he pasado yo.
—No, no lo sé —convino Peter—. Pero conoces el dolor de la pérdida tan bien como ellos. Tan bien como todos los que estamos aquí. Dime una cosa, Nate: ¿sabes qué tienen en común los que viven en este lugar, por qué vinieron?
Nate negó con un gesto. No tenía ni la más remota idea.
Peter chasqueó la lengua, como si estuviera decepcionado.
—Todo se reduce a esto: l’appel du vide .
Es una expresión en francés que significa, literalmente, «la llamada del vacío».
—Descruzó los brazos y enderezó la espalda—.
Es un impulso de... destrucción. ¿No te ha pasado nunca que vas conduciendo por la carretera y de repente te preguntas qué ocurriría si te pasaras al carril contrario cuando viene otro coche?
¿O que estás al borde de un precipicio mirando a la nada y de pronto te preguntas qué pasaría si dieras un paso al frente?
No se trata del deseo de suicidarse, sino de un impulso, una necesidad grabada en nuestro código genético.
La mayoría no seguimos ese impulso porque poseemos una mente racional.
Pero ahí, en lo más hondo de tu cerebro reptiliano, siempre está el «qué pasaría si...
». Tus manos en el volante y un semirremolque que viene en la dirección contraria.
La punta de tus zapatos, que sobresale encima del abismo. Es estimulante y debilitante a la vez.
—No te entiendo —dijo Nate, ligeramente mareado.
—Lo sé —dijo Peter—. Y no pasa nada. A lo mejor es algo que no has experimentado todavía.
Al fin y al cabo, eres muy joven. Pero la gente de la granja sabe muy bien de lo que hablo.
Todos han sentido l’appel du vide en algún momento de su vida.
Todos albergan el deseo de algo... más. De algo que vaya más allá.
—Y no me digas que tú vas a proporcionárselo.
Peter se rio.
—Eso ha sonado bastante despectivo.
—Pues tú suenas como Jim Jones.
Esta vez Peter no se rio.
—¿Tú crees?
—¿Alguna vez lo has oído hablar? —Nate lanzó una mirada elocuente a la cámara de vídeo que estaba detrás de Peter—. ¿O has visto sus grabaciones? Porque yo sí.
—Esto no es Jonestown —dijo Peter—. Yo no soy un demagogo.
—¿Ah, no? —preguntó Nate, preso de una curiosidad repentina—. Porque, joder, menuda labia tienes, Oren. Perdón, quiero decir Peter. Madre mía, hay momentos en que hasta yo he estado a punto de creerte.
—Las creencias son algo curioso, si te paras a pensar en ello —dijo Peter—.
Son muy inconstantes hasta que se consolidan, e incluso entonces hay situaciones tan extremas que las echan por tierra.
Yo tenía una creencia, aunque bastante endeble.
Creía entender el orden del universo. Pero eso fue antes de que un ser de las estrellas se apoderase de mi cuerpo.
Eso te cambia, Nate. Si nunca has pasado por ello, es imposible que lo entiendas.
A mí me... me enseñó cosas. Me expandió la mente de maneras que jamás creí posibles.
Y cuando me la quitaron, cuando arrancaron a Séptimac de mi cuerpo, me quedé desolado.
Me sentí como si me hubieran abandonado.
Sentí la pérdida, Nate, como tú, como Alex.
Pienses lo que pienses de mí, soy como tú.
Entiendo el dolor y la pena. He sufrido la soledad mientras mi corazón se iba rompiendo un poco más con cada latido.
Aunque hemos llevado caminos diferentes, todos nos han traído hasta aquí, hasta este momento.
Estas personas que han sentido la llamada del vacío están aquí por voluntad propia, porque no querían seguir sufriendo la soledad. ¿Acaso no te sucede lo mismo?
Nate quería decírselo. Vaya si quería. Estaba ansioso por decirle a Peter que estaba como una puta regadera y que daba esa conversación por finalizada. Si los demás se empeñaban en creerlo, allá ellos, pero él no pensaba formar parte de eso.
El problema era que sí le sucedía lo mismo.
No era consciente de lo solo que estaba hasta que conoció a Alex y Art.
Después de todo, ¿qué le quedaba? No tenía trabajo, sus amigos lo habían abandonado cuando la noticia de su pequeño escándalo salió a la luz, sus padres estaban muertos y su hermano no le dirigía la palabra.
Lo único que le quedaba era una cabaña en medio del bosque en las montañas de Oregón (y solo Dios sabe si seguiría en pie).
Y, si lo meditaba a fondo, si dejaba que su cerebro asimilara las palabras de Peter, ¿acaso no había sentido antes la llamada del vacío, l’appel du vide ?
Sí que la había sentido, aquel día, unos meses atrás, después de que su hermano lo llamara para comunicarle la muerte de sus padres, y antes de la llamada sobre la cabaña y la camioneta.
Estaba... aturdido. Había salido de su minúsculo apartamento, con la mente casi totalmente en blanco.
Ni siquiera recordaba cómo había llegado a Chinatown.
En un momento estaba sentado en su sofá, mirando las paredes, y al momento siguiente se encontraba bajo el arco recargado, en mitad de un hormiguero de gente.
Parpadeó despacio, como si acabara de despertar tras haber estado profundamente dormido, con los restos de un sueño aún adheridos a él como dedos pegajosos.
Era por la tarde y tendría que haber estado en el trabajo, pero, qué narices, eso ya no era una opción, ¿no? Estaba atontado. Notaba todo el cuerpo entumecido.
Dio media vuelta y se encaminó de vuelta a casa.
Y fue en el andén del metro, mientras esperaba el tren, cuando se preguntó «¿qué pasaría si...?». Todo había comenzado como un simple susurro en un rincón de su mente, mientras veía cómo las luces del convoy que se aproximaba por el túnel se hacían más grandes e intensas.
Qué pasaría si...
¿Qué pasaría si...?
¿Qué pasaría si saltaba delante del tren?
Sería una muerte rápida, ¿no? Un suspiro, un paso al frente, y todo habría terminado.
Hostia, cómo lo había llamado; el susurro se había convertido en un puto grito dentro de su cabeza, breve pero ensordecedor, y él había levantado el pie mientras tensaba la otra pierna, a punto de dar un paso hacia delante y...
El tren pasó como una exhalación por delante de él.
Había reculado, con los ojos desorbitados y el corazón martilleándole el pecho.
Jadeando para recuperar el aliento, chocó con una mujer que tenía detrás.
Le pidió disculpas con un hilillo de voz, y la mujer, con aspecto preocupado, le preguntó si se encontraba bien.
Él asintió. «Sí, sí, estoy bien, es solo que...
estoy bien. El tren me ha sobresaltado. Estaba soñando despierto, ¿sabes? ».
Por toda respuesta, ella esbozó una sonrisa prudente.
Él permaneció sentado en un banco, con el rostro oculto entre las manos, cerca de una hora.
Al final, se marchó a casa.